Skip to content


La escena que deja la pelea por las tarifas ¿va a durar?

La oposición peronista dirá que defendió el bolsillo de los argentinos, o de una parte de ellos al menos, del ajuste de Macri, y que logró unirse y hacer pesar, por primera vez en mucho tiempo, su fragmentada mayoría legislativa, chocando contra un Ejecutivo insensible y que se niega a negociar. Todas buenas razones para creer que si sigue por el camino que abrió con su proyecto antitarifazo van a mejorar sus chances para 2019. Así que ¿por qué abandonarlo?

La gente de Cambiemos dirá para contrapesar que quedó demostrado que la oposición es irresponsable, que el país necesita disciplina fiscal y sólo el oficialismo puede proporcionársela, y que el presidente no se deja llevar de las narices por lo que digan las encuestas ni por cantos de sirena de supuestos opositores moderados que vienen con el cuchillo bajo el poncho, y se anima a tomar las decisiones que hagan falta por más difíciles que ellas sean. Así que también deben estar preguntándose en ese costado del ring: ¿por qué no seguir adelante con la misma fórmula?, mantenerse firmes, polarizar la escena (ahora no sólo con el kirchnerismo sino con el peronismo en pleno) y reducir al mínimo los espacios de negociación.

Como vemos, hay motivos para que ambas partes consideren que el cuadro que resultó de la batalla legislativa por las tarifas les conviene, y conviene proyectarlo hacía adelante. El peronismo porque impuso su número y su iniciativa, el oficialismo porque puso en juego el poder presidencial y su eficacia para mantener el rumbo y el orden vigentes.

A partir de esta valoración cabría concluir que lo más probable sería que la escena que hoy ofrece la política argentina sea más o menos la misma con que se trame lo que resta del mandato presidencial de Macri y se organice la competencia por su reelección o sucesión.

Sin embargo, las cosas son un poco más complicadas, tanto para el oficialismo como para la oposición.

Macri necesita fortalecer la confianza en que controla la situación política, aunque nunca llegue a ser del todo cierto y lo más que pueda aspirar es que las cosas vuelvan a ser más o menos como durante el año pasado o principios de este. De otro modo tampoco va a recuperar la confianza de los operadores económicos, y hasta el FMI empezará a dudar de que se cumplan las promesas que Dujovne y su gente están haciéndoles para que abran la billetera. Una más o menos amistosa y rápida negociación del presupuesto de 2019 es lo que el gobierno más necesita para que esa confianza se fortalezca, y no va a conseguirla si sigue tachando de chantas funcionales a Cristina a todos sus adversarios.

La oposición peronista, por su parte, difícilmente encuentre otro tema que pueda unir tan fácil y rápidamente a sus distintos componentes como sucedió con las tarifas, y a medida que se acerque el momento de tomar decisiones electorales irreversibles va a tener más motivos para relativizar esos temas y prestarle alguna atención a otros que los dividen. Por ejemplo el acceso a recursos que necesitan imperiosamente las provincias y los municipios, y no se asignan automáticamente con la coparticipación sino que se distribuyen políticamente en el presupuesto. O el aún más importante asunto de con qué mecanismos y amplitud va a elaborar una oferta electoral y seleccionar candidatos.

En escenarios extremos, sea porque las cosas mejoren sensiblemente, o porque empeoren mucho más, estos problemas y cálculos condicionales de oficialistas y opositores perderían relevancia.

Si la economía repunta fuerte hacía fin de año, el gobierno va a poder decir que hizo solo el esfuerzo para mantener el barco a flote, y que ni él ni el país necesitan mucha colaboración peronista para seguir adelante. Así que habrá algo de transa legislativa para juntar los votos mínimos necesarios para votar el presupuesto, pero con el número también mínimo de convidados y nada más.

Si en cambio la crisis se prolonga y agrava, y el gobierno consecuentemente sigue acorralado por las encuestas, serán los peronistas los que tendrán poco interés en negociar, coincidirán en mayor medida que en estas semanas en que hay que mantener la mayor distancia posible de Macri (que además tendrá poco y nada que ofrecerles y para repartir), y buscarán desactivar sus diferencias de cara al año electoral.

Lo que sucede es que el escenario más probable no es el que imaginan ni los súper optimistas ni el de los súper pesimistas. Es uno más bien gris, tal vez con algo de recuperación, pero con bastantes sombras y la persistencia de serias dificultades (inflación, baja inversión, presión sobre el dólar, etc.). Circunstancia en que tanto oficialistas como opositores encontrarán buenos motivos para dejar atrás el entuerto de las tarifas y delinear nuevas estrategias.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/5/18

Posted in Política.


Pichetto completa la movida antitarifazo y olvida su tirria con Cristina

Tal vez sea hora de dar vuelta la página y discutir otra cosa. Demasiado tiempo lleva en el candelero de la política nacional una decisión que en verdad ya estaba tomada más de medio año atrás, cuando se aprobó el presupuesto 2018, con el aval opositor correspondiente, que afecta sólo a usuarios de servicios porteños y del conurbano y le es indiferente al resto del país, y que tras la convulsión cambiaria y financiera vivida el mes pasado quedó del todo descartado que haya margen alguno para revisar: las cuentas públicas no cierran aún aplicando el tarifazo en discusión, imagínense lo que pasaría si se lo revirtiera y se bloquearan nuevos aumentos.

Con todo, fue en torno a esta cuestión tan focalizada, trabada, difícil de cambiar que se organizó el gran duelo de la política argentina de este año. Algo que no habla precisamente bien de ella. Pero que ayuda a entender por qué tampoco es fácil dar por cerrada la cuestión, ni para los actores de un lado ni para los del otro.

El tema permitió que la oposición peronista se uniera por primera vez en mucho tiempo, y desafiara al Ejecutivo. Y aunque éste jugó todas las cartas que tuvo a la mano, o casi todas, para desarmar ese frente, no parece haber logrado gran cosa. Sólo los cinco senadores del bloque que conduce Juan Carlos Romero y el salteño Roberto Urtubey se plegarían a la estrategia oficial, que consistió en ofrecer una salida muy de último momento y acotada, la reducción del IVA a las tarifas, también costosa para el fisco pero mucho menos que la que impulsa el peronismo, y cuya carga se compartiría además con las provincias, porque el IVA se coparticipa.

Al respecto conviene una aclaración importante. El gobierno se mostró desde el principio cerrado a cualquier negociación del proyecto opositor. Y eso en alguna medida lo condenó a amenazar con el veto presidencial también desde el comienzo. Pero es difícil imaginar que tenía otra alternativa, si no quería quedar atrapado en una negociación de la que no iba a salir bien parado.

