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Cayó la pobreza, ¿porque el rumbo es el correcto o porque se demoró el ajuste?

Los datos fueron de por sí sorprendentes: en el espacio de un año, entre diciembre de 2016 y diciembre de 2017, 2,7 millones de personas dejaron de ser pobres y 610.000 de ser indigentes.

Y además se presentaron en un contexto que los volvió aún más sorprendentes: cuando la mayoría cree que el gobierno está fallando en el frente económico, las expectativas positivas caen, en particular respecto a la baja de la inflación, la mejora de los ingresos y el empleo. Todos los factores que ahora parece, al menos hasta fin del año pasado, venían comportándose mucho mejor de lo pensado y explican la pobreza disminuyera tan fuertemente.

Entonces, ¿qué es lo que pasa?, ¿es que las estadísticas nos engañan? Sólo los más fanáticos y enojados de los opositores recurrieron a ese argumento.

La mayoría de los críticos optó por otra tesitura: sostuvo que eran datos viejos, porque desde diciembre a esta parte todo o buena parte de lo que había mejorado volvió a empeorar. Los ingresos volvieron a quedar retrasados respecto a los precios, volvieron a subir las tarifas, se puso en marcha la mal llamada “reforma previsional”, el sector público volvió a echar gente y lo mismo hicieron muchas empresas, el consumo por tanto se resintió. Así que como mucho esos datos tan positivos estarían hablando de una efímera burbuja de relativo bienestar armada para las elecciones legislativas vía la demora de medidas impopulares, que se tomaron una tras otra sin pestañear tras el triunfo oficial.

El oficialismo sin embargo tiene otros datos en sus manos que refutarían esta visión de las cosas: para empezar, el hecho de que el crecimiento no se habría detenido sino al contrario, incluso entre enero y febrero se habría acelerado. Sobre todo porque los meses con que se compara, comienzos de 2017, todavía eran muy malos. La construcción por ejemplo, en comparación con un año atrás, estaría creciendo por encima del 15%, y es el sector que más empleo crea. Eso no puede ser todo obra pública, e indicaría que al menos en ese rubro la inversión privada también crece fuertemente. Puede que lo haga creando sobre todo empleo precario, pero con el ritmo que viene se explica también que los ingresos en este rubro estén subiendo todavía por encima de los bastante altos índices de precios al consumidor. Y lo hacen indiferentes a los bastante módicos aumentos acordados entre la UOCRA y la patronal, simplemente porque falta mano de obra calificada.

¿Alcanza con eso para darle la razón al presidente en su pretensión de que lo peor ya pasó, estamos saliendo del túnel y se está comprobando que el rumbo económico era el correcto? En parte puede que sí: parece que eso del “gobierno de ricos que beneficia sólo a los ricos” y nos condena al resto al hambre y la exclusión no se estaría verificando. Aunque tal vez convenga no exageren ni se apresuren a descorchar champán. El gran desafío de la gestión para este año es que el crecimiento no se resienta cuando se encaren las medidas que efectivamente se han venido demorando y son imprescindibles para bajar en serio la inflación, reducir el ritmo de endeudamiento del sector público, aumentar la capacidad exportadora y bajar el déficit comercial (financiado también con deuda). Y nada de eso es sencillo ni está asegurado.

Los aumentos de tarifas de gas, transporte y peajes anunciados en estos días van en ese sentido pero no bastan para cerrar la brecha entre ingresos y gastos del Estado, y en cambio si probablemente alcancen para acelerar otra vez el ritmo inflacionario. La corrección del tipo de cambio operada en los últimos meses mejoró la rentabilidad de algunos sectores productivos, pero también aceleró la inflación.

La manta en suma es corta, muy corta. Lo que se gana por un lado se pierde por otro, y cuando llegue el invierno vamos a tener o bien preocupaciones crecientes porque la inflación tarda en bajar y el tipo de cambio sigue subiendo y no ayuda, o señales de alarma porque la toma de deuda continúa, el dólar volvió a quedar retrasado y en vez de aprovechar la reactivación de Brasil seguimos exportando demasiado poco de demasiadas pocas cosas.

