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Grabois y Moreau: ¿juego de pinzas para justificar la violencia?

Frente a la violencia política no hay grieta que valga, no se trata de “bandos en pugna”, es una cuestión básica de respeto al Estado de Derecho, que no admite ambigüedades. Y la pregunta que agita este fin de año al respecto es si ella volvió para quedarse. La respuesta más prudente creo que es “depende”, depende de lo bien que reaccionen las instituciones y los moderados que las hacen funcionar para contener el problema; también de lo decididos que estén los promotores de la escalada a sostener su estrategia a cualquier costo; y depende por último de lo que hagan quienes se ubican en una zona gris, no son activos en esa promoción, pero tampoco decididamente reactivos ni moderados.

En esa zona gris se mueve Juan Grabois, quien parece actúa en este y otros asuntos como vocero del Papa. E hizo profusas declaraciones en que se justifica y minimiza el problema.

Grabois, claro, no es Moreau, estrella del momento en el agitado mundo kirchnerista, hace unos años defensor militante de los ruralistas contra la 125, hoy entusiasta de la guerra contra Macri, siempre tan oportunista como fanático, quien no dudó en justificar que a los periodistas de Clarín se los apalee.

Pero la pregunta es si, por más que Grabois no comparta esas características ni esta posición, su enfoque de la violencia política pueda resulta tan o hasta más problemática que la del bien llamado “marciano” Moreau, dada su mayor representatividad.

Se trata del máximo referente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, una de las organizaciones de desocupados más numerosas y que más plata recibe del Estado, sobre todo desde que Macri está en la Presidencia. Y además hace un tiempo fue designado por el Papa como Asesor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz del Vaticano, es decir que Francisco lo considera persona adecuada para orientar su entera tarea pastoral en este campo. Debe prestarle mucha atención, y también a la inversa, cabe suponer que Grabois responde bastante fielmente a lo que sugiere decir y hacer el Pontífice en estos asuntos.

Por eso sus palabras sobre lo sucedido el lunes 18 en el centro porteño alarman. En esas declaraciones se muestra, por decir lo menos, como un dirigente poco leal a las instituciones y al propio Estado de Derecho que sostiene su actividad.

Según Grabois ese día la violencia “no fue organizada”, y la atribuyó a “un grupo ínfimo”. Dos vías para subestimar la cuestión algo contradictorias entre sí. Admitió además que se trató de un grupo “político”, al que igual quitó importancia y hasta responsabilidad por ser “estúpidos funcionales al gobierno”. Luego negó que se hubiera tratado de un episodio de “violencia social” pero sí lo vinculó con la “frustración y bronca” en las barriadas “por la exclusión social”. En suma, una confusa ensalada donde parece que nadie tiene la culpa más que el gobierno que genera exclusión y se aprovecha de los “estúpidos”.

Encima a continuación pasó un mensaje casi extorsivo: “el panorama viene muy feo y en estos días se va a profundizar…. El diálogo con el gobierno se cortó, estamos en una situación de emergencia… pensaron que como en dos años no habían tenido quilombos no necesitaban hablar más con esta gente”.

Por cierto, como cabe inferir de lo que dice el propio Grabois, buena parte de los que arrojaban piedras seguramente reciben algún tipo de recurso del Estado. O son empleados de un municipio, o beneficiarios de un plan, o miembros de algún otro programa social. Y según él actúan violentamente porque esos recursos están amenazados, o porque no los aumentan lo suficiente, o porque temen que sea así. Y puede inferirse que su propia organización se alinea en esta postura, asumiendo la actitud de representante de clientes enojados: “si no nos escuchan prepárense para lo que viene”.

Y la cuestión es aún más grave porque además de este juego extorsivo hay detrás, y el mismo Grabois lo deja entrever, un juego político todavía más perverso: dado que esta gente dispuesta a ejercer muy intensamente la violencia no se reconoce como “cliente” del Estado, sino de mediadores políticos que son por completo desleales al juego institucional, del que están quedando cada vez más marginados. Justamente por eso escalan su apuesta contra el sistema: temen quedarse del todo fuera en un futuro cercano, y entonces prefieren negarle legitimidad y dinamitarlo.

¿Y Grabois en particular, a qué juega en este contexto? Es evidente que se mueve en esa zona gris tan decisiva en la que no militan los activamente violentos, pero sí los que creen que esa violencia se justifica y no van a desautorizarla, porque sería “hacerle el juego al gobierno”. Una tesitura similar a la adoptada, al menos hasta aquí, por los massistas, parte del gremialismo más combativo, y cabe preguntarse, ¿también por el Papa?

Si su informante y vocero al respecto es el líder de la CTEP, no es de esperar que su comprensión de la situación que se vive en el país y el rol que ha decidido asumir ante ella vaya a mejorar mucho respecto a lo sucedido, por caso, con Milagro Sala, o con la señora Bonafini. Y el daño tanto para él como para las instituciones del país puede ser bastante mayor.

Porque lo cierto es que quienes se han lanzado al ejercicio de la violencia política no dan señales de desistir, no van a recapacitar ni a dudar de su estrategia al menos de momento. Y es indudable también que en la zona gris y ambigua en que se mueven los justificadores de la violencia se dirimirá en gran medida la suerte de nuestro sistema democrático: si cada vez más actores se ubican en esta postura entonces será más tentador para los primeros escalar todos los conflictos que se presenten, salir a la calle a romper todo, porque aunque por un lado “le hagan el juego al gobierno” también tendrán la esperanza de debilitarlo en el ejercicio de su autoridad, mostrarlo necesitado de recurrir a más y más represión, y volcar así a más y más gente a la zona gris, a adoptar una postura ambigua frente al Estado de Derecho, su legitimidad y eficacia.

Es por eso que resulta tan importante determinar si los caminos de los Moreau y los Grabois de este mundo convergen, o sólo circunstancialmente se han cruzado en estos días agitados de fin de año, pero estamos a tiempo de evitar que sus respectivas estrategias se alimenten entre sí.

Por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/12/17

Posted in Política.


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