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Atascados en Normandía*

por Marcos Novaro, 6 de Marzo de 2010

Cuenta Ian Kershaw en su biografía de Hitler que cuando los aliados desembarcaron en Normandía, una imagen bastante realista de lo que se venía sacudió la ya golpeada autoconfianza de los generales alemanes. Entre muchos de ellos comenzó a circular la idea de que había que cambiar de estrategia antes de que fuera tarde y Alemania fuera arrasada. Pero, según explica Kershaw, las fuerzas armadas habían cedido demasiado dócilmente a la nazificación en los años en que pareció que el führer era un estratega imbatible, y perdido por tanto toda capacidad de influir con criterios propios en la toma de decisiones. Así que primó la preferencia de Hitler de hacer del territorio europeo una tierra arrasada, un extensísimo pantano de sangre y fuego en que se atascara el avance del enemigo, sin reparar en los costos que ello implicara, para así dar tiempo al desarrollo de las armas secretas con que Alemania haría pagar caro a sus enemigos la osadía de haberla desafiado. Con buen tino, muchos oficiales desconfiaron de esa arriesgada apuesta, y comenzaron a conspirar para sacarse de encima al que ahora veían como un endemoniado y suicida dictador. No lo lograron, y una guerra que ya estaba perdida hacia tiempo se prolongó inútilmente, acumulando unos cuantos millones más de víctimas en su haber.

La analogía sirve sólo en parte, es mejor dejarlo claro desde ya. Sobre todo sirve para poner de relieve y valorar las diferencias. La lucha política en que estamos envueltos desde que el kirchnerismo inició su irrefrenable declive se parece en algunos aspectos a la escena recién descrita, no en los medios, tampoco en la radicalidad de los actores, ni remotamente en las consecuencias. Esta lucha no es una guerra a muerte, la materia en discusión es poder político y dinero, no más, hay reglas de juego que atan a los actores, y sobre todo una, inamovible, las elecciones de 2011, en que muchas de las tensiones que nos sacuden se resolverán de forma de seguro incruenta. Como sea, para llegar a ese desenlace minimizando los daños asociados al declive de un poder que no se resigna a lo inevitable, que no repara en costos para torcer su destino, y que no utiliza muchos parámetros realistas en las decisiones que toma es conveniente no exagerar, pero tampoco subestimar el problema.

La jugarreta de Cristina Kirchner con las reservas del Central deja en evidencia que el Ejecutivo no está dispuesto a negociar nada, que seguirá haciendo del Parlamento un pantano en que se trabe el avance de las fuerzas de oposición, para desgastarlas lo más posible y ganar tiempo a la espera de que el arma del gasto, y nuevas jugadas secretas que haya pergeñado la mente de su marido, logren el milagro de que el Frente para la Victoria vuelva a hacerse merecedor de su nombre. La guerra de trincheras así planteada tiene un primer damnificado, que es el generalato alemán del caso: los legisladores, gobernadores, funcionarios y demás peones del tablero kirchnerista saben que el jefe no titubeará a la hora de sacrificarlos. Pero su capacidad para abrir otro juego, menos destructivo y que les asegure algún futuro, aunque sea el de un retiro honorable, es cada vez más escasa. Por otro lado, la eficacia de los pasos que así se consuman para dar cabida al milagro es cada vez menor, y los costos asociados en cambio son crecientes: si la idea de Cristina, tal como explicó en su penoso discurso de apertura de sesiones, es evitar un ajuste que enfríe la economía, lo que logra con sus manotazos no es más que producir ese ajuste del modo más estéril y caótico que se pueda imaginar. Con medidas cada vez más abiertamente insostenibles, cuestionables en el Parlamento y en los tribunales, la incertidumbre sobre el futuro crece, las inversiones se retraen aun más y se acelera la fuga de capitales y la inflación. De manera que el gobierno necesitará cada vez más dinero para tapar los agujeros que él mismo crea, y el dinero se le escurrirá de los dedos con eficacia cada vez menor para detener la marea. Las tropas a que pueda echar mano se le irán acabando, así que no podrá evitar sucesivos repliegues, encerrándose en sí mismo. Hacia el final, pueden suceder dos cosas, deslealtades masivas en sus filas, que dejen por completo fuera de la competencia (y la colaboración) sobre el futuro del país a quienes lo vienen conduciendo; o bien la retención de esas lealtades por temor y falta de alternativas, hasta el punto en que ellas se consuman, tal vez por completo, en una última batalla electoral. La paradoja de la situación es que el sistema político puede tener garantizada su estabilidad, aun al costo de más despropósitos fiscales, más inflación y más conflictos de poderes, en esta segunda opción; en cambio nadie puede saber cómo reaccionaría el jefe si se da la primera: hay buenas chances de que se desbarranque del todo en la ilegalidad y el delirio. Es por ello que en nuestro caso tal vez sea mejor que los generales tengan fe en los milagros y se jueguen a compartir el destino de su líder. Lo que se vincula con otra diferencia esencial entre las dos situaciones históricas: en la que nos involucra la oposición, en particular la que no participa de las tradiciones teutónicas, no tiene por qué apresurarse ni radicalizarse, ni le conviene en lo más mínimo hacerlo; su prioridad es minimizar el daño y que se cumplan los plazos, y para ello es preciso contener al adversario y forzarlo en lo posible a que respete la ley. Lo suyo no es ir al asalto de Berlín; es en todo caso evitar que Berlín construya y arroje una bomba atómica.

*Publicado en El Economista

Con la mente en blanco*

por Marcos Novaro, 8 de Febrero de 2010

“Es un problema vivir en blanco en la Argentina”. Increíble. Insólito. Pero no inesperado: desde hace tiempo que la presidente padece una desatada locuacidad, caza al vuelo frases poco felices ya dichas por alguno de sus colaboradores (en este caso, su marido: “esto me pasa por estar en blanco” le habría dicho Néstor a Víctor Hugo mientras lo invitaba a oficiar de correveidile), y la empeora. Y no es la primera vez que un funcionario o gobernante argentino en problemas se quita momentáneamente de encima el peso de sus investiduras y habla como un “argentino común”, indignado por los disgustos que le trae haber nacido justo aquí.

Como sea, Cristina y Néstor parecen no poder salir de Guatemala sin caer en Guatepeor. Sólo han atinado a dar vuelta la página del culebrón del Central para abrir uno nuevo, o mejor dicho, reabrir uno ya antiguo, el de su prosperidad familiar.

En su pelea con Redrado dejaron a la luz su torpeza en el uso de los recursos de que aún disponen (por ejemplo, su amplia mayoría en el directorio del Central), la brutalidad de sus métodos (la policía acordonando la entrada del BC quedará grabada como otro ignominioso leit motiv de estos años) y la confusión programática que afecta sus iniciativas (si con el Fondo del Bicentenario querían crear certidumbre en los bonistas, cuantos más recursos deberán invertir ahora para lograrlo). Lo sorprendente es que, hasta aquí, el matrimonio presidencial había venido dedicando mucho más cuidado al manejo de su fortuna personal, y cabe decir que se venía comportando con toda lógica y consistencia, sin improvisaciones: a través de la confesión y el blanqueo de una porción considerable pero seguramente minoritaria del problema, y de dejar que el debate del asunto se consuma y los medios se cansen, apuntó a crear condiciones favorables para dar continuidad al estilo “todo cash” y proveerse de seguridades legales a futuro. Sucede tal vez que, aunque la estrategia no carece de mérito, desde hace tiempo que se viene complicando por la pretensión de instrumentarla al mismo tiempo que se da continuidad a un proyecto político centralizado, confrontativo, con recursos decrecientes, y en condiciones cada vez más desfavorables.