Claro que hacer algo muy distinto está fuera de las posibilidades del oficialismo. Por más que los economistas ortodoxos y más liberales insistan en que el gradualismo se parece cada vez más a un pantano, el gobierno seguirá proclamando que por esta vía algo se avanza, mientras que con cualquier otra receta tendría muchos más problemas y en lo inmediato menos resultados que mostrar.

Los datos de pobreza ahora en sus manos vuelven más difícil refutarlo. Y si logra que por lo menos no empeoren a lo largo de este año puede que las expectativas vuelvan a acompañarlo. Finalmente no es que el malhumor y el pesimismo han nutrido al bando opositor, sea por derecha o por izquierda, sino que engrosaron el de los impacientes, ansiosos y cansados. Todas dolencias relativas, que con un poco más de activismo gubernamental, un poco más de tiempo y distancia con las medidas impopulares y tal vez una dosis algo mayor de argumentación tranquilamente pueden quedar atrás.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/3/18

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Esteban Bullrich y el “PRO gurka” que el debate por el aborto activó

Como ministro de Educación no aportó demasiado, pero ahora como vocero más activo y entusiasta del bando anti aborto del partido del presidente está dando que hablar, y no precisamente por buenos motivos.

Sus intervenciones sobre el tema carecieron desde el comienzo de toda moderación. Habló de “asesinato” en reiteradas ocasiones, ignorando que la ley argentina no considera que interrumpir el embarazo sea en ningún caso igual a matar a una persona, y que en distintas circunstancias hasta permite hacerlo. Y no sólo en los de violaciones o riesgo de muerte para la madre: ¿no deberían estar prohibidos el DIU y la píldora del día después si lo que dice Bullrich es cierto? Aunque tal vez sea que él quiere cambiar todo eso para que cualquier persona que aborte o colabore en un aborto, por ejemplo en un acto tan nimio como contrabandear una droga de las hoy aquí no autorizadas, pase treinta años en prisión. Se refirió también a quienes respaldan la idea de la despenalización como promotores de la muerte, llevando al límite la descalificadora y virulenta contraposición que el bando autodenominado “pro vida” ya de por sí cultiva. Y ahora directamente dio voz a un embrión amenazado por una madre que no lo quiere, en un largo poema que si es efectivamente de su autoría además de escaso talento literario revela un alma bastante oscura y propensa a la desmesura.

Yo te amo mamá (como nadie lo hará)
Indefensos silencios que callan,
adentro del castillo hecho panza. 
Vulnerables ojitos que no ven,
la tormenta que le aproximan a su piel. 
Sonrisa muda de alegría,
pese a sentir que en breve se le irá su vida…. 
Mejillas suaves hechas para besar,
no conocerán los labios de su mamá. 
….Tanto amor y deseos de abrazar, 
serán mutilados y en sangre se ahogarán. 
Te amo mami no me dejes,
….Mi mamá no me mimará,
aunque yo la amaré siempre en su eternidad.…
Tu hijito por siempre.

Es hasta lógico que los católicos piensen que el alma humana se crea y habita el cuerpo ya antes del nacimiento. Pero sus esfuerzos por darle sustento científico a esa idea (el argumento de que hay vida desde la concepción) y más todavía eficacia jurídica no tienen demasiado futuro. ¿Alguien cree que si la despenalización no prospera, como es lo más probable, al día siguiente va a ser más eficaz que antes su prohibición, va a ir alguien a prisión o la gente que lo desee, incluido un muy amplio número de católicos, va a dejar de abortar? El efecto más notable de la discusión habrá sido de todos modos muy otro: que no sólo hay que olvidarse definitivamente de las invitaciones a praticar la castidad, o a tener hijos para ver si luego logramos darlos en adopción, sino que hasta a los más reaccionarios les resultará inevitable tolerar algo más de educación sexual y promoción de la salud reproductiva. ¿Será que Bullrich no está siquiera dispuesto a salidas transaccionales de ese estilo? ¿Es un problema suyo o actúa como vocero de un sector más o menos amