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Para qué queremos fuerzas armadas

Plantearse esta pregunta es la parte más virtuosa de la iniciativa oficial: si seguimos como vamos, gastando lo mínimo en mantener a los militares, sin darles nada que hacer, para que no se note que no tenemos la menor idea de qué hacer con ellos y tampoco nos importa demasiado, seguiremos perdiendo esa gran o pequeña porción del presupuesto público (imposible decirlo, dado que no hay un para qué), el poco equipamiento que les queda, e invalorables vidas humanas cada vez que se hunde un submarino o un barco, se cae un avión o un helicóptero.

Es un problema que arrastramos desde que la democracia fue desactivando el poder militar, cosa que hicieron muy bien Alfonsín y Menem, radicales y peronistas más o menos de común acuerdo, y sobre la que luego sobreactuó Kirchner, prohibiéndoles en 2006 hacer casi cualquier cosa relacionada con hipótesis de conflicto o siquiera tareas fronterizas: como en el hoy famoso decreto 727 se estableció que solo podíann actuar ante agresiones de otros estados, y no hay otros estados que nos agredan o amenacen, salvo en el controversial escenario del Atlántico Sur sobre el cual tampoco tenemos hipótesis de conflicto militares, por suerte, entonces se quedaron sin misión alguna. Salvo las operaciones de paz de organismos internacionales, en las que desde los años noventa se involucraron, sin embargo, no más de algunos cientos de efectivos. ¿Qué hacer con las otras decenas de miles de militares? Nadie supo contestar.

Ahora bien. La respuesta que ofrece el Ejecutivo a esa pregunta ¿es la correcta, es exhaustiva y, tal vez lo más importante, es viable en estos momentos? Sobre lo primero, no es fácil responder. Sobre las otras dos cuestiones, la respuesta parece ser todavía negativa.

Para empezar por el final, cualquier cambio requiere plata y si algo le falta en este momento al Estado nacional es eso, o la posibilidad de endeudarse aún más. Mantener en mínimas condiciones una fuerza armada es muy caro, y seguro la mayoría opinará, con buen criterio, que hay necesidades más urgentes.

También podría verse el gasto militar, bien orientado, como una inversión rentable: supongamos que la Armada tuviera las naves que necesita para combatir en serio la pesca ilegal, ¿cuánto ganaría el fisco por las licencias de pesca que aceptarían pagar empresas extranjeras que hoy saben que les conviene correr el riesgo improbable de una intercepción en alta mar?; imaginemos que se hiciera un control fronterizo efectivo de los vuelos del narco, ¿cuánto se simplificaría y por tanto ahorraría en la persecución mucho más compleja de las bandas dedicadas al tráfico dentro del país? El problema es, de todos modos, que para cualquiera de esas iniciativas hay que hacer primero una inversión importante para luego, con el tiempo, recoger los frutos, y no es fácil cuando lo urgente manda y el mediano plazo equivale a una eternidad.

Segunda cuestión, ¿es exhaustiva la definición de las misiones de las fuerzas armadas realizada en el nuevo esquema de defensa nacional? Se habla de narcotráfico, de terrorismo internacional, pero no de hipótesis de conflicto con otros estados. Y lo cierto es que si esas son todas las misiones imaginables sucede algo parecido que con las misiones de paz de la ONU: alcanzan algunos cientos de efectivos, siguen sobrando unos cuantos miles.

La ausencia de hipótesis de conflicto clásicas ha reabierto además la discusión sobre Malvinas y en particular sobre la presencia militar británica en la zona. Una fuerza naval y aeronáutica más operativa, ¿no permitiría acaso equilibrar esa presencia? Los nacionalistas frenéticos sueñan con algo así. Y tal vez reintentar lo que hacían los militares todavía desafiantes en tiempos de Alfonsín: incursiones en la zona de exclusión para mantener en alerta al enemigo y altos sus gastos operativos. Como si los costos de este lado no existieran. Lo único que se logró con eso, recordemos, fue la concesión de permisos de pesca unilaterales. Antes de tener los medios, entonces, ¿no será mejor que se construya un consenso sólido sobre su uso, que impida una escalada armamentística de la que no vamos a sacar provecho alguno, y que fomente en cambio objetivos cooperativos en pesca, hidrocarburos y otros asuntos de los que sí pueden extraerse beneficios? Pero claro, mientras esos consensos no existan hasta es mejor que no existan los medios, a ver si todavía se vuelven a usar para cualquier cosa.

Finalmente, la orientación que está tratando de darle al asunto el Ejecutivo, ¿va al menos por buen camino? Parte de la oposición, la más virulenta, pegó el grito en el cielo y clamó contra un supuesto plan represivo apenas escuchó “militares” y “seguridad interna” en la misma frase. Puede que hasta sea uno de los objetivos secretamente buscados por el oficialismo: mientras menos discusión sensata haya, más rédito político cosecha, porque si la alternativa es entre los loquitos que agitan el fantasma de la dictadura y ellos, tienen su futuro asegurado.

Esos opositores además olvidan que la colaboración militar en el Escudo Norte data de tiempos de los Kirchner, no es una novedad. Novedad sería que ahora se haga bien y arroje algún resultado. Lo que depende de una cooperación más fluida e inteligente entre los militares y las fuerzas de seguridad que participen. Por ejemplo, poniendo algo del enorme aparato de inteligencia creado por Milani detrás de ese objetivo. Y sería, ese sí, un gran desafío de reforma institucional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/7/18

Posted in Política.


One Response

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  1. JORGE says

    También podría vincularse a las FF. AA. con INVAP para desarrollos o emprendimientos científico tecnológicos militares. Sorprende que Gadano no lo haya planteado antes, cuando tenía acceso a De Vido o ahora. Saludos