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Macri y la iglesia: ¿quién es el gato y quién el ratón?

El presidente fue a Tucumán a celebrar el 9 de julio, pero no asistió al Tedeum. Hizo bien porque el arzobispo Carlos Sánchez que lo ofició no se anduvo con chiquitas: machacó sin matices con las dos cuestiones que vienen enfrentando a al menos parte de la jerarquía católica con el gobierno de Cambiemos en las últimas semanas: la cuestión social y el aborto.

Sánchez sostuvo que “el aborto es la muerte de un ser inocente, de un niño, de un argentino (y) nadie tiene derecho a eliminar la vida de otro ser humano, porque toda vida vale, aunque sea no deseada”. En línea con lo que afirmó hace poco la vicepresidente Gabriela Michetti, que sí asistió a la ceremonia, el arzobispo pareció ir así incluso contra el aborto en caso de violación o peligro para la madre. Es que el respeto a la vida, tal como ellos lo entienden, es absoluto o no cuenta para nada.

Definir al embrión como “un argentino” apunta en la misma dirección, aunque va más allá: revela la intención de otorgarle carta de ciudadanía al “niño por nacer”, y que todo el sistema legal se ajuste en consecuencia. No se trataría entonces sólo de frenar el proyecto en discusión: la intención de al menos parte de la curia parece ser convertir el debate en curso en el disparador de una auténtica contrarrevolución. “Vamos por todo” diría Cristina.

A todo esto el arzobispo le sumó su crítica visión de la situación social reinante. Que describió recurriendo a otro clásico de las creencias antiliberales y antirrepublicanas: “para que la democracia sea efectiva y real debe darse no solo a nivel político, sino también a nivel social y económico”. Si no hay justicia social, en suma, la democracia formal es pura apariencia, un engaño. Desde Ubaldini a esta parte cada vez que gobierna un no peronista se escucha esta cantinela. ¿Habrá entendido Michetti lo que Sánchez estaba diciendo?

Mientras esto sucedía en Tucumán, el novel arzobispo de La Plata lanzaba similares advertencias ante la sonrisa comprensiva de María Eugenia Vidal. Y un interrogante quedaba flotando en el ambiente: ¿será que el ala católica de Cambiemos quiere calmar a las fieras, o está dispuesta a jugar sus cartas a fondo contra el aborto legal, aún a costa de la autoridad del presidente?

Víctor Fernández también despotricó contra las políticas económicas (“la devaluación licúa salarios y ahorros”) y las concepciones liberales del derrame (“fortunas que gotean como migajas que caen de la mesa de los ricos”), pero lo más contundente que dijo fue que el presidente debía vetar la ley de despenalización en caso de ser aprobada, si es que “tiene una profunda convicción sobre el tema”. Es decir, si es un buen cristiano.

¿Fue un gesto de debilidad de Macri el no haber asistido al Tedeum?, ¿fue un error que cediera protagonismo a las dos mujeres más destacadas de su fuerza y que en el conflicto planteado entre su gobierno y la Iglesia simpatizan abiertamente con ella? Por momentos pareciera que el presidente se está dejando acorralar, y ya no tiene disponible una salida airosa del lio en que se metió: si la ley sale no estará entre quienes festejen y tampoco si la ley se frustra, al menos una mitad del país le reprochará el resultado y la otra mitad lo ignorará, lo considerará poco confiable, un tibio de flojas convicciones.

Él sin embargo mucho problema no se hizo. En el acto por la independencia se dio el lujo de reivindicar los derechos de la mujer y su papel en nuestra historia: “todos sabemos que no podemos concebir la historia sin mujeres”. ¿Estaba pensando en Vidal y Michetti? Tampoco parece darle mucha importancia a las diatribas destempladas del sector más militante de la curia. Tal vez porque advierte que no es una postura compartida, ni en la sociedad ni en toda la institución. Sin ir más lejos, días atrás Oscar Ojea, presidente del Episcopado, fue bastante más moderado en la misa multitudinaria celebrada en Luján: su argumento allí fue que el aborto “no es un derecho sino un drama”, algo que debió sonar razonable a mucha gente que no está embanderada en los extremos y sí cansada que le hablen de crímenes y de que “hago con mi cuerpo lo que quiero”.

En suma, si Macri se siente más haciendo de gato que de ratón en este episodio, pese al fuego cruzado que recibe, debe ser porque confía en que al final del día lo que terminará contando será lo que suceda en ese mayoritario espacio social donde los ánimos, creencias e intereses están bastante mezclados, y se prefiere a quienes buscan soluciones prácticas antes que a quienes se dedican a rasgarse las vestiduras. Pronto sabremos si estaba equivocado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/7/18

Posted in Política.