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En la Argentina de la dispersión, Macri sigue ganando solo

Como los resultados no definen casi nada hay que poner todo en condicional: dado que en la elección que cuenta, la de octubre, lo más probable es que se repitan aproximadamente los votos de estas PASO, o incluso las condiciones favorezcan un poco más al oficialismo, Macri “ganaría”.

Pero dejemos de lado las sutilezas. Lo importante es que Macri sorteó la primera prueba electoral de su mandato, ganó bien y ganó solo, con la mínima inversión en alianzas y candidaturas poco fieles, como a él le gusta. No quiso compartir un triunfo en provincia con Carrió así que puso un candidato propio, aunque con él corriera más riesgos, y flor de riesgo que corrió; pero superó la prueba.

Actuó igual en 2015, apostando a la coalición mínima que le permitiría ganar: tanto en la ciudad (donde derrotó a la disidencia interna con Rodríguez Larreta frente a Michetti, y después por un pelo derrotó también a Lousteau), como a nivel nacional, donde lo logró por un pelo y medio frente a Scioli.

Ese es su método. Ganar con lo justo. Y no parece ser mala idea. En la Argentina de la dispersión le permite pagar lo mínimo por eventuales colaboradores, y solo cuando y para lo que los necesite. Le hacen falta la UCR y a ARI-CC para imponerse al peronismo, adentro; no necesita en cambio a Massa, queda afuera.

De haber actuado distinto, hoy tal vez tendría más votos que legitimaran sus decisiones. Pero ¿cuántos más? Y a cambio tendría menos control de su coalición y de los espacios institucionales que esos votos le hubieran proporcionado. Por caso, tendría a Michetti en la ciudad, tal vez a Lousteau en un cargo importante de Economía, a Massa de jefe de gabinete, a Bossio en Interior. ¿Pero algo de eso le hubiera asegurado la aprobación más fluida de sus proyectos de ley? No estaría mucho mejor que ahora en ese aspecto. Y las negociaciones tanto adentro como fuera de su coalición serían más costosas de lo que son hoy, el déficit sería aun más alto, y los pasos del gobierno seguramente más lentos y deshilachados.

Cuando la oposición está dispersa, y al final de cuentas al menos alguna de sus fracciones estará dispuesta a negociar y apoyar medidas puntuales del oficialismo a cambio de compensaciones, siempre conviene administrar estas compensaciones con espíritu ahorrativo, y no gastar demasiado en triunfos electorales que igual se puedan lograr con menos costos, y no necesitan tampoco ser demasiado amplios.

Ganar con la coalición mínima es también un buen camino para reproducir esa dispersión opositora. Siendo la primera minoría, aun por una diferencia estrecha, se puede tentar con acuerdos a algunos de los grupos dispersos de competidores, con lo que se los mantendrá divididos. Y por ese lado el gobierno ha salido también airoso en estas PASO.

Porque el kirchnerismo perdió casi todo lo que puso en juego: el invicto de Cristina, el predominio en Santa Cruz, incluso se hundieron los tardíos kirchneristas puntanos y la posibilidad de figurar aunque más no fuera como minoría en los demás distritos, donde las listas que compitieron con las del peronismo “renovado” hicieron en general un muy flaco papel.

Cristina se presentó como “un límite para este gobierno”, mejor dicho, como el ariete de un bloqueo total contra él. Pero convenció sólo a una minoría de los bonaerenses y a muy pocos votantes porteños y del interior profundo. Frente a un gobierno que no supo explicar muy bien por qué necesitaba menos límites y trabas y más apoyo fue una muy magra cosecha.

Y en cuanto al otro peronismo, el moderado y conciliador, tampoco salió muy bien parado. La derrota de los dos más entusiastas promotores de la Liga de Gobernadores, el cordobés Juan Schiaretti y el enterriano Gustavo Bordet, fue particularmente sonora a este respecto.

Estos resultados ponen de todos modos también de manifiesto la tensión entre las necesidades electorales y de gobernabilidad del oficialismo. Él necesitaba ganar de nuevo en las provincias centrales, sobre todo en Córdoba que le dio la presidencia en 2015, para no aparecer retrocediendo. Pero hacerlo implicaba debilitar a uno de los aliados más confiables que va a encontrar para hacer pasar sus leyes. Sobre todo ahora que el Senado se va a manejar más desde las provincias, y en Diputados Massa va a ser mucho más débil. ¿A cuántos otros peronistas podrá convencer ahora Schiaretti, cuando su estrategia demostró estar funcionando, en la arena electoral, bastante peor que la de Insfrán, o la de Manzur?

En cuanto a Diputados, si en octubre se repitieran los resultados de este domingo el massismo perdería alrededor de una decena de bancas, mucho más de lo que retrocedería el FPV. Tal vez ese debilitamiento pueda ser compensado por la mayor gravitación del bloque de Bossio, que tiene chances de sumar al menos algunos de los diputados fieles a los gobernadores jóvenes. Pero difícilmente con eso alcance.

En resumen, el peronismo que viene todavía no va a tener jefe. E incluso algunos de los jefes parciales que tenía (es el caso también de Pichetto) serán más débiles que hasta aquí. Dada la necesidad de Macri de dar certidumbre a su capacidad de aprobar leyes esta no es una buena noticia. Confirma que las negociaciones seguirán siendo caso por caso, y estarán amenazadas todo el tiempo por la extorsión y el eventual fracaso.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/8/17

Posted in Política.


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