Corrupciones ha habido de muchos tipos en Argentina. Menem, por ejemplo, tenía la costumbre de ser muy generoso con sus colaboradores, de allí que coexistieran bajo su égida muchas “ventanillas” y variantes de negocios. Y estallaran frecuentes escándalos, porque el esquema favorecía la incertidumbre en los funcionarios, la idea de que “hoy estamos, mañana no sabemos”, y por tanto la desprolijidad, el apresuramiento, y las denuncias cruzadas entre facciones en pugna. Todo ello llevaba a que Menem debiera desprenderse frecuentemente de sus colaboradores, pero le aseguraba que rara vez los escándalos lo tocaran directamente.

Los Kirchner son de una escuela completamente diferente: nadie diría de ellos que son generosos, recelan de cualquier poder autónomo que crezca cerca suyo, y odian desprenderse de su gente, por un sentido de la lealtad que se parece mucho a la paranoia. Ello les proporciona ventajas frente al “modelo de los noventa”: entre otras, la muy notable ausencia de facciones internas, de las consecuentes rencillas, y por tanto también de denuncias cruzadas. De allí que los pocos escándalos que ha habido, carecieran casi totalmente de inside information. Pero el modelo K supone también desventajas: la más notable, que la centralización transfiere rápida y espontáneamente las responsabilidades hacia el vértice. Si hay un solo “dueño”, entonces todos los subalternos podrán eventualmente decir que obedecieron órdenes, cuando necesiten ser perdonados por sus enemigos. No otra cosa es lo que ha sucedido con Redrado. Para peor, los testaferros necesitarán que el vértice cargue con las culpas, y en lo posible desaparezca de escena, si desean a su vez convertirse en dueños. Tal como sucediera en los noventa con la burocracia intermedia del sistema soviético, que con vista a asegurar su conversión en propietaria de las empresas que hasta entonces administraba, se volvió la más entusiasta en la condena de la opresión padecida en manos de la cúpula del PCUS y su cruel KGB.

¿Realmente los Kirchner creen que sus millones alcanzarán para comprar todas las lealtades necesarias para evitar el aislamiento y la condena? ¿O que siquiera tendrán la oportunidad de retirarse y aislarse en El Calafate a disfrutar de la vista que ofrecen sus hoteles? Tal vez lo que padecen es otro problema frecuente de los gobernantes argentinos: la dificultad para, llegada su hora más difícil, actuar imaginando un futuro mínimamente factible.

*Publicado en El Economista

Guerra de trincheras*

por Marcos Novaro, 22 de Enero de 2010

La ofensiva oficial de los últimos días contra Cobos, que incluyó reiterados pedidos de renuncia, puede ser vista como otro manotazo más de un gobierno desesperado por retomar la iniciativa, tras varios intentos fallidos por conservarla. Después de los papelones de la distribución de comisiones en Diputados, el Fondo del Bicentenario y la fallida expulsión de Redrado, algo tenían que hacer. Pero tal vez encierra otro significado más interesante: los Kirchner estarían abandonando la idea de que les conviene polarizar con lo que llaman “la derecha gorila”, para dejar fuera de juego a lo que con equivalente inventiva denominan “la derecha peronista”, y retener el control de la mayor porción posible del poder institucional y los votos del PJ; en su lugar, estarían iniciando una guerra más decidida contra el vicepresidente, que hoy por hoy es, de lejos, el mejor ubicado para sucederlos, para mantener lo más abierta posible la competencia por su sucesión en el poder, y tratar de convencer a sus compañeros de partido no ya de algo imposible, que ellos les pueden garantizar el control del PEN por mucho tiempo más, sino de algo aunque sea un poco más creíble, que pueden colaborar con otros peronistas capaces de ganar en 2011, despejándoles el camino de adversarios de otras familias políticas.

Puede que no logren mucho en este sentido. Y que ni siquiera consigan horadar mucho la imagen del mendocino. Pero en cualquier caso, esto no afectaría un hecho novedoso que estaría revelándose y consolidándose con el cambio de actitud del vértice gubernamental: más que a una escalada de los conflictos que atraviesan la política de nuestros días, estamos asistiendo a un empantanamiento de los mismos. Y ello no deja de ser, relativamente al menos, una buena noticia.

Cuando un boxeador está grogui, y falta demasiado tiempo para que suene el silbato, lo que le conviene es trabar al adversario, enredarle los brazos, así evita seguir ligándola y de paso usa la fuerza del otro para mantenerse en pie. Por más que los Kirchner gesticulan como si fueran retadores desafiantes e inmaculados plantados en medio del ring, mueven sus fichas con algo más de realismo, y eso puede permitirles ganar tiempo. Además, al hacerlo pueden ayudar involuntariamente a otros, incluidos sus más temibles adversarios, a administrar el tiempo y las energías de que disponen, que no son tantas como para andar derrochándolas en palizas sangrientas.

Y es que la batalla por las reservas también puso en evidencia que el entendimiento entre las fuerzas de oposición está cerca del límite de sus posibilidades. Cobos no logró solidaridad siquiera de muchos radicales, cansados ya de que quiera llegar a la Presidencia como dueño exclusivo de los votos y sin comprometerse con sus correligionarios a nada en concreto. Los peronistas disidentes y Carrió se desquitaron con los radicales dejando expuesta la oferta que los mismos habían hecho al Ejecutivo a favor de una salida negociada, mostrando lo costoso que puede ser en el actual contexto no comportarse como un reverendo irresponsable. Por su lado, Solanas quiso correr a todos los demás opositores con su reclamo de una revisión de la legitimidad de la deuda, agitando viejos rencores nacionalistas contra los prestamistas a que el país recurrentemente ha tenido que someterse debido a su también recurrente costumbre de gastar más de lo que tiene. Un reclamo que, visto que abría una puerta demasiado evidente para planteos populistas que sólo Kirchner podría en su sano juicio compartir, obligó a su vez a los socialistas y al GEN a volver sobre sus pasos en su estrategia de bascular entre “una gran convergencia de la centroizquierda” y la continuidad del ACyS con Cobos y los radicales, hasta que estos decidan armar una coalición de gobierno potable y viable, en la que puedan hallar conveniente participar esas fuerzas nuevas y progresistas, o demuestren que como mucho reeditarán las ya típicas vías de escape a la inviabilidad de los modelos inventados por los peronistas. Una vía que el 2011 no augura hacer mucho más placentera para quienes la administren que la que pudieron ofrecer en el ocaso del menemismo. Cerrando el círculo, Sanz les ha advertido a Stolbizer y los socialistas, tal vez con un exceso de optimismo, que ellos, los radicales, pueden ganar solos, así que si dudan tanto mejor se vayan con Solanas.

Puestas así las cosas, cabría concluir que también para el conjunto de la oposición, los que van ganando la pelea contra un gobierno en decadencia, es conveniente que ella deje de ser una “guerra de movimiento” y pase a ser una de trincheras. Una en que los contendientes darán seguramente un mal espectáculo, se la pasarán trabándose y abrazándose para no caerse. Pero al menos podrán ganar tiempo para llegar al final, y evitarán hacer un papel aún más lamentable, con patinazos, resbalones, rostros desfigurados y trompadas lanzadas al aire.