Su cerrazón a negociar le fue reprochada por los opositores, en particular por Miguel Ángel Pichetto, que en este asunto terminó corriendo detrás de los diputados de su sector, del massismo y el kirchnerismo, algo que no debe haberle gustado mucho hacer, y rompiendo puentes con el oficialismo, lo que tampoco debe haberle agradado. Pero Pichetto seguramente sabía que su invitación a sentarse a discutir en el Senado la política tarifaria era un envenenado convite al desastre: si el Ejecutivo aceptaba hacerlo resignaba el principal instrumento para recortar el gasto que tiene en sus manos, que constitucionalmente además no tiene por qué compartir con el Poder Legislativo, y cedía su entero plan de estabilización, si es que algo así existió alguna vez o existe todavía, a la cuasi mayoría opositora en ese terreno. Es decir, se rendía y rendía su programa.

Peor además y por sobre todas las cosas, lo que Pichetto reclamaba era que el oficialismo hiciera semejante sacrificio simplemente para sacarlo del brete en que la nueva configuración y alineamiento de fuerzas en el peronismo lo había metido: el de estar en las puertas de un renunciamiento que debe ser mucho más irritante para él que para ningún otro dirigente peronista, votar con Cristina y los suyos en la que será seguramente la votación más importante del año legislativo.

Sólo si el gobierno ofrecía una salida intermedia, mucho más que la rebaja del IVA, podía evitarlo. De otro modo Pichetto tendría que elegir, o traicionaba al peronismo de momento reunificado y encima envalentonado frente a un gobierno que atraviesa su peor momento, o traicionaba la idea con la que había redefinido su rol de jefe de bancada en el Senado, la exclusión de Cristina; sabía perfectamente que, en realidad, no iba a tener opción, sólo empujando hasta el final el proyecto de Diputados podría mantener unida su bancada y su liderazgo mínimamente indemne. Así que fue lo que hizo.

Se ha dicho que el gobierno no cuida lo suficiente a sus interlocutores del peronismo moderado. También se sostiene, inversamente, que estos son solo moderados mientras no tengan a mano oportunidades y recursos para volver a las andadas. Tras lo sucedido con las tarifas será interesante reflexionar sobre cuál de las dos explicaciones se ajusta más a la realidad. Y, más allá de eso, también sobre lo difícil que termina siendo para los protagonistas de la vida política de nuestro tiempo, más allá de las buenas intenciones que los animen, compaginar objetivos que entienden necesarios o valiosos, pero que frecuentemente se vuelven incompatibles entre sí.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/5/18

Posted in Política.


La CGT por ahora ayuda más al gobierno que el FMI

Apenas una intrascendente “marcha simbólica” al ENRE en contra del tarifazo, el 4 de mayo, y desde entonces la promesa de que en algún momento se hará un paro, todavía no se sabe cuándo, contra el Fondo, el ajuste, y también las tarifas: han dicho que lo convocarán si el Ejecutivo veta el proyecto opositor sobre este último asunto, pero si el trámite de ese proyecto se estira, como ahora parece que sucederá, tal vez sea antes. ¿La concentración realizada el pasado viernes 25 por el sindicalismo combativo, la izquierda y el kirchnerismo, va a acelerar esa medida de fuerza, o la retrasará aún más?

Por ahora pareciera que la mayoría de los gremios sigue prefiriendo la prudencia y esperar a que la situación decante. ¿Por qué? Salvo Schmid, siempre más cercano a las necesidades del moyanismo, los demás caciques sindicales mantienen la tesitura que adoptaron cuando el jefe de los camioneros se abrazó al sector kirchnerista y la izquierda: aprovechar para matar dos pájaros de un solo tiro, sacarse de encima la asfixiante tutela que Don Hugo ejerció sobre ellos durante largo tiempo, y dar una señal al gobierno respecto a su disposición a actuar como contraparte responsable de acuerdos para estabilizar la economía.

Recordemos que esa tesitura salió fortalecida tras la demostración de fuerza de la entente opositora del 21 de febrero pasado en la 9 de julio, y quienes participaron de esta concentración tuvieron desde entonces más problemas que antes: Moyano quedó casi aislado del resto del sindicalismo y del peronismo y sin interlocución con el gobierno, y la izquierda sindical y los movimientos sociales enfrentaron tensiones y críticas por haber actuado como guardaespaldas morales y físicos en los entuertos judiciales del camionero. No va a ser fácil convencer a quienes se mantuvieron alejados de esos disgustos que tienen que desandar el camino recorrido desde entonces para lograr una CGT con una nueva conducción y libre de los elementos disruptivos y las limitaciones del pasado.

Además pesa el hecho de que la enorme mayoría de ellos aceptó ya la pauta del 15% para sus paritarias, con revisión recién a partir de septiembre de este año. Con lo cual han quedado en alguna medida atados a la suerte del gobierno, y desatarse les puede resultar muy costoso y vaya a saber si redituable.

El que varios gremios “combativos”, camioneros, docentes, administración pública, etc., no hayan firmado todavía sus paritarias y reclamen ahora porcentajes aún más altos que antes para hacerlo no ayuda tampoco a sumar a los demás a las protestas, al menos en lo inmediato. De hacerlo contribuirían a las estrategias de negociación dura de esos sindicatos, a sus apuestas políticas e indirectamente estarían asumiendo que ellos estaban en lo correcto al no aceptar la pauta del 15%. Con lo cual la oportunidad de los moderados de enseñorearse desde la CGT como el gremialismo más adecuado para proteger los intereses de los asalariados en las actuales circunstancias se iría definitivamente al tacho.

Más bien les conviene darle tiempo al gobierno para que someta a esos revoltosos. Algo que este viene intentando hacer con los docentes, ante los que no cede un tranco de pollo pese a todas las huelgas que siguen haciéndole, con los metrodelegados, cuyas medidas de fuerza incluso mandó a reprimir la semana pasada, y con los empleados de la administración, a quienes ofreció ahora un magro 12%, como para dejarles claro que no les va a ir mejor por más que pataleen.

Después, una vez despejado el camino y más cerca de septiembre, seguramente este sindicalismo hoy tan prudente y conciliador dejará de serlo y se esmerará en recuperar todo lo perdido frente a la inflación. Pero para entonces puede que lo peor de la crisis y de la consecuente aceleración inflacionaria hayan pasado y el gobierno tenga ya firmado el acuerdo con el Fondo y un mejor control de la situación macroeconómica.

