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¿Y si Cristina pierde por paliza? Massa y Randazzo ya lucen aliviados

El oficialismo minimiza la ventaja que sus listas llevan en provincia. No quieren desinflar la polarización ni aflojar la presión sobre sus activistas. Es lógico, pero tal vez sea también irrelevante. Porque el proceso de deterioro y aislamiento de la ex presidenta avanza de todos modos.

Vistos los resultados que cosechó, le hubiera convenido seguir sin hablar con nadie más que con sus fieles. Los diálogos con periodistas tuvieron hasta aquí el mismo efecto en su popularidad que los rayos del sol en la piel de Drácula: con el primero perdió tres o cuatro puntos de popularidad y con los de Crónica y El País sobre las llagas ya abiertas la luz ultravioleta caló hasta los huesos. Lo más notable fue cuando incursionó sobre temas delicados como Once y corrupción. No sólo por sus insólitas respuestas: ya para empezar y por más sonrisas y mohines que hiciera permitió que se enfocara la disputa de nuevo en su desempeño pasado, haciéndole un invalorable favor a sus adversarios.

Encima al gobierno le sale todo bien, hasta lo que hace mal. El drama de las tomas de escuelas no supo cómo manejarlo y mucho menos logró frenarlo, pero los centros de estudiantes se pincharon solos, saliendo de escena encima con la mácula del ocultamiento de un abuso sexual que va a traer cola. Los familiares de Maldonado adoptaron un discurso cada vez más virulento, haciendo de sustitutos de Bonafini, a quien oportunamente el comando de campaña cristinista ha mandado a callarse, pero se ve que su espíritu está demasiado presente en el ambiente de los derechos humanos como para lograr silenciarlo del todo. Y los gremios y el resto del peronismo han girado ya decididamente hacia el “centro nacional” y la moderación, como gusta a Miguel Pichetto, alentados no sólo por los datos de encuestas sino por la detención del Pata Medina, absolutamente demoledora para el peronismo bonaerense y alarmante para muchos otros gremios, y por gestos de moderación llegados oportunamente desde Casa Rosada, como la baja del proyecto de reforma laboral, que se ve Triaca convenció a Macri de no tratar de convertir en ley, ya que nuestra situación nada tiene que ver con la de Temer en Brasil: allá un gobierno sin votos puede formar bastante fácil mayorías legislativas pro mercado, acá uno que va a recibir carradas de votos corre el riesgo de incinerarlos inútilmente un par de semanas después si pretende usarlos para la aprobación legislativa de reformas de esa orientación, cuando el peronismo no tendría ningún inconveniente en bloquearlas. Más bien hallaría en ello una valiosa oportunidad de reunificarse y demostrar que su derrota electoral fue acotada y tal vez efímera.

Así las cosas, con el oficialismo cometiendo menos errores o diluyendo las secuelas de los cometidos y un kirchnerismo que no deja de ayudarlo cada vez que lo ataca (blindaje kirchnerista que funciona mucho mejor que el supuesto blindaje mediático por ellos denunciado), el cuadro electoral ha cambiado drásticamente en cuestión de semanas: mientras el gobierno minimiza o directamente oculta sus números, la pregunta que se extiende no es ya si Cristina va a perder sino por cuánto.

¿Cuánto crecerá la distancia que la separa del señor del yeso en el brazo, Bullrich el mudo? Las encuestas más serias muestran que éste ya ronda los 40 puntos. Es más difícil ubicar a Cristina: algunas la dan aguantando alrededor de 35, pero es probable que no lo logre. En la desesperación extrema la agitación contra el “ajuste que viene”, insistiendo en la necesidad de “ponerle un freno a Macri”. Palos en la rueda, que le dicen. Algo que seguramente algunos compartirán, pero otros entre sus posibles votantes, viendo que las cosas de a poco mejoran, verán poco conveniente.

La caída de Cristina puede profundizarse por otros motivos a más de su desesperación y fallida comunicación. Por un lado, unos cuantos de quienes la votaron en agosto, así como algunos más que se sumaron en los días inmediatos posteriores, lo hicieron pensando que era la única oposición con chances. Ahora que se ve que chances no tiene puede que muchos de ellos, sobre todo los de raíces peronistas, se pregunten ¿para qué malgastar el voto en alguien con tanto pasado y tan pocas perspectivas? ¿No sería más razonable apoyar a gente con algo más de futuro?

Otro motivo que preocupa y mucho al cristinismo es la deslealtad de los intendentes. Ellos necesitan los votos de Cristina para dar cobertura a sus listas locales, pero con ella perdiendo eso no alcanza, así que volvieron a hablar con Randazzo y Massa, se preparan para repartir boletas cortadas, para que las suyas de concejales funcionen como colectoras, y algunos hasta fueron a ver a Pichetto para mostrar que les importa un rábano que los acusen de traición. Más pasto para el pronóstico de que el peronismo no perderá el tiempo y aislará a la líder de Unidad Ciudadana.

Todo eso junto explica por qué Massa y Randazzo dejaron de caer en las últimas encuestas: perdieron ya en manos del oficialismo todo lo que podían perder, y lo que migraba hacia Cristina, además de poco, ya dejó de fluir. Ahora hasta puede que algunos votantes recorran el camino inverso si ellos hacen bien su trabajo de challengers a dos puntas y cooperan con los intendentes. De allí que ambos luzcan bastante optimistas y estén ensayando discursos mucho más agresivos con el gobierno y la propia ex presidenta que los defensivos de semanas atrás.

A diferencia de Lousteau, que se derrumba sin freno ni límite, la suerte de aquellos dos referentes del peronismo no está echada, aun sus campañas pueden hacer alguna diferencia. Claro que no van a brillar, pero el asunto no es ese, es sobrevivir. Y estar en mínimas condiciones para la gran batalla que se viene, la recomposición del peronismo bonaerense. Como siempre, la más difícil y la decisiva de todas las operaciones de digestión y reinvención de esta fuerza política en los cambios de época.

Allí Cristina seguirá tallando, por más que perfore su piso electoral el 22 de octubre y pierda por paliza, digamos 10 puntos, cosa nada improbable. Igual 3 millones de votos no los junta cualquiera. Pero los números puede que importen bastante menos que las alianzas y la capacidad de influir en el proceso partidario y legislativo. Algo que parece nadie más que sus fieles seguidores está interesado en facilitarle.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/10/17

Posted in Política.