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Con el aborto legal, ¿renace la agenda del cambio?

Estaba claro que el gobierno salía perdiendo si el proyecto de despenalización era rechazado en Diputados. Aunque no está tan claro qué va a ganar con su aprobación. ¿Brinda combustible a su ánimo innovador y modernizador, que luce de momento bastante desinflado? ¿Moldea una agenda menos económica y más social (y sobre todo más barata) para el reformismo posible en estos tiempos? Puede ser. Aunque por otro lado, ¿no va a terminar debilitando su ya frágil coalición de apoyo?

La despenalización del aborto se volvió un tema más relevante para el oficialismo a medida que él fue perdiendo la iniciativa y la capacidad de encarnar el cambio y generar expectativas en otros terrenos, sobre todo en el económico. Así que a esta altura no es para nada un issue secundario, mucho menos un instrumento distractivo, como tal vez fuera en un comienzo: la verdad es que hoy por hoy es casi la única reforma en discusión y con posibilidades de ser aprobada y es muy probable que siga siendo el tema central de debate político en lo que resta del año.

La misma dinámica del debate que hasta aquí generó fue alimentando esa creciente gravitación. No sólo por las movilizaciones a favor y en contra, y la intervención de infinidad de actores de la sociedad y la política. Sino por la riqueza de los argumentos y las iniciativas dirigidas a ganar consenso a que recurrieron sobre todo los impulsores del proyecto. La moderación de varios puntos de su versión original sirvió así para sumar a legisladores dubitativos, las posiciones extremas pesaron cada vez menos, y el Congreso por primera vez en bastante tiempo mostró que puede hacer bien su trabajo. Unos meses atrás sólo discutía el papelón de la distribución y uso de pasajes entre diputados y senadores, hace quince días votó una ley que ya estaba vetada, hoy probó que está ahí para hacer algo útil.

El Ejecutivo había dado a entender que se mantendría neutral, en parte porque está dividido a la mitad en este tema. Pero en los últimos días dio señales de que esa no era su última palabra. Y es que desde que se iniciara el debate el contexto había cambiado radicalmente también para él. Si su única meta reconocible es hoy por hoy reducir el déficit fiscal, un objetivo demasiado estrecho e instrumental como para movilizar cualquier entusiasmo, es claro que tiene y tendrá problemas para seguir ofreciéndole a la sociedad un rumbo y un destino más o menos convocantes. Problemas estos que en verdad existen desde el comienzo de esta gestión, pero se volvieron dramáticos desde que la crisis cambiaria demolió su fe en que “lo peor había pasado” y teníamos crecimiento con inflación a la baja garantizados por varios años.

Claro que la despenalización del aborto no alcanzaría a disimular la falta de explicación sobre el rumbo económico. Por eso en el gobierno van a tener que hacer mucho por recuperar un argumento sobre cómo esperan volver a la senda del crecimiento, cómo adaptarán a las actuales circunstancias su objetivo de ajustar sin costos sociales, o el de hacer reformas “muy de a poco”, tan de a poco que hoy ya ni se habla de ellas y es lo mismo que si no existieran.

Pero mientras encaran esos delicados asuntos la despenalización tal vez ayude: si no podemos de momento parecernos a las democracias desarrolladas en otros aspectos, al menos hagámoslo en no andar persiguiendo a las mujeres que por hache o por be no quieren ser madres. No es una mala idea.

El desafío para el gobierno será sin embargo que el avance del proyecto no agrave demasiado los conflictos dentro de su coalición. Una señal de esos riesgos la ofreció Carrió: no disimuló su malhumor con el resultado, lanzó una amenaza apenas velada de ruptura, y no hizo esfuerzo alguno por diferenciar sus convicciones de su rol como representante, como sí hicieron otros diputados de creencias católicas que dieron toda una lección cívica en esta ocasión. Carrió no, prefirió ser más papista que el Papa, aún cuando seguramente muchos de sus votantes porteños, incluso entre los católicos y conservadores, son bastante liberales y apoyan la reforma.

En el Senado encima hay varios oficialistas que podrían imitar a Carrió (Pinedo, Bullrich, etc.), y en cambio hay pocos defensores entusiastas del proyecto. ¿Alcanzará la ola generada por la aprobación en Diputados para inclinar la balanza a favor suyo? Difícil que eso suceda sin presiones sociales y políticas desde fuera de la cámara alta. Y si el Ejecutivo colabora en esas presiones, ¿chocará con algunos de sus legisladores hasta aquí más representativos?, ¿qué opinarán entonces los votantes?

Sobre este último punto hay una duda cardinal: ¿quiénes en la sociedad premiarían a Macri si bajo su mandato se aprobara este proyecto? Vale la pena que corra riesgos, que actúe en serio como un líder modernizador, como muchos le reclaman. Pero no hay que desatender el hecho de que en este tema los riesgos para él pueden ser más altos que los beneficios. A diferencia de Alfonsín con el divorcio y los Kirchner con el matrimonio igualitario, para Macri impulsar aunque sea sutilmente esta ley sobre el aborto, ¿no significará enemistarse con demasiados miembros de su coalición y también con muchos de sus votantes, sin compensar esas pérdidas con apoyos de quienes están más a favor del cambio, pero a él lo rechazan por otros motivos? ¿Cuántos progresistas estarían dispuestos a votarlo en 2019 como premio por haber logrado la aprobación de esta ley? Tal vez muy pocos.

Hay sin embargo otros factores que atender. Primero, salvo tal vez gente como Carrió y el padre Pepe, la mayoría de los católicos conservadores de este país seguramente entienden que no hay ni habrá de momento alternativa viable al macrismo para empujar sus preferencias en muchos otros asuntos de la agenda, así que castigarlo por una disidencia con él en este tema no les parecerá razonable. Si hasta el “peronismo de centro” de Pichetto parece que va a apoyar el proyecto en el Senado, ¿a quién podría votar quien quiera castigar a Macri por no ser “consecuente con su fe”?

Segundo, el avance del proyecto ya está alterando las opiniones de la sociedad sobre el asunto y va a modificarlas aún más en los meses por venir, así que quienes no tomen los riesgos de acompañar el cambio tal vez terminen pagando costos mucho más altos por su cobardía. Si hoy, después de la votación en Diputados, se hiciera una encuesta sobre el tema seguro daría mucho más a favor de la legalización que una semana atrás. ¿Pueden entonces estar seguros los gobernadores y el presidente, guiándose por encuestas viejas, que estarán a resguardo del malhumor de sus votantes si no toman una postura más atenta a esa demanda reformista? Se verá cuando se inicie el debate en la Cámara alta, y a los senadores les resulte difícil sustraerse de la ola a la que sus pares de Diputados dieron rienda suelta.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/6/18

Posted in Aborto, Coalición Cambiemos, Macri, Peronismo Federal, Política.


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