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Bonadío no podía disculpar ni a Rocca ni a Abal Medina

Como estaban las cosas, si el juez de la causa de los cuadernos aceptaba las explicaciones dadas tiempo atrás por el CEO de Techint, que él no estaba enterado de los pagos que hacían sus colaboradores, iba a tener que enfrentar una catarata de apelaciones de otros muchos acusados del campo empresario. Y lo mismo cabe decir de la situación del ex jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, que quiso desentenderse del destino y sobre todo de la procedencia del dinero negro que pasó por sus manos con similar estrategia, descargando responsabilidades en un secretario. El juez estaba obligado a decidir: o avanzaba con los procesamientos, o ponía en riesgo todo el trabajo hecho hasta aquí. Así que avanzó.

Parte del problema fue que los colaboradores de Rocca y Abal Medina ya habían confesado. Luis Betnaza aludiendo al rescate que supuestamente debió organizar, y solventar, de los empleados del grupo Techint retenidos en Venezuela tras la expropiación de Sidor. Y Martín Larraburu presentándose como un mero intermediario del dinero que entraba y salía de la Casa Rosada en los famosos bolsos supuestamente para financiar gastos electorales. Así que ninguno de sus jefes pudo ya desmentir que los delitos se habían cometido. Esta es la trampa que hay detrás del mecanismo del arrepentido: produce un efecto dominó, desnudando mentiras y medias verdades hacía adelante y hacía atrás en la cadena del delito. Por eso están tan decididos a anular esa figura los ingenieros y máximos beneficiarios del sistema de recaudación ilegal: no hay peor corrosivo para los pactos mafiosos.

Más todavía en sistemas de poder muy personalizados y verticales. Como son en general las empresas argentinas. El juez justificó el procesamiento de Rocca con el argumento de que él mismo había dado pruebas de conocer al dedillo la situación en Venezuela, las tratativas con los funcionarios argentinos para lograr una compensación por la expropiación decidida por el chavismo y también la situación de los directivos que residían en aquel país. Su control personal sobre Techint, que seguramente ha sido una de las claves de su éxito, como sucede en muchas otras empresas, terminó siendo la razón de su desgracia.

El punto es importante no sólo para entender lo que sucede en este caso particular. Lo es también para comprender lo difícil que va a ser lograr el objetivo que se ha propuesto el gobierno, que se diferencie la suerte de los empresarios de la de sus empresas, para poder salvar a las firmas, los puestos de trabajo y la capacidad operativa y de inversión, aun cuando aquellos terminen presos, o al menos muy desprestigiados como para poder seguir su vida como si nada.

En la empresa llamada “kirchnerismo S.A.” las cosas funcionaron de similar manera y por tanto también la asignación de responsabilidades sigue un criterio jerárquico. Aunque como no existía en este caso la estructura formal de una firma, y la del Estado estaba subsumida y subordinada a la de la asociación ilícita, con sus reglas informales de autoridad, confianza y división del trabajo, los roles que cada uno de los personajes involucrados desempeñó cuentan más que el escalafón. Ello explica, por caso, que la responsabilidad de un ministro, De Vido, haya sido más directa, protagónica y permanente que la del jefe de los ministros, en este caso Abal Medina (y seguramente esta diferencia de jerarquía en la cosa nostra se mantuvo con los demás que ocuparon la jefatura). De allí que éste haya sido procesado como partícipe necesario, mientras que aquél lo fue como organizador.

En suma, va a ser difícil escapar a las responsabilidades. Aún los empresarios involucrados, en este caso al menos, podrán argumentar que fueron extorsionados: finalmente el caso por el que se procesa a Rocca no involucra un negocio provechoso en ciernes, un deseo de lucro satisfecho con mala praxis, sino la forzada elección entre perder todo o perder solo parte de un negocio que ya le había sido arrebatado y de muy mala manera.

No es la misma situación que la de otros empresarios. Y tampoco es la de los ex funcionarios como Abal Medina, que convengamos tenía muchas opciones a la mano cuando empezó a trapichear bolsos con plata en nuestra casa de gobierno, y ninguna de ellas era demasiado costosa ni riesgosa para él ni para su gente: podía renunciar, podía abstenerse de participar y ver cómo reaccionaban sus jefes, y hasta podía acordarse de la ley y denunciar lo que pasaba, convirtiéndose, gratis y sin esfuerzo, en un modelo de funcionario público. Lástima que no se le ocurrió nada de esto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/11/2018

Posted in Política.


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