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Lavagna se desanima, y Macri empieza a extrañarlo

El ex ministro puso condiciones demasiado exigentes para ser candidato. Y como no despegó en las encuestas, sus pares de Alternativa Federal se negaron a concedérselas, dejándolo sin muchas opciones para avanzar. Mientras tanto el gobierno pasó de una módica alarma por su irrupción, a asustarse en serio por su eventual retiro y el debilitamiento del peronismo moderado.

El origen del problema está en que Roberto Lavagna se entusiasmó con su buena imagen pública. Creyó que iba a ser sencillo convertirla en intención de voto, liderazgo de una coalición amplia y plural, y que por lo tanto, frente a una dirigencia política casi unánimemente repudiada por la sociedad, le iba a ser permitido imponer sus condiciones para ganar las próximas elecciones y luego para gobernar.

Así que apuntó a jubilar de un solo plumazo tanto a Macri como a Cristina (“son dos fracasados que ya no tienen nada que ofrecer”) y someter a su voluntad a los demás miembros del peronismo moderado. Incluido su hasta hace poco jefe político, el joven aunque es cierto que ya bastante baqueteado Sergio Massa.

Demasiado ímpetu para alguien cuyo único activo era la difusa simpatía de una sociedad que así como te celebra te denuesta o te olvida, por lo que ni siquiera ella misma se toma muy en serio sus estados de ánimo. Y demasiadas descalificaciones para acompañar un discurso centrado en el diálogo, la unión de los argentinos y demás nobles fines que supuestamente la soberbia y necedad de “los otros”, unos pocos malos políticos, nos impiden alcanzar.

Resultado: nos terminó revelando que la vestimenta no era lo único que no se le daba bien combinar. Y que con su melifluo tono jesuítico podía ser tan proclive a pisar el palito de la desunión como los promotores de la grieta que él se dedica a repudiar.

Enojado con Massa por sus coqueteos con Cristina, que su propio ánimo excluyente venía alentando, sumó más frases definitivas, de esas que cierran opciones de salida en vez de abrirlas: “Massa y yo estamos en dos proyectos distintos”, sentenció, dejando a Alternativa Federal de cara a una ruptura, que intentó vanamente achacar a continuación al gobierno de Macri, supuestamente interesado en inventar divisiones donde no las hay.

Tras lo cual, en vez de moderarse, insistió con sus exigencias: “la discusión sobre las PASO ya fue” sentenció, dando a entender que ni siquiera se sentía obligado a argumentar su negativa a participar de las mismas. Aunque a continuación debió hacerlo, y sostuvo que “ni Macri ni Cristina van a una PASO, qué curioso que quieran dividir este espacio”, ignorando el hecho de que ya Macri y Cristina son reconocidos como líderes en sus respectivos campos, cosa que él en cambio debe aún lograr. Pero como las cosas no parecen acomodarse a sus deseos, puso en duda su postulación: “si no hay consenso no me interesa la candidatura”. ¿Tan pronto va a tirar la toalla? ¿No se le ocurrió que un “interés” tan relativo de su parte puede estar en el origen de la desconfianza que despierta como líder político, incluso para muchos que lo ven con simpatía? Alguien debería explicarle que eso de crear consensos, una coalición de apoyo y más todavía ser presidente no es soplar y hacer botellas.

Lo más llamativo del caso es que, si Lavagna confirmara su amenaza y se retirase de la competencia, dejaría a Alternativa Federal bastante peor de cómo la encontró. Porque en el ínterin las diferencias entre el massismo y el resto se han multiplicado. Y quien sacó provecho de la situación fue Cristina. De allí la pavura que despierta en Cambiemos una posible dispersión de ese sector, al que necesita más que nunca para refrenar el posible crecimiento de la oposición más dura. Y para crear mínima confianza en los mercados respecto a que, por una vía u otra, la moderación y la racionalidad económicas van a sobrevivir a las próximas elecciones.

Claro que Lavagna y los demás miembros del peronismo civilizado insistirán en que si no logran mejorar su puntería no es su culpa, sino culpa del propio gobierno que, aunque los necesita, hace todo lo posible por debilitarlos y quedarse solo en el ring frente a la ex presidente. Lavagna es un gran cultor de esta idea. Una más de las varias ideas absurdas que se han instalado como verdades indiscutidas en la política de estos tiempos: las críticas con que desde el gobierno recibieron la postulación del ex ministro, varias de ellas bastante mal enfocadas, ¿no fueron acaso, conscientes o inconscientes invitaciones para que subiera al ring? ¿Acaso no sabe el gobierno que es tan importante para su suerte electoral la presencia de Cristina como la división del voto opositor, que puede terminar si los no kirchneristas siguen deshilachándose y haciendo papelones? Y finalmente, ¿alguien puede en serio creerse que si la ex presidente sigue liderando una porción mayoritaria del peronismo es porque Macri le da aire y la “deja suelta”, y no porque las opciones de recambio en esa fuerza hasta aquí han fallado?.

Como todo camelo, está construido con algo de verdad. Es evidente que a Macri le conviene que ella sea su principal contrincante. Y lo asusta que aparezca otro más competitivo. Como por un momento pareció ser Lavagna. No tiene sentido reprochárselo: es natural que un gobierno débil acosado por mil problemas económicos a los que no le encuentra la vuelta, elija bien con quién pelearse. Pero eso es lo único cierto de aquella afirmación. Lo demás es puro cuento. Por algo se dice con la misma frescura que Macri persigue judicialmente a la ex presidente, como que manipula a los jueces de Comodoro Py para que siga libre; una cosa o la otra son falsas, y conociendo el grado de eficacia con que se mueven la presidencia y sus operadores judiciales, lo más razonable es pensar que ambas lo son. Y en cuanto a Lavagna, es claro que el susto inicial del oficialismo, real o simulado, en cualquier caso irrelevante, ha dado paso a una alarma mucho más seria y contundente: si Cristina logra que haya un solo candidato peronista a la gobernación bonaerense (y Massa parece decidido a ayudarla en eso) y consigue varios triunfos anticipatorios en las provincias (y para eso está ofreciendo su pago chico Gildo Insfrán), la escena según la cual “ella no puede ganar porque la mayoría de los argentinos no quiere volver atrás” puede ser reemplazada por otra, en que “la Argentina profunda vuelve a imponerse a la de las elites”. Es a eso a lo que debería temerle el ex ministro, y no a las PASO.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/4/2019

Posted in Política.


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