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Lula, como Cristina, y antes Menem, forman mayorías en contra

Llega un momento en que a líderes ya desgastados sólo les queda un aporte que hacer: dar un paso al costado. Pero a veces lo viejo se resiste a morir, y lo nuevo tarda en reemplazarlo. Sucede sobre todo cuando los representantes del ciclo que se cierra no se ocuparon de promover sucesores, sino todo lo contrario: se esmeraron más bien en pisar todas las cabezas a su alcance para que nadie les hiciera sombra.

Esto fue lo que sucedió con Menem años atrás y también está sucediendo con Lula y Cristina en nuestros días.

El caso del brasileño es particularmente dramático, por el significado que su figura adquirió no sólo en la izquierda latinoamericana, sino más en general para la democracia de la región: un obrero metalúrgico con una espectacular trayectoria personal, pasando de la pobreza nordestina al más alto cargo de poder de su país, en una sociedad ansiosa por dejar atrás la exclusión y la segregación que desde siempre la habían caracterizado, y que lo hizo impulsando la formación de una nueva estructura sindical, más democrática y representativa que las preexistentes, y llevando al gobierno a un partido también nuevo, de amplia base social y que en principio pareció capaz de integrarse a un nuevo sistema de competencia y alternancia más estable y más inclusivo que cualquiera de los que habían hasta entonces regido en Brasil.

Con todos esos antecedentes detrás es aun más difícil de entender, y más imperdonable, que termine del peor modo imaginable. Porque aun cuando Lula logre evitar la prisión, ya no podrá evitar el escarnio: se dice que todavía es el “político más popular” de su país, pero lo cierto es que su imagen negativa supera ampliamente la positiva y ese rechazo sólo puede endurecerse tras su reciente condena por corrupción. De modo que, a menos que medie una catástrofe que destruya a todos los demás partidos, tiene ya poquísimas chances de volver a la presidencia: en una segunda vuelta casi seguro caería derrotado, el rechazo mayoritario a su figura terminará por converger detrás de cualquiera que pueda ganarle. Igual que le sucedió a Menem quince años atrás.

Cristina no tiene ninguno de los laureles que, todavía hoy y a pesar de todo, luce Lula. Pero comparte sus mismos problemas. Salvo el tener que lidiar con una justicia independiente y eficaz.

Con excepción de lo que sucede en un área muy delimitada de la provincia de Buenos Aires, es ampliamente mayoritaria en el país la opinión de que representa el pasado, se enriqueció abusando del poder (muy por encima de lo que se lo acusa y se pueda sospechar de su par brasileño), y ni a la democracia ni a la economía les conviene que siga siendo una opción de poder relevante. ¿Alcanzará con eso para que se forme una mayoría en su contra en estas elecciones?

En las competencias legislativas no es tan fácil polarizar como en las ejecutivas. Además, el macrismo no consiguió hasta aquí los éxitos suficientes como para descartar de plano que sea conveniente volver atrás. Y encima en nuestro caso puede que el “show de la corrupción” canse antes de tener tiempo de arrojar algún fruto: hay tantas evidencias del latrocinio, y tantos motivos para desconfiar de que se llegue a alguna condena, que la sociedad está tentada de volver a adoptar su tradicional indiferencia ante el problema; bastará con que una vez más asuma que, en esa materia, “no hay forma de cambiar”, “son todos lo mismo”, “lo único que puede pedirse es que mientras roban repartan también algo a los de abajo” u otras clásicas tesis que abonan el conformismo.

Pero por suerte existen las PASO. Que aunque no sirven para ninguna otra cosa, y acumulan más bien efectos negativos, en el caso específico de la elección de senadores de la provincia de Buenos Aires podrían arrojar un inesperado saldo benéfico. Que, igual que sucedió en 2015, no tendría nada que ver con los fines para los que ellas deberían servir. Pero esa es otra discusión.

Al actuar como una suerte de primer turno electoral, arrojando un resultado anticipatorio del que cabe esperar en la votación general, y definitiva, tal vez alienten a los votantes a reflexionar sobre la importancia de incidir en los resultados finales y la utilidad relativa de apoyar a terceras opciones, sobre todo si ellas han quedado muy atrás y no tienen chances de lograr un fruto en términos de representación (como será el caso en la competencia para senadores).

Massa y Stolbizer tendrían toda la razón si objetaran un sistema tan caro, engorroso y rebuscado de votación, que no sirve para lo que dice perseguir y encima perjudica a los más débiles en la competencia. Pero, que se sepa, hasta ahora los únicos que están promoviendo eliminar o reformar las PASO son sus beneficiarios actualmente en el gobierno. En una muestra de altruismo digna de celebrar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/7/17

Posted in Política.


3 Responses

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  1. NARCISO JULIAN says

    Más que el altruismo, yo voy a celebrar el día que encarcelen por malversacion de caudales a una dirigente de DD.HH. que dedicara parte de su valioso tiempo a la construcción. Ahi volveré a creer en la justicia.

  2. Emilio Gaviria says

    Enfoque de interés, teniendo presente que en nuestra sociedad decadente rige la creencia “son todos lo mismo”, “…que mientras roban repartan también algo a los de abajo”, hechos que aprovecharon para ser populares desde nuestro Mate Cocido hasta el colombiano de la la pasta blanca.

  3. ximena rincon says

    Gracias por post, se agradece la info presentada, un abrazo al editor