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Los mercados prefieren a Macri, pero están hundiéndolo

“Macri es el caos” dice Cristina. Más que una descalificación, es un plan de campaña para presentarse como restauradora del orden. Para lo que ya no necesita usar las armas que hasta hace poco prefería, los militantes de la Resistencia en la calle: le bastan las del propio macrismo. Y es que Cristina parece haber constatado que los empresarios se han vuelto la principal amenaza para el gobierno que respaldan.

“El riesgo país (una buena medida del caos) sube por temor a que volvamos atrás”, le contestó Macri. Pero hasta él debería reconocer que la corrida es posible porque arrancó su mandato liberando los mercados financieros y cambiario. ¿Les dio así un poder, que se vuelve abrumador en momentos de crisis, a quienes lo apoyaban, y todavía lo hacen, pero ahora por su propio interés tienden a hundirlo? ¿Habrá que concluir que en Argentina el orden es incompatible con las libertades económicas?

La campaña a cuyo inicio estamos asistiendo, y va a concluir en las presidenciales de octubre, será no sólo una de las más disputadas de las últimas décadas, sino la primera en mucho tiempo que se haga en un contexto de crisis financiera y de confianza, y de mercados libres, tanto para dolarizar fondos como para sacarlos del país, tanto para mover precios como para producir o no hacerlo. Y eso, sumado a una fuerte polarización, está contaminando con dosis masivas de desorden, de caos, la competencia política, en un círculo vicioso que realimenta las incertidumbres económicas y las electorales.

El gobierno parece todavía confiado en que va a controlar la situación. E incluso cree poder sacar provecho de ella: el miedo a “cambiar de caballo en medio del río” y encima hacerlo a favor de uno que ya se mostró capaz de hacer todo tipo de locuras, puede ser un buen argumento de campaña. Sobre todo cuando no hay muchos éxitos que exhibir. Si no fuera por esta pretensión de usar el miedo sería difícil de entender que el oficialismo esté tan cómodo con la difusión de encuestas que le dan bastante peor que los sondeos medianamente confiables, y colocan a Cristina muy por delante del presidente. Pero ¡atención!, el miedo suele ser un arma de doble filo: puede fácilmente volverse en contra si se instala la idea de que la otra orilla es inalcanzable porque el propio gobierno ha estado remando en redondo, o va a ser tan mala como la que dejamos atrás si seguimos confiando en quien, para empezar, nos metió en el rio.

Entre los públicos en que inculcar miedo se ha vuelto más necesario para el oficialismo se destaca el de los empresarios. Los funcionarios no se cansan de recordarles estos días que sus empresas no valdrán nada si no colaboran a la reelección del presidente. Les advierten que Lavagna no tiene chances, y la única beneficiaria del alza de precios, la fuga hacía el dólar y el derrumbe de los bonos que ellos en alguna medida fomentan va a terminar siendo Cristina. Con argumentos de ese tenor se reclamó colaboración con el lanzamiento de los “precios esenciales”, pero ¿qué puede esta acotada iniciativa contra el alza del dólar y la inercia de todos los demás precios? ¿Va a mostrar al gobierno más sensible en el frente social, aún siendo un gobierno de ricos? ¿O va a exponer nuevamente su ineficacia?

El papel de los empresarios locales en todo esto es particularmente complicado. Nadie espera que los fondos internacionales se hagan problema por las consecuencias políticas derivadas de sus decisiones de invertir o irse corriendo de un país u otro. Pero a los ciudadanos sí se les exige ser responsables ante su país. El problema es que en casos como el que nos ocupa, fuera del pago de los impuestos, no hay mucho margen para ejercer esa responsabilidad, porque nadie parece capaz de coordinar acciones distintas a las que alimentan el círculo vicioso de la crisis. Cualquier tenedor de activos (no tiene por qué ser un “rico insensible”, consideremos a alguien de clase media, muy preocupado por la situación y las perspectivas políticas, pero compelido por lógica necesidad a proteger sus ahorros), está llamado a dolarizarse y ponerse a resguardo de los ya muy conocidos manotazos del Estado para hacerse de recursos frescos en medio del descalabro. Así que no puede evitar colaborar a que ese descalabro sea cada vez mayor. Por eso se habla de “efecto manada” o “puerta 12”, de profecías autocumplidas y de toda una gran variedad de mecanismos a través de los cuales el círculo vicioso se alimenta y vuelve cada vez más indetenible.

¿Prueba esto que con el cepo cambiario y las restricciones a los movimientos financieros con que Cristina Kirchner y Kiciloff lograron que este despelote no les estallara en las manos estábamos mejor que ahora, con mercados libres y todos escapando o pensando en hacerlo? ¿Deberíamos volver a esos instrumentos, o a la convertibilidad, o a algún otro subterfugio por el estilo? Ya aparecen aquí y allá nostálgicos de esos supuestos “órdenes”, aparentes barreras contra el caos. Lo que no nos dicen es que por algo salir de cada uno de esos inventos costó horrores, y fue gracias a ellos que tan poco se le cree hoy al Estado argentino, a su moneda y a sus bonos de deuda.

Sucede que los mercados libres necesitan instituciones más sólidas que las que tenemos, y construirlas lleva más tiempo y esfuerzo que el que pretendimos dedicarles hasta aquí. En el ínterin difícilmente alcance con el FMI y los precios esenciales, tal vez hagan falta otros recursos y medidas de emergencia.

En una crisis galopante, y la que estamos sufriendo puede eventualmente convertirse en una, se justifica hacer muchas cosas que en tiempos normales no, con tal de frenar el caos. A menos que uno prefiera, claro, defender sus preferencias por ciertas políticas, o ciertas reglas de juego, en cualquier situación y más allá de las consecuencias, aunque ellas no alcancen o no sirvan para combatir la crisis.

Está muy bien, por otro lado, que Macri y Dujovne se feliciten a sí mismos por no haber cambiado hasta aquí las reglas de juego. Por permitir, por ejemplo, que los exportadores sigan disfrutando de una gran libertad para decidir cuándo realizan sus operaciones, cómo y dónde disponen de los dólares correspondientes. O que las petroleras fijen los precios de los combustibles siguiendo la evolución internacional del petróleo y la local del tipo de cambio. Pero en algún momento, y no cuando ya sea tarde, les convendrá tener sobre la mesa salidas alternativas, incluso algunas contrarias a aquellas reglas. De otro modo la descripción de Macri que hace Cristina puede terminar confirmándose.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/4/2019

Posted in Política.


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