Y a esa altura se habrá despejado entonces también otra incógnita que seguro de momento mantiene a muchos sindicalistas a raya: se confirmará el deterioro de las ventajas relativas de Cambiemos o sucederá como en otras ocasiones, que Macri perdió apoyo en coyunturas críticas y pareció más débil de lo que realmente era, pero salió del brete más rápido y mejor parado de lo que sus adversarios esperaban, dejando a estos en off side y sobregirados en sus posiciones.

Es lo mismo que se preguntan muchos políticos peronistas, que desconfían de asumir tesituras demasiado duras por temor a compartir el destino a que se han condenado Cristina Kirchner y los suyos, prisioneros de un ideología harto estrecha, probadamente ineficaz para ganar elecciones, y de un pronóstico catastrofista que necesitaría que todo salga realmente mal para volverse convincente.

De allí que también el regreso de ese discurso a la tapa de los diarios, con la peregrina fórmula “la patria está en peligro”, sea motivo de festejo y alivio en la Casa Rosada. ¿Qué más podría pedir un gobierno acosado por innumerables problemas que tener enfrente una oposición que se pega por enésima vez un tiro en los pies y se dedica a pronosticar naufragios sin remedio? Nadie podría hacer mejor que ella, aunque quisiera, el trabajo de volver a darle mínima credibilidad al desprestigiado capitán que al menos nos ofrece de momento una vía para seguir a flote.

Mientras esto siga así, entonces, es dudoso que el sindicalismo vaya a protagonizar un vuelco, reclamar por una anticipada reapertura de paritarias y poner al gobierno ante problemas serios en el frente en que hasta aquí ha tenido las cosas sorprendentemente más calmas, las calles, no las de la city si no la 9 de Julio y aledañas. Aún cuando algo tenga que hacer, por ejemplo un pronto paro general, como para no quedar demasiado fuera de foco.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/5/18

Posted in Política.


Macri trata de quedar bien con Dios y con el Diablo

Como a la gente lo de ir al Fondo no le gustó, y le va a gustar menos el alza de la inflación que se viene, el presidente buscó compensar y recuperar algo del apoyo social perdido promoviendo en el Senado la rebaja del IVA a los servicios. Iniciativa que complica y estira aún más el debate sobre tarifas en el Congreso, lo contrario de lo que le conviene al gobierno. Y que además no se sabe si va a conformar a los usuarios, tampoco si va a convencer a los gobernadores de ser más solidarios y “compartir el ajuste”, pero sí probablemente será vista en el FMI y en la City como un gesto ambiguo en el terreno que él mismo definió como la madre de las batallas, achicar el déficit.

La semana había arrancado con un gesto inédito del presidente: una fuerte delegación de autoridad de su parte en beneficio de uno de sus ministros, Dujovne, y en perjuicio de la Jefatura de Gabinete. Aún más sorprendente si se tenía en cuenta la razón del arribo de Dujovne a Hacienda año y medio atrás: sacar del medio a un ministro que había pretendido ejercer su función con autonomía y con la pretensión de llevarla mucho más allá de una mera oficina de hacienda. Pero bueno: ahora las circunstancias mandaban por encima de las preferencias de diseño y jerarquía del vértice oficial.

Sin embargo, también en este terreno el presidente quiso de inmediato compensar. Así que permitió, o directamente ordenó, que a la reunión inaugural de coordinación del gabinete económico asistieran Quintana y Lopetegui. Y que a continuación el primero, ex coordinador desplazado por Dujovne, y por muchos señalado como bastante deficiente en esa función, recorriera todos los medios de comunicación explicando su visión del asunto, así como su versión sobre las denuncias que se le plantearon también en estos días por su relación con una cadena de farmacias.

Al jefe de Hacienda no debió gustarle que en su primer día al frente de sus alumnos tuviera que compartir el aula con dos inspectores de la dirección. Ni que Quintana robara protagonismo en los medios. Tampoco que justo cuando arrancaba con su nuevo rol apareciera de la nada el mencionado proyecto sobre el IVA de los servicios, que encima primero se atribuyó a senadores oficialistas y luego el gobierno, a través de Frigerio, no de Dujovne, reconoció como propio. ¿Si tenía acaso algún sentido avanzar con esa idea no era razonable que la anunciara el ministro coordinador, que se le permitiera estrenar la función tomando una decisión concreta, buena o mala, y no sólo llamando a reuniones? ¿O es que él no la conocía, o la conocía pero no la compartía?

Para peor estas no fueron las únicas dificultades en la puesta en marcha del nuevo esquema de poder. Había demasiada gente en esa mesa redonda pensada para redistribuir roles en el gabinete. Y resultó por tanto difícil imaginar que de allí fuera a surgir una autoridad ordenadora. También porque además de un exceso, el número, se evidenció allí una falta: a casi todos los asistentes les falta un rasgo que, para encarar tareas impopulares en momentos difíciles es imprescindible, rasgo que nunca abundó en este gabinete, y se fue diluyendo desde la partida de Prat Gay: ambición política, garra para pelear por el poder y para conservarlo. ¿Dujovne la tiene?

Otra imagen difundida en estos últimos días lo muestra en la misma mesa redonda de su despacho que usó el lunes, pero cumpliendo un rol casi opuesto: parece un alumno amedrentado, sentado solo, a un lado de la gran mesa, frente a un comité examinador conformado por seis maestros del oficio, ya entrados en años todos ellos, con mucha, tal vez demasiada experiencia en sus espaldas: están allí Kiguel, Bein, Arriazu, Broda y un par más. Esos experimentados analistas pueden ayudarlo a recuperar parte de la confianza perdida en los mercados. Y es lógico que se reúna con ellos y los escuche. Pero no es buena señal que ahora se muestre casi a merced de estos personeros del círculo rojo, después de que el gobierno ignorara sus opiniones por dos largos años.

El fondo de la cuestión, y lo que realmente debería preocupar tanto a Dujovne como a Macri, es que el centro moderado que hasta aquí sostuvo al gobierno se encuentra asediado por los dos flancos: de un lado, el mercado, y sus intérpretes privilegiados, le reclaman que abandone del todo el gradualismo y demás zonceras; del otro los consumidores, asalariados y también buena parte del empresariado le reclaman que se mantenga fiel a la promesa de buscar soluciones que minimicen los costos. ¿Esa polarización lo va a seguir debilitando, hasta obligarlo a cambiar mucho más de lo que hasta aquí aceptó cambiar?

