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Venezuela, ante una encrucijada mortal

Tras lo que suceda este domingo, Venezuela ya no será la misma. Y el problema principal es que cualquiera de las dos opciones abiertas para su futuro inmediato va a ser conflictiva y seguramente costosa en términos de violencia y violaciones de derechos. Ya no hay una salida rápida e incruenta a la mano.

Aunque tal vez la verdad sea que esa salida rápida e incruenta nunca existió, fue apenas una ilusión que los sucesivos fracasos para crear una mesa de diálogo y negociación, y también para encarrilar las cosas a través de presiones acotadas desde una oposición que ha venido auto limitándose en el uso de la acción directa, la protesta callejera y los paros cívicos, fueron dejando a la luz.

Primera opción: Maduro y los suyos logran imponer los cambios que pretenden a través de su constituyente y Venezuela evoluciona decididamente hacia un régimen castrista. Con una disidencia tal vez todavía masiva, pero ya sin chances de hacer valer su número en el corto plazo, sea en las urnas o en las calles, ni por tanto ninguna perspectiva de volver más o menos rápido a un sistema democrático. Porque el régimen se apresurará a reprimirla aun más duramente de lo hecho hasta aquí (la “receta Atilio Borón” llamémosla) para que no vuelva a tener oportunidad de cuestionarlo.

Segunda opción: fracasa la constituyente, la oposición se hace de una vez con la iniciativa, se profundiza el choque en las calles y la crisis interna del régimen, pues él ya no tendría muchos más instrumentos a la mano para convencer a los dubitativos de las fuerzas armadas y de seguridad que les conviene la disciplina antes que correr los riesgos que revisten la desobediencia o más todavía sumarse a la resistencia.

La frontera entre una situación y otra la ha planteado el propio Maduro en términos numéricos bien precisos: si participa el 35% de la población en la convocatoria a votar constituyentes, según el método corporativo establecido para anular el principio liberal “un hombre, un voto”, desalentar a eventuales candidatos opositores y sobre
representar a las entidades afiliadas al oficialismo, se proclamará el éxito del cambio de régimen, se clausurarán de inmediato el Parlamento y el Ministerio Público, las dos únicas instituciones públicas que resisten el monopolio del poder, y se multiplicarán claro las detenciones políticas.

El número no es casual: se acerca a los 7 millones de ciudadanos que votaron en el plebiscito informal convocado por la oposición para reclamar por las suspendidas elecciones a cargos distritales y por la suspensión de la constituyente. Y hay que decir, a este respecto, que los chavistas evitaron repetir el error en que incurrió aquella cuando se comprometió públicamente a movilizar a 11 millones, por lo que lo que logró tuvo al final sabor a poco.

En el gobierno venezolano además saben muy bien que siquiera aproximarse al número conseguido por sus adversarios es muy difícil, sino imposible. Y por ello extremaron sus recaudos: han presionado por todos los medios imaginables a los millones que dependen del presupuesto público, impedido que haya cualquier fiscalización independiente de lo que suceda en los lugares de votación e incluso anularon el mecanismo de registro de los votantes que ya sufragaron, y los autorizaron a concurrir a cualquier centro de votación del distrito en que estén registrados; por lo que los militantes irán seguramente a recorrer los centro de votación para hacer número en todos ellos, y votar todas las veces que puedan.

¿Y si aun así no logran su objetivo y queda en evidencia que solo una pequeña minoría sigue respaldando al poder chavista, y el resto se divide entre quienes lo detestan y quienes por temor o estar agobiados por sus necesidades cotidianas aunque no lo apoyan se mantienen en la pasividad?

La oposición tendrá entonces que saber aprovechar su oportunidad, tal vez la última. Lo que supondrá ante todo resolver un dilema que la viene agobiando desde hace meses: ¿cómo demostrar a la vez que el régimen ya no puede garantizar el orden ni gobernar, y que ella sí puede hacerlo, así como resolver los problemas de escasez y descalabro económico, si se le da la oportunidad?

Sólo así lograría sacar a esa masa dubitativa de su pasividad, y al mismo tiempo acercarse a los que en el mismo régimen y en particular en las fuerzas armadas y de seguridad recelan del curso castrista que siguen Maduro y su círculo, pero también temen que colaborar con el fin de ese grupo acarree iguales o incluso peores amenazas para su futuro y sus propios intereses.

Así están las cosas: dos legitimidades se disputan el control del país. Y sólo una va a sobrevivir. Ninguna de las dos parece dispuesta a ceder y ambas tienen motivos para creer que no necesitan hacerlo. Pero sólo logrará su cometido la que sepa movilizar sus recursos y aprovechar sus oportunidades. Y la que no tema pagar ni hacer pagar a los demás los costos de su solución.

La cuestión tal vez más compleja es que ese temor resulta, por definición, mucho menor en los totalitarios y fanáticos que en los demócratas. Por eso hasta aquí estos últimos se han auto limitado, como decíamos, y privilegiaron la búsqueda de salidas moderadas e intermedias. Mientras aquellos escalaban una y otra vez sus apuestas. Si los demócratas, aunque sean muchos más que sus contrincantes, no compensan esta desventaja pueden terminar fracasando.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/7/17

Posted in Política.