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Paz, Pan, Trabajo, e Impunidad

Hugo Moyano logró movilizar más gente y dirigentes a Luján de lo que habían logrado juntar el 17 de octubre el kirchnerismo y el grueso de los gobernadores en sendos actos.

Fueron a Luján con el camionero algunos encausados como él: estaba Daniel Scioli que viene practicando su ya clásica ubicuidad con su presencia en una seguidilla de encuentros de facciones enfrentadas de la familia peronista. Y estaba también Guillermo Moreno. Aunque no los Kirchner: una cosa es haberse reconciliado con el ex capitoste de la CGT, y otra muy distinta irle detrás. Pero también asistieron muchos intendentes bonaerenses; y unos cuantos camporistas, más otros cuántos “de nuevo kirchneristas” como Sóla y Arroyo; y claro, un buen número de sindicalistas, aunque ninguno con filiación cegetista.

¿Cómo logró Moyano semejante convocatoria? Gracias al cada vez más entusiasta apoyo de obispos que son una suerte de embajadores de Francisco en Argentina. Unos días atrás le había dado una mano Jorge Lugones, Presidente de la Pastoral Social, y esta vez le tocó el turno a Agustín Radrizzani, Arzobispo de Mercedes, que en su rol de único orador-pastor del “acto-misa” fue mucho más allá que Lugones.

Dio una serie de consejos para reconciliar al Estado y el pueblo, según él divorciados desde que llegó Macri al poder. Y su receta es escuchar al pueblo, que causalmente inspira al buen Radrizzani para que hable en su nombre. Y lo que le dice al oído es que “no quiere tutelajes, ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quiere que su cultura, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean siempre respetadas”.

La lectura más obvia es que está hablando mal del FMI. La encarnación de una múltiple y mortal amenaza contra todo lo bueno que el obispo nos propone defender, la “cultura”, es decir la identidad del pueblo, los “procesos sociales”, que es difícil entender qué cuernos quiere decir, y la “religión”, que debe poder imponerse como “tradición” y ser guía de todo lo demás (por más que la distinción entre ella y la “cultura” simule que se le da algún mínimo espacio a nociones como el pluralismo, el laicismo y cosas de esas). “Patria sí, Colonia no” coreó el obispo junto a las masas.

Y si el pueblo es depositario de todos esos grandes valores religiosos, se entiende lo que pontificó Radrizzani a continuación: el pueblo y el estado han perdido su interacción, y para recuperarla deben volver a la idea de que “interacción no es nunca sinónimo de imposición. El futuro de la Nación no está únicamente en manos de los dirigentes: está fundamentalmente en manos de nuestro pueblo, en su capacidad de organizarse para lograr este proceso de auténtico cambio”.

Dicho más simplemente, el gobierno no debe gobernar. ¿Qué es eso de que el Estado ande queriendo imponer la ley? Suena de lo más desagradable. En cambio Radrizzani quiere que interactuemos amablemente, no nos obliguemos a nada, porque así vamos a redescubrir algo olvidado, que creemos en la misma religión y con eso basta para que funcionemos de maravilla como país.

¿Qué pretende Moyano con este raid de religiosidad militante? Ofrecerle un canal de intervención a los obispos más interesados en politizar su rol eclesiástico, y a la vez un cariz de legitimidad trascendente a lo que muchos peronistas, él incluido, quieren transmitir a las masas, pero estas de su parte no se lo toman muy en serio: que el gobierno usa la Justicia para deslegitimar a sus enemigos, en especial a quienes luchan por impedirle aplicar sus planes de hambre.

No es mala la idea de utilizar a los obispos para disfrazar como si fuera una lucha contra el abuso y la discrecionalidad lo que en realidad no es más que un esfuerzo por frenar a la Justicia y evitar salgan a la luz en los tribunales chanchullos mafiosos por obra de evidencias acumuladas durante años que ahora revientan.

Porque con esa idea se puede apuntar a lo que realmente más interesa a Moyano y sus aliados: los criterios liberales y constitucionales que al menos parte del gobierno y parte de la Justicia están empecinados en que sean algo más que palabras, que valgan alguna vez contra los poderosos.

Por eso también la idea con que cerró su homilía Redrazzani: los poderosos “son ellos”, los que se reunieron alrededor suyo son todos “pueblo”, aunque sean millonarios y jefes de estructuras enormemente poderosas, como es el caso de Moyano.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/10/2018

Posted in Política.


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