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Macri cedió plata y profundidad para lograr velocidad ¿Hizo bien?

¿Serán realmente “históricos” los acuerdos sellados en los últimos días entre el gobierno nacional, los gobernadores y los sindicatos?

La opinión general es entre bastante y muy positiva. Se ha dicho que con los acuerdos alcanzados “todos ganan”. Que el gobierno logró poner en marcha su “reformismo permanente” y triunfó doblemente al aislar a los promotores de la Resistencia y sentar a todos los demás opositores a discutir sus propuestas, con sus condiciones.

Tal vez eso sea más o menos cierto pero es probable también que hayan surgido algunos inconvenientes en la letra chica de los acuerdos. El punto a destacar al respecto es que el gobierno cedió demasiado rápido y demasiado dinero. Y que todo lo que no consiguió en la mesa de negociaciones va a recargar su trabajo durante 2018.

Se destaca que las provincias resignaron sus juicios contra el Estado Nacional, y este los compensó con un bono. Pero lo cierto es que en esta transacción aquellas cedieron recursos eventuales y éste unos bien concretos e inmediatos: 80.000 millones en los próximos años. Algo parecido sucede con la promesa de la responsabilidad fiscal: las provincias se comprometerían, igual que en 1993 y 2004, a reducir gastos y controlar progresivamente sus déficits, y el gobierno nacional espera que ese sea el instrumento para forzar una baja progresiva de Ingresos Brutos y Sellos; pero ¿y si sucede igual que después de esos pactos fiscales y las provincias incumplen? ¿tendrá a la mano el Ejecutivo nacional algún instrumento para castigarlas? La experiencia con la ley de 1999 no fue buena, recordemos: en ausencia de sanciones efectivas, incumplir es muy tentador. Tampoco se acordó qué se va a hacer con el déficit de las cajas previsionales que siguen administrando las provincias, 13 en total y escandalosamente deficitarias. Otra mala señal. ¿Quién financiará entonces los cambios que más interesan a Macri para adelante, la reducción de Ganancias e IVA para los que inviertan, la reducción de aportes patronales? Acertó: todo recaerá en el esfuerzo que pueda hacer la administración central.

Se dice también que los gremios aceptaron “globalmente” la reforma laboral propuesta por el presidente. Pero lo cierto es que le sacaron casi todas sus notas para ellos problemáticas: buena parte de la reducción buscada en las indemnizaciones, el “banco de horas” para flexibilizar las jornadas laborales, la igualdad de derechos entre empleador y empleado y el fomento a las tercerizaciones; “a cambio” el gobierno sólo logró avances en el blanqueo y la extensión de licencias, cambios que benefician también a los gremios.

Por otra parte el trámite parlamentario puede complicar aún más las cosas. El gobierno espera que en ese proceso se incluya el descuento de lo que se pague por el impuesto al Cheque de lo que corresponda a Ganancias. ¿Lo considerarán los legisladores de oposición, sabiendo que toda caída en la recaudación de Ganancias ahora perjudicará más que antes a sus provincias? También espera que la fórmula de actualización de jubilaciones por encima de la inflación que ya aceptó (más generosa de lo esperado y más generosa aún para los que hayan aportado al menos 30 años) no anule del todo el ahorro que necesita para pagar sus también generosos compromisos con Buenos Aires (el ahorro previsional inicialmente previsto por 100.000 millones ya se redujo a 70.000), pero ¿y si los diputados y senadores vuelven a mostrarse, como siempre, especialmente sensibles al respecto y se aseguran que los incrementos por sobre la inflación no sean simbólicos (los míseros 10 pesos de los que ya habla con toda razón Kicilloff)? Demasiados problemas dejados a la buena de Dios, cuando ya el Ejecutivo cedió todo lo que podía ceder en la negociación previa con los que no votan las leyes, los gobernadores y los sindicalistas. ¿Qué va a concederles a los legisladores?

