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El rol de Bolsonaro acá ya lo cumple Carrió

Lilita suele ser bastante destructiva, paranoica e impredecible. Pero podría ser mucho peor, y lo acaba de demostrar lo sucedido en Brasil. Por suerte, como nuestra crisis frustró expectativas menos exageradas, no tenemos que lidiar con un nacionalismo redencionista ni nada parecido.

Muchos se preguntan en estos días si no se está gestando el contexto favorable para que surja un outsider, un aventurero capaz de movilizar por enésima vez nuestras pasiones populistas. Para empezar ellas encontrarían un buen combustible en el malhumor y el resentimiento extendido entre los votantes a raíz de la crisis económica y el hartazgo con la corrupción.

No hay que descartarlo. Pero las chances de que algo así suceda son bajas. Sobre todo porque los principales protagonistas de la política argentina ya son un poco outsiders, al menos se presentan como algo diferente de los políticos profesionales y en tensión con los aparatos partidarios.

CFK es antes que nada una actriz de telenovela, lidera una fuerza que no se sabe muy bien qué es, y se la pasa despotricando contra “el sistema”, cualquier cosa que él signifique. Al menos en el terreno económico canaliza bien el malhumor, y el sueño de que, de no ser por los financistas que Macri llevó al poder, los malos de la tira, caería maná del cielo y todos seríamos muy felices.

Macri no le va a la zaga. El ingeniero dice ser la “nueva política” y estar harto de la vieja y su máquina de impedir, así que en cuanto pueda se vuelve a Boca y a plantar rabanitos con Antonia. Igual que Bolsonaro en Brasil habla de Argentina como un gigante dormido con la potencialidad de hacernos a todos muy felices. Sólo habría que cortar las ataduras con que la mala política lo traba, lo corrompe y reproduce nuestra decadencia.

Como se ve, las apelaciones populistas están tan difundidas en estos pagos, y cada una de ellas es tan eficaz en su terreno específico, que se neutralizan unas a otras. Con lo que nos previenen del peligro de que el sistema político se desequilibre. Por eso es difícil, muy difícil, que la polarización tenga resultados similares a los que acaba de arrojar en Brasil: la confianza y el poder están repartidos y van a seguir estándolo.

Y para confirmar esta dinámica tenemos la frutilla del postre, Carrió, que actúa como válvula de escape cuando hace falta. Y a veces también cuando no hace tanta falta.

En ocasiones se le va la mano en ese rol y parece una Darío Grandinetti o una Dady Brieva cualquiera. Algo de eso sucedió en los últimos días cuando la combinación azarosa entre un Garavano de pronto extrovertido y como siempre torpe, un fallo intragable de la Cámara Federal Penal a favor de Menem y cambios algo sospechosos en la AFIP desataron su paranoia, lanzándola como bólido enloquecido contra el presidente y sus juegos ambiguos con la corrupción.

Pero en general lo cumple con pocos daños colaterales, no tanto porque se modere como porque, cuando pasa la tormenta, vuelve al esquema establecido por el pacto de cooperación que la une a Macri, su complemento necesario como extremista de la moderación y el pragmatismo.

Finalmente, ¿qué más puede pedir Carrió? Si al final, no por decisión presidencial sino por como se fueron dando las cosas, su agenda de transparencia es más o menos la que marca el camino, no sólo frente a la “vieja” dirigencia política, sino también a los empresarios, los sindicalistas y los jueces.

¿Y qué alternativa tiene que seguir este juego? A diferencia de lo sucedido en Brasil nadie cree que un candidato de “la verdad” y la bronca contra la corrupción pueda sacar ni medio voto entre nosotros. Carrió mismo lo acaba de reconocer en medio de su ataque de furia: “si rompemos me quedo de nuevo con el 1%”. ¿Tinelli? Su imagen se derrumba cada vez que habla de política. Y nada que pueda decir suena mínimamente prometedor, ni en ese ni en ningún otro campo. Es curioso que gente experta en entretenimiento sólo por aburrimiento quiera dedicarse a la política.

Así que lo más probable es que las cosas sigan aquí más o menos como vienen siendo. Y frente a lo que está por empezar en Brasil, hasta logremos ser, finalmente, como una suerte de Canadá del Sur, un oasis de tolerancia y moderación, no sólo en términos de convivencia política, también de la lucha contra la inseguridad, de reformas económicas y relación con el mundo.

No será el supuesto gigante dormido que esperamos inútilmente durante décadas que despertara, tampoco la república que se sacó de encima al demonio populista, pero sí un país bastante más amable que en otros tiempos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/10/2018

Posted in Política.