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¿Es justo que Boudou sea excarcelado?

Hay muchos tecnicismos judiciales en este asunto, pero también pujas políticas y una batalla por orientar la confianza de la sociedad y el trabajo de los funcionarios judiciales que, según quién la gane, va a permitir o no el Nunca Más a la corrupción.

Amado Boudou ya fue condenado por su intento de apropiarse de la imprenta Ciccone. La figura fue cohecho y negociaciones incompatibles con sus funciones. Es que era nada más y nada menos que vicepresidente de nuestro país. Y lo habíamos elegido para que se dedicara a otra cosa.

El fallo condenatorio le impuso una pena de 5 años y diez meses, es decir, de cumplimiento efectivo. Y efectivamente empezó a cumplirla, para su disgusto, inmediatamente después de que el tribunal oral presidido por Pablo Bertuzzi, Néstor Costabel y Gabriela López Iñíguez (esta última lo hizo en disidencia parcial) firmara la condena, a comienzos de agosto pasado.

En ese momento la noticia de su condena pasó bastante desapercibida, no concitó mucho interés, y es probable incluso que la mayoría se haya olvidado del asunto hasta hoy. Esa desatención fue ya de por sí un poco rara: por primera vez en mucho tiempo un caso de corrupción terminaba confirmando las sospechas generalizadas de la sociedad y satisfaciendo su deseo de justicia. Y encima lo hacía contra quien fuera segundo al mando del otrora superpoderoso gobierno de Cristina Kirchner. No era poca cosa para una Justicia que había tardado más de seis años en llegar, y que más comúnmente nos tenía y tiene todavía acostumbrados a no llegar nunca.

Pero bueno, así fue. Tal vez esa desatención se explique porque el escándalo nos entretiene y atrae mucho más que el funcionamiento normal de las instituciones. Que en vez de sorprendernos y entusiasmarnos, nos aburre. Lo mismo pasó con el caso Maldonado: una vez que se supo qué había pasado, dejó de ser interesante para la mayoría de la opinión pública, como si no hubiera nada que aprender de las ocasiones en que las instituciones hacen bien su trabajo, ninguna conclusión útil para nuestras vidas que valga la pena sacar del infrecuente cumplimiento de las leyes.

En cambio la excarcelación del ex vicepresidente puede que sí llame la atención. Es de por sí un nuevo escándalo. La acaban de decidir dos juezas, Adriana Pallioti y, ¡oh sorpresa!, la misma Gabriela López Iñíguez que había disentido al firmar la condena: le pareció excesiva y se ve encontró una segunda oportunidad para favorecer al reo.

¿Cómo fundamentaron esta decisión? Con el argumento de que ese fallo no estaba firme, debía pasar aún por la revisión de la Cámara, y por tanto entendieron que el proceso no había terminado: es decir, Boudou puede esperar que la revisión lo favorezca, así que no correspondía que esperara mientras cumplía ya la pena.

El tecnicismo al que recurren es muy discutible y así lo planteó el ministro de Justicia, Germán Garavano: en verdad la revisión por la Cámara no es parte del proceso, que ya terminó, sino del control que sobre el mismo ejercen las instancias superiores del Poder Judicial, igual que la apelación. Que seguramente también Boudou va a presentar. Pero mientras un condenado apela no está en su casa, ni tiene libertad de movimiento en un radio de 100 kilómetros como generosamente le otorgaron esas dos juezas a Boudou. Tiene que cumplir su pena. Así hacen todos los condenados en nuestro sistema. O casi todos. Menem también logró zafar en su momento con un argumento tirado de los pelos.

La verdad: lo más importante no es de todos modos si Boudou espera en la cárcel o en su casa. Lo decisivo es la señal que estas magistradas dan a la sociedad y a sus pares al soltarlo: un factor esencial para que las investigaciones contra el poder político avancen, y haya un poco más de igualdad ante la ley en nuestro país de lo poco que ha habido hasta aquí, es que la sociedad no pierda interés, confíe y a la vez exija que le demuestren que su confianza es justificada, y los jueces y fiscales se sientan presionados por esa sociedad a hacer bien su trabajo. Algo de esto empezó a cambiar para mejor en los últimos tiempos, gracias a fallos como el que perjudicó a Boudou, gracias a la causa de los cuadernos, y al espectáculo inédito de decenas de ex funcionarios y empresarios desfilando por los tribunales, arrepintiéndose, confesando aunque sea a medias, siendo procesados y quedando en muchos casos detenidos. Algo que solo podría compararse, salvando las distancias, con el Juicio a las Juntas.

Bueno, es a esa imagen republicana en que la Justicia sometía al poder a la que las juezas Pallioti e Iñíguez le acaban de mojar la oreja; contraponiéndole la triste y conocida marca de la triquiñuela procedimental, que siempre está a disposición de los amigos, para que zafen, hasta cuando quedó archidemostrado que son culpables.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/12/2018

Posted in Política.