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Macri puso fin a una larga hegemonía peronista

Las elecciones de este domingo pusieron definitivamente fin al ciclo kirchnerista. Lo que había sido una incógnita todavía en 2015 y algunos nostálgicos se resistían a creer ahora se terminó de resolver: no hay nada parecido a un “empate”, Cambiemos es una sólida primera minoría en el país, con creciente implante territorial, capaz de competir en todos los distritos y de ganar allí donde ofrece buenos candidatos, y el peronismo está en serios problemas porque ya no le quedan casi bastiones inexpugnables. Así que no sólo Macri es un terrible dolor de cabeza para Cristina, quien sale con esto del centro de la escena y si avanzan sus problemas judiciales puede que salga del todo de ella, es también una seria amenaza para el que hasta hace poco actuaba como partido predominante en Argentina.

Desde 2001 el peronismo dominó ampliamente la política nacional. Por un lado porque fue la única fuerza capaz de formar mayorías, controlar el territorio y las instituciones de gobierno. Y por otro y fundamental porque fue la única que tuvo nombre. Al menos un nombre estable y por todos comprensible.

El resto estuvo compuesto de partes dispersas que llevaron divisas poco convocantes, equívocas y muchas veces efímeras, y encima sólo tuvieron en común la poco elegante y totalmente imprecisa referencia de ser “el no peronismo”, un término en sí horrible. Como para que quedara claro que su rol era casi exclusivamente el de patalear y acompañar al polo activo y productivo de la política nacional.

De esta elección resultaron dos grandes novedades que alteran esa situación. Primero y fundamental se consolidó Cambiemos como identidad y coalición política. Segundo, se terminó con el famoso empate que muchos interpretaron había arrojado la elección de 2015, cuando es cierto que tanto para presidente como para legisladores los resultados fueron muy parejos. Y eso porque ahora el peronismo perdió muchos votos y se dispersó aun más que dos años atrás. Es él quien enfrenta en estos momentos una crisis de identidad y de conducción, incluso de nombre. Además de haber perdido una porción no desdeñable de su poder institucional: diputados, senadores, legisladores y concejales en todo el país, incluso en regiones que consideraba baluartes inexpugnables, mucho del férreo control territorial que ejerció en el pasado se le escurrió entre los dedos. Los datos más elocuentes al respecto son que perdió en provincias donde era imbatible, La Rioja, o donde no perdía desde hace añares, Salta y Chaco, y puede perder la primera minoría del Senado por primera vez desde 1983.

Esa hegemonía peronista, agreguemos, se ejerció casi constantemente a través no de una sola expresión partidaria, sino de varias, compitiendo entre sí, lo que configuró una suerte de pluralismo peronista que en gran medida reemplazó el pluralismo de partidos, que quedó entonces debilitado.

Durante los últimos quince años para una porción importante del electorado nacional que no se identificaba con el peronismo fue tentador participar de la lucha entre facciones de esa corriente política, votando al peronista menos malo o más afín en cada momento, con lo cual la interna peronista desbordaba en la competencia general, y los demás partidos veían como parte de su base electoral les era arrebatada por esa fuerza gravitatoria del arco de ofertas peronistas.

Ese pluralismo peronista reunió, en su momento de gloria, entre 2007 y 2013, alrededor de 58% de los votos totales en elecciones a diputados nacionales. Con lo cual superó ampliamente los dos tercios de los diputados y una porción muy similar de los senadores. En suma, números que marginaban al resto de las fuerzas políticas casi a las fronteras de la irrelevancia.

Ahora la dispersión de la familia que se referencia en Perón sigue existiendo, pero ya no es un instrumento útil para resolver sus problemas y crecer, para actuar como un flexible arco de opciones distintas pero conectadas y solidarias, si no que resulta un obstáculo para generar confianza y atraer votantes.

En 2015 ya ese porcentaje de votos del arco peronista cayó a poco más del 50%, y ahora se derrumbó por debajo de esa frontera, a porcentajes similares a lo que era común en los años ochenta y noventa y a los del resto del espectro político, que si está menos dividido tiene chances de ganar.

Del “todos ganamos dividiéndonos y después rejuntándonos” gracias a la vigencia del pluralismo peronista y la fragmentación ajena se ha pasado al “todos perdemos si no nos dejamos de jorobar y nos juntamos”. De modo que ha dejado de ser tan atractivo para sus líderes generar cismas preelectorales y luego realinearse según las conveniencias poselectorales en combinaciones y coaliciones también inestables y manifiestamente oportunistas, como hicieron en 2003 menemistas, saaistas y duhaldistas, en 2005 duhaldistas y kirchneristas, en 2007 kirchneristas y lavagnistas, en 2009 kirchneristas, solaistas y denarvaistas, en 2011 kirchneristas, de nuevo duhaldistas y saaistas, en 2013 kirchneristas y massistas y en 2015 kirchneristas, sciolistas y massistas. Tanto abusaron del método que parece agotaron la paciencia de muchos electores. Ahora deberán esmerarse en organizar y respetar un partido que los cobije y conduzca.

Si eso sucede no será una suerte solamente para ellos sino para todos. El peronismo dejará de ser un factor distorsivo de la representación, de contaminar la transparencia y la confianza entre los votantes y las posiciones y alianzas que deciden quienes reciben sus votos. Lo que sin duda sería una gran contribución para nuestro sistema de partidos.

En más de un sentido están obligados a intentarlo porque de otro modo es probable que Cambiemos profundice y complete en 2019 el proceso de demolición del poder electoral e institucional peronista que empezó dos años atrás, abriendo perspectivas aun más complicadas para el futuro de esa fuerza. Si la elección de este domingo se repitiera en las de cargos ejecutivos dentro de dos años el terremoto en términos de cambio de poder sería inédito: gobernaciones e intendencias que durante décadas el PJ ha ejercido casi sin competencia pasarían a otras manos; por primera vez desde los años treinta tendríamos un gobierno no peronista con mayoría en ambas cámaras; y el apotegma según el cual el peronismo es eterno y parte de nuestra condición nacional empezaría en serio a discutirse. En Cambiemos lo saben y no parece que vayan a dejar pasar la oportunidad así de fácil.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 22/10/17

Posted in Política.


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