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Inflación del 24%. ¿Gran fracaso de Macri?, ¿se va Sturzenegger?

Finalmente quedó en el 24. Muy por encima de la meta del Banco Central. E incluso algo un par de puntos por arriba de lo que pronosticaban los funcionarios del Ejecutivo, y que ellos hubieran considerado un resultado aceptable, algo así como un empate.

¿Se equivocaron aquellas metas y estos pronósticos?, y más en general, ¿se está equivocando el gobierno con las políticas que aplica para bajarla, como las altas tasas de interés, o con las que implementa al mismo tiempo y tienen el efecto de contrario de alimentarla, como la corrección de tarifas?, ¿o será que dada esta combinación de problemas y factores, y dada la necesidad de ser gradualista, no podía esperarse otra cosa, y en lo que se equivocaron Macri y su equipo fue en ser demasiado optimistas al prometer un ritmo de reducción de la suba de precios que de ninguna manera podrían cumplir?

Algo de esto último hay y lo ha reconocido el gobierno al forzar al Banco Central a corregir las metas de 2018: para no afectar el todavía frágil crecimiento se elevó la meta para este año, que es ahora casi la misma que se usó en 2017. También con ello se ha admitido que hubo al menos un poco de exageración, y bastante mala coordinación, en el nivel de tasas fijado hasta aquí por Federico Sturzenegger: se espera que el Central a su cargo las baje al menos módicamente en las próximas semanas.

En cambio en la corrección tarifaria no hubo revisión alguna, al contrario, hubo aceleración: entre lo dispuesto para los próximos meses para la luz, el gas y el transporte tendremos otro verano caliente y mucha presión sobre el resto de los precios. Con una consecuencia esperable: niveles mensuales de inflación muy parecidos a los del período kirchnerista.

¿Quiere esto decir que estamos atrapados en un círculo vicioso, en el que el gobierno consume sus fuerzas inútilmente y le impone perjuicios innecesarios a la sociedad? , ¿él debería entonces cambiar más profundamente de estrategia, no corregir un poco si no abandonar del todo su política actual, para aplicar una estrategia expansiva más decidida, dejando de lado al menos de momento el problema inflacionario, o bien hacer un ajuste en serio y dejar de demorar por razones políticas las “correcciones de mercado”?

Los economistas de izquierda y de derecha se reparten previsiblemente en estas dos posturas críticas, y claro que, como siempre sucede, algo de razón tienen. Pero no toda la razón, porque es muy relativo eso del círculo vicioso: en verdad los dos años de gestión económica de Cambiemos han cambiado sustancialmente el problema de la inflación, que no hay que evaluar sólo por los números globales, sino por su composición y relación con el resto de las variables fiscales y económicas.

Hasta aquí, en términos de números finales de suba de precios y mirando sólo la superficie del problema, podría creerse que el ciclo 2016-2017 casi repitió el vivido entre 2014-2015, el último bienio de Cristina en el poder: un primer año de alrededor de 40 seguido de otro de más o menos 25. Los dos ciclos tienen en común además que se iniciaron con una devaluación importante y concluyeron con una baja insuficiente de la suba de precios, en un “piso” todavía muy alto, y el regreso del retraso cambiario.

Pero las similitudes se detienen allí. Porque en el primer ciclo simultáneamente se agravaron las distorsiones de precios relativos que dormían, es decir escondían debajo de la alfombra, una porción sustancial de la inercia y velocidad de la suba de precios al consumidor: el descomunal retraso de las tarifas, que significaba por lo menos 40 o 50 puntos de impacto inflacionario ya insosteniblemente reprimido (no se llegó al nivel de Venezuela, donde un cigarrillo hoy tiene el mismo precio que 200 litros de nafta, o un caramelo equivale a 160 litros, pero se iba en la misma dirección), el cepo cambiario que mantenía muy retrasado el nivel del dólar, el vaciamiento de la ANSES y otros organismos a través de la toma de deuda a tasas irrisorias por parte del Tesoro, etc.

Como nada de eso podía continuar sería inevitable que la gestión de Cambiemos, antes de empezar a bajar la inflación debiera subirla: devaluando, subiendo las tarifas, sincerando el financiamiento público.

Pero como el optimismo voluntarista ya desde el comienzo impuso el tono a la nueva administración eso no se explicó. Y pareció entonces que ella agravaba el problema en vez de resolverlo durante un primer año tapizado de “errores”.

La larga experiencia argentina en esta materia debió ser más aleccionadora tanto para las autoridades como para la sociedad. Porque la verdad es que la situación de fines de 2015 no tenía nada de nuevo: fue más o menos habitual durante el largo ciclo de alta inflación que el país vivió entre los años cincuenta y los ochenta del siglo pasado. Cuando políticas de contención de precios focalizadas en el tipo de cambio, en tarifas públicas, en el saqueo de cajas previsionales y las reservas, o en la combinación de todo eso como hizo el kirchnerismo, terminaban en ajustes caóticos de todas esas variables, para de nuevo empezar con los parches.

Esa combinación de distorsión de precios y ajustes cíclicos fue lo que distinguió el calvario de la alta inflación argentina de, por caso, el que vivió Brasil más o menos durante el mismo período: allí también hubo alta inflación muchos años, pero sin distorsión de precios relativos, y por tanto más “coordinada” desde el Estado y más compatible con cierta estabilidad que permitió la inversión y el crecimiento. De allí que Brasil creciera sostenidamente durante esos años, mientras que Argentina iba a los tumbos entre breves momentos de expansión y resonantes caídas recesivas.

Uno podría preguntarse, volviendo al presente, si no hemos entrado en un ciclo “a la brasileña”, con inflación relativamente alta pero “coordinada” y por tanto medianamente compatible con un crecimiento estable, con tasas más o menos razonables de inversión pública y privada, etc. Claro que el mundo actual no es el mismo que el de los años sesenta y setenta, una inflación del 24% es considerada ahora una locura mientras que en aquella época podía ser más o menos aceptable. Así que renunciar a bajarla no parece ser la mejor opción. Pero sí puede serlo renunciar a bajarla rápido y a cualquier costo, por ejemplo, el de una nueva recesión como la vivida en 2016. No sólo por razones de política electoral, también por buenas razones de política económica puede que la mejor opción sea seguir trabajando en los márgenes para que las expectativas de inflación se reduzcan año a año y los precios relativos sigan convergiendo hacia niveles de equilibrio, evitando fuertes alteraciones del tipo de cambio, reduciendo progresivamente tanto el ritmo de endeudamiento como las tasas de interés, y administrando la suba de tarifas, que es sin duda el frente socialmente más complicado, en los límites de la tolerancia de los afectados. Para lo cual explicar mejor que las alternativas serían mucho peores tal vez sea un paso necesario.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/1/18

Posted in Política.