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La izquierda dura, entre la desesperación K y la ambigüedad sindical

Las formaciones de izquierda trotskista son toda una curiosidad de nuestro sistema político. Mientras ocupen un lugar marginal son solo eso, una peculiar y hasta puede que simpática curiosidad. Una vía de escape romántica para las energías de jóvenes que todavía ven el sistema desde afuera. Pero si se volvieran más gravitantes, ¿no pasarían a ser dañinas para la democracia?

Preguntas como esta están dejando de ser tema exclusivo de los paranoicos de derecha que ven en cualquier trapo rojo una amenaza mortal desde que hay indicios de que algo nuevo está pasando en aquel extremo del arco político, algo que tal vez ofrezca a esos grupos la oportunidad de adquirir mayor protagonismo, sumando aliados y legitimando sus ideas y métodos.

En otros lugares del mundo hay grupos antisistema globofóbicos, ambientalistas o anarquistas, pero es raro que sobrevivan y mucho menos graviten quienes combinan todo eso en una sopa ideológica cementada en la lucha de clases en clave marxista y apuestan a radicalizar todos los conflictos particulares para desatar una situación revolucionaria que solo resolvería la clase obrera. ¿Por qué es esto diferente entre nosotros? Seguramente lo alientan la centralidad que el peronismo todavía otorga a la lucha sindical y la dificultad de que florezca una izquierda moderada, socialdemócrata o de otra orientación, en un ambiente donde el monopolio de la negociación y la moderación lo ejerce también, con su peculiar estilo, ese peronismo sindical. La única forma que queda entonces disponible para ser distinto en los gremios, en las universidades y las escuelas secundarias termina siendo replicar y extremar la exaltación del viejo proletariado y ser inflexible al actuar en consecuencia.

Se entiende de allí también por qué empresarios y gobiernos hayan terminado siempre por preferir la reproducción de nuestro sistema sindical: si la alternativa es la más extrema radicalización mejor quedémonos con lo que hay, el “modelo” tiene sus costos pero ofrece también soluciones. Y así hemos ido tirando.

Dos circunstancias sin embargo complicaron en los últimos tiempos esta normalización de la anormalidad. De un lado, que el modelo resultante ha llegado a un punto en que opera sólo a condición de reproducir serios desequilibrios macroeconómicos. Del otro, que la crisis del peronismo abre la puerta para que quienes recogen sus promesas y denuncian su incumplimiento puedan soñar con crecer a su costo.

Ninguna de estas circunstancias es en verdad nueva, pero sí lo es la forma en que se combinan y el contexto en que se dan: un gobierno “de ricos y para ricos” obligado a practicar ajustes, un peronismo en la oposición dividido y debilitado electoralmente, con perspectivas de seguir perdiendo influencia, una economía mediocre y niveles muy altos de pobreza y exclusión que con suerte bajarán gradualmente. A todo lo cual se suma que el sindicalismo peronista enfrenta como nunca antes graves acusaciones de corrupción y una porción de ese partido también está decidido a jugar la carta de la rebelión antisistema, por desesperación ante su rápido declive y sus propios problemas con la Justicia.

Para el trotskismo no podría haber mejor caldo de cultivo. Finalmente ¿quienes si no ellos pueden conducir el gremialismo alternativo, “democrático” y honesto, que hoy hace falta?, ¿si siempre denunciaron las prácticas opacas y la inconsecuencia de la burocracia sindical, quién más podría beneficiarse de su caída en desgracia? La promesa de saneamiento institucional del macrismo, operada encima en confusas dosis con vistas a prohijar una oportuna vuelta a la moderación y negociación de esa burocracia, terminaría así actuando en su beneficio, para desgracia de sus impulsores.

Para lo cual descuentan además la colaboración de las huestes de jóvenes y no tan jóvenes que aún creen en Cristina y se referencian en el ethos kirchnerista, se sienten cada vez más marginados en la interna peronista e injustamente perjudicados en la arena electoral, y por tanto tienden a buscar una salida por vía de radicalizar la protesta donde sea que conserven presencia. ¿Cuánto avanzará esta convergencia antisistema? Y en ella, ¿quién terminará usando a quién?

Si el gobierno se vuelve más creíble en sus iniciativas de saneamiento del gremialismo y en el simultáneo respeto de sus legítimos derechos, y deja de errar tanto por exceso como por defecto en ese frente, probablemente esta dirigencia, o al menos su porción menos salvaje, termine encontrando la utilidad y el camino para moderarse y negociar. Como lo hizo siempre que le convino. Y si la cooperación de los moderados en torno a la distribución de las cargas del ajuste sigue dando frutos para gobierno y oposición los reductos kirchneristas seguirán secándose de apoyo de masas. Por lo que en ninguno de esos dos terrenos el recurso maximalista y violento a las protestas prosperará.

Pero el trotskismo igual lo va a intentar. Entiende que su posición quedó fortalecida luego de los sucesos de diciembre, que ganó visibilidad en el rol de oposición y le conviene pegarse a los K para recoger sus pedazos y denunciando la ambigüedad de la CGT, que patalea pero no lucha. En ese esfuerzo puede que encuentre eco, tal vez resignado, de otros actores de izquierda que no ven alternativa a la mano para hacerle frente al macrismo. Incluso en gente otrora atenta a la salud de las instituciones, que ve un avance incontenible de la derecha que hay que “frenar como sea”. En ellos también campea la desesperación: ¿por qué preocuparse por algunos piedrazos u otros desbordes menores si hay que evitar que el país vuelva al capitalismo salvaje, a la represión, la desocupación galopante? ¿A quién apoyar y votar si no, ahora que hasta Stolbizer y los socialistas se diluyeron? Una pena si después de haber al menos en parte resistido la cooptación k, la izquierda argentina se deja llevar aún más extendidamente a esta ola de antimacrismo virulento, fruto más de sus miedos que de una reflexión razonada.

Posted in Política.


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