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Macri propuso volver al mundo, y volvimos al Fondo

Tomar deuda, y a veces repudiarla, parece ser desde hace décadas nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Los populistas dicen que es un arma para someternos, los economistas ortodoxos, la vía para seguir gastando más de lo que producimos. ¿La usamos para facilitar los cambios o para evadirlos? ¿Cómo será esta vez?

La idea no era que volviéramos al mundo como menesterosos pedigüeños. Era que fuéramos atractivos para recibir inversiones, un ejemplo de cómo superar el populismo irresponsable “sin atravesar una crisis”, y un faro para que renazcan viejas y nunca satisfechas expectativas que el mundo desarrollado todavía cada tanto tiene con la América Latina tercamente inestable y subdesarrollada.

Pero muy bien no salió. Primero, porque las inversiones no vinieron, sólo llegaron sonrisas, palmaditas en la espalda y otros gestos incomestibles. Segundo porque aunque llegó sí financiamiento de inversores privados los dos primeros años, mientras las tasas de interés internacionales fueron todavía bajas, en cuanto empezaron a subir ese financiamiento tardó un segundo en evaporarse. Y tercero porque en el medio se cometieron unos cuantos errores de sintonía fina, como endeudarse demasiado y no anticiparse a las malas noticias.

Si no somos todavía destino de inversiones, porque no somos baratos ni muy productivos, y no somos ya merecedores de crédito voluntario, por ser considerados inestables e irresponsables, ¿cuál es la ventaja de estar más conectados que antes con el resto del mundo? ¿No nos convendrá volver a las diatribas nacionalistas, la ruptura de contratos y reglas de juego, para al menos dejarles de pagar por un tiempo a los que, además de querer sacarnos una tajada cada vez más grande tienen una idea tan poco estimulante de nuestra condición argentina?

Volver al mundo fue hasta aquí una de las ideas más redituables para el gobierno de Macri. Y uno de los aspectos, pese a la frustración con las inversiones, en que se valoraban más avances. Una amplia mayoría social parecía conforme con ese aspecto de la política oficial, tal vez porque era visible que se habían evitado males mayores, en una época en que seguir los pasos de Venezuela es inconveniente hasta para los kirchneristas que celebran sus delirios antimperialistas más desopilantes.

¿Va a cambiar esa percepción? ¿Estamos en las puertas de una nueva ola de nacionalismo virulento, de ese que cada tanto nos lleva a pensar que nuestros problemas son causados por los poderosos de la Tierra y si el mundo no nos comprende peor para él? Hay quienes ya la avizoran en las encuestas: el rechazo al FMI es mayoritario incluso entre los votantes de Cambiemos; las redes y los medios están llenas de muestras de repudio, desprecio, desconfianza; Christine Lagarde para muchos actualiza la figura del capitalista embaucador, que disfraza su condición de chupasangre detrás de prolijas condicionalidades cuyo acatamiento nos dejará secos y cada vez más lejos de parecernos a los ricos y poderosos de este mundo.

Puede, de todos modos, que si los costos de recurrir al Fondo no son muy altos, y el barco de nuestra política económica se estabiliza y vuelve a navegar más o menos pronto, más que un renacer de los sueños de autarquía y del victimismo tan gravitantes en otros tiempos tengamos una suerte de “ajuste de expectativas” que tanto al gobierno como a la sociedad les vendría bastante bien.

Pensábamos que volvíamos a ser “un país en serio” sacándonos de encima a Cristina y su banda, y resulta que la cosa es más complicada; también sin esa gente a cargo nos cuesta gestionar razonablemente la economía y el Estado; y “esa gente” es finalmente el fiel reflejo de lo que en parte somos, sigue y seguirá presente de una u otra manera.

La convergencia gradual de las variables económicas hacía un orden más “normal” se imaginó desde el principio como opción para minimizar los costos de salida; pero gobierno y sociedad tendieron a confundir “minimizar” con “evitar” y hay que volver a la realidad: el optimismo se vuelve un problema si en vez de incentivarnos a actuar nos mueve a la indolencia, a creer que dejamos atrás las dificultades antes siquiera de empezar a lidiar con ellas.

Nos lamentamos y buscamos al culpable de que la inflación siga cerca de 25%, cuando sin el efecto de los tarifazos fue en verdad de 16 o 17 puntos el año pasado, y puede todavía que quede un poco más abajo este año, y las tarifas había que subirlas sí o sí. ¿Discutimos sobre opciones reales o consumimos energías inútilmente en quejarnos de lo inevitable?

Tengamos en cuenta que aunque al FMI le fue bastante bien en ayudar a reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial, ayudar a Argentina a tener una economía más sana es bastante más complicado.

Porque volver a levantar ciudades destruidas por las bombas y fábricas desmanteladas finalmente requería de organizar voluntades y recursos disponibles, resolver problemas prácticos bien visibles. Cosas mucho más sencillas que convencer a un argentino de que tiene problemas estructurales que resolver, y hacerlo requiere de él no simplemente sacarse de encima a los inútiles y los malditos, categorías que incluyen, además de a los que le han prestado y siguen prestando dinero, a una buena parte de los otros argentinos, sino esforzarse sostenidamente para acomodarse a algunas reglas bastante básicas que se asemejan a la ley de gravedad.

Recién una vez que se haya logrado instalar esa convicción, prestarle dinero a este país dejará de ser darle una vía de escape para evitar cambiar, como ha sido casi siempre hasta ahora, y pasará a ser un instrumento para volver los cambios más factibles.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/5/18

Posted in Política.


One Response

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  1. Emilio Luis Gaviria Lareo says

    Conviene revisar el prontuario histórico de Argentina, país del “nunca más” en todo, donde parte de éste retorna cíclicamente. El comentario post factum en realidad se pudo hacer pre factum, haciendo siempre las mismas cosas los resultados son similares. Probablemente, la influencia del cristianismo nos obnubila ya que esperamos que venga el gobierno salvador que resuelva nuestros problemas, mientras protestamos, nos quejamos de los inútiles y malditos políticos, sin reconocer que ¿seremos parecidos a ellos?.