El presidente por ahora se esmera en cambiar lo mínimo necesario, para preservar no sólo a su equipo sino lo más posible de su programa inicial. E insiste en que se puede reducir más rápido el déficit y aún crecer, seguir combatiendo gradualmente la inflación y todavía generar empleo. Pero después de la corrida cambiaria no puede ignorar que lo que lo acerca a cada uno de estos objetivos lo aleja de los demás, y cada gesto que hace en una dirección le complica la vida en los otros frentes. Los auditorios están todos muy sensibles, le reclaman más de lo que está dispuesto a dar, por ahora. La cuestión es si con algo de tiempo esa ansiedad remitirá, o el centro seguirá debilitándose hasta que no quede otro remedio que dar un giro mucho mayor, de política, de diseño y de personal.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 25/5/18

Posted in Política.


Diferencias entre Venezuela y Cuba que complican a Maduro

¿Por qué el chavismo necesita todavía simular elecciones libres? En parte porque Chávez no hizo una auténtica revolución, llegó al poder vía elecciones. Y en parte porque, mal que le pese a sus herederos, ganar elecciones libres sigue siendo el único método aceptable en la región para hacerse del poder.

Lenta pero inevitablemente, bajo la batuta de Nicolás Maduro, Venezuela avanza hacía un régimen castrista. No simplemente un orden autoritario sino un totalitarismo con todas las letras: un solo partido político, indistinguible del Estado; cero libertad de expresión y anulación de los demás derechos civiles y políticos; control estatal y centralizado de todos los medios de subsistencia (el llamado “Carnet de la Patria”, único medio para no morirse de hambre, lo garantiza).

Pero como a diferencia de Cuba, o de la URSS, sus gobernantes no son hijos de una revolución con todas las letras, si no de elecciones más o menos competitivas, como eran las elecciones antes de que el régimen empezara a tener problemas de popularidad, ahora él no puede prescindir por completo de ese mecanismo. Es decir, no puede desembarazarse del todo del orden liberal democrático que le permitió formarse y prosperar como su progenie revoltosa y desleal.

Puede mentir, trampear y torcer las reglas, no ignorarlas del todo ni cambiarlas por otras. Al menos no por ahora.

Se mete así en situaciones de lo más incómodas. No porque le gusten ni porque no sepa qué hacer. Lo sabe muy bien: su sobrevivencia depende de mantener viva la simulación y pone mucho esmero en lograrlo.

Tuvo que convencer a algún opositor real o inventado de los que pululan por ahí, en lo posible los más desconocidos y con menos apoyo, que algún beneficio u oportunidad iban a tener si se presentaban a las elecciones.

Con lo cual se da la paradoja de que según reza su credo el pueblo “es uno solo”, es de Chávez, el PSUV y Maduro, y todos los no chavistas son malos venezolanos, traidores o idiotas útiles del imperialismo. Pero esos principios sólo se legitiman ante la presencia de una disidencia a la que no se le debe permitir nunca ganar, pero tampoco debe desaparecer del todo: su existencia es imprescindible para que el régimen pueda decir que “el pueblo ha hablado” y mantiene a cada quien en su lugar, a ellos gobernando y a la oposición en la total impotencia.

Claro que para que eso funcione tuvo además que proscribir o expulsar del país a los candidatos realmente desafiantes. Como hizo, con todo desparpajo, para las presidenciales celebradas el último domingo, declarando fuera de la ley a los principales partidos y los líderes de la Mesa de Unidad Democrática. Lo que exigió de él una gran inventiva y una total inconsecuencia: recurrió al absurdo de decir que esos partidos y dirigentes eran golpistas violentos, cuando era obvio que, dado el apoyo que concitaban, eran los principales interesados en que la oposición se uniera detrás de una opción electoral, no una de acción directa.

Al mismo tiempo, y para relativizar las críticas que recibe por esa inconsecuencia, el chavismo se ha dedicado a denunciar que la democracia electoral está en crisis en toda América Latina, y que sus adversarios regionales tendrían peores credenciales de legitimidad que ellos mismos; tomando la presidencia de Temer en Brasil como el contra ejemplo supuestamente más escandaloso.

Por cierto que la región ha sido conmovida por reiteradas crisis presidenciales, varias de las cuales se cerraron con el enjuiciamiento y la eventual expulsión de sus jefes de gobierno. Pero que esas crisis hayan afectado a partidos de distinto signo político y hayan podido hasta aquí procesarse con las reglas de juego establecidas, en particular la convocatoria a nuevas elecciones presidenciales abiertas y competitivas, habla no del debilitamiento sino de la solidez de esas instituciones en la región.

Venezuela está lejos de poder mostrar señales tan alentadoras. Sin embargo, dado que es indudable que su régimen resiste, a pesar de varios años de crisis galopante de su economía, ¿no hay que reconocer la eficacia del sistema cada vez más monopólico que se ha ido montando?

En efecto, no hay que subestimar la capacidad de adaptación y la resiliencia del poder chavista. Y tampoco la eficacia de sus dirigentes, más allá de lo elemental del discurso de Maduro y la brutalidad de los militares que lo acompañan. Si algo ha quedado claro en los últimos tiempos es que ni la crisis económica ni la posibilidad de presentarse a elecciones por sí solas van a poner en crisis al régimen: es cierto que cada vez los venezolanos están peor, pero también lo es que cada vez dependen más para subsistir de los recursos que reparte el Estado, y gracias al éxodo masivo son menos los que se resisten a ese destino; y aunque el oficialismo ya no logre formar una mayoría (dando por buenos los datos difundidos por el órgano electoral sobre la última votación, apenas poco más del 33% de los votantes habría respaldado a Maduro), se da maña para que sus enemigos tampoco lo hagan. Y así puede seguir por muchos años más.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 22/5/18

Posted in Política.


¿Gran Acuerdo Nacional? Sólo corregir cuentas que se hicieron mal

Como al gobierno nacional le venían reclamando que no exploraba lo suficiente las posibilidades de acuerdo con la oposición, entre muchos otros reproches recibidos en estos días, varios de ellos más fundamentados que ese, a sus capitostes se les ocurrió la idea de llamar a un “gran acuerdo nacional”.

En principio, a los deseosos de replicar el Pacto de la Moncloa la novedad debió sonarles como música celestial. Pero enseguida se desayunaron que el “nuevo GAN” (el original data de 1972) consistía simplemente en negociar el presupuesto del año que viene con la oposición legislativa y los gobernadores “para que compartan el esfuerzo de reducir el déficit fiscal”. Así que el entusiasmo es probable que se evaporara bien pronto.

Los que no mostraron ni un ápice de entusiasmo desde el principio fueron además los que más cuentan en este asunto, los destinatarios directos de la invitación. ¿Qué esperaban? ¿Gobernadores y legisladores peronistas van a estar deseosos de compartir esfuerzos y sacrificios, y sobre todo malas noticias para sus votantes, con quienes tendrán que enfrentar pocos meses después en las urnas y sueñan con dejarlos sin trabajo? Ni modo.

