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De “actores progresistas” a “corporaciones extorsivas”

El kirchnerismo ha cambiado radicalmente su percepción valorativa sobre el sindicalismo: en el discurso presidencial aparece cada vez menos como un actor decisivo para la defensa de los sectores populares y bastante más como una corporación tendiente a extorsionar a la sociedad y boicotear el modelo económico. En este cambio valorativo se funda la estrategia de disciplinamiento del movimiento obrero que ha ensayado en las últimas disputas gremiales y que promete extender si los gremios no aceptan un rol subordinado dentro de la nueva coalición de gobierno.

Hasta hace poco se pensaba que el gobierno invertiría parte de su enorme capital electoral en sacar provecho de la competencia por el liderazgo de la CGT, favoreciendo el surgimiento de una nueva conducción más dócil y dependiente. Sin embargo, ha utilizado las recientes disputas con el sindicato de peones rurales (UATRE) y el de personal aeronáutico (APTA) para mostrar que sancionará a los gremios más rebeldes. Especialmente en dos áreas que prometen ser cruciales el año próximo: la protesta social y los reclamos salariales.

Por un lado, desandando el camino de los dos primeros gobiernos kirchneristas, apuesta ahora a reprimir y condicionar judicialmente cierto tipo de de protestas. Al menos eso indica el procesamiento de reconocidos líderes de izquierda (Pitrola, Sobrero, y Ripoll) y el uso de gendarmería para disolver protestas gremiales. En el caso de APTA, ha recurrido al pedido de suspensión de la personería gremial, un recurso hasta hace poco muy afuera de los límites de juego. No parece haber una decisión oficial de criminalizar la protesta pero sí de judicializarla.

Por otro lado, el gobierno de CFK se muestra decidido a imponer un techo salarial “desde arriba” de cara a las negociaciones colectivas 2012. En el caso de UATRE, utilizó por primera vez el acto de homologación del Ministerio de Trabajo como un mecanismo para imponer su política de moderación salarial. La negativa a reconocer un aumento de salario que ya había sido acordado entre gremialistas y empresarios del sector indica que el gobierno considera apelar a su propio capital político e instrumentos para poner un límite a la puja distributiva.

En suma, la estrategia de disciplinamiento podría descansar demasiado en la popularidad presidencial y la eficacia de las sanciones aplicadas unilateralmente. Pero carecerá de apoyo sindical.  De modo que no estará exenta de riesgos y dependerá de cómo impacte el fuerte rechazo del sindicalismo a aceptar una pauta oficial en las futuras negociaciones colectivas y medidas de judicialización de la protesta en la resolución de la conducción de la CGT.

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Hoy 18 hs. Seminario “Peronismo y Democracia”

Es en el Museo Roca ( Vicente Lopez 2220) a las 18 hs, con Loris Zanatta, Juan Carlos Torre y Samuel Amaral.


Ver Vicente López 2220 en un mapa ampliado

 

 

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Adiós a Guillermo O´Donnell

Fuente: marianaruddock.com.ar

Ayer falleció Guillermo O´Donnell. Deja un legado enorme y único para la sociología, la ciencia política y los estudios sobre América Latina, y una gran tristeza en sus discípulos, colegas, amigos y familiares.

Aqui algunas repercusiones:

Marcelo Leiras sobre O´Donnell en radio Continental.

Tribute to Guillermo O’Donnell, por Scott Mainwaring

Adiós a un intelectual comprometido, por Oscar Oszlak

La formación de amplias generaciones, por Juan Carlos Torre.

Lúcido y riguroso, por Fabián Bosoer 

Democratization, Political Engagement, and Agenda-Setting Research, entrevista a Guillermo O`Donnell para el libro Passion, Craft, and Method in Comparative Politics editado por Gerardo Munck y Richard Snyder.

El Estado hoy, conferencia inédita de Guillermo O`Donnell  dictada en enero del 2001 en el INAP

 

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Seminario sobre Peronismo y Democracia: Loris Zanatta

El lunes próximo, 5 de diciembre, (18 hs, Museo Roca) realizaremos el primer encuentro del Seminario Internacional “Peronismo y Democracia, ayer y hoy”. En esta primera reunión del ciclo expondrán Juan Carlos Torre, Samuel Amaral y Loris Zanatta. Lo que sigue es una reseña del reciente libro de Loris Zanatta: “Eva Perón. Una biografía política”.

Loris Zanatta ha hecho un extraordinario trabajo de historia y, tal vez sin querer, nos ha brindado además un libro extremadamente actual y oportuno.

Esta biografía política de Eva Perón es excepcional por varias razones. En primer lugar, por las fuentes que su autor utilizó: una enorme masa de documentos diplomáticos recogidos a lo largo de 20 años de trabajo, hasta ahora poco o nada conocidos, que ofrecen información muy valiosa y variada, desde testimonios de primera mano sobre episodios menores pero sintomáticos, hasta reflexiones y análisis desprejuiciados sobre el país, el peronismo y el papel de Eva en los casi diez años que van de 1943 a 1952. En segundo lugar, porque Zanatta combina ese valiosísimo corpus documental con un conocimiento muy amplio y muy agudo del peronismo, que le viene dado por sus excelentes estudios previos sobre el origen y desarrollo del mismo, y una lectura juiciosa de todo lo que se ha escrito al respecto. Así, siguiendo el ejemplo de los grandes historiadores que recurrieron al género biográfico para pintar no sólo a un personaje sino, a través suyo, a toda una época, y arrojar así luz sobre la siempre compleja relación entre actores y procesos históricos, el autor hace esto con Eva y el peronismo como nadie había logrado hacerlo hasta aquí. Y por último, porque este brillante historiador italiano se da el lujo de ir aun más lejos, e intervenir en debates más generales, teóricos y políticos, sobre la herencia de Eva y “su peronismo”, su legado para el propio Perón, para el sindicalismo, el sistema político y la cultura política argentina. Así como para las complejas relaciones entre el país y el mundo y para los esfuerzos posteriores por modernizar el país, sea por vías democráticas o autoritarias.

La tesis central del libro, que Eva construyó su propia versión del peronismo, una más radicalmente populista que la que su marido deseaba, por ello más afín tanto al fascismo como al comunismo, e intolerable para los otros poderes corporativos en que el régimen se afirmaba, el Ejército y la Iglesia católica, y que esta versión sobrevivió a su muerte y le resultaría a Perón a la vez imprescindible para conservar legitimidad de masas e imposible de dominar, ofrece una perspectiva innovadora para comprender los problemas de ese régimen, la relación entre política y economía bajo su égida, y aun para ubicar al peronismo entre los fenómenos populistas de la región y comprender las tensiones que él creó en el catolicismo, en la puja de intereses, en las izquierdas y las derechas.

Loris Zanatta es tal vez el último de una noble estirpe de notables académicos extranjeros interesados en desentrañar las complejidades argentinas. Ojalá que, venciendo nuestro cada vez más empobrecedor provincianismo, se le preste a su trabajo la atención que merece.

*Reseña publicada en la revista Todo es historia

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Dólar e inflación, a diez años del fin de la Convertibilidad

Es pura casualidad que justo en estos días, cuando surgen aquí y allá señales de una preocupante reactivación del círculo vicioso entre inflación crónica y dolarización de la economía, círculo que, con distintas variantes e intensidades, signó la vida económica de nuestro país en la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX, se cumplan diez años del colapso del régimen de la Convertibilidad, y del ingreso en un largo ciclo de expansión que todavía hoy disfrutamos y que, bajo el lema inicial de la “pesificación”, pareció para algunos poder dejar atrás definitivamente los problemas recurrentes de inestabilidad y estancamiento propios de ese medio siglo.

Aclarémoslo por si hace falta: es imposible que la historia se repita. Ni las circunstancias externas ni la situación local actual tienen muchas similitudes con aquella etapa. Pero eso no quiere decir que no haya punto de comparación, ni que, contra la voluntad puesta en dejarlo atrás, el pasado no pese, tanto en los comportamientos de los funcionarios como en los de los actores económicos y los ciudadanos en general. Mirar atrás, tratar de comprender sin esquematismo qué fue la Convertibilidad, por qué y cómo pasó de ser una mágica solución a una terrible maldición, tal vez ayude a pensar mejor los pros y los contras de las decisiones que se tomaron tras su colapso, y de las que se siguen tomando.

Lo primero que habría que decir al respecto es que también ella nació, contra lo que podría creerse a primera vista, como un intento de pesificar la vida económica nacional: partía de asumir que ya nadie confiaba en el valor de la moneda local, ni en ninguna promesa que los gobiernos hicieran sobre su voluntad de defenderla; y proponía un camino para recuperar esa confianza tomándola prestada del dólar. Es decir, aceptaba la dolarización de hecho, pero no para reproducirla en el tiempo, sino para usarla en dirección a recrear una moneda local. Así, prohibiendo “para siempre” el recurso utilizado por todos los gobiernos previos de devaluar masiva y reiteradamente el tipo de cambio, el dólar iría con el tiempo transfiriendo confianza al peso, los ciudadanos y actores económicos serían crecientemente indiferentes a la opción de operar con una u otra moneda, y llegaría un momento en que la regla de cambio fijo sería prescindible. Como prometía Cavallo, llegado a ese punto el peso podría flotar como muchas otras monedas lo hacen frente al dólar, y hasta llegar a valer más que él. Algo que aquí y ahora mueve a risa, pero sin ir más lejos es lo que han ido logrando en los últimos años más y más países de la región.

http://www.politica.com.ar/blog/ciclo-de-seminarios-cipol/a-10-anos-del-colapso-de-la-convertibilidad/

Claro que, para que eso funcionara había que hacer una cantidad de cosas más después de renunciar a las megadevaluaciones: había que tornar solvente al estado, crear un mercado financiero y uno de capitales en pesos, lograr que en el ínterin el cambio fijo no resultara demasiado dañino para la competitividad internacional de la economía, etc.. Como se sabe, mucho de eso no se hizo. Y, lo que es más interesante del caso, en gran medida no se hizo debido al gran éxito inicial de la Convertibilidad: ella resultó tan eficaz en frenar en seco la inflación y reactivar la economía, que la coalición entonces gobernante se convenció de que no tenía sentido seguir haciendo esfuerzos para implementar medidas incómodas; al menos no mientras se pudieran compensar los déficits con privatizaciones y deuda.

Es cierto que el tiro de gracia al cambio fijo vendría finalmente del exterior, y se lo dio el “superdólar” de la segunda mitad de los noventa, que deprimió el precio de nuestras exportaciones y forzó a casi todas las economías con las que comerciaba la Argentina, y en particular a Brasil, a devaluar sus monedas (cuenta un funcionario de aquellos años que entrevistamos para el Archivo de Historia Oral, que los miembros más ortodoxos del gabinete de Menem habían saltado de alegría cuando se enteraron del triunfo de Bill Clinton en noviembre de 1992; creían que, como buen progresista, no tardaría en aumentar el déficit del gobierno norteamericano, generar inflación y debilitar el dólar a nivel internacional; en poco tiempo se vería que hacía todo lo contrario, apretando el nudo alrededor del pescuezo del “uno a uno”). Pero es cierto también que ya antes de que el fortalecimiento del dólar se revelara como una seria restricción externa, y en lugar de hacer las correcciones necesarias para resolver los problemas que iban surgiendo en el comercio exterior y el financiamiento del gasto público, se empezó paso a paso a reemplazar el sueño de “pesificar” por el de “dolarizar”: desde la crisis del Tequila en adelante las autoridades argentinas fueron renunciando a que los ahorros, los créditos y los bonos de deuda se nominaran en pesos. Creyeron que así no sólo reducían las tasas de interés, sino que aseguraban la gobernabilidad: elevando más y más los costos de una eventual salida del peso convertible, ella no se produciría, porque todo se convencerían de que había que aguantar, y que la opción era volver al pasado, caer en una devaluación caótica y políticamente inmanejable.

En alguna medida tuvieron razón, y la Convertibilidad duró mucho más de lo que la mayor parte de los analistas predijo. Y por algo su popularidad nunca fue tan alta como al borde del abismo: en las encuestas de fines de 2001 casi todos los argentinos querían un “cambio de modelo”, pero más del 80 % decía que el cambio fijo debía permanecer a toda costa.

¿Nunca debió entrarse a este régimen o fue una buena idea pero mal manejada? ¿Es cierto que, como ha dicho Cavallo y han repetido muchos funcionarios de De la Rúa, si se aguantaba hasta principios de 2002, cuando el dólar y las tasas de interés se desplomaron y las commodities subieron a todo vapor en los mercados internacionales, Argentina hubiera salido adelante sin necesidad de devaluación, default, ni 55% de pobres? Imposible saberlo. ¿Se equivocaron los políticos y los ciudadanos argentinos que pensaron que salir del “uno a uno” era liquidar la última promesa que nos mantenía unidos como sociedad, y el último recurso de gobierno que frenaba el caos total, pues volveríamos a los ciclos de inestabilidad y estancamiento del pasado? Indudablemente sí.

De todos modos, no deja de sorprender que, pasados diez años de una expansión tan veloz como inesperada, algunos de aquellos viejos problemas y las dificultades para encararlos reaparezcan tan prestos y rozagantes. Lo cierto es que Argentina halló condiciones inéditamente favorables para “pesificar” su economía, no sólo la de uso diario sino la de largo plazo, la del ahorro y el crédito, en el ciclo virtuoso creado tras la crisis de 2001-2. Pero en algún momento entre 2005 y 2006, por razones que todavía es difícil comprender, dejó pasar esa oportunidad. Y un lustro después parece ya no estar en condiciones de recuperarla. Al menos no sin hacer antes grandes esfuerzos y pagar significativos costos.

Lo peculiar de este nuevo ciclo de dolarización e inflación que vivimos desde que se tomó esa decisión es, por un lado, que sus costos no han recaído en el estado central: gracias a que él recauda en gran medida en dólares, logró pesificar buena parte de su deuda y a la vez escamotea de las cuentas la mayor parte de la inflación, puede concentrar los beneficios del impuesto inflacionario y descargar en los particulares, los niveles inferiores de gobierno y en sus acreedores los perjuicios correspondientes. Por otro, no deja de llamar la atención que la dolarización y la fuga hayan sido por largos cuatro años muy intensas pero también compatibles con un rápido crecimiento. El problema es que esa inédita compatibilidad parece haber llegado a su fin, y puede haber tocado la hora de que se sienta el impacto, y que él sea, en términos sociales, tan injusto como solía ser en el pasado: finalmente lo que la dolarización de ahorros y su fuga nos están diciendo es que los principales ganadores del crecimiento de estos años no se conforman con lo que ya recibieron ni aceptan ser también ellos burlados por el estado, y se preparan para que la socialización de pérdidas, cuando el pasado nos alcance, no los cuente entre las víctimas. Es apostar contra la suerte del país y de los que menos tienen, sin duda. Pero ¿cómo reprochárselo?

Publicado en La Nación, el 22/11/2011

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Seminario “A 10 años del colapso de la convertibilidad”

El Centro de Investigaciones Políticas (CIPOL) y el Programa de Historia Política de la UBA los invitan al Seminario “A 10 años del colapso de la convertibilidad”, que se realizará en el Centro Cultural Borges el jueves 15 de diciembre de 2011. El Seminario propone un debate abierto con los principales protagonistas de la gestión de la Convertibilidad y de su crisis, con una perspectiva comprensiva de las dificultades e incertidumbres de aquel tiempo, y la pretensión de articular los problemas específicos de la economía y de la política.

Aqui abajo les dejamos el programa del Seminario (click en la imagen para agrandar) y más abajo el formulario de inscripción (la entrada es libre y gratuita).

 

 

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¿Hay límites? La política, la economía o la torpeza

Ingresamos en estos días en uno de esos curiosos momentos que cada tanto se presentan en que la revolución peronista derrota y absorbe a sus adversarios y llega a su clímax. Es entonces que se les presenta a sus líderes la posibilidad de hacer y deshacer a voluntad, para consolidar un nuevo régimen político, un estado, un sistema económico, a lo menos un partido. Como ya conocimos unas cuantas de estas situaciones es legítimo ser escépticos sobre las posibilidades de que ese momento dure, o perdure mucho de lo que se trate de instaurar. Sucedió en 1951, en 1973, en 1991, ¿por qué sería distinto esta vez?

 La vocación por intentarlo, al menos, está. Y unos cuantos factores juegan a favor: un optimismo social superior al de 1991, una legitimidad institucional mucho más incuestionable que en 1951, conflictos internos mucho menos intensos que en 1973, un contexto internacional, todavía hoy, mucho más favorable que en los tres casos precedentes, y, gracias a todo ello y a la inédita concentración de poder fiscal, una muy considerable masa de recursos para financiar el intento. Así vistas las cosas, ¿podría esta vez ser distinto y “no haber límite”?

 Hay quienes sostienen que el poder se auto limitará porque en verdad ya llegó a su meta. Que se repetirá más o menos lo de Perón al volver al poder en 1973, cuando anunció, para  decepción de sus seguidores más entusiastas, que en ese sencillo acto se daba por terminada la revolución. Cristina podría imitarlo si, como pareció querer decir en la noche del 23 de octubre, es cierto que no pretendía más que lo que ya logró y ahora se dedicará a “conservar”: velar por la continuidad de las transformaciones realizadas, buscar un heredero y pocas cosas más.

 Pero es difícil creer que ella, siendo relativamente joven y tan devota de Ernesto Laclau, justo cuando ha llegado a la cúspide del poder, motu proprio lo deje ir. Además, aun para esos acotados objetivos arriba mencionados podría necesitar más cambios, y algunos bien profundos, en el partido, el estado, la economía, eventualmente también en el régimen político. Precisamente por la memoria de lo efímero que suelen ser estos momentos de gloria, y por la experiencia recogida a lo largo de un extenso camino lleno de idas y vueltas, la inclinación a actuar “ahora o nunca” y a no ponerse límites tendería a predominar.

 Suponiendo que sea esto lo que suceda, aun habrá que ver qué objetivos se plantea, si unos medianamente respetuosos del pluralismo y las libertades, racionales y republicanos, o todo lo contrario. Y como el panorama es muy incierto en casi todos los terrenos es natural que muchos se pregunten si habrá algún obstáculo a eventuales intentos que no reúnan las condiciones señaladas y resulten ofensivos y excluyentes para porciones más o menos extensas de la sociedad, porque las dejen de forma permanente “fuera de juego”. Como ha sucedido ya con unas cuantas innovaciones kirchneristas que partidizaron el estado y crearon desequilibrios estructurales en el sistema político.

 Los opositores que aún sobreviven y los analistas apelan por estos días a tres tipos de límites para conjurar esperanzas al respecto. Los primeros son de naturaleza política, y refieren fundamentalmente a la heterogeneidad y el tradicional pluralismo interno del peronismo: es la tesis que Juan Carlos Torre ha vuelto a poner en circulación (véase el reportaje en La Nación del 7 de noviembre), según la cual esa fuerza funciona como un “sistema político en sí mismo” y crea su propia oposición. Si es así, habría que dejar que el propio partido de gobierno haga su trabajo y horade desde dentro las tendencias hegemónicas.

 El problema es que, al menos en lo que va del ciclo kirchnerista, este pluralismo interno ha probado ser bastante ineficaz para hacer ese trabajo. Lo hizo en alguna medida, es cierto, frente a la 125 y en las elecciones de 2009, pero contra la expectativa que entonces se generó en cuanto a una creciente autonomización de sus componentes territoriales y sectoriales se ha visto que el estado central y sus recursos lograron ser un antídoto eficaz. El hecho de que dos factores contingentes, la muerte de Néstor Kirchner y una muy favorable coyuntura económica, hayan sido necesarios para dirimir a favor del vértice las tensiones en el peronismo no alcanza para refutar el punto: lo cierto es que sus integrantes no pudieron coordinar nada autónomamente del centro y este terminó imponiéndose en forma aún más inapelable que en el pasado. Por otro lado, si se presentara una nueva coyuntura favorable para la disidencia (y la que todos señalan es, obviamente, la disputa por la sucesión presidencial en 2015) y los poderes territoriales y gremiales lograran quebrar la disciplina, el resultado más probable sería una nueva ruptura de la precaria unidad justicialista. Y ya se ha visto que de ella no resulta nada bueno para el sistema político. La pregunta es, entonces, si llegado el caso será posible alguna variante de competencia entre peronistas que sea compatible con el fortalecimiento de la institución partidaria, y por extensión, de las demás instituciones, y evite tanto la hegemonía del centro como un nuevo ciclo de fragmentación y desgobierno.

 El segundo conjunto de obstáculos a que se apela es económico y se funda en la muy probable circunstancia de que lo mejor para el kirchnerismo en este terreno haya pasado: él ya consumió las ventajas de la recuperación post 2001, de la captura y depredación de casi todos los recursos disponibles en el estado, y buena parte de los de la sociedad, y se enfrentará, de aquí en más, con cada vez menos margen de libertad, a circunstancias externas e internas no tan favorables. La conclusión es que habría que dejar que la economía haga su trabajo, y acote el margen de arbitrio y los sueños de grandeza del oficialismo (los desarrollos de esta tesis por parte de los economistas son muy variados, y en cuanto a los politológicos cabe recordar el artículo de Vicente Palermo en Clarín del pasado 22 de abril).

 Con todo, se ha visto ya que los límites económicos no suelen ser reconocidos como tales por el gobierno y que él ha encontrado una y otra vez la forma de radicalizarse frente a este tipo de dificultades. Tan es así que la economía, incluso por encima de los medios o la Justicia, resulta hoy por hoy el terreno en que más pleno dominio ha logrado el arbitrio presidencial, tanto a costa de las leyes del mercado como de las de la regulación pública, y ante la pasiva aquiescencia de los principales interesados. La pregunta sería: ¿hay posibilidad de que la escasez sea ahora aleccionadora y no radicalizadora? ¿Qué condiciones deberían reunirse para que, a diferencia de lo vivido entre 2008 y 2009, los problemas generados por las medidas que se han ido tomando, y los obstáculos que se encuentran para hacerlas funcionar, sean leídos como quieren los críticos y no como manda el manual de operaciones gubernamental (esto es, aumentar a toda costa la autonomía del decisor, subir la apuesta, fugar hacia delante, etc.)? Es cierto que por el mero deseo de heredar algo que funcione, algún sector del oficialismo estaría inclinado a corregir en serio el rumbo. Pero no parece ser esta la actitud más extendida ni la de quien toma finalmente todas las decisiones: que incluso las correcciones económicas se conciben “a lo Moreno” se comprueba en el particularismo con que se ha establecido quién puede o no comprar dólares, o con que se empieza a resolver quién seguirá o no recibiendo subsidios. ¿Existirá realmente un nivel de dificultad más allá del cual insistir con más de lo mismo no sea la opción más sencilla y tentadora?

 Finalmente, y dado que tal vez ni el peronismo ni la economía alcancen para refrenarlo, y ya descartamos la opción de que se frene a sí mismo, hay quienes sostienen que la última esperanza hay que depositarla no en la habilidad del gobierno para hacer el bien, sino en su inhabilidad para hacer el mal, no en su sabiduría sino en su torpeza. Un buen ejemplo de este argumento es un reciente artículo de Luis Tonelli en 7 miradas, (“La tan temida finitud” es su título) y una prueba empírica para sostenerlo es lo que han estado haciendo en estos días los funcionarios del área económica, y la propia presidente al coordinar sus pasos, en la batalla contra el dólar. Cuando todos esperaban (y muchos temían) que Cristina tomara la iniciativa para “profundizar el modelo”, consolidar sus apoyos, eventualmente reformar la Constitución, etc., se presentó un escollo que la mala praxis política empezó rápidamente a convertir en un profundo pantano, en el que podrían terminar sucumbiendo unos cuantos de los sueños oficiales.

 De todos modos, no debe escapársenos que circunstancias como ésta colocan a los opositores, y al país en general, frente a una paradoja que ya en el pasado probó ser muy traumática: si la última defensa contra un poder crecientemente autocrático resulta ser la propensión al error de sus agentes, la apuesta política de todos quienes desean un cambio termina consistiendo en que aquellos se equivoquen, no aprendan de sus errores sino que insistan en ellos, hasta que los costos resultantes convenzan a la sociedad de la inconveniencia de seguir confiando en su liderazgo. La política debería ofrecer más que eso, o tendremos por delante años penosos.

Publicado en TN.com.ar

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¿Un tortuoso camino a la estabilización?

Quizás la velocidad de los hechos sepulte estas líneas en la irrelevancia o el disparate, pero aun así vale la pena tratar de comprender la realidad pensando en contra de lo aprendido. Los paradigmas establecidos en la economía política contemporánea y la experiencia de la historia económica argentina sugieren que medidas de control cambiario como las implementadas por el gobierno nacional en estos días resultan, al cabo, inútiles y contraproducentes. Desde esas premisas sólo cabe denominar a estas medidas como actos de impericia y proclamarse desconcertados porque economistas profesionales entrenados en Argentina hayan tomado decisiones demostradas como pasaportes al fracaso por la teoría y la práctica de la política económica nacional. ¿Cómo explicar que a esta altura de la historia un gobierno argentino utilice recetas fracasadas y deletéreas como estas? Aquí se exploran dos hipótesis: el sesgo cognitivo y la astucia tortuosa.

Estas hipótesis comparten algunas premisas. 1) Suspenden los supuestos de racionalidad instrumental perfecta en que se fundan los paradigmas establecidos. La mayoría de los analistas supone, con sólidos fundamentos teóricos y amplia evidencia empírica, que restringir la compra de dólares cuando la tasa de inflación supera a la tasa de devaluación indica que el Banco Central no desea vender más dólares y que el dólar seguirá, al menos por ahora, barato. Pero ese impecable razonamiento excluye la posibilidad de que existan otros objetivos para cuyo logro estas decisiones sean medios racionales y quizás adecuados. 2) Las hipótesis toman en cuenta la historia de quienes toman las decisiones. Esa historia puede contener regularidades, patrones, ideas desde las cuales estas decisiones cambiarias serían consistentes, razonables, ordinarias, normales. 3) Las hipótesis prevén la posibilidad de que los actores deliberadamente despisten, engañen, induzcan a error a los observadores para lograr sus objetivos.

La hipótesis del sesgo cognitivo sostendría que el gobierno tomó estas decisiones cambiarias motivado por una visión intervencionista de la política económica para la cual es posible cambiar preferencias de los actores restringiendo o elevando los costos de acceso a ciertos bienes. Para esta visión, el ahorro en y la fuga al dólar son inconsistentes con un esquema económico en el cual la movilización del ahorro doméstico ha sido la clave para un proceso de crecimiento, incremento del empleo y caída de la pobreza. El ahorro en dólares no sería una preferencia auténtica de los argentinos sino una elección inducida por unos pocos actores con intereses fuera del mercado interno que por ello necesitan cada tanto modificar su rentabilidad o sus costos en moneda extranjera. Las medidas cambiarias apuntarían a restaurar la consistencia del esquema económico: si el público se convence de que es más costoso ahorrar en dólares que en pesos, volcará su ahorro en el sistema financiero doméstico, con lo cual aumentaría el crédito para las empresas y se estimularía el crecimiento de la economía. Las medidas cambiarias serían consistentes con el historial de la política económica kirchnerista: la economía argentina creció a tasas elevadas cuando se garantizó, aun de manera imprecisa e informal, la estabilidad cambiaria – i.e. cuando el gobierno de Kirchner estableció “la convertibilidad a tres pesos” y el de Fernández impuso un “creciente retraso cambiario”. El sesgo cognitivo es por naturaleza conservador: si las cosas funcionaron bien así – si la economía creció, el desempleo y la pobreza cayeron, y el gobierno fue reelecto – no hay motivos para hacer nada distinto.

Esa visión intervencionista omite los potenciales efectos recesivos y anticompetitivos de estas medidas cambiarias. Tal omisión le impide contemplar los costos económicos y políticos que crecerían si expectativas y precios pasaran a orientarse por el dólar paralelo, la inflación se acelerara, los sindicatos incrementaran sus demandas salariales, y el gobierno debiera responder lanzando un programa de estabilización para reencauzar la situación. La hipótesis del sesgo cognitivo caracterizaría las decisiones cambiarias como un caso de racionalidad limitada por la visión intervencionista de la política económica.

La hipótesis de la astucia tortuosa sostendría que el gobierno impuso estas restricciones cambiarias con el objetivo de crear condiciones para introducir medidas de estabilización. Las restricciones inducirían una desaceleración que bajaría la inflación, reduciría las demandas salariales y el nivel de devaluación necesario para restaurar la competitividad, volvería consistentes las metas y supuestos del Presupuesto 2012 y, al cabo, permitiría volver a las políticas expansivas. Esta astucia sería tortuosa porque impondría costos a la economía y al gobierno que podrían evitarse lanzando un programa de estabilización. Pero este tortuoso camino a la estabilización sería consistente con una visión del gran juego político donde la política económica se insertaría y con los antecedentes del kirchnerismo. El gran juego político que el gobierno parece jugar no es el de la política económica de corto-mediano plazo sino el de la historia. En ese juego, no sólo los resultados económicos son un activo para el kirchnerismo sino también su identidad política, y esta identidad, en política económica, se orienta por dos reglas: un gobierno kirchnerista no anuncia programas de ajuste y siempre usa instrumentos intervencionistas de ajuste económico. Las reglas pueden parecer contradictorias, pero no funcionan como tales. La primera regla es retórica: no postula renunciar a toda política de ajuste sino abstenerse de anunciarla. La segunda regla es pragmática: se usan instrumentos intervencionistas porque ellos permiten apropiarse del rédito político por los resultados. En este gran juego político, entonces, el objetivo táctico es que las condiciones para introducir ajustes en la economía no sean atribuidas al gobierno sino a actores impopulares como los especuladores, quienes cargarían con el costo de inducir las medidas estabilizadoras que se presentarían como respuestas a la acción destituyente de los enemigos del pueblo. La desaceleración y la pérdida de capital político serían costos necesarios y transitorios, ulteriormente compensados por los beneficios de la estabilización. Esta astucia tortuosa sería coherente con los precedentes oficiales: aumentos tarifarios a las industrias ante las presiones por incrementos en gas y electricidad; controles directos de precios y costos como respuesta a la aceleración inflacionaria; estatización de las AFJP para revertir el impacto de la crisis internacional y el conflicto agrario sobre los ingresos públicos. La hipótesis de la astucia tortuosa explicaría estas medidas cambiarias como una táctica para facilitar la imposición gradual de medidas estabilizadoras con baja resistencia potencial de los actores económicos.

Si esta última hipótesis no resulta ser un ocioso contrafáctico, la política económica argentina habrá regresado a los años 80, cuando el gobierno de Alfonsín lanzó el Plan Austral luego de inducir aumentos de precios, tarifas y salarios orientados a generar condiciones sostenibles para la estabilización – pero sólo en parte, porque ese plan reactivó, no desaceleró la economía. Si, en cambio, el sesgo cognitivo explica estas medidas cambiarias, el futuro estará teñido de un pasado más añejo y menos promisorio.

Publicado en El estadista

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Senderos y opciones de la política económica pos-electoral

En un post anterior habíamos mencionado tres posibles alternativas de política económica del gobierno pasadas las elecciones: moderación (definida por políticas pragmáticas de ajustes graduales, más abiertas a las demandas empresarias e intentando aminorar ciertos desequilibrios fiscales y cambiarios), postergación (basada en demorar decisiones fuertes manteniendo las principales variables inalteradas para tratar de sostener el equilibrio vigente) y radicalización (aprovechando el capital político para tomar medidas más drásticas sostenidas en un mayor papel del Estado como árbitro y más cercanas a las demandas del sindicalismo en referencia a los incrementos salariales).   ¿Cómo podríamos entonces definir las nuevas medidas económicas?  Claramente el gobierno ha desestimado la postergación.  Las últimas políticas parecen reconocer ciertas inconsistencias que impedirían mantener el equilibrio actual sin ningún tipo de intervención.

Resta entender si el gobierno ha decidido tomar manos en el asunto a partir de la moderación o la radicalización.  En este punto, el comportamiento del gobierno es ambiguo.  Por un lado, ha comenzado a eliminar subsidios en ciertas áreas de servicios públicos.  Esto nos induciría a pensar que las autoridades están dispuestas a implementar medidas más pragmáticas para reducir el gasto público.  El nivel de gasto público era ya un enorme desafío dado su notorio crecimiento en los últimos años.  Especialmente considerando el peso que implicaba su avance sobre un nivel de recaudación y de financiamiento que parece no poder sostener la velocidad de incremento del gasto. Incluso la satisfacción del empresariado con la eliminación de los subsidios puede considerarse como una evidencia más de esta tendencia a la moderación por parte del gobierno.

Del otro lado, el gobierno ha impuesto fuertes controles para el cambio de moneda que son poco asimilables a una estrategia de moderación. Los controles que dificultan la compra de dólares y que requieren autorización directa del Estado en todos los casos responden más a un modelo de radicalización con amplia injerencia estatal.   Si las políticas de moderación tendieran a satisfacer las necesidades del empresariado, la nueva imposición de liquidar la divisa extranjera en el país al sector minero y petrolero, como así también la obligación de repatriar capitales a las aseguradoras, no gozan de tantas simpatías –especialmente en los sectores afectados-.

Con sus decisiones recientes el gobierno reconoce que la baja en el precio de los commodities, la depreciación gradual del real y la potencial caída de la demanda internacional de bienes rompe el equilibrio actual, que ya no debe asumirse duradero. Si bien queda claro que la razón por la que el gobierno ha comenzado a eliminar subsidios está asociada a equilibrar las cuentas fiscales, tal vez habría que analizar un poco más en detalle el motivo de los mayores controles cambiarios. La respuesta más simple es justificar estos controles por un ataque especulativo contra el peso. Si es así, el endurecimiento sería una reacción a dicho ataque.  Lo llamativo es que en general estos ataques tienden a suceder con gobiernos debilitados política y/o económicamente. Un gobierno débil sería más endeble ante ese escenario. Sin embargo, la salida de capitales coincide con una Presidenta que está en sus niveles más altos de legitimidad y poder político.

De modo que la explicación debería buscarse en las perspectivas de mediano plazo de la economía. Pero es en este punto donde el gobierno ha comenzado a tomar medidas para equilibrar las cuentas públicas.  En consecuencia, si logra controlar la salida de capitales en el corto plazo la probabilidad de seguir un camino de moderación se incrementa. Una vez conjurada la especulación cambiaria, iniciaría una devaluación gradual de la moneda para restaurar la competitividad perdida. Además, hoy el gobierno cuenta con el capital político necesario para enfrentar reclamos sindicales que se deriven de la devaluación.

Si resuelve estas pruebas con éxito hay razones tanto para la radicalización como para la moderación. Una intervención exitosa en el mercado cambiario podría justificar más regulaciones y más radicalización.  Sin embargo, resulta también probable – dada su distante relación actual con los sindicatos y más próxima con los empresarios- que se disponga a complementar las iniciativas moderadoras en el área de subsidios, y por tanto flexibilice algunos aspectos del control cambiario una vez que la salida de capitales disminuya.

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Peronismo y democracia, ayer y hoy

El próximo 5 de diciembre se inaugura el ciclo de seminarios internacionales “Peronismo y democracia, ayer y hoy”, organizado por el Programa de Historia Política de la UBA y la Red de Archivos Orales.. En el primer encuentro, titulado “Peronismo clásico, democracia y estado de masas”, se analizará la década del primer peronismo y su legado en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, y contará con la presencia de tres destacados especialistas: el historiador italiano Loris Zanatta, el sociólogo Juan Carlos Torre y el historiador Samuel Amaral. El ciclo se realizará en el Museo Roca y el primer seminario comenzará a las 18 hs. La entrada es libre y no requiere inscripción previa.

En el segundo encuentro, bajo el título “El peronismo entre la democratización y los desafíos de la modernización económica” se analizarán fundamentalmente los cambios que el peronismo experimentó a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado y se discutirán los legados de la gestión menemista. El encuentro se realizará en la segunda quincena de marzo de 2012 y contará con la presencia de Edwuard Gibson, de Nortwestern University.

El tercer y último encuentro, “Peronismo y Kirchnerismo”, apuntará no sólo a considerar la última década de gobiernos peronistas sino también a realizar un balance general y plantear escenarios futuros y su realización está prevista para mayo de 2012.

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