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Francisco se enoja consigo mismo por el aborto legal

Francisco sorprendió con dos intervenciones particularmente virulentas en estos días.

Primero fue la comparación del aborto con los crímenes del nazismo, que aunque se haya referido exclusivamente a la eugenesia, igual fue una barbaridad, y aún peor, una banalización de esos crímenes y del nazismo en general. Lanzar semejante acusación cuando la Cámara de Diputados de su país acababa de votar la despenalización del aborto ¿anticipa que la Iglesia católica excomulgará a los legisladores responsables y tratará por esa vía de frenar el proyecto en el Senado? Sería sin duda un grave atropello contra nuestra democracia, y encima probablemente uno por completo inútil o hasta contraproducente para los fines que persigue la curia.

Pero se ve que la calentura pudo más que cualquier razonamiento, y para seguir complicando la relación entre la jerarquía católica y las instituciones democráticas argentinas a continuación el Papa condenó la situación de la libertad de expresión bajo el gobierno de Macri, al que acusó de “derogar la ley de medios” para prohijar una dictadura, de la mano del Grupo Clarín, al que atacó también con toda la furia: lo llamó “una institución que calumnia, que dice falsedades, que debilita la vida democrática”.

En su ataque a Clarín, al que no hacía falta que nombrara, Bergoglio volvió a reivindicar, también sin nombrarlos, a dirigentes kirchneristas acusados, procesados y en algunos casos ya condenados por actos de corrupción y otros atropellos cometidos durante su paso por el poder. Para lo cual no ha dudado en compararlos con los mártires de la Iglesia, y hasta con el mismo Jesucristo: “Comunicar escándalos es algo que tiene una seducción enorme… la comunicación de ese escándalo se extiende y esa persona, esa institución, ese país termina en ruinas. No se juzga a la persona, se juzga a las ruinas de la persona y de las instituciones para que no puedan defenderse”.

Según el Papa la Justicia que actúa en estas investigaciones y procesos no merece consideración ni respeto, como tampoco los merece el Congreso de la Nación. Serían también ambos instrumentos de la dictadura de Macri, o de la manipulación de Clarín, o de ambas a la vez. No instituciones de esas por las que él dice estar muy preocupado. Pero que en realidad se ve que mucho no le importan. Más bien lo molestan y quisiera mandarlas al infierno cuando hacen cosas que no le gustan.

¿Por qué este simultáneo y virulento ataque de furia contra Macri, la Cámara de Diputados y los medios? El motivo inmediato es, claro, la media sanción de la ley de despenalización, que sorprendió a muchos en la Iglesia. Pero hay mucho más que eso.

En un plano más general Francisco reacciona ante lo que cree es una batalla cultural que no sólo en su país (aunque en su país es donde más le duele, también le pesa seguramente lo sucedido en Irlanda hace pocas semanas) ve que está perdiendo. Una batalla que lo enfrenta a lo que llama el liberalismo deshumanizado, con el que asocia el imperio del capitalismo global y el declive de la influencia eclesiástica.

Y en el caso específico de su relación con Argentina, a la creciente distancia que se ha ido generando entre su sociedad y lo que él predica.

Ahora bien. Lo cierto es que si reacciona tan virulentamente, en particular ante esto último, es sobre todo porque debe saber que el principal, sino único responsable de esa distancia es él mismo. Y el caso del proyecto sobre el aborto así lo demuestra.

No hay duda de que si él hubiera visitado el país en 2016 o 2017, a Macri no le hubiera resultado tan fácil y redituable promover el debate al respecto. Tampoco cabe duda de que si Francisco no hubiera insistido en abrazarse, celebrar y justificar moralmente a quienes podemos llamar “peronistas de izquierda” o “populistas radicalizados”, sus representantes legislativos no hubieran tenido tanta soltura de cuerpo para votar casi unánimemente a favor de la ley, y los peronistas moderados tanto interés en mostrarse modernos y liberales como para en muchos casos imitarlos, y en otros oponérseles con poco énfasis. Por último, si hubiera invertido algo más de su indudable talento político en colaborar a una estrategia razonable de seducción sobre los dubitativos, tal vez hubiera evitado que sus representantes locales enfocaran su campaña negativa en bebitos de plástico, poemas a la madre y ecografías, en vez de en la salud reproductiva, la educación sexual y demás métodos modernos y ampliamente aceptados para evitar el embarazo no deseado.

Francisco lo debe saber, y si no seguro Bergoglio se lo puede explicar: en política, el que se enoja pierde, y el que reacciona mal porque está enojado consigo mismo corre el riesgo de perder por partida doble, por lo que le convendría poner las barbas en remojo y recapacitar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/18

Posted in Política.