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¿Crecerá en Argentina la derecha dura?

Lo sucedido en Brasil con Bolsonaro, algunas manifestaciones públicas promovidas por la Iglesia, como la del pasado fin de semana en contra de la Educación Sexual Integral, y los altos índices de frustración que muestran las encuestas de opinión con el sistema político y con los líderes hasta aquí vigentes, por su incapacidad para satisfacer las expectativas depositadas en ellos, las económicas en primer lugar pero no sólo ellas, ha llevado a muchos a preguntarse si no estará incubándose también aquí una respuesta virulenta en la sociedad, que liquide la moderación política. Si no puede surgir una derecha dura, que con la bandera de “orden y progreso” intente en serio lo que sin mucho fundamento la izquierda achaca a Macri estar intentando.

Es cierto que demandas de mano dura en materia de seguridad existen desde hace mucho. Pero nada parecido a las que se han vuelto mayoritarias en Brasil. Allá una policía que fusiló por la espalda a un carterista en la puerta de una escuela de Río de Janeiro se convirtió en diputada con un apabullante respaldo electoral; acá Chocobar, que hizo bastante menos que eso, está por ir a juicio y a nadie se le ocurrió, todavía, convocar a una marcha en su apoyo.

El senador Pichetto y algunos otros opositores han buscado capitalizar el descontento que existe por la inseguridad y la violencia adelantándose al gobierno en reclamar la expulsión de extranjeros que delinquen, proponer más controles a la inmigración como vía para combatir las mafias de la droga y, más recientemente, reconstruir nuestras fuerzas armadas. Pero nada de esto por ahora ha generado mayor adhesión en los votantes. El principal desafío electoral que enfrenta el peronismo en que se inscribe Pichetto es seducir a seguidores de Cristina Kirchner. Que no están en principio muy a tono con esos planteos de mano dura. En este asunto pareciera que un populismo radicalizado de izquierda, aunque en decadencia, todavía tiene suficiente combustible como para dificultar que florezca uno de derecha.

Es cierto también que existe un sector de opinión económica que viene sosteniendo que Macri con su moderación y gradualismo nos ha hecho perder tiempo inútilmente, que en parte lo sigue haciendo y reclama reformas y disciplina económica mucho más duras incluso que las ya duras que en los últimos meses, aunque solo en el frente fiscal y monetario, el gobierno se ha visto en la necesidad de aplicar. Pero no parece que haya ninguna vía por la que esa opinión pueda convertirse en una opción política siquiera mínimamente atractiva y viable.

Quienes podrían intentarla (¿José Luis Espert?, ¿acaso Ricardo López Murphy?) y los que desde la sociedad civil, en particular desde el empresariado, podrían apoyarlos tal vez estarían tentados de pasar a la acción si Macri tardaba en concretar su giro, o si en el ínterin perdía algún pedazo de su coalición, pero nada de eso ha sucedido. Lo que revela que la ortodoxia doctrinaria sigue siendo una opción casi testimonial en estos días, incluso en sectores que otrora la abrazaron con fervor, y pierde la batalla frente al pragmatismo político de los moderados.

Por último, la tercer fuente de la que podría alimentarse una derecha dura es la confesional. Y ciertamente ella es, por lejos, la más activa en los últimos tiempos.
Las movilizaciones en ocasión de la votación sobre el aborto la incentivaron y para no perder el impulso ahora ella se ha enfocado en los temas de educación sexual, diversidad de género y anticoncepción, con la pretensión de restablecer el “orden natural” y las sanas tradiciones de la nación católica, la autoridad paternal en las relaciones familiares, en la vida sexual de los jóvenes y reducir lo más posible los márgenes de tolerancia con lo que consideran “conductas desviadas”, enfermas o pecaminosas.

Incluso algunos de estos grupos movilizados apuestan ya abiertamente a participar de la competencia electoral: organizan sus partidos (el “celeste” o “pro vida” entre ellos) y adelantan que no volverán a apoyar al macrismo dado que él traicionó su confianza cuando habilitó el debate sobre la legalización del aborto, y sigue haciéndolo ahora cuando pretende hacer cumplir la ley de 2006 sobre la ESI, o algunos sectores incluso quieren ir más allá y buscan reformarla para limitar la autonomía en la materia de las escuelas confesionales.

En principio, poco tiene que ver este sector movilizado con el mayoritario en la jerarquía, que se abraza al sindicalismo de Moyano y las organizaciones de desocupados. Como sucede en relación a la inseguridad a este respecto también opera un quiebre entre derechas e izquierdas que les quita fuerza a ambas. Por la de momento insuperable distancia entre quienes marchan detrás de consignas como Cristo Rey y Religión o Muerte, y quienes lo hacen ungiendo las mucho más concurridas manifestaciones del pueblo sumergido, en que se reclama más gasto social y salario, menos intervención del FMI y, un poco en sordina, menos celo investigativo de jueces y fiscales por temas de corrupción.

¿Puede de todos modos la Iglesia sostener este doble juego para asediar al oficialismo a la vez por ambos extremos del arco ideológico, para robarle votos ortodoxos y antiabortistas por un lado y heterodoxos y socialmente sensibles por otro? El arte milenario de componer los opuestos es parte esencial de su legado, claro. Pero aún con la inspiración de Francisco puede resultar poco convincente un Complexio Oppositorum cuyos referentes sean de un lado Pablo Moyano y del otro Torquemada.
Por algo en Argentina nunca hubo voto confesional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/10/2018

Posted in Política.


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