La desproporción entre el glamour del título y lo pedestre del contenido que se le pretende dar a la negociación presupuestaria deja en evidencia la urgente necesidad que muchos funcionarios sienten de hacerle un refreshing al marketing oficial. Que en el apuro se ve algunos de ellos creen puede despacharse con un par de ocurrencias. Mala idea: esta al menos no parece llamada a perdurar, ni ha conmovido el ánimo del público; tal vez porque igual que sucedió con su predecesor del mismo nombre, se olfatea que tiene pocas chances de fructificar.

Pero el tono épico de la convocatoria tiene que ver también con la necesidad de disimular que a lo que se invita a la oposición, y también a la sociedad, es ni más ni menos que a revisar acuerdos que sí se lograron firmar, hace pocos meses, bajo el influjo del “exceso de optimismo” que ahora finalmente el presidente admite lo llevó a errar, y prometer y repartir más de lo que era conveniente.

Sucede que el nuevo GAN no consiste en otra cosa que en borrar con el codo lo que se escribió con la mano en el pacto fiscal de fines del año pasado. Por el cual el gobierno nacional se comprometió a aumentar la coparticipación y devolver sumas millonarias que le reclamaban judicialmente muchas provincias, a cambio de promesas de reducción de impuestos que no se cumplieron. Más bien los impuestos provinciales fueron en la dirección opuesta. Por eso los gobernadores hoy pueden decir que el déficit es un problema exclusivo de la nación: sólo dos distritos tienen desequilibrio, casi ninguno está tomando deuda y el año que viene tampoco planeaban hacerlo. Esos mandatarios provinciales, ¿no pueden acaso presentarse como los más atentos a las necesidades sociales y al mismo tiempo como los mejores alumnos del FMI? No sería la primera vez que lo hagan y no hay que descartar que les de resultado.

Conclusión: fue una mala idea entregar plata contante y sonante a cambio de promesas en noviembre del año pasado. Puede que el equipo de Macri haya pensado entonces que de ese modo generaba certidumbre, y aseguraba su reelección. Pero lo que hoy se ve es que aseguró la de los gobernadores, la mayoría de ellos ubicados en la vereda de enfrente, y tal vez, si las cosas salen mal, hasta puso en riesgo su propio futuro y el de su coalición: ¿a lo más que puede aspirar Macri ahora es a un segundo mandato en que se repita la relación de fuerzas del primero?, ¿cómo algo así le permitiría lograr que las reformas avancen, si no lo ha permitido hasta ahora?, ¿simplemente por cansancio, por el paso del tiempo?

Lo cierto es que por ahora el gobierno no tiene otra que lanzar títulos y no puede hacer mucho más que ganar tiempo. Si para fin de año el crecimiento no se evaporó y las encuestas vuelven a sonreírle, tendrá la posibilidad de encarar una negociación dura en las Cámaras con la actitud de quien demostró tener razón. Aunque aún en ese caso la chance de seducir gobernadores y senadores aislados para descargar costos en el resto será limitada. De otro modo, deberá resignarse a ir a las elecciones ejecutivas del año que viene con lo puesto, y rezar para que la sociedad no opte por una salida que reproduzca más o menos en todos lados el statu quo. Que es lo que esta sociedad frecuentemente ha hecho cada vez que el miedo y la indolencia superan la disposición a hacer esfuerzos para cambiar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/5/18

Posted in Política.


El gobierno empieza a contener la crisis

Varias fuentes de desgobierno se descontrolaron simultáneamente en una serie de eventos desafortunados al estallar la crisis cambiaria: la financiera, por la excesiva exposición a la fuga hacía el dólar, y la debilidad estructural de la coalición política, por la poca coordinación entre ministerios y con el Banco central y los límites de la tolerancia social al ajuste.

Algunos pasos que el gobierno venía dando y sobre todo unos cuantos que empezó a dar ahora para dejar de correr detrás de los acontecimientos le pueden permitir controlar esos frentes. ¿Alcanzan para salvar el gradualismo, su gabinete y su entera gestión? Falta mucho para decirlo.

Por lo menos, tras un par de semanas de andar a los tumbos, el gobierno empieza a tener una estrategia. De los tres problemas que tiene enfrente, el financiero, el político y el social, en los dos primeros parece haber avanzado a un principio de solución, y en el tercero tendrá más tiempo para encontrarla: con las paritarias recién firmadas los sindicatos tardarán en activar sus esperables protestas por el también esperable salto de la inflación. La cosa podría haber sido mucho peor.

El riesgo de caer en un remolino de aislamiento político se percibió en las últimos días no sólo en el Congreso, con la muy fuerte votación del proyecto de tarifas en Diputados, sino también en las encuestas, donde la imagen del oficialismo parece no encontrar un piso, e incluso en el frente interno, de donde surgieron varios despechados por maltratos recibidos en el pasado (Melconian, Prat Gay, Goretti, sigue la lista) que fueron más duros que los más duros opositores. Es una mala señal que te hayas ganado el odio de tus ex colaboradores, que si no a Macri al menos debería hacer reflexionar a su entorno.

En respuesta, la reunión con los senadores de oposición, salvo los del FPV que siguen respondiendo a Cristina, buscó recrear la escena que hasta fin del año pasado más convenía al Ejecutivo: aún con las diferencias por el proyecto sobre tarifas, gobierno y opositores moderados dejaron en claro así que ante un riesgo de ingobernabilidad económica van a cooperar, que son pocos los que quieren que el gobierno se hunda y en esta están aislados. Claro que se les podría preguntar a esos senadores de oposición si con el proyecto que les envió Diputados no se contribuye a la ingobernabilidad. Pero el presidente hizo bien en disimular esa ambigüedad y dejar el tema en segundo plano. Tratar de demorar su tratamiento parece que va a ser la estrategia a partir de ahora.

Al mismo tiempo, el presidente amplió la mesa chica que lo acompaña en sus decisiones políticas más importantes. La “mesa de los accionistas” de Cambiemos, como se la llamaba tiempo atrás, y que ahora va a incluir, además de a Vidal, Larreta y Peña, a Monzó y Frigerio, y a Cornejo y Morales. ¿Estará también Carrió o ella seguirá prefiriendo tener llegada personal a Macri y Peña? Todos los que cuentan con un activo político importante y manejan recursos e información crítica, del Congreso, del territorio y los partidos, obviamente deben reunirse en algún lado para compartir sus perspectivas y contribuir a las decisiones políticas del gobierno. Hasta ahora no pasaba y las mediaciones eran escabrosas. Por eso por ejemplo cuando Monzó avisaba “se viene una jugada de los peronistas en el Congreso” a veces el dato quedaba olvidado en los meandros de la Jefatura de Gabinete y no se reaccionaba.

El otro frente de riesgo al rojo vivo en estos días, el financiero, empezó a contenerse con la negociación con el Fondo, que parece va a obligar además a coordinar mejor los pasos entre los actores institucionales locales: el Banco Central finalmente escuchó de esa fuente lo que había ignorado de las muchas voces de la administración que se lo advertían, no tenía sentido vender dólares sin un criterio sobre el nivel aceptable de devaluación. Su independencia no puede significar descoordinación en medio de una crisis financiera, es preciso que las señales que unos y otros dan a los operadores no se contradigan para no alimentar aun más la incertidumbre. Así que finalmente tenemos algo parecido a un plan de contención, un dólar a 25 que el Banco puede defender, facilitó la renovación de Lebacs y no es incompatible con la negociación externa. Lo es claro con las famosas metas de inflación. Pero si algo quedó en claro con esta crisis es que haberse atado a esas metas al principio del mandato fue un grave error. Con el nivel de incertidumbre y la cantidad de trampas caza bobos que había que desarmar, encima ponerse un cepo con números muy exigentes de inflación futura fue una carga equivalente al cepo cambiario que se desarmaba. Sturzenegger, que fue el guardián más estricto de esas metas, ¿se va a acomodar a su ahora franco incumplimiento? De eso depende probablemente que vaya a seguir al frente del Banco Central.

Por último, el riesgo sindical. Al respecto interviene el costado bueno de haber tenido hasta aquí una meta muy exigente de inflación para este año. Y también, contra los que se rasgan las vestiduras por el supuesto “error del 28 de diciembre”, la enorme ventaja que ofreció el haberla corregido un poco en ese momento: gracias a ello pudo funcionar como techo de las negociaciones salariales. Y así, aunque el desempleo es hoy bastante bajo y la economía no está en recesión, la devaluación puede que no se traslade del todo y rápidamente a los precios. Recordemos que en 2002 lo que evitó que eso sucediera fue el masivo desempleo, que llevó a los gremios a preferir la preservación de las fuentes de trabajo antes que la del salario. Ahora tal vez cumpla esa función la tinta todavía fresca con que cerraron ya la mayoría de sus paritarias y que podrán revisar, pero más adelante. Mientras tanto, el gobierno tendrá tiempo de usar algunos otros instrumentos para frenar la propagación inflacionaria del nuevo tipo de cambio: seguir demorando aumentos de combustibles o nuevas alzas de tarifas y concretar algunas reducciones de impuestos.

¿Pasó lo peor, el Ejecutivo dejó de estar atrapado en el pantano que gestó la crisis y en el que por más ímpetu que pusiera en remar no avanzaba ni para un lado ni para otro? Puede que sí, aunque de momento lo único que podrá festejar es que pasó del dulce de leche a la crema chantilly: para que el barco vuelva a navegar falta bastante.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/5/18

Posted in Política.


Macri propuso volver al mundo, y volvimos al Fondo

Tomar deuda, y a veces repudiarla, parece ser desde hace décadas nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Los populistas dicen que es un arma para someternos, los economistas ortodoxos, la vía para seguir gastando más de lo que producimos. ¿La usamos para facilitar los cambios o para evadirlos? ¿Cómo será esta vez?

La idea no era que volviéramos al mundo como menesterosos pedigüeños. Era que fuéramos atractivos para recibir inversiones, un ejemplo de cómo superar el populismo irresponsable “sin atravesar una crisis”, y un faro para que renazcan viejas y nunca satisfechas expectativas que el mundo desarrollado todavía cada tanto tiene con la América Latina tercamente inestable y subdesarrollada.

Pero muy bien no salió. Primero, porque las inversiones no vinieron, sólo llegaron sonrisas, palmaditas en la espalda y otros gestos incomestibles. Segundo porque aunque llegó sí financiamiento de inversores privados los dos primeros años, mientras las tasas de interés internacionales fueron todavía bajas, en cuanto empezaron a subir ese financiamiento tardó un segundo en evaporarse. Y tercero porque en el medio se cometieron unos cuantos errores de sintonía fina, como endeudarse demasiado y no anticiparse a las malas noticias.

Si no somos todavía destino de inversiones, porque no somos baratos ni muy productivos, y no somos ya merecedores de crédito voluntario, por ser considerados inestables e irresponsables, ¿cuál es la ventaja de estar más conectados que antes con el resto del mundo? ¿No nos convendrá volver a las diatribas nacionalistas, la ruptura de contratos y reglas de juego, para al menos dejarles de pagar por un tiempo a los que, además de querer sacarnos una tajada cada vez más grande tienen una idea tan poco estimulante de nuestra condición argentina?

Volver al mundo fue hasta aquí una de las ideas más redituables para el gobierno de Macri. Y uno de los aspectos, pese a la frustración con las inversiones, en que se valoraban más avances. Una amplia mayoría social parecía conforme con ese aspecto de la política oficial, tal vez porque era visible que se habían evitado males mayores, en una época en que seguir los pasos de Venezuela es inconveniente hasta para los kirchneristas que celebran sus delirios antimperialistas más desopilantes.

¿Va a cambiar esa percepción? ¿Estamos en las puertas de una nueva ola de nacionalismo virulento, de ese que cada tanto nos lleva a pensar que nuestros problemas son causados por los poderosos de la Tierra y si el mundo no nos comprende peor para él? Hay quienes ya la avizoran en las encuestas: el rechazo al FMI es mayoritario incluso entre los votantes de Cambiemos; las redes y los medios están llenas de muestras de repudio, desprecio, desconfianza; Christine Lagarde para muchos actualiza la figura del capitalista embaucador, que disfraza su condición de chupasangre detrás de prolijas condicionalidades cuyo acatamiento nos dejará secos y cada vez más lejos de parecernos a los ricos y poderosos de este mundo.

Puede, de todos modos, que si los costos de recurrir al Fondo no son muy altos, y el barco de nuestra política económica se estabiliza y vuelve a navegar más o menos pronto, más que un renacer de los sueños de autarquía y del victimismo tan gravitantes en otros tiempos tengamos una suerte de “ajuste de expectativas” que tanto al gobierno como a la sociedad les vendría bastante bien.

Pensábamos que volvíamos a ser “un país en serio” sacándonos de encima a Cristina y su banda, y resulta que la cosa es más complicada; también sin esa gente a cargo nos cuesta gestionar razonablemente la economía y el Estado; y “esa gente” es finalmente el fiel reflejo de lo que en parte somos, sigue y seguirá presente de una u otra manera.