*Publicado en El Economista

Anticipando el naufragio*

por Marcos Novaro, 9 de Enero de 2010

El kichnerismo no descansa en su esmero por cavarse la fosa. Como el capitán Ahab, se empecina en no reconocer límites, pese a todas las señales de que se acerca su final, colaborando más y más en hacerlo patético e inapelable. Y a espantar a quienes sueñan con sobrevivirlo. Esto es lo que le ha sucedido a Martín Redrado: se le ofreció la oportunidad de abandonar el barco, y la aprovechó.

Es cierto que, institucionalmente, su caso se parece al de la Corte Suprema. Los Kirchner no toleran ningún poder autónomo, ni ningún control. Ni siquiera los que ellos mismos en su momento ayudaron a crear, confiados en que nunca los obstaculizarían y por la pretensión de ser lo que no son. Es así que en los meses pasados se terminaron por enemistar con los jueces que pusieron en reemplazo de la Corte menemista, cuando querían creer y hacer creer que eran muy distintos al riojano y que su meta era “un país en serio”. Los enfrentaron, para colmo, en causas perdidas, como la de las azafatas de Alicia Castro, y por abusar de su ya muy tolerada tendencia a torcer el espíritu y la letra de las leyes. En forma equivalente, su conflicto con el cajero de las reservas se ha desatado a raíz de que el “modelo” del superávit fiscal está indiscutiblemente fenecido, lo reemplazó hace tiempo el gasto descontrolado y el impuesto inflacionario. De los cuales el llamado Fondo del Bicentenario era una píldora demasiado tosca como para que incluso quienes hasta aquí han aceptado dislates de todo tipo, la tragaran sin resistencias.

Pero, en términos políticos, en el conflicto con el presidente del Banco Central pueden leerse aún otras motivaciones y tensiones. Porque Redrado, quien más allá de otros méritos o deméritos, hay que reconocer es un refinado operador político, ha movido sus fichas con una fina comprensión de los tiempos que corren. Su decisión de ir al choque contra el Ejecutivo se parece más, en este sentido, al voto no positivo de Cobos que a cualquier otra cosa. Y, tal como sucedió en esa otra ocasión, también esta vez la infinita torpeza oficial explica que un actor sin mayor respaldo inicial, en principio condenado a seguir los dictados de sus patrones y pagar los costos, se hiciera de la oportunidad para convertirse en representante de la república, del bien común atropellado por un gobierno faccioso y de las ilusiones de una oposición sin conducción ni cohesión propias.

Esto que llamamos torpeza, dada su recurrencia, conviene considerarlo como algo más que “falta” de habilidad. Y es que obedece antes que nada a algo que le sobra al gobierno: otro rasgo del conflicto por la 125 que se repite en el que envuelve al Central es que nadie ha hecho tanto como los Kirchner por escalarlo y convertirlo en una batalla ideológica entre el “progresismo” y la “derecha”. Las informaciones según las cuales Redrado buscaba negociar una salida elegante al brete en que el DNU sobre el Fobide lo había colocado, cuando chocó contra el desplante de la presidente (“no quiero hablar más con vos” le habría espetado) y la orden de renuncia del cancerbero Fernández, se ajustan bastante bien al tipo de reacciones que le conocemos al equipo gobernante. La declaración de Boudou sobre los “politiqueros” y los “palos en la rueda” y la de su segundo sobre la “conspiración neoliberal” completan el escenario que gusta armar cuando se prepara para una de sus cruzadas “nac & pop”.

De pronto los Kirchner y sus seguidores se habían olvidado de que durante seis años Redrado había hecho más de lo que se podía pedir a cualquier persona técnicamente responsable por sostener las ilusiones oficiales. Su sistemática disposición a mirar para otro lado en el tema del Indec, a tolerar las intromisiones de Moreno en la CNV, los bancos y demás, y por sobre todas las cosas, su tolerancia a niveles de inflación que salvo en Venezuela se considerarían alarmantes, no configuran precisamente un récord digno de un guardián de las reglas de juego transparentes y la estabilidad monetarias. Lo colocaban frente al penoso destino de tener que abandonar el Central con unas cuantas máculas en su currículum. ¿Cómo no advertir que una escalada de este conflicto le ofrecía una oportunidad regalada para hacer lo que no había hecho hasta entonces y ganar prestigio aún perdiendo el cargo, a costa de un gobierno ya incapaz de imponerle cualquier otro costo?

El divorcio a las patadas entre Redrado y los Kirchner puede, en este sentido, considerarse más que fruto de la saturación del vaso de una paciencia que nunca parece haber estado demasiado lleno, de la cercanía de la fecha de defunción de ambos. Y de una opuesta evaluación de lo que les convenía hacer en esas circunstancias. Para Redrado, de lo que se trataba era de asegurarse un futuro, que podía estimar amenazado si seguía por el camino que venía. En cambio para los Kirchner, como siempre, el objetivo es recuperar un pasado venturoso, en este caso en particular, restablecer la situación fiscal ideal de que disfrutaron hasta 2007, que no entienden muy bien cómo se les escapó de los dedos, y que por esa misma ignorancia creen posible las vueltas de la vida les devuelva si perseveran. Redrado, más allá de cómo termine el episodio, ya ganó lo suyo: irse enfrentando a los Kirchner le permitirá ser readmitido como un economista y consultor de prestigio, aún por fervientes críticos de la política de estos años, nutriendo al panteón de emigrados del kirchnerismo que ya integran con gran éxito otras figuras con olfato para los papelones, como Alberto Fernández y Martín Lousteau.

Para los Kirchner, también termine como termine el entrevero, será todo pérdida. Porque los objetivos de una negociación rápida con los hold outs, conseguir financiamiento externo, bajar las tasas de interés para acelerar la recuperación de la economía, y disimular los efectos “no queridos” de hacerlo, la inflación, detrás de un discurso progresista, ya se han frustrado, aún cuando se haga de los 6500 millones de las reservas. Para peor, una batalla ideológica que podría haber tenido ganada, se le ha complicado enormemente: porque convengamos en que para el grueso de la opinión pública, no sólo para la oficialista, la independencia de la autoridad monetaria es un detalle menor, sino un resabio ignominioso del pasado neoliberal; con un poco de paciencia y un mínimo de sutileza, el gobierno podría haber hecho pasar por buena la idea de que era razonable y progresista conseguir los objetivos planteados con sus métodos, en vez de con los que usan los países serios, y aparecer una vez más representando el interés de “la gente” contra la “opinión técnica e interesada” de los economistas.

Estos, además de Redrado, deberían estar festejando. Porque si en su choque con Cobos los Kirchner lograron algo que hasta entonces podía estimarse imposible, insuflar nueva vida al radicalismo, con el actual es probable que logren otro milagro: permitir que la gente vuelva a creer en los saberes y el lenguaje de los economistas más que en el de los políticos, devolviéndoles así a aquellos el rol de formadores de opinión de que disfrutaron en los noventa y perdieron en diciembre de 2001. Esperemos que, de recibir semejante regalo, desempeñen su rol con mejor criterio que hasta entonces.

* Publicado en El Economista

¿Un Congreso poskirchnerista?*

por Marcos Novaro, 14 de Diciembre de 2009

Ganarle cualquier disputa, aun la más nimia, a los Kirchner equivale hoy por hoy, para quienes lo logren, a anotarse una gran victoria frente a la opinión pública, que desea por encima de todas las cosas, verlos perder. Contra lo que se suele afirmar, la fragmentación que existe en el campo de la oposición puede ser, al menos en algunas ocasiones, antes que un impedimento un incentivo suplementario para plantarse frente al oficialismo y tratar de ganarle: dado que las expresiones de oposición, consideradas aisladamente, son bastante débiles, imaginan estar en una situación de equilibrio relativo entre sí, en la que todos pueden sacar ventajas de colaborar y a ninguno le molesta demasiado que sus eventuales socios prosperen. Es sorprendente lo escasas que son entre nosotros las situaciones que, como esta, favorecen la cooperación. Si a todo esto sumamos el hecho de que los Kirchner abusaron al extremo de su mayoría residual en el Congreso entre el 28 de junio y la semana que pasó, convirtiéndolo en la arena privilegiada de la lucha política, se entiende que haya sido tan necesario y a la vez tan fácil para los opositores encarar la batalla por la distribución de cargos en la Cámara de Diputados.

Pero lo que ayudó a los opositores en la negociación por los espacios en las comisiones parlamentarias puede no seguir ayudándoles a lo largo de las sesiones del Poder Legislativo que tendrán lugar el año que viene; y tampoco es una fórmula útil para resolver los problemas que tienen que enfrentar de aquí en más en el camino hacia la formación de alianzas capaces de competir por la Presidencia. De allí que, si bien es cierto que lo sucedido en el Congreso habilita a tener esperanzas, en cuanto a que la salida del kirchnerismo del poder se procese bloqueando las posturas más extremas, y por tanto las instituciones no se vean mayormente afectadas por la conflictividad y las conductas irresponsables que han caracterizado a otras transiciones, no hay que apurarse a festejar. Será preciso atender a lo que sucede en otras arenas de disputa, y sopesar los efectos de otros incentivos, que orientan a los actores hacia la confrontación.

El primer obstáculo para que lo sucedido en el trámite de asunción de los nuevos diputados se pueda leer como el mecanismo que habrá de regir las conductas en las cámaras a partir de ahora, surge de la misma materia que estará en discusión en ellas: el tratamiento de los proyectos de ley identificados como más relevantes por los opositores y por el oficialismo se presenta como muy complejo, y muy variable según los temas de que se trate.

Los opositores han empezado a trabajar en una agenda parlamentaria propia, centrada en los asuntos que les resultaría más fácil acordar entre ellos, y les podrían asegurar nuevas victorias sobre el oficialismo. En esta lista destacan asuntos como el Indec, el Consejo de la Magistratura, y pueden sumarse otros ligados a la transparencia y la lucha contra la corrupción. Pero difícilmente el gobierno vaya a ceder o entrar en negociaciones a ese respecto. Se trata de asuntos en los que simplemente no tiene nada que ganar, todo es pérdida. Preferirá seguramente bloquear los proyectos, demorar su tratamiento lo más posible, o en caso de no poder evitar ser derrotado, quitarle eficacia a las normas aprobadas. El veto es sólo uno de los medios, tal vez el más costoso, que tendrá para hacerlo. Puede también demorar su reglamentación, o simplemente ignorar las obligaciones que esas leyes contengan. Es sorprendente lo fácil que les resulta a nuestros gobernantes hacerse los distraídos cuando las leyes les mandan hacer lo que no quieren.

Del otro lado están los temas más importantes para el oficialismo, entre los que figuran proyectos que imagina le permitirán volver a poner a parte de la centroizquierda de su lado. La reforma financiera es tal vez el más importante de estos instrumentos; pero también empiezan a despuntar cuestiones como el matrimonio homosexual, el aborto, y pueden reaparecer YPF y otras “renacionalizaciones” o “reestatizaciones”. Para las fuerzas opositoras en general será complicado enfrentar iniciativas de ese tenor. No tanto porque sean, como cree el oficialismo, conquistas sentidas por las masas, sino porque le generan muchas tensiones internas a partidos que en parte comparten, mal que les pese, el ideario nacional-populista que los Kirchner sienten es su último refugio. Es cierto que los recursos en mano del gobierno para acorralar a los opositores serán menores que en los casos de la ley de medios y la reforma política. Pero la inventiva oficial ha probado ser prolífica, y sus recaudos en no impulsar proyectos demasiado insostenibles seguramente disminuirán a medida que disminuya su poder y sus chances de seguir en él.

De allí que el problema a este respecto sean, antes que las prioridades inmediatas del oficialismo, las que pueda llegar a adoptar en el mediano plazo. El terreno decisivo donde esto se jugará será el del manejo de los recursos fiscales y las relaciones entre nación y provincias. No pasará mucho tiempo para que quede en evidencia que los recursos fiscales no alcanzan ya para todo: o se mantienen los subsidios y se desatienden entonces demandas salariales y provinciales, o se cede ante estas y entonces habrá que ir aumentando tarifas. Y a ello se sumará, tarde o temprano, la inversión de las prioridades con que los Kirchner manejan estos asuntos: porque es de prever que ellos utilizarán hasta agotar los instrumentos discrecionales y centralizados con que vienen administrando los recursos públicos, pero cerca del final, cuando sea evidente que no tienen chances de retener el gobierno nacional, y como mucho pueden aspirar a conservar algo de sus bases territoriales, les convendrá, igual que a otros líderes peronistas, eliminar esos resortes de poder, desconcentrar el manejo de recursos, tal vez coparticipando por ley el mayor número de impuestos posible. Lo que significará hacerle la vida imposible a quien los suceda.

Frente a esta posibilidad, se vuelve prioritaria la confección de una agenda de temas fiscales y tributarios para las fuerzas de oposición, en la que ellas deberán esmerarse por avanzar, y lograr acuerdos lo más amplios posibles, ahora, en el curso de 2010, porque tal vez el 2011 sea demasiado tarde. Acordar sobre impuestos, subsidios, transferencias y demás es, claro, lo más difícil de lograr, pero es lo más necesario si se pretende no sólo una transición tranquila sino asegurar condiciones mínimas de gobernabilidad para el futuro.

Mientras tanto, la situación en el Parlamento probablemente permanecerá en equilibrio inestable, basculando en una u otra dirección según los temas que se traten y cómo evolucionen factores externos a él: en particular, según lo que suceda en el PJ, con la protesta social, y la evolución de la economía y las cuentas públicas. Todos factores que hoy por hoy se revelan bastante inciertos, pero que es seguro se condicionarán unos a otros.

* Publicado en El Economista

La lucha de calles*

por Marcos Novaro, 13 de Noviembre de 2009

Una ola de protestas piqueteras y sindicales han azotado el clima político nacional en los últimos días. Las demandas que ellas expresan son de lo más heterogéneas, dispersas, incluso contradictorias entre sí, pero se las arreglan para disimular ese carácter, convergiendo en la impugnación de lo que el gobierno hace o deja de hacer. La calle, así, parece encaminada a hacerle la vida imposible a los Kirchner, justo cuando se preparan para el que será su mayor desafío, absorber el golpe de la pérdida de la mayoría legislativa. Si el 10 de diciembre, una fecha que a fuerza de hiperactivismo parlamentario ellos han terminado por convertir en una suerte de “Dia D”, además de ese cambio en las relaciones de fuerza institucional, se hace evidente que han perdido otro recurso tan o más caro a su lógica de poder, el control de la calle y la escena pública, entonces todo lo logrado, con no poca astucia y corriendo altos riesgos, desde las elecciones parlamentarias a la fecha, para retener la iniciativa y reparar las murallas de su asediada fortaleza, se revelará como una frenética e inútil construcción en arena.

