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La recesión empezó en abril. ¿Cuánta inflación va a permitir el gobierno para abreviarla?

El paro de la CGT dejó del todo a la vista que sigue vigente una fuerte preferencia que adoptaron Macri y su equipo al asumir, por más que hayan tenido ahora que recurrir al Fondo: es mejor incumplir las promesas sobre la inflación que someter a la economía a una recesión profunda y prolongada.

Así que aunque habrá más ajuste del previsto, seguirá siendo “heterodoxo”, acotado al gasto público, y encima sólo a algunas áreas de ese gasto, no afectará los rubros “sociales” que representan más del 70% de lo que gasta el Estado.

Surgen ante esto al menos dos interrogantes. Primero, ¿va a poder evitar que se prolongue la recesión más allá de fin de año con los instrumentos que tiene a mano?

Según informa el Indec la caída en el nivel de actividad ya empezó en abril: fue del 0,9%, fruto en gran parte de la sequía. Seguramente se profundizó en mayo y por ahora no tiene visos de revertirse: la comparación con los mejores meses del año pasado no va a ayudar.

Entre esta mala noticia y el paro terminaron de convencer al gobierno de que lo mejor era habilitar la reapertura de paritarias, libres, es decir sin techo. Y que los empresarios arreglen los porcentajes “que puedan pagar”, según declaró un ministro. Si los aumentos salariales se aceleran podrían revertir la caída del consumo en pocos meses; y ante esa perspectiva tal vez muchos empresarios desistan de suspender o despedir personal o de demorar inversiones.

Pero si iba a ser tan generoso tal vez hubiera sido mejor que el Ejecutivo anunciara esta decisión antes de que se concretara la huelga. Por lo menos así no le regalaba al gremialismo un rotundo éxito político y podía dar algo más de credibilidad a su pretensión de que no es una administración insensible, a la que hay que arrancarle por la fuerza las concesiones para los “de abajo”.

A ello sumemos el riesgo de confiar en la racionalidad de los empresarios cuando deben arreglar salarios con sus gremios: como la mayoría de las patronales prefiere evitarse problemas con sus empleados, si tienen las manos libres se inclinarán a ceder más allá “de lo que puedan pagar” y cubrir la diferencia subiendo sus precios, es decir, descargando en los consumidores el problema. Mientras no haya obstáculos procedentes de la competencia externa (que disminuyeron con la devaluación) o doméstica (que en sectores cartelizados, oligopólicos o monopólicos, tampoco cuenta) jugar el juego de la inflación es la salida más simple y razonable para todos.

Los gobiernos se reservan ante este tipo de inconvenientes la atribución de no homologar los acuerdos en paritarias. Pero este no es un instrumento efectivo si hay que aplicarlo en muchos casos a la vez: parecerá que se traiciona la promesa de las paritarias libres y no se cuenta con ningún aliado, ni en los sindicatos ni en las patronales. Lo más probable es que termine desatándose entonces una nueva ola de protestas, la judicialización de las controversias y encima para protegerse todos los que puedan sigan subiendo igual los precios.

En resumidas cuentas: concluida de momento la corrida cambiaria, el gobierno está permitiendo que a través de los salarios ella se traslade a precios con peligrosa velocidad, y puede que no le alcance con las altas tasas de interés para compensar y frenarla a tiempo. ¿Qué pasará entonces si hacía fin de año se advierte que está incumpliendo incluso las muy ampliadas metas a que se comprometió en el stand by?

Ese es el segundo interrogante. ¿Cuánta tolerancia tendrá el Fondo si los números no cierran, si la inflación sigue demasiado alta, si Macri vuelve a usar el ancla cambiaria y el retraso de las tarifas para refrenarla sin generar más recesión? ¿Y para la sociedad, una módica recuperación compensaría a sus ojos esos disgustos?

Si en el año la suba de precios rompe la barrera del 27% el gobierno sólo tendrá que explicarlo al staff del FMI, pero si supera el 29% va a tener que ir a dar cuenta al directorio, y tal vez para entonces Brasil haya resuelto su crisis institucional, o se haya ido del todo al demonio, y en ambos casos ser contemplativos con Argentina no sea algo que a los gobiernos que controlan el organismo le pese tanto como ahora.

Puede también que una competencia más pareja con el peronismo, si este se reúne detrás de la consigna del “shock de consumo” pergeñada por Lavagna, prima hermana del salariazo de 1989, complique aún más las cosas, al alimentar expectativas de que todo podría estar mucho mejor con un cambio de gobierno, y alimentar mientras tanto que todo esté bastante más caro, en particular el dólar.

La buena noticia para el oficialismo es que las expectativas tienden a acomodarse bastante mejor de lo esperado a la flaca oferta que Macri es capaz de plantearle ahora a la sociedad: el haberse asomado al abismo debe haber contribuido bastante a que sea así; en los días que corren buena parte de los argentinos quiere ante todo orden, que alguien gobierne la economía, más allá de cómo lo consiga. Y como ha venido siendo en la última década y media, y en una mirada más amplia, exceptuando los años noventa, desde hace casi setenta años, la inflación puede tranquilamente seguir coloreando nuestra vida cotidiana que nadie se va a preocupar demasiado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/6/18

Posted in Política.


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