La convergencia gradual de las variables económicas hacía un orden más “normal” se imaginó desde el principio como opción para minimizar los costos de salida; pero gobierno y sociedad tendieron a confundir “minimizar” con “evitar” y hay que volver a la realidad: el optimismo se vuelve un problema si en vez de incentivarnos a actuar nos mueve a la indolencia, a creer que dejamos atrás las dificultades antes siquiera de empezar a lidiar con ellas.

Nos lamentamos y buscamos al culpable de que la inflación siga cerca de 25%, cuando sin el efecto de los tarifazos fue en verdad de 16 o 17 puntos el año pasado, y puede todavía que quede un poco más abajo este año, y las tarifas había que subirlas sí o sí. ¿Discutimos sobre opciones reales o consumimos energías inútilmente en quejarnos de lo inevitable?

Tengamos en cuenta que aunque al FMI le fue bastante bien en ayudar a reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial, ayudar a Argentina a tener una economía más sana es bastante más complicado.

Porque volver a levantar ciudades destruidas por las bombas y fábricas desmanteladas finalmente requería de organizar voluntades y recursos disponibles, resolver problemas prácticos bien visibles. Cosas mucho más sencillas que convencer a un argentino de que tiene problemas estructurales que resolver, y hacerlo requiere de él no simplemente sacarse de encima a los inútiles y los malditos, categorías que incluyen, además de a los que le han prestado y siguen prestando dinero, a una buena parte de los otros argentinos, sino esforzarse sostenidamente para acomodarse a algunas reglas bastante básicas que se asemejan a la ley de gravedad.

Recién una vez que se haya logrado instalar esa convicción, prestarle dinero a este país dejará de ser darle una vía de escape para evitar cambiar, como ha sido casi siempre hasta ahora, y pasará a ser un instrumento para volver los cambios más factibles.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/5/18

Posted in Política.


La crisis del dólar pone en crisis la comunicación oficial

Puede que siga discutiéndose por mucho tiempo si la comunicación del gobierno de Macri fue o no adecuada y suficiente en los dos primeros años de mandato. Lo que ya está fuera de duda es que, en tiempos de crisis como el que ahora enfrenta, va a tener que innovar, hacer mucho más de lo que hizo hasta aquí y corregir algunos vicios o déficits que antes podían pasar más o menos desapercibidos.

Algo de esto pareciera que ya está intentando: en el espacio de pocos días hubo dos intervenciones del presidente bastante anómalas, ni el típico reportaje con periodistas destacados, ni el discurso institucional convencional, una sobre el consumo responsable de gas en Vaca Muerta y otra muy escueta para anunciar la solicitud de un préstamo al FMI; y dos conferencias de prensa enfocadas en la crisis cambiaria, una del duo Dujovne-Caputo y otra de Marcos Peña.

¿Fueron oportunas y estuvieron bien planteadas? ¿Revelan que el gobierno sabe lo que hay que hacer y está mejorando su comunicación o que reacciona a las apuradas, improvisando, una vez más abusando del ensayo y error, en un momento en que puede que no haya ya margen alguno para el error?

Lo más probable es que tengamos un poco de las dos cosas. Están hablando y explicando más, distribuyendo roles y eligiendo formatos según el objetivo sea anunciar decisiones o transmitir ideas, al público en general o a los actores económicos. Sin embargo no todas esas intervenciones fueron igual de efectivas. Y se corre el riesgo de pasar muy rápido del orden minimalista anterior a un cierto desorden y una sobreexposición riesgosa, que debilite aún más la confianza en la palabra oficial, hasta aquí celosamente preservada, sobre todo en el caso del presidente y de temas delicados como los económicos.

El minimalismo comunicacional, recordemos, fue útil para ese objetivo. Le permitió además a Macri y su gente desinflar la escena pública heredada, saturada de palabrería y fraseología ideológica, revalorizando la palabra del presidente, restaurando el valor muy elemental de la promesa y la construcción de confianza, la exposición de problemas y datos en diagnósticos acotados de la situación.

Pero todo eso supuso explicar muy poco y confrontar aún menos con otros discursos y argumentos. Más bien el método fue dejar pasar la mayor parte de las oportunidades que se presentaban para esas lides argumentativas que tanto gustan a otros políticos, y que el macrismo dejó en claro desde un comienzo que considera inconducentes. Como esos debates suelen consumirse solos y terminar en nada, pasado el tiempo la historia pareció muchas veces darle la razón a dicho método.

El problema es que con la crisis que ahora se enfrenta dudosamente va a pasar lo mismo, y en cualquier caso el gobierno no va a poder darse el lujo de intentarlo.

Con las tarifas hubo un anticipo de lo que se venía. “Hacemos lo que hay que hacer” no alcanzó como argumento, además de que Aranguren no era desde el principio su vocero más adecuado. Así que debió jugarse la carta presidencial, en un mensaje dirigido a toda la sociedad, para apelar a su responsabilidad como consumidores. En el momento en que se había perdido la capacidad de acordar con la oposición, a la que se acusó de impulsar un proyecto irresponsable en el Congreso, no parecía mala idea.

El problema fue más bien que la iniciativa quedó sepultada por la aceleración de la crisis, que de las tarifas pasó a enfocarse en el dólar, y cuestionar la más elemental y crítica capacidad de control de la situación para todo gobierno argentino. Así que las respuestas oficiales también se aceleraron.

La conferencia de Dujovne y Caputo del viernes 4 tuvo todavía algo de preparación y eso al menos en parte se notó: en sus exposiciones iniciales los ministros no resultaron del todo convincentes, pero al menos transmitieron con claridad lo que se pretendía hacer y en el peloteo posterior con los periodistas ganaron un poco de confianza. Con más práctica podrían hacerlo mejor.

Todo volvió a complicarse la semana siguiente, cuando Macri estuvo obligado a hacer el anuncio de la solicitud al Fondo, en un escuetísimo mensaje cuyo único mérito fue permitirle cumplir su obligación de dar la cara con una mínima exposición. En general en esos momentos es justamente cuando presidente y ministros más se necesitan: uno expone su autoridad para decidir, los otros explican en qué consiste lo que se pretende hacer y disipan dudas o descartan críticas más o menos técnicas. El problema es que Macri nunca ensayó ese tipo de combinaciones, muy habituales en tiempos de Alfonsín o de Menem, para dar algunos ejemplos de los que podría abrevar. Y además en su caso el apuro del momento y la exposición pocos días antes de los ministros del ramo impedían intentar algo así.

Para peor a continuación viajaron a Washington todos los que podían comunicar algo más que los tres minutos presidenciales y protocolaras del lunes. Así que el miércoles Marcos Peña brindó su propia conferencia de prensa, de todas las intervenciones oficiales de estos días sin duda la más desencaminada.