Los choques entre los militantes de base combativos y las cúpulas gremiales (en Kraft y subterráneos), entre estas y los medios de comunicación (por el control de la distribución de diarios y revistas), y entre grupos piqueteros e intendentes del conurbano (por el control de los fondos para las cooperativas de trabajo), están haciéndole perder al kirchnerismo por izquierda y por derecha, por decirlo mal y pronto, apoyos que supo conseguir y son vitales para mantener el orden. El Ministerio de Trabajo, la repartición que menos objeciones había merecido hasta aquí, en un gabinete acostumbrado desde hace tiempo a vivir a los cascotazos, y que más tranquilidad le había proporcionado a los Kirchner en cuanto a la solidez de los apoyos sectoriales que les garantizaba, quedó en off side en todos estos conflictos. Y corre el riesgo de quedar peligrosamente atrapado entre tirios y troyanos: si Tomada cede ante la CTA y los delegados de izquierda en conflicto, ni los empresarios, ni las clases medias, ni Moyano se lo perdonarán, y si sigue complaciendo al camionero en el relegamiento de la CTA y en sus afanes por encuadrar a cualquier trabajador que tenga aunque más no sea un triciclo en su casa, sin poder ya ofrecer compensaciones a otros gremios, se volverá el turco cuya cabeza unos y otros querrán ver caer ante la acumulación de disgustos. Ideas desencaminadas pueden para colmo prosperar en una situación de asedio creciente como la descrita: la amenaza de huir hacia delante en el conflicto de los subterráneos, estatizando la compañía, tiene todas las chances de repetir la experiencia de Aerolíneas.

Es oportuno advertir que, en esta deriva, el gobierno actual no hace más que repetir un ciclo ya varias veces experimentado por el peronismo en su paso por el poder: él se presenta como una barrera contra el comunismo y la radicalización gremial, frente a las clases medias y el empresariado, y como el mejor canal para satisfacer los intereses del pueblo y de los trabajadores, frente a sus bases populares, pero tarde o temprano semejante ambigüedad y el modo siempre brutal en que la resuelve empiezan a hacer agua, y entonces pasa a ser asediado por quienes le reclaman orden tanto como por los que le reclaman cambios más auténticos. Sucedió tras la muerte de Perón, con las consecuencias que todos recordamos, pero también había sucedido antes, entre 1951 y 1952, cuando el propio general se dedicó a reprimir huelgas y encarcelar comunistas y anarquistas que sobrevivían en los márgenes del estado sindicalista que había conformado, sin con ello lograr convencer a los dueños del capital de que el suyo podía dejar de ser un régimen asentado precisamente en el movimiento obrero organizado. Hoy afortunadamente no hay ninguna chance de que terminemos como en 1955, ni mucho menos como en 1976. Pero precisamente por ello es que existen buenas chances de que el peronismo experimente hasta el final las consecuencias de sus desvaríos.

Algo de esto se está viendo con la nueva fase de la “ofensiva contra los medios” que siguió a la aprobación de la ley respectiva. No está muy claro si Moyano y su gente advierten todo el daño que le están haciendo a las posibilidades electorales de su jefe, o si es su jefe el que no lo advierte y simplemente a Moyano no le importa. Como sea, va de suyo que los diarios son la nueva obsesión del kirchnerismo, lo que puede significar tanto restricciones a su circulación como una ofensiva sobre el suministro de papel y cosas por el estilo, que en cualquier caso, como ya es norma con este tipo de iniciativas, generará algo de polarización, pero no tanto ni la que el gobierno espera, y provocará sí mucho hartazgo y preocupación por el carácter violento y faccioso que adquiere la lucha política. En esas circunstancias, será una dura prueba para los opositores moderados mantener la calma y evitar sobreactuaciones contraproducentes, como las cartas enviadas por Carrió a las embajadas. En cambio, tendrán más para ganar oposiciones no moderadas, entre las cuales tampoco Carrió tiene chances de destacar: al respecto, la novedad más significativa de los últimos tiempos es que están surgiendo iniciativas cada vez críticas del kirchnerismo en el campo “nac & pop”.

Decíamos que de polarizar los conflictos en danza, el oficialismo no obtendrá mayores ventajas. Y esto fundamentalmente, porque tanto las demandas sindicales como las piqueteras que se hacen presentes, ponen de relieve su ineficacia para enfrentar problemas como la inseguridad, la inflación y la recesión, que afectan especialmente a los más pobres, y cualquiera sea la fuga hacia delante que intente, quedará corta respecto a la solución que les demandan otros actores de la izquierda populista, entre los cuales destaca Fernando Solanas como el que más chances tiene de heredar a ese electorado. Si logra coaligar a la CTA, los grupos militantes, los piqueteros ex oficialistas y sobre todo a los grupos de opinión movidos por el hartazgo y la decepción con las “promesas incumplidas” de los Kirchner, les puede arrebatar precisamente a quienes éstos consideraron, tras los comicios del 28 de junio, su santuario electoral más seguro. La multiplicación de escándalos de corrupción seguramente jugará a su favor.

Como sea, con la calle en ebullición, la mayoría parlamentaria pasando de unas manos a otras, y las cuentas públicas, para colmo, en crecientes dificultades para atender todas las demandas que se le presentan, no hay motivos para pensar que el gobierno nacional vaya a tener un fin de año tranquilo. El hiperactivismo que viene desarrollando probablemente tenga rendimientos decrecientes en un contexto como este, y puede conducirlo a cometer nuevos errores y generarle más disgustos. Se ha visto con el lanzamiento de la ampliación de las asignaciones familiares: era la medida más “popular” de todas las intentadas en los últimos meses, la que más podía servirle para recuperar consenso, y sin embargo apenas un par de días después de anunciada, enmarcada en peleas de todo tipo, quedó relegada de la atención pública y es ya noticia vieja. Tal vez sea la hora de que el Ejecuivo ponga las barbas en remojo e intente alguna estrategia más meditada y dirigida a la contención de conflictos, en vez de a escalarlos.

*Publicado en El Economista.

¿Qué significó 1989 y la caída del muro para Argentina?*

por Marcos Novaro, 1 de Noviembre de 2009

En 1989 la historia argentina pareció de pronto alinearse con la del mundo. La hiperinflación que se desató durante ese año, coincidentemente con el derrumbe del muro de Berlín y el resquebrajamiento del modelo soviético, tuvo un rol decisivo en ello: empujó a una porción considerable de las elites dirigentes y de la opinión pública nacional a abrazar, de modo bastante inesperado, la fe en el mercado y en la globalización como únicas vías para recuperar el crecimiento económico, lograr la estabilidad y salvar al país del aislamiento y el atraso en que había ido cayendo. La sorpresa que ello provocó fue doble: primero, obedecía a que quienes adquirieron un protagonismo central en ese nuevo consenso y en empujar al país por el camino que parecía abrírsele hacia el futuro eran los mismos que hasta ese preciso momento más habían batallado contra la idea de que la democracia y el progreso social pudieran estar asociados, siquiera colateralmente, con el libre mercado; segundo, porque el giro que ellos realizaron y su coincidencia con el triunfo del capitalismo sobre el socialismo nivel global venía a desmentir una a esa altura ya larga tradición nacional de andar a contramano del mundo.

