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Plan Alivio: ¿será suficiente? ¿llegó a tiempo?

Una mayoría de la opinión pública recibió bien las medidas de “alivio” anunciadas, a los dos lados de la famosa grieta. La duda es si seguirá siendo así dentro de un par de meses, cuando la inercia de la crisis tal vez se haya devorado su acotada eficacia.

El Ejecutivo venía apostando a que, con el fin del verano, llegara una caída de los índices de inflación y muestras indubitables de recuperación del nivel de actividad. Y como ninguna de esas dos cosas sucedió tuvo que recurrir a medidas de emergencia, estímulos y antídotos que en el mejor de los casos tendrán efectos transitorios. Pero que podrían ayudarlo a transitar el último tramo del bajón, hasta que el combate del déficit arroje los frutos esperados. Solo “podrían”: son demasiados los condicionales a los que tiene atada su suerte electoral, y no le quedan muchas balas en la recámara.

El objetivo es bastante modesto: que la inflación vuelva a la zona del 2% mensual, y que el consumo deje de caer. Como pronto la comparación interanual de los datos de consumo mensual se va a empezar a hacer no con los meses buenos de comienzos de 2018 si no con los ya malos del otoño de ese año, cuando ya se había disparado la crisis, esta segunda meta es asequible. Pero la primera no lo es tanto: la inflación puede seguir bastante por arriba del 3% por dos o tres meses más. Y de ser así tal vez el Pal Alivio quede rápidamente invalidado ante la opinión pública, y se complique el arranque de la campaña electoral del oficialismo.

¿Cómo evitar que el telón de fondo de la misma no sea su fracaso económico?: tanto el de su versión ortodoxa, porque el ajuste del gasto y las altas tasas de interés habrán demostrado servir tan solo para alimentar un círculo vicioso recesivo (menor recaudación, que obliga a más ajuste de gastos y por tanto produce más recesión y así sucesivamente); como el de su versión intervencionista, su “populismo de caballeros”, porque los estímulos al consumo y los controles de precios habrían llegado tarde y sido aplicados sin el esmero y el convencimiento necesarios.

Esto último es lo que ya le están reprochando algunos expertos en mercados regulados: Massa, Kiciloff, hasta Guillermo Moreno y su heredero Augusto Costa se mofaron de sus manotazos de ahogado, en su opinión reveladores de que no sabe hacer eso que a ellos les salió muy bien (sic). Pero más curioso aún resultó que del otro lado de la “grieta” algunas muy conocidas voces empresarias salieran al ruedo para acusarlo de no respetar la libertad de mercado. Voces que hubiera estado lindo escuchar cuando Moreno, Kiciloff y Costa se dedicaban a pisotear esas libertades a los gritos y empujones; eso si, sin dejar una sola resolución por escrito, como esos matones expertos en administrar palizas sin dejar huellas en la cara.

Que reciba críticas por izquierda y por derecha no es algo que vaya a hacer mucha mella al Plan Alivio. Hasta cierto punto, es una buena señal: revela que el gobierno aún puede sorprender y descolocar a sus adversarios. Pero eso no es lo más importante, porque su suerte se juega en otros terrenos: el de las conductas económicas, y el de la opinión.
Esta le venía reprochando que parecía “desconectado de la realidad” y “sin iniciativa”, “insensible” a los costos que supone para la enorme mayoría un ajuste que hasta ahora no dio los resultados prometidos. Para muchos que así opinan verlo relativizar sus creencias y encarar más pragmáticamente los problemas urgentes que tiene delante puede que justifique darle una última oportunidad. Es que para el gran público la credibilidad del gobierno tiene seguro poca relación con su consistencia doctrinaria, como pretenden muchos de sus críticos, de nuevo, a ambos lados de la grieta.

Ahora que, para que esa “última oportunidad” no se evapore a poco de andar va a hacer falta que revierta el masivo pesimismo económico, que está ya rondando el 80% (según datos de Opinaia de este mes), y el pavoroso rechazo al presidente, que supera holgadamente el de Cristina Fernández. Esto no es imposible: en el oficialismo se tiende a pensar que, siendo el odio a Macri más reciente y “coyuntural”, será más fácil de remover que el que suscita la ex presidente, que viene de largo y ha sido muy estable por años y años; y probablemente esta sea una apuesta válida.

La cuestión es que, para que ella se sostenga, va a necesitar pronto el respaldo de los hechos, al menos de algún hecho, uno solo. Porque, por más que los anuncios hayan tenido buena recepción, ¿qué pasa si son desmentidos por el índice de inflación de abril, y luego por el de mayo?

Dujovne ya abrió el paraguas advirtiendo, igual que hiciera el presidente tiempo atrás, que habían sido demasiado optimistas sobre las posibilidades de bajar la inflación. Pero, ¿no es acaso cierto también que él debió haber actuado antes, cuando ya en marzo se hizo ostensible que, en vez de bajar, ella estaba subiendo? Puede que convencer a Macri y Peña, y también al Fondo y a los propios funcionarios de Hacienda haya insumido un tiempo demasiado valioso, que escasea cada vez más.

Encima, ¿no está una vez más el gobierno esperando demasiado de sus iniciativas, en este caso, para colmo, un paquete armado a los apurones y que él mismo sabe que, en el mejor de los casos, va a tener efectos acotados? Siendo así, tal vez le convendría priorizar uno de los dos objetivos que persigue, bajar sensiblemente la inflación, o impulsar la recuperación del consumo y la actividad económica. Porque las dos cosas al mismo tiempo, en tan poco tiempo y con tantos factores jugando en contra, es muy difícil que vayan a dársele.

A la hora de elegir podría convenirle atender al hecho de que nuestra opinión pública y los actores económicos ya se acostumbraron a convivir con la alta inflación, mal que nos pese, pero los votantes no suelen sonreírle a los oficialismos cuando el nivel de actividad y de consumo anda por el piso, ni aquí ni en ningún lado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/4/2019

Posted in Política.


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