Fueron 45 minutos de largas respuestas en que el Jefe de Gabinete se esmeró en transmitir tranquilidad y un par de ideas difusas: que ir al Fondo no significa que se repita la historia de todos los fracasos previos (lo más interesante que dijo, o que pretendió decir porque no lo desarrolló y la idea quedó medio confusa), y que el gradualismo seguía vigente. Podría haberlo explicado en unos pocos minutos. En las conferencias de este tipo, a diferencia de los programas periodísticos, las respuestas cortas y claras en general le ganan en eficacia a los argumentos que se estiran como chicle. La falta de práctica puede que le haya jugado también una mala pasada a Peña, pero si además se tenía presente que no se iban a hacer anuncios, no se entiende cómo se decidió jugar esa ficha con tan poca preparación, en medio del debate parlamentario por tarifas y con casi todo el equipo económico en Washington. ¿No hubiera sido mejor prepararlo bien, contar con una mínima explicación técnica de lo que se pretendía hacer con los recursos que se pidieran al Fondo, hilar las varias cuestiones que se habían ido anunciando en los días previos, ordenar al menos el escenario? Como fuera, el efecto fue en el mejor de los casos, nulo. Y dejó un sabor amargo: habrá que seguir esperando para que la comunicación oficial deje de ser parte del problema y pase a serlo de la resolución de la crisis.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/5/18

Posted in Política.


Ventajas y desventajas de volver cuanto antes al Fondo

Era una posibilidad que se barajaba desde hace tiempo. Cada vez que se la mencionaba los miembros optimistas del equipo de Macri decían que no hacía falta, que conllevaba un alto costo político, que solos se las iban a arreglar. Y claro, todo eso cerraba mientras en los mercados voluntarios encontraran quien le sonriera al plan oficial y abriera su billetera.

Como dejó de haber sonrisas y empezó a cundir el pánico el ala optimista tuvo que recapacitar. ¿Tal vez debió hacerlo antes? Puede ser: desde que cambió la conducción de la Reserva Federal y quedó claro que no iba a esperar ni un minuto para subir las tasas, anticipándose a una eventual suba de la inflación era claro que Argentina iba a sufrir, y o bien insistía con la austeridad y las tasas del Central al mango, o intentaba algo más. Como fuera, el pesimismo de la Reserva Federal liquidó las pocas chances que desde un principio tenía el optimismo de la Casa Rosada.

¿Cuán costoso fue que se siguiera esperando sin hacer nada o casi nada los últimos dos o tres meses, insistiendo con una meta de inflación poco creíble, con tasas de interés tan ineficaces como insustentables?

El costo para las reservas del Central fue importante, y también para la confianza en la capacidad de las autoridades de resolver los problemas (y más todavía para anticiparse a ellos).

Pero el haber experimentado el susto de una corrida fue aleccionador y hasta necesario no solo para esos funcionarios, siempre propensos a imaginar solo los buenos escenarios. También lo ha sido para una parte importante de la sociedad, y hasta puede que lo sea para algunos opositores. Cuando los argumentos no alcanzan suele pasar que no queda mejor nutriente de la prudencia que el miedo al caos.

Tras la experiencia de los últimos días quedó en claro que el país necesita preservar sus escasos recursos de gobernabilidad económica. Cuyos titulares son unos señores tal vez no tan avispados como ellos creen, pero tampoco del todo inútiles ni responsables de todos nuestros males como se ha venido repitiendo en los últimos días (y no sólo desde la oposición más virulenta). Y que para salir del brete en que están tienen pocas opciones a la mano: o hacen un ajuste mucho más duro del hasta aquí intentado, o toman prestado de quienes todavía están dispuestos a prestarnos, los organismos financieros internacionales.

El gobierno igualmente recibirá críticas por “ceder una vez más soberanía”. Pero es difícil que esa opinión se vuelva mayoritaria si se explican bien las alternativas y sobre todo si se logra que las exigencias del Fondo sean moderadas. Es decir, que el ajuste no sea mucho más duro de lo que ya se estaba viviendo con las tarifas.

Para lograr esto último también la crisis de estos días, y la velocidad con que se decidió cambiar de prestamista a raíz de ella, pueden facilitar las cosas: de haber seguido esperando es probable que el gobierno hubiera consumido muchas más reservas y perdido del todo credibilidad, tanto interna como externa, así que un giro como el que ahora se intentará hubiera requerido un entero cambio de gabinete, más devaluación y dar por perdidos el crecimiento y la batalla contra la inflación en 2018.

Los opositores llamados “dialoguistas” de todos modos serán renuentes a una discusión sensata de alternativas o a considerar “lo que se evitó” mientras estimen que su prioridad es expresar el malhumor social en auge. Clima en que es razonable que insistan con sus críticas al programa económico, también que las adornen ahora con argumentos nacionalistas y las enfoquen no sólo en las tarifas, sino en ponerle límites a la toma de deuda, en lo que viene insistiendo el kirchnerismo desde hace tiempo.

Pero también es probable que esa agenda quede en mayor medida que antes encapsulada en el Congreso: salvo Rodríguez Sáa ningún gobernador querrá repetir lo de sus predecesores de los años ochenta y rezar, como ante Alfonsín, “Patria querida dame un presidente como Alan García”: ya se sabe cómo terminan esas cruzadas nacionalistas, no hace falta siquiera refrescar la memoria de la experiencia peruana del final del mandato de García, basta ver lo bien que defiende la soberanía venezolana el chavismo, eso sí, mientras repudia cada dos por tres al Fondo y sus programas de crédito. Y además: ¿no les convendría a los opositores cuidarse esta vez de atar su suerte a pronósticos pesimistas, no vaya a ser que queden pedaleando en el aire si el gobierno encarrila las cosas y el malhumor en unos meses remite?

Contra esa invitación a practicar un optimismo moderado juega, sin embargo, el muy mal historial que Argentina tiene con el Fondo Monetario. ¿Podrá Macri evitar que se repita la historia de los muchos programas de financiamiento que el país firmó con el FMI pero no cumplió, y que dieron lugar a otros programas más abultados, con nuevas exigencias de ajustes y reformas, que tampoco se cumplieron, o en lo que se cumplieron no funcionaron, y tanto por una cosa como por la otra finalmente desembocaron en crisis más graves que las que se pretendía evitar en un principio?

Este es, finalmente, el mayor desafío que va a tener desde ahora el Ejecutivo. Aunque en cierto sentido era ya el que tenía desde un principio: lograr que el financiamiento que consiga se use para hacer los cambios que hacen falta, no para evitarlos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/5/18

Posted in Política.