Desde sus orígenes, en verdad, Argentina se había caracterizado por ser un país sensible a los vientos que soplaban desde las naciones desarrolladas. Pero en el medio siglo previo a 1989 fue en reiteradas ocasiones incapaz de sacar provecho de ellos, de interpretarlos correctamente y adaptarse a tiempo a los incentivos y restricciones que creaban. Lo que en alguna medida puede atribuirse a la creencia de sus gobernantes, y de la sociedad en general, de ser “un caso aparte” y de estar llamados, no a seguir tendencias, sino a crearlas. Así, los generales que dieron el golpe del ´43, habían dado rienda suelta al neutralismo, justo cuando el Eje comenzaba a derrumbarse; y Perón insistió durante diez años con el tercerismo, esperando en cualquier momento estallara la tercera guerra mundial, mientras otros países de América Latina se alineaban con Estados Unidos y se beneficiaban de la acelerada expansión del comercio mundial en la posguerra. Peor aún le fue a la Revolución Argentina, que pretendió emular el desarrollismo franquista justo cuando mayo del ´68 hacía trizas en todo el mundo las tradiciones de autoridad y moralidad que ese modelo necesitaba para funcionar, y al último Perón, que volvió al poder aupado en una ola de redención popular en el preciso momento en que la “primavera de los pueblos” se consumía en la región en una seguidilla de fracasos y la crisis del petróleo liquidaba cualquier posibilidad de satisfacer sus demandas, y sólo atinó en respuesta a legar una apenas contenida (y pronto feroz) puja distributiva y las recetas disciplinadoras de López Rega. Pero todavía habría que soportar el non plus ultra de la incomprensión y la inubicuidad, que fue el que ofreció el Proceso inaugurado en 1976: las dos premisas con que este régimen actuó frente a lo que entendía mandaba el escenario internacional nos legarían sendos dramas nacionales, que aún nos acompañan y nos distinguen en el concierto de las naciones. En primer lugar, bajo el supuesto de que las preocupaciones por los derechos humanos no eran más que expresión de una ola de “mala conciencia liberal” post Vietnam, o peor aún, prueba de la infiltración comunista en el Departamento de Estado, ignoró todas las señales en cuanto a que el país se estaba volviendo un leading case en la violación sistemática de los valores que Occidente ahora enarbolaba, precisamente, para combatir con mejores chances que en el sudeste asiático al comunismo. En segundo lugar, convencido de que la abundancia de dinero a bajas tasas continuaría indefinidamente, se endeudó sin ton ni son para financiar políticas que perseguían la ambiciosa meta de emular al mismo tiempo al desarrollismo de los militares brasileños, fomentando carísimas inversiones en sectores básicos de la economía, privadas y públicas, y a sus ortodoxos pares chilenos, operando un ajuste estructural de la economía que eliminara de raíz la inflación. Entre 1979 y 1981, en medio del clima de delirio que acompañó el colapso de esas políticas, cuando las tasas de interés internacionales rompían todos los records, la CIDH y Carter condenaban al terrorismo de estado, y buena parte de la sociedad se consideraba traicionada en su buena fe y sus esfuerzos por integrarse a un mundo que les daba la espalda, lo más granado de la dirigencia (no sólo la militar) no tuvo mejor idea que hacerse eco de esos sentimientos de ofendido nacionalismo, y proclamar que si los extranjeros no comprendían a la Argentina sería “peor para ellos” (con esa frase se cerró una recordada publicación empresaria de aquellos años). Antes de que Galtieri pergeñara su aventura malvinera, ya estaba suficientemente abonado el terreno para una confrontación a toda orquesta entre la Argentina y el mundo.

Deuda y desaparecidos fueron los dos peores legados que recibió la democracia argentina. Y hay que decir que al menos eso sirvió para que sus dirigentes y la opinión pública fueran comprendiendo que desde entonces el país necesitaría más del mundo de lo que éste necesitaba de un “modelo” argentino. Alfonsín no tardó en entender lo que ello implicaba, y desde 1985 buscó por todos los medios adaptar su proyecto democratizador a las tendencias modernizadoras y aperturistas que estaban avanzando en el mundo, inspirándose para ello en lo que hacía la socialdemocracia española. Sólo que no encontró mucho eco en los grupos de interés, ni en la oposición, ni siquiera en su propio partido. Todavía era fuerte la creencia de que la autarquía era la solución para los problemas nacionales, que era preferible una buena pelea con el Fondo y Estados Unidos que cualquier arreglo y que la Argentina no arrastraba problemas estructurales irresueltos, sino que, fruto de designios extraños, había sido sometida a malas políticas que artificialmente la habían empobrecido. Debería todavía atravesarse el calvario de la hiperinflación para que esas ideas terminaran de debilitarse, y madurara en su lugar un nuevo consenso. Que había venido forjándose, incluso entre los sindicalistas y políticos peronistas, al calor de los sucesivos fracasos de una economía regulada, cerrada e inflacionaria. Pero que encontró un decisivo respaldo en la simultaneidad con los sucesos que tenían lugar en el bloque soviético.

Nunca una crisis nacional fue tan oportuna como entonces, ni un liderazgo emergente estuvo tan bien provisto, en términos de sus dotes de ubicuidad y adaptabilidad, para sacar provecho de la situación resultante. Con lo bueno y lo malo que podía resultar de ello. Porque si la caída del muro pudo ser leída en el escenario local como la prueba que faltaba sobre los males del estatismo, las economías autárquicas y las trabas a la iniciativa privada, también conllevó la asunción, desde una perspectiva que por momentos adquirió visos de fanatismo ideológico (apenas velado por el discurso del fin de las ideologías), de que “pobres habría siempre”, que el mercado consistía, antes que en instituciones reguladas que aseguraran la competencia, en que el grande se comiera al chico, y que la democracia debía liquidar todo impedimento a que los económicamente exitosos impusieran sus fines y modos de actuar al resto de la sociedad. Con lo que se terminó tirando con el agua sucia del intervensionismo heredado, la misma posibilidad de identificar y defender intereses públicos.

Esta nueva versión del “exceso” y la “particularidad” argentinas bien puede entenderse como fruto de una continuidad dentro del cambio. Porque lo cierto es que si nuestro país lograría presentarse desde 1989 como modelo ejemplar de las reformas de mercado y la modernización capitalista, sería no sólo porque estaba dispuesto a adaptarse a las tendencias imperantes en el mundo, sino a que al hacerlo creía reencontrarse con su “misión histórica”: ser un caso aparte, que gracias a sus exclusivas dotes, y las aun más exclusivas de sus líderes, podría saltearse etapas, abstenerse de replicar el esforzado camino de otras naciones, que habían invertido años y cuantiosos recursos en crear instituciones y bases sólidas para sus economías, e irrumpir rutilante y sorpresivamente en el Primer Mundo. La oferta que hizo en este sentido Carlos Menem resultó demasiado tentadora para ser rechazada, y durante años veló el buen juicio de empresarios, sindicalistas y políticos, tanto peronistas como liberales. Con las consecuencias por todos conocidas.

* Publicado en La Nación.

Posibles costos electorales de la disciplina peronista*

por Marcos Novaro, 17 de Octubre de 2009

La capacidad de Kirchner, sin el respaldo de la opinión ni de los votos, de retener la mayoría parlamentaria, evidenciada primero en la extensión de las facultades delegadas, luego en la aprobación de la ley de medios, y ahora en el tratamiento del presupuesto, es por demás llamativa. A la hora de explicarla, se ha hecho mención frecuentemente a la distribución de pagos y otros incentivos a los legisladores, y a los gobernadores, que son sus jefes inmediatos. Sin dudar de que algo de eso haya habido, cabe sí hacerlo de que alcance para agotar la cuestión. Vale la pena entonces explorarla, porque es bien probable que el fenómeno se repita, incluso después del 10 de diciembre. Analicemos entonces algunas alternativas.