Es cierto que el oficialismo puede compensar estos costos, parcialmente al menos, si profundiza el círculo virtuoso ya desde las PASO creado entre fortalecimiento de la gobernabilidad y del control oficial sobre la agenda pública, recuperación de la confianza de los inversores y consumidores, aceleración de la recuperación económica, más recursos alimentando las arcas públicas, por tanto más gobernabilidad, etc.. Pero ¿con eso va a alcanzar para compensar las malas señales que pronto pueden surgir respecto a la evolución del déficit público, el endeudamiento, el impacto de todo ello sobre el tipo de cambio y sobre la competitividad de la economía, la inflación y los déficits gemelos, y así sucesivamente? Puede que no.

Además y por sobre todo concluidas las negociaciones es evidente que ellas dejaron demasiado conformes y distantes del kirchnerismo a los peronistas moderados. Haciéndoles un favor extra a quienes en adelante serán los únicos contrincantes de peso del oficialismo: gobernadores y sindicalistas pueden decir ahora que ellos no tuvieron nada que ver con la iniciativa loca de Cristina de querer incendiarlo todo, que ella es la única que salió realmente derrotada del reciente llamado a las urnas, y que de parte de ellos la sociedad no tiene nada que temer porque han demostrado cumplir a rajatabla con una función doblemente virtuosa, sacar definitivamente de escena a ese actor antisistema y destructivo, y corregir los excesos en que cae el gobierno en su afán ajustador y su insensibilidad social. El famoso centro nacional del que viene hablando Miguel Pichetto.

¿No hubiera sido mejor para el oficialismo esperar a que asumiera su banca Cristina, para que ella volviera a cumplir su habitual rol de horadación y achique de la posición en que aspiran a hacerse fuertes gobernadores y sindicalistas? Finalmente son estos los que seguro más festejan, y tal vez además empujan, el fervor de algunos jueces por mostrarse implacables con el latrocinio kirchnerista: necesitan que hasta los restos de ese proyecto desaparezcan, para no tenerlos todo el tiempo recordándoles sus no muy remotas afinidades y, peor, acusándolos de ser socios del ajuste y robándoles votos y apoyos opositores por izquierda.

Si esto es así, ¿el efecto político de los acuerdos no puede terminar siendo más complejo para el macrismo de lo que ahora parece? El presidente puede que se haya asegurado su reelección, y también la de Vidal y Rodríguez Larreta. Pero tal vez también aseguró sin querer la reelección de muchos gobernadores peronistas. Sobre los que Cambiemos necesita avanzar en 2019 si quiere fortalecer su coalición legislativa y no ser de nuevo, en un segundo mandato, una gestión en minoría y dependiente de la buena voluntad de los opositores moderados. ¿En serio se puede pensar, como dijo en estos días un conocido analista, que a partir de ahora “Macri cuida a los gobernadores y los gobernadores cuidan a Macri”?

Una cosa es pasar de juegos extorsivos y especulativos de “suma cero” a juegos más colaborativos, y otra querer gobernar confiando en la bondad del ser humano. Ni Macri ni sus colaboradores son tan ingenuos para adherir a una fórmula como esta, eso es seguro. Pero puede que estén confiando demasiado en su buena estrella, en que el peronismo está desarmado y desarticulado y va a seguir así por largo tiempo, y que los costos extra que se cargue el programa fiscal sobre sus espaldas con acuerdos como los mencionados podrán descontarse fácilmente con toma de deuda, mayores plazos para la convergencia de las variables y, finalmente, algo más de inflación. Como hacen las empresas en Argentina desde siempre, después de negociar con gremios, proveedores y demás: recalculan y descargan costos vía precios en sectores que, como los consumidores, no tienen poder de retaliación. El problema es que Argentina como país no puede confiar en hacer lo que las empresas argentinas durante demasiado tiempo se han acostumbrado sea su modus operandi. Y menos ahora que el país quiere empezar un tiempo distinto, que acabe con ese tipo de conductas.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 23/11/17

Posted in Política.


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