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¿Qué capitalismo necesitan los pobres?

El tipo de relación que necesitamos establecer entre los empresarios, el estado, la economía y el resto de la sociedad está en plena discusión en la campaña electoral que acaba de comenzar. Podría parecer que se discuten puras tonterías, o nada en absoluto, pero no es para nada así. Por debajo de la superficie algo realmente serio va a resolverse para un lado o el otro en esta ocasión.

Al respecto pocos días atrás Margarita Stolbizer, en general medida y constructiva, ha dicho que Macri “se puso la camiseta de los empresarios”. Para empezar reconozcamos que se trata de una opinión harto difundida: “gobierna para los ricos” es sin duda la idea crítica más provechosa para la oposición en estos días pues está ya desde el vamos instalada en la opinión pública. Incluso en parte de la que viene de apoyar al oficialismo y tal vez vuelva a hacerlo. Pero ¿es así?, ¿tenemos un gobierno demasiado atento a los intereses de los ricos?

Los empresarios tienen seguramente ideas de lo más variadas al respecto. Una contundente mayoría confiaba en que ganara Scioli, que los entendía mucho mejor que Macri, o esa era al menos entonces su opinión. Y hoy en general quieren apoyar al inesperado vencedor. Pero no en lo que él les reclama, que es lo único que importa: nadie gana con sus votos, que son siempre poquísimos, tampoco con sus declaraciones de apoyo, en general mal vistas; se necesitan sus inversiones, las únicas posibles. Que no desembolsarán hasta que el programa de cambios haya avanzado mucho más. Para lo que Macri necesita mucho más apoyo. Para lo cual a su vez él necesitaría muchas más inversiones de las que de momento se concretan. Y en ese enredo están de momento el gobierno y los empresarios.

Una explicación también difundida al respecto es que estos son hijos del rigor, y este gobierno no lo tiene, a diferencia del anterior, que al menos disponía de Moreno y sus métodos para amenazarlos. Incluso muchos que repugnan de esos métodos, como seguramente es el caso de Stolbizer, tienden a creer que el problema de Macri es que renunció a ese tipo de amenazas y no lo reemplazó con nada más que buenos deseos. Y ya sabemos lo que hacen con los llamados al corazón los que tienen los bolsillos llenos (en verdad, lo que hacen todos los cristianos más o menos razonables, sea cual sea la salud de sus bolsillos).

La primera gran mentira detrás de este razonamiento es que amenazar al capital equivale a ponerle límites a su afán de lucro y a la consecuente tendencia a aumentar la diferenciación social. Lo que nuestra experiencia histórica enseña es más bien todo lo contrario: al amenazar a los capitalistas con violar los contratos y los derechos de propiedad, con la inestabilidad de las reglas de juego en el afán por apropiarse de rentas vía impuestos o exacciones, lo que se genera es desconfianza e incertidumbre, que redundan en que aquellos privilegien negocios rentables en el menor tiempo posible, es decir tasas de ganancia más elevadas, aunque efímeras. A las que la sociedad y el estado argentinos no han tenido otra que acostumbrarse para evitar que la fuga de capitales extinga del todo la vida económica. Ahí están las sobretasas que pagamos por endeudarnos desde hace décadas para demostrarlo.

Sobretasas que fueron especialmente elevadas en los últimos años. Gracias a Moreno y sus métodos, precisamente. Amenazar al capital, combatirlo declamativamente, y rendirse a sus conductas especulativas y extractivas más frenéticas y cortoplacistas no son dos cosas contradictorias si no dos caras de la misma moneda. Y la moneda se llama anticapitalismo crónico.

El otro fundamento más que discutible detrás de la idea de que Macri y los ricos conforman una entente que amenaza la buena salud de nuestra democracia y sobre todo la suerte de los pobres es que nuestra vida política está animada por una valiosa tradición igualitaria, que es la mejor barrera que tenemos contra el dominio despótico de los mercados. Por lo que el giro a la derecha que significó el reciente cambio de gobierno enfrentaría a los sectores bajos de la sociedad a la necesidad de proteger el statu quo echando mano a esa tradición. Y que aunque ese statu quo no sea lo mejor, sí es al menos un refugio contra lo peor.

Si existiera tal cosa como una “sólida tradición igualitaria” entre nosotros no se habría naturalizado en las últimas décadas, bajo los gobiernos más de izquierda y anticapitalistas que se recuerde, la existencia de un tercio de la población por debajo de la línea de pobreza. Ni sería tan fácil hacer pasar por buenos mecanismos de falsa inclusión por completo indefendibles ante cualquier evaluación mínimamente objetiva de resultados, como el facilismo en la promoción entre distintos niveles de educación, el desempleo disfrazado detrás de plantillas públicas improductivas y otras cosas por el estilo. Y si los mercados fueran la gran amenaza de la que hay que protegerse no sería cierto que nos va desde hace décadas peor que a otros países de la región que han sido bastante más amigables con ellos.

Lo cierto es que en Argentina la “sólida tradición igualitaria” es cosa del pasado. Ella gravitó en la política nacional de mediados del siglo pasado, cuando todavía el sistema educativo y el mercado de trabajo eran inclusivos y dinámicos. Y cuando el anticapitalismo no era norma. Pero hace décadas que se perdió, junto con esos otros rasgos. Y por más que se machaque contra la reforma de las reglas vigentes en esas áreas, no se ha logrado revivirlos. Hace tiempo que se precisa sacar las conclusiones lógicas de esa frustración. Pero la nostalgia puede mucho más. Defender el statu quo se justifica solo gracias a esa nostalgia. Y resulta tan útil como lo sería “ponerse la camiseta de los empresarios”.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/7/17

Posted in Política.


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