1. Las ventajas de la disciplina anónima. Muchos legisladores, sobre todo los del peronismo, pero no sólo ellos, han aprendido que los electores no recuerdan el record de votaciones de sus representantes, al menos no mientras estos se puedan mantener en un segundo plano, o mejor, en un casi total anonimato (no es el caso claro del pobre Agustín Rossi), y en cambio sí lo hacen los líderes partidarios, por lo que más allá de algún eventual disgusto en las calles de sus pueblos y ciudades de origen, les conviene ser disciplinados con esos líderes y esperar que el malhumor que eventualmente se acumula por las decisiones así adoptadas se concentre y descargue en ellos. Esto que ha tendido a imponerse como regla, tiene en el caso de la mayoría parlamentaria de los Kirchner motivos suplementarios para cumplirse: dado que el matrimonio presidencial ha impuesto un modelo extremadamente personalizado, vertical e ideológiamente sesgado de gestión, es de esperar que sea relativamente fácil, si las cosas salen mal, descargar en la cúpula la totalidad de la culpa. Como los alemanes del `45, los peronistas podrán decir, en 2011, que el único responsable fue Hitler, que para colmo era austríaco. Recordemos además que esto funcionó bastante bien en el declive de Menem, así que no hay por qué pensar que no pueda volver a funcionar.

2. La falta de alternativas internas y la presencia de amenazas externas. Si en algo los Kirchner han sido eficaces ha sido en fragmentar a la oposición interna, debilitando a los aspirantes a sucederlos en el liderazgo partidario. La operación de desgaste de Reutemann es bien demostrativa de ello. Por lo tanto, los legisladores peronistas se enfrentan a un escenario en que, si no siguen al gobierno, no tienen a quién seguir: ¿para qué entonces correr riesgos, si falta todavía mucho para saber quién o quiénes podrán desplazar a los Kirchner del liderazgo? Correlativamente, en la medida en que no colaborar con el oficialismo, en las Cámaras y fuera de ellas, tiene buenas chances de resultar en su derrota, y en el consecuente triunfo de una oposición no peronista, el interés en colaborar en ello es aún menor. En este sentido puede decirse que los resultados del 28 de junio han favorecido, antes que debilitado, la disciplina interna y el alineamiento del peronismo, al menos del legislativo, con el gobierno nacional.

3. La concentración de resortes de poder en el PEN tiende a crear condiciones favorables a su reproducción. El kirchnerismo ha fundado su coalición en el control discrecional de un porcentaje muy alto, en términos históricos y comparados, de los recursos fiscales. Y este control le ha quitado no sólo margen de maniobra, sino capacidad de coordinación horizontal, a los poderes territoriales. De manera que para los legisladores, gobernadores e intendentes, resulta muy difícil coordinar una iniciativa correctiva de este desequilibrio de poder, y en cambio les es muy sencillo y de momento ventajoso contribuir a su reproducción. La crisis fiscal de los distritos ha agudizado esta situación: aunque el gobierno nacional tiene menos plata para repartir, la que aun conserva adquiere un valor mayor para gobernadores e intendentes ahorcados por las demandas de todo tipo que deben atender. Lo dicho permite entender por qué, contra las previsiones que se habían planteado luego del 28 de junio, los gobernadores se mantienen dentro del redil y respaldan un presupuesto que prolonga en el tiempo su dependencia: no tienen chances de modificarlo pues carecen de un mecanismo para negociar entre sí una distribución alternativa de la recaudación (v.g. una mesa de gobernadores), y en cambio sí pueden obtener beneficios de mantener en pie la existente, por ejemplo, mejores condiciones para gastar y endeudarse en lo inmediato (a través de la suspensión de la ley de responsabilidad fiscal).

De todos modos, también es cierto que la continuidad en el tiempo del esquema de poder kirchnerista va acumulando problemas irresueltos para el peronismo, tanto a nivel local como nacional, por lo que no hay que descartar que en el algún momento este statu quo gobernante de lugar a una crisis de proporciones. Ante todo, porque al trasladar las tensiones políticas y los problemas fiscales del centro a la periferia, tiene buenas chances de generar crecientes protestas en provincias y municipios. Los afectados inmediatos por ello serán los jefes locales del partido oficial, pero es de prever que, puestos entre la espada y la pared, ellos volverán a hacer lo que han hecho siempre en bretes como este, echarle toda la culpa “al austríaco”. Y, además, porque junto a más problemas para los peronismos locales, esto desembocará, inevitablemente, en un agravamiento de los que ese partido enfrenta a nivel nacional: la sobre vida de los Kirchner será inversamente proporcional a la acumulación de costos, en términos de fragmentación y desprestigio, para el partido de Perón. Duhalde y algunos otros disidentes parecen haber percibido este problema, y la consecuente necesidad de apostar a una pronta separación entre el destino negro que creen ineluctablemente espera al santacruceño, y el del PJ, aun al precio de renunciar a la aspiración de retener la presidencia en 2011. Puede que ello tenga un positivo efecto para las instituciones de la república, y se eviten mayores conflictos e incertidumbres en la transición, pero dudosamente sirva para que el peronismo salve la ropa, contra lo que los disidentes esperan, no sólo a nivel nacional, tampoco en muchos distritos. Tal vez haya llegado para esa fuerza la hora de pagar por los pecados de soberbia que cometió durante diez años de disciplinado menemismo y casi otro tanto de disciplinado kirchnerismo.

* Publicado en El Economista

¿Puede una facción ser reformista?*

por Marcos Novaro, 11 de Octubre de 2009

El kirchnerismo pasó de un tratamiento absolutamente conservador y prebendario del tema de los medios (otorgándoles a los grandes grupos toda clase de beneficios a cambio de su más o menos enfática adhesión al “modelo productivo”) a uno radicalmente reformista: todo el sistema deberá cambiar, según la ley recién aprobada, en el plazo de un año, en que más de la mitad de las licencias existentes pasarían de manos o desaparecerían.

Este ambicioso reformismo es al mismo tiempo jacobino y estéril, apunta a sacar el máximo provecho de una mayoría circunstancial (y en extinción) pero al hacerlo se revela incapaz de crear reglas de juego duraderas. Y en ello guarda algunas curiosas filiaciones con el conservadurismo previo: en primer lugar, ignora por completo a los demás grupos de opinión, actuando como una facción que no necesita de ellos, ni aspira a crear condiciones para convivir con ellos, sino a “ganar posiciones”; en segundo lugar y debido a ese espíritu de facción, concentra un poder discrecional en sus manos para asignar beneficios y costos, de manera que las reglas de juego que utiliza, incluso las que inventa para avanzar o sostenerse, se devalúan en términos de estabilidad y legitimidad. Y es por esto, en tercer lugar, que ni el conservadurismo inicial ni el actual reformismo se revelan mayormente afectos a la libertad de expresión: buscan imponer una versión de los hechos condicionando al mensajero, y lo hacen actuando sobre los propietarios de medios, para que impongan una línea a sus empleados, los periodistas.

En toda la discusión del proyecto, y en el ánimo que lo inspira, queda claro que los Kirchner y sus seguidores no creen que los periodistas puedan hacer su trabajo con un criterio mínimamente independiente. Por coincidencia ideológica o por subordinación laboral, dependen de quienes los emplean. Por lo que la cuestión del pluralismo dependerá exclusivamente de que los propietarios sean varios y de distintos grupos de interés y opinión. Es decir, si desconcentramos, habrá pluralismo.

