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Una guerra política con la Justicia como teatro

Como no pueden por ahora vencerlo, los peronistas que aún ejercen un poder institucional relevante, los senadores de Pichetto y los jueces federales de esa extracción (y también varios de los supremos), bajo la mirada distante pero esperanzada de los gobernadores, han venido ofreciéndole una vía para que se conforme con lo mínimo.

Una suerte de abrazo del oso: tenerlo lo más cerca posible, permitirle que logre algunas cosas de las que se propone, pero se desgaste y desista de las batallas más importantes. Varias de las cuales apuntan directamente contra esas bases de poder de la oposición.

Así hicieron en el trámite del paquete de cambios fiscales, previsionales y laborales a fin del año pasado. Fue entonces, por suerte para el oficialismo, que sonaron las alarmas. Los más optimistas, quienes habían empujado un acuerdo rápido con los gobernadores y a través suyo con los senadores ahora llamados “federales”, llevaron al gobierno a pagar más de la cuenta y a fracasar en varios de los proyectos que buscaban aprobar, por ejemplo el laboral. Así que tomaron la voz cantante los prudentes: mejor ir sobre seguro y sólo recurrir al Congreso cuando fuera imprescindible y se pudiera garantizar el éxito a costos razonables, nada de seguir repartiendo plata a tontas y a locas.

El Ejecutivo ofreció a continuación otra agenda legislativa, una que pudiera sortear aunque más no fuera parcialmente esa mezcla de colaboración y bloqueo, rompiendo con los alineamientos que de última ponen siempre al oficialismo en minoría. Y así entraron una serie de temas transversales, el aborto el más resonante, aunque no porque al gobierno sea el que más le interesa.

Este aprendizaje ha tenido un costado judicial. El Ejecutivo se desayunó algo tarde que los jueces de Comodoro Py estaban dispuestos a ofrecer espectaculares prisiones preventivas en casos de corrupción, pero no investigaciones demasiado rápidas y sólidas. Bajo la atenta mirada, de nuevo, de Pichetto y los suyos, iban a manejar los tiempos y alimentar o frustrar las expectativas de cambio según su conveniencia. Y lo mismo iba a hacer la Corte cuando le tocara decidir sobre esos casos, como sucedió ya con el de la propia Cristina Kirchner, a la que todos ellos quieren bien lejos y en el olvido, pero no necesariamente presa.

Así que es bastante lógico que el gobierno haya decidido finalmente cambiar también su política en esta materia. Lo que difiere es la naturaleza de la respuesta: más que escaparle el bulto a la pelea, para ahorrar recursos mientras se gobierna “con las leyes que hay” como han dicho van a hacer todo este año y tal vez también el próximo frente al Congreso, frente a los tribunales Macri parece haber reaccionado como ante los empresarios y los sindicalistas.

La idea podría resumirse en una frase como esta: “¿me quieren poner límites usando su poder corporativo?, bueno, les subo la apuesta, soy yo quien polariza trazando una línea que les va a costar cada vez más franquear entre quienes colaboran con el cambio y los que quieren frustrarlo, ¿a ver cómo les va con eso?”.

La postulación de Inés Weinberg de Roca, integrante del Superior Tribunal de Justicia porteño, para encabezar la Procuración es el gesto hasta aquí más fuerte que expresa este giro. Rompe con la ambigüedad en la materia de un oficialismo que hasta aquí tuvo varios grupos de operadores judiciales más o menos en pie de igualdad, al ubicarse el presidente más allá incluso de lo que aspiraban a cambiar los que tal vez sólo por su diferencia con los “prudentes” corresponde llamar “optimistas” o “reformistas”.

¿Va a funcionar? ¿Se va a salir Macri con la suya, logrará que el pliego de Weinberg sea aprobado en el Senado? Probablemente sí, los senadores de oposición van a tener difícil objetarla después de haber votado a Gils Carbó. ¿Alcanzará con eso para empujar un vuelco en jueces y fiscales hacía la colaboración con el cambio? Es más difícil decirlo. Como en el caso del empresariado, tal vez las voces más resistentes se acallen un tiempo. Personajes como Farah y Ballestero puede que se manden a guardar. Pero difícil pensar que cambiarán de actitud, ni mucho menos que abandonarán la pelea. Y los que están en la zona gris tal vez sigan dudando, ¿para qué correr riesgos, si esta es una guerra de muy largo aliento y aún cuando finalmente Macri se imponga y haga avanzar el tren del cambio, va a necesitar de casi todos ellos para poblar los vagones de atrás. Por más que hayan esperado a último momento para subirse en ellos.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 22/3/18

Posted in Política.


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