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El G20, como Ríver-Boca, puede ser una fiesta o un desastre

De aquí a comienzos del año próximo veremos a Macri y su administración caminando todo el tiempo por el filo del abismo, lidiando con cuestiones que pueden salir bien o mal dependiendo de detalles difíciles de controlar, y que según cómo salgan les asegurarán su continuidad o su definitivo pase al olvido.

Controlar la protesta social, garantizar que baje la inflación, como por enésima vez han prometido, son algunos de esos desafíos de vida o muerte. Pero el primero de todos ellos es la reunión del G20 a finales de este mes.

Todavía no hay una percepción ajustada de lo relevante que va a ser el encuentro de los 20 principales líderes del mundo en Buenos Aires dentro de unos días. Tal vez porque estamos demasiado atentos a los problemas económicos cotidianos, a las causas de corrupción, y a la final de la Libertadores. Pero como siempre sucede en estos eventos hay un buen equipo de globalifólicos ya elongando, listo para salir a la cancha y convertir la ciudad en un infierno. A los que sin duda van a querer plegarse en la ocasión un número mucho mayor de opositores virulentos locales, bien organizados y entrenados cual barra brava en apedrear policías y quemar cosas. En lo que va del último año no han perdido oportunidad de mostrar que para donde nos quiere llevar Macri lo único que hay es destrucción e incendios. Así que menos se van a perder el encuentro final de la temporada, el partido soñado entre el dream team de los opresores y el pueblo en la calle.

¿Esto significa que lo que quede como balance de la reunión del G20 dependerá de lo que suceda en los anillos de seguridad tendidos por Patricia Bullrich? No tanto. En verdad se van a jugar varios partidos en simultáneo esos días. Y más importante que el de la calle va a ser el de la comunicación.

El G20 es, finalmente, más que nada marketing gubernamental a nivel global. Consiste en que las personas más poderosas del mundo, corriendo considerables riesgos, sobre todo quien le toca hacer de anfitrión, cada tanto monten una costosa operación para transmitir la idea de que son capaces de cooperar y de ponerse al timón de las cuestiones que afectan a todos los países, y que cada uno por su cuenta no puede resolver. Y tampoco resuelven los organismos internacionales burocráticos, cuyo marketing y capacidad de imponer decisiones, convengamos, andan cada vez peor.

Se dirá que es pura simulación y que tampoco estas reuniones sirven para nada en concreto. Pero si fuera así hace tiempo que se hubieran dejado de hacer. ¿Por qué insisten, después de los graves disturbios en Hamburgo el año pasado y en ocasiones previas, y de los muchos fracasos en ponerse de acuerdo en temas esenciales? Mostrar vocación por acordar y aunque más no sea avances parciales tiene más peso que los riesgos que se corren y las frustraciones que se acumulan. El partido se sigue jugando, y por algo nadie quiere salir del equipo, al contrario; hay una larga lista de espera para entrar.

De todos modos, no deja de ser cierto que parte importante del “balance” termina dependiendo del volumen de las protestas y el desempeño de las fuerzas de seguridad. Ese es el partido que se juega en las tribunas y los alrededores del estadio. Miles de manifestantes buscando mostrar que esos líderes están encerrados en una fortaleza así que no representan realmente a nadie más que a ellos mismos y sus privilegios, y miles de policías tratando de contenerlos para probar que la fortaleza al menos resiste.

Como siempre hay choques, corridas y detenidos en estos encuentros, esperar que eso no suceda esta vez sería absurdo. Las incógnitas son otras. Primero, si dado el contexto más favorable que ofrece un país donde los piedrazos son habituales y hay marchas piqueteras y huelgas generales cada dos por tres por un clima económico desde hace tiempo muy caldeado, las manifestaciones no serán mucho mayores esta vez y aún más violentas. Segundo, si las fuerzas de seguridad serán capaces de contenerlas y hacerlo sin que corra peligro la vida de los manifestantes. Y esto último para Macri va a ser sin duda fundamental, porque en una desfavorable comparación con las de los demás países en que se han hecho reuniones de este tipo anida para él un grave peligro para la confianza que necesita transmitir tanto para adentro como para afuera.

Lo sabremos muy pronto. Por los antecedentes de diciembre de 2017 y octubre pasado cabe ser optimistas. Aunque esos episodios puede que queden opacados por el que nos espera.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/11/2018

Posted in Política.


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