Esto sin duda apunta a un costado real del asunto: en Argentina los medios están demasiado concentrados y desconcentrar sería entonces bueno. Pero ignora otro aspecto del problema que es incluso más grave entre nosotros, y que la ley no resuelve, incluso puede complicar más todavía: y es que si los medios no son pluralistas es en gran medida porque las redacciones periodísticas no son suficientemente independientes y porque sus propietarios están frecuentemente inclinados a hacer de la línea editorial que impongan una pieza de cambio con el poder político, sea porque ellos también son políticos, o porque este es el camino más fácil para hacer negocios. Es decir, no sólo la concentración, sino la colusión entre medios y política es un problema, y esto seguirá siendo así en la medida en que no haya redacciones independientes, sean de quien sean los medios, y no haya una mayor autonomía entre las decisiones públicas que afectan las inversiones de los medios, y lo que estos publican. (más…)

Anticapitalismo y progresismo mediático*

por Marcos Novaro, 28 de Septiembre de 2009

Hugo Moyano, con esa capacidad tan suya que tienen algunos dirigentes sindicales para llamar las cosas por su nombre, hizo declaraciones reveladoras sobre la naturaleza del conflicto que el gobierno sostiene en estos días con los medios de comunicación privados: a la salida en un acto en Mar del Plata, el pasado 18 de septiembre, celosamente protegido por guardaespaldas encargados de alejar a los reporteros que se habían congregado en el lugar, sostuvo que “a los diarios sólo les creo la fecha y el precio de tapa…. les perdimos el miedo y estamos en iguales condiciones de credibilidad”.

Si Moyano le perdió el miedo a la prensa es hora de que todos los demás empecemos a temer. Porque se sabe ya que el líder camionero no le temía a la oposición interna de su gremio, inexistente, a los jueces, ni mucho menos a los empresarios de su sector. Gente tan acostumbrada a disfrutar del monopolio del poder, como es su caso, se entiende que recele de poderes concentrados que le son ajenos, y por tanto que aspire a absorberlos, o en su defecto horadarlos, para luego absorber lo que quede en pie. Bien podría plantearse entonces una primera descripción del conflicto en danza en estos términos: una porción del poder político, la encabezada por Kirchner, harta de convivir “con miedo” con el poder concentrado de los multimedios (y en particular con el mayor de ellos, Clarín) decidió romper el hechizo, demoler ese contrapoder, para vivir más tranquilo. ¿Será bueno para el resto del país que lo logre? En principio pareciera que no, porque el resultado se parecería bastante más a un desequilibrio de poder, en beneficio de los Moyano. Pero a este argumento podría rebatirlo el que señala la oportunidad que se generaría para otros actores: no sólo Moyano sino gente más democrática y pluralista podría dejar de temer a los multimedios; ¿no es este el caso, acaso, del gobernador santafecino Hermes Binner, que no dijo ni pío pero ordenó a sus diputados apoyar el proyecto, para dejar de temerle a los multimedios de La Capital y Vila-Manzano, que controlan buena parte de lo que se ve, escucha y lee en su provincia?

Hasta aquí, una ilustración de cómo están las cosas en la disputa entre “los políticos” en general, y “los medios”. Pero Moyano ha dicho algo más, revelador de la situación no de todos sino de ciertos políticos, los oficialistas, y en especial de los sindicalistas: nos explica que ellos se encontraban hasta ahora en inferioridad de condiciones en términos de credibilidad, y que ahora, gracias a la iniciativa del Ejecutivo con este proyecto de ley, descontaron esa desventaja. Al respecto, un par de precisiones. Primero, Moyano no dice que él y su sector hayan ganado credibilidad, sino que da a entender que la desventaja desapareció porque limaron la credibilidad del adversario. Su sinceridad a este respecto es por cierto loable, y le permite dar precisamente en el clavo: en efecto, la batalla discursiva en torno al trámite de la ley, independientemente de cómo termine, ya arroja un costo considerable en términos de credibilidad para los medios, y en particular para el escogido como enemigo, Clarín. Esto no deja de ser sorprendente: cómo fue que un gobierno carente de credibilidad logró hacer creíble la denuncia de las “presiones” a que habría sido sometido no sólo él, sino la vida democrática y la acción de los políticos en general, por parte de un diario que hasta hace poco parecía representar fielmente el estado de ánimo de buena parte de la opinión pública argentina? Pueden haber jugado un papel a este respecto la denuncia y eliminación de negocios irritantes para parte de esa opinión, como el del fútbol, previsoramente utilizadas para preparar el terreno a la ley; pero también lo hizo cierta debilidad previa de la credibilidad mediática: si resultó creíble la denuncia de prácticas colusivas con el poder político, ello se debió no tanto a que se confiara en el denunciante ni se compartieran sus objetivos, como a que abundaban desde mucho antes las evidencias respecto a que esas prácticas son muy extendidas, en particular entre empresarios acostumbrados a beneficiarse de su cercanía al poder, sacrificando independencia periodística e informativa, es decir, sacrificando a sus audiencias, por oportunidades de negocios.

Es necesario, sin embargo, hacer una segunda precisión: y es que, además de estas “buenas razones” para desconfiar de la credibilidad mediática, han estado operando otras, no tan buenas, a favor de la campaña de desprestigio encarada por el kirchnerismo: ante todo, es el caso de una muy difundida desconfianza anticapitalista, que lleva a buena parte de la opinión a pensar que una empresa, debido a que su objetivo es ganar dinero, no está “comprometida con la verdad” y por tanto no merece a priori nuestra confianza. El proyecto de ley oficial está en gran medida fundado en (y a su vez abona) esta opinión: allí está para probarlo la exaltación del rol de las ONGs y del estado, en detrimento de las “empresas privadas”, que llega al extremo de limitar su campo de acción al 33% del total de los medios. El supuesto es que una ONG, sea un sindicato, un organismo de derechos humanos o una fundación religiosa, será una expresión más auténtica de la sociedad y estará más comprometida con la verdad y con brindar información fidedigna que una entidad cuyo fin último es ganar plata. No hay que descartar que este haya sido uno de los motivos que llevó a los socialistas, igual que a otros grupos de centroizquierda, a votar el proyecto en Diputados. Sin embargo, el supuesto en cuestión no resiste el menor examen crítico: podría muy bien argumentarse lo contrario, que sólo a un empresario de medios que le interese exclusivamente ganar dinero le resultará indiferente que su empresa difunda una u otra verdad, siempre que le permita ganar credibilidad, es decir, fortalecer su prestigio como órgano independiente y por tanto engrosar su audiencia; en tanto a una facción o grupo de interés, por más noble que sea, siempre le interesará dar y sostener su versión de las cosas, y por tanto le resultará hasta imprescindible negar hechos, informaciones o versiones que la contradigan. Esta ha sido, agreguemos, la experiencia de los últimos cien años en las democracias desarrolladas, que pasaron de contar con órganos de facción (periódicos partidarios, radios confesionales y cosas por el estilo) a un sistema de medios esencialmente empresario. Desconocer esta experiencia, y querer inventar un espacio público donde “la sociedad se informe a sí misma” no sólo es antimoderno y absurdamente anticapitalista, confunde la necesaria desconcentración con la muy inconveniente faccionalización de la información pública; e ignora el hecho de que en el mundo actual, de los tres recursos más gravitantes y peligrosos, el poder, el dinero y el saber, el primero es el más fácil de monopolizar, y los otros dos necesariamente deben aliarse para refrenarlo.

*Publicado en El Tribuno de Salta.