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Carlotto, entre el equilibrio y el insulto

Como todos los 24 de marzo, quienes se arrogan la memoria de la última dictadura, y en verdad de todo nuestro pasado en común, invirtieron un gran esfuerzo para ofrecer masivos actos de conmemoración.

Es un rito que refuerza su identidad y ellos creen que los legitima ante la sociedad. Aunque esto último es muy discutible, porque lo cierto es que es una minoría la que les reconoce ese rol de guardianes de la memoria. Minoría que se ha achicado además tras los papelones acumulados bajo el ciclo kirchnerista y que se agravaron incluso bajo el macrismo, con el abuso alevoso de sus banderas para enaltecer a líderes políticos de su simpatía y despotricar contra los contrarios, incluyendo falsas denuncias como en el caso Maldonado.

Actos militantes como el visto en esta ocasión difícilmente alcancen para revertir esta deriva. Incluso pueden agravarla cuando en ellos vuelve a insistirse con la misma retórica, los mismos abrazos entre conmilitones, los mismos insultos a los que no son del palo.

En la ocasión había motivos para que el tono fuera un poco más virulento que otras veces. El más inmediato fue la liberación de Zannini y D`Elía, que se vivió en el sector kirchnerista como una reivindicación, y así lo quisieron hacer pesar con aplausos y abrazos arriba del palco, mientras se insultaba al gobierno y al presidente con toda la munición conocida.

Pero el motivo más grave fue la discusión que estalló hace unas semanas respecto a si corresponde o no que los presos por delitos de lesa humanidad, cuando cumplen con las condiciones que marca la ley (tienen más de 70 años, enfermedades graves, etc.) pasen a prisión domiciliaria.

Como Graciela Fernández Meijide osó argumentar que a ella no le simpatizaba esa posibilidad pero había que respetar el principio de igualdad ante la ley, ya varios de los referentes más fanáticos del “movimiento de derechos humanos” le habían saltado a la yugular. Nora Cortiñas cruzó una raya de mínimo sentido moral cuando le espetó que lo lamentaba por el hijo desaparecido de Fernández Meijide, insinuando que esta lo estaba traicionando, que era una “mala madre”. Tal vez no advirtió que replicaba el nefasto argumento con que bajo la dictadura y también después muchos le reprochaban a las madres de plaza de mayo ser responsables indirectas de las desapariciones: todas ellas habían sido supuestamente “malas madres”, porque no habían mantenido a salvo a sus hijos, no los habían alejado de malas influencias. De tanto luchar contra algo al final a veces se termina uno pareciendo a lo que combate.

Las respuestas de otros referentes de los “organismos” sobre el tema de la prisión domiciliaria no fueron tan virulentas, pero tampoco fueron precisas. Estela de Carlotto cerró su intervención en el acto llamando a luchar contra una posible ola de “liberaciones”. “Ni un paso atrás, ni un genocida suelto” gritó. La invocación es tramposa por varios lados; primero, porque la prisión domiciliaria no es una liberación. El equívoco entre una cosa y la otra lo cultivaron en los últimos días varios referentes del sector, comparando esta cuestión con el 2 X 1, y dando a entender que el gobierno estaba trampeando informes médicos para lograr por otros medios lo que supuestamente había intentado el año pasado con ese fallo de la Corte Suprema. Pese a que fue el propio oficialismo el que terminó revirtiendo ese fallo, como se recordará, al hacer aprobar una norma que diferenciaba la situación de los presos de lesa humanidad de la del resto de los detenidos.

¿Estuvo justificado dictar esa ley discriminatoria por la gravedad de los delitos cometidos por esos reos? ¿Y además aplicarla retrospectivamente, pese a lo arbitrario de cambiar las normas mucho después de los hechos e incluso de concluido un juicio? Es discutible. Tal vez lo que se viene es otra norma parecida para las prisiones domiciliarias, que haciendo un poco la vista gorda se aplicará de nuevo retrospectivamente, y que limitará un poco más el criterio de igualdad ante la ley.

¿Será lo correcto? Quién sabe. Pero tal vez lo más importante sea otra cosa: ¿quedaría con eso satisfecha el ansia de los referentes de los “organismos” de ver a los genocidas recibir todo el peso de la ley, y hasta un poco más? Seguramente no. Porque igual llegará el momento en que alguno de esos presos termine su condena y sea liberado, y ¿entonces qué dirán, que es un nuevo retroceso en la lucha por la Justicia? ¿Hay forma legal de asegurar que, como llegan algunos a soñar en voz alta, “todos mueran en prisión”, de eso se trata toda esta “lucha”?

Si uno no sabe cómo terminar bien esta batalla por la memoria y la Justicia es porque no tiene claro para qué la empezó. Y eso es lo que nos está pasando. Las víctimas no tienen por qué resolver este asunto, pese a que ellas han sido protagonistas importantes en el impulso a los juicios, porque no tienen por qué ser razonables-. Por eso mismo no es razonable que el sistema judicial y la vida política de un país se guíe con sus criterios de justicia.

Porque es evidente que para cualquier familiar de la víctima de un crimen, y mientras más grave el crimen peor, va a ser insoportable que por el motivo que sea el castigo a los responsables se acote. Pero a menos que reintroduzcamos la pena de muerte, en nuestro sistema penal, todos los castigos son y seguirán siendo limitados y se supone que están pensados finalmente para la reinserción social del reo. ¿Entonces qué hacemos, ponemos a estos reos especiales del todo fuera de la ley común?

Siempre me asombró que los familiares no hayan buscado justicia por mano propia. Es un gran mérito. Del que Carlotto suele hablar y hace muy bien. La vendetta estuvo ausente. Quienes despotrican (despotricamos) contra los vicios en que han incurrido los referentes de ese sector deberían atender a ese hecho, que habla de la búsqueda de equilibrio, de vías institucionales y de soluciones regladas. El problema es que tal vez ese meritorio esfuerzo siempre estuvo en pugna con la condición de víctima y su conciencia. Y cada vez que los límites se han hecho palpables, parece que la sangre es la que termina imponiéndose.

Le pasó justamente a Carlotto este 24. En el palco estuvo medida, mantuvo el tono de su entrevista con la gobernadora Vidal, habló apenas del gobierno, se centró en la tarea de las Abuelas, etc.. Pero apenas bajó del palco dio una entrevista con C5N que careció de cualquier viso de racionalidad, en la que dominó el odio y el insulto: como Macri “no nos quiere”, nosotros tampoco a él, es “nefasto”, todo lo que hace está mal hay que combatirlo, fin del asunto. La política de derechos humanos no se puede seguir haciendo desde ese discurso ni desde los rechazos que él genera en buena parte del resto del país.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/3/18

Posted in Política.