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¡Basta de grieta! La unidad está de moda

Últimamente todos hablan de unidad. Lavagna dice ser el único que habla en serio, porque la grieta es un “negocio de Cristina y Macri”. Pero CFK ya tiempo atrás llamó a su fuerza “unidad ciudadana”. Y ahora Macri, para no ser menos, reflotó su deseo de “construir una Argentina unida”. ¿Qué hay detrás de tanta invitación a juntarnos?

Los llamados a “superar la grieta” se han puesto de moda. Y, cosa curiosa, ponen en aparente sintonía a gente que nunca se va a poner de acuerdo sobre lo que eso significa, ni sobre lo que habría que hacer.

Esta moda parece responder a un cuadro de aguda incertidumbre: ha perdido buena parte del atractivo que hasta hace poco tenía la diferencia política que tiempo atrás propuso Cambiemos entre república y populismo, que en su momento le sirvió para combatir con éxito los varios clivajes que antes planteara el kirchnerismo, entre pueblo y oligarquía, izquierda y derecha, la patria y los vendepatrias y otras más que ahora se me escapan, pero cuyos promotores aún consideran válidos; y todavía no se sabe bien qué otros se propondrán desde la “tercera vía”, donde hay mucha gente que opina, pero todavía nadie que conduzca.

Hasta ahí, nada extraño. Es lo que suele pasar en cualquier democracia: los partidos plantean “diferencias significativas” que les permiten ganar elecciones y después decir que “gobiernan en bien de todos”. ¿Cuándo camelean más, cuando reducen todas las diferencias a una que les conviene, porque pone a sus adversarios en minoría y a la defensiva, o cuando invitan a superar las diferencias y “empujar todos juntos”, obligando a las minorías y disidentes a seguirles el paso? Difícil decirlo.

Y en nuestro caso, ¿las diferencias en torno a las que venimos debatiendo, sirvieron por un tiempo pero ya no sirven para ordenar la competencia ni para orientar gobiernos, sus magros resultados prueban que desde el principio estaban “mal planteadas”, o quienes no están satisfechos con ellas deberían plantear otras mejores y dejar de quejarse de “la grieta”, cuando lo que pretenden es solo reemplazar la que existe por otra que les convenga más? Cada quien, según sus gustos y preferencias, puede dar la respuesta que quiera.

En cualquier caso, parece que tanto los K como los macristas van a insistir con los planteos que ya les conocemos, pues no creen que sea cierto eso de que sus propuestas y los clivajes que de ellas resultan hayan sido superados. En tanto Lavagna y los demás “terceristas” parecen inclinados a innovar, aunque no está claro para dónde: reunir a “todos los que quieren la unidad nacional” puede sonar lindo para empezar, pero a poco de andar aparecen los problemas. Lavagna mismo ha tenido que aclarar que “unidad no es unanimidad”, sugiriendo que su coalición será muy amplia, pero va a dejar a algunos afuera. ¿Quiénes son esos indeseables?

Planteó al respecto que sus adversarios son “los que fracasaron estos últimos años”. De nuevo el futuro contra el pasado, más o menos como dice Macri, sólo que con los nombres invertidos. No alcanza.

Dado el esfuerzo de Lavagna por presentarse moderado en todo podría concluirse que lo que quiere excluir es el extremismo: ni los muy populistas ni los muy liberales tendrían cabida en su “unidad no unánime”. Pero Macri y Cristina bien podrían contestarle que de ellos no está hablando, porque también se han esforzado por excluir a los extremistas: Macri nunca pondría en su gobierno a un Milei o un Espert, y se siente cómodo cada vez que esa gente lo critica por “tibio”; y Cristina dio a entender que está dispuesta hasta a arreglar con el FMI, ¿por qué temerle?

Claro que, en su paso por el poder, es más difícil encontrar gestos de moderación concretos en los Kirchner: ellos no se abstuvieron de ubicar en cargos destacados a gurkas ideológicos como Moreno y Kicillof; y si no avanzaron en reformas radicalizadas sobre la Justicia, las empresas, los medios y demás no fue porque no quisieran, sino porque no los dejaron.

Por eso la referencia a la grieta como una frontera que separa a dos bandos equivalentes en su “extremismo” y su “esterilidad” es un poco equívoca. ¿Busca velar otra diferencia que se pretende instalar más disimuladamente?, ¿cuál podría ser, si no es la de la pretendida y jesuítica moderación urbi et orbi?

Alguna pista al respecto se le ha escapado a Lavagna, Duhalde y compañía cuando hablaron de la necesaria reunificación del peronismo y su rechazo al “gorilaje”. Una expresión que sí refiere a una grieta realmente ominosa, hoy por suerte bastante inefectiva. Pero que parece no les molesta y hasta tal vez quieran reflotar, como intentaron ya en años pasados los Kirchner.

Es que, finalmente, su “centroprogresismo” tal vez no sea muy distinto al del Frejuli: unidad de los peronistas y convergencia con fuerzas menores que apuntalen la mayoría con sectores dispersos que aquellos por sí mismos no logran atraerse. Más todavía: a lo que parece apuntar el peronismo alternativo es a usar los votos no peronistas para reunificar al peronismo y someterlo. Más o menos como hizo Kirchner entre 2003 y 2005, historia que Duhalde y Lavagna conocen bien. Porque el problema que vendría aquejando a la Argentina, y en esto los alternativos estarían de acuerdo con los kirhcneristas, solo que se achacan la responsabilidad mutuamente, es que desde 2013 a esta parte (algunos creen que desde 2008), el peronismo, el “único que puede gobernar”, está quebrado, y es solo gracias a eso que ganan los que “no pueden gobernar”, son por naturaleza una minoría, y todos salimos perdiendo.

Tal vez no sea mala idea, pero sería bueno que fueran más sinceros. Y también más realistas: ¿en serio piensan que CFK y los suyos se van a dejar absorber sin pelear?, ¿por qué creer que su fórmula para domesticarlos va a ser más eficaz que la que usó Macri para excluirlos y formar mayorías con los demás “moderados”? Que es finalmente la otra gran lección de estos años respecto a la grieta: ella no impidió que en el Congreso, en la relación con los sindicatos y con los gobernadores se llegara a acuerdos, más bien al contrario, la grieta los facilitó, por la presión que los opositores duros pusieron sobre los moderados; que esos acuerdos no fueran más allá se debe más que a la indisposición de las partes, a que hubo cada vez menos beneficios para repartir, y al final quedaron solo costos para cargarse. Si llegara a ganar Alternativa Federal, ¿imaginan en serio que durante el año y medio que dice Lavagna que va a necesitar para que la economía vuelva a crecer va a tener más ayuda del kirchnerismo y un peronismo unido que de Cambiemos?

Esta cuestión nos lleva a plantear otra crítica que suele hacerse de la grieta en su actual configuración, y es que nos impide discutir los problemas que en serio importan. Lo que tiene un doble significado: de un lado, pone una excesiva atención en asuntos que no deberían “usarse para dividirnos”. Lavagna ha aplicado esta fórmula para justificar que no va a hablar de corrupción, “porque no piensa indultar a nadie” pero “tampoco sacar provecho de casos individuales que tramita la Justicia”. Si en Argentina no hubiera un problema estructural de corrupción, particularmente grave en las gestiones peronistas, esto sería razonable. Pero en nuestra situación lleva a pensar que lo que se pretende es desconocer la bien fundada acusación de asociación ilícita, para poder disculpar a la enorme mayoría de los empresarios y funcionarios, nacionales y provinciales, que de otro modo terminarían presos.

Del otro lado, se achacan a la grieta las dificultades para entendernos y cooperar sobre los asuntos concretos que tenemos que resolver. Lo que es sin duda bastante cierto. Aunque la experiencia de los últimos años ofrece también contraejemplos: uno muy significativo es el de la inflación, hoy afortunadamente reconocido por todo el mundo como un problema inescapable y decisivo; otro, el de la pobreza. Y hay varios más: la falta de inversiones, el desequilibrio fiscal. Gracias a la grieta, es decir a la intensa competencia política, no a pesar de ella, son temas hoy intensamente debatidos. Ya no se escucha eso de que “un poco de inflación viene bien” o que la pobreza está a punto de desaparecer.

Por último, ¿es cierto que la grieta bloquea la competencia, obligando a elegir entre dos malos el que menos nos espante? En verdad, las terceras posiciones nunca pesaron tanto en la política argentina como en los últimos años. Y sea cual sea el resultado de estas elecciones lo más probable es que siga siendo así.

Tal vez no les alcance para tanto, y el ballotage vuelva a dejarlas fuera como en 2015. Pero por lo menos tendrán en estos meses su oportunidad. Y dependerá de cómo usen sus cartas que el resultado sea mejor que el que logró Massa en esa ocasión. Pondrán así en aprietos a los contendientes más consolidados, y hasta aquí demasiado cómodos repitiendo sus argumentos de siempre. Incluido el viejo cantito de la unidad, que nadie se ha privado de entonar, simplemente porque suena más lindo y luminoso que hablar de los más prácticos aunque opacos intercambios, negociaciones y compromisos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/3/2019

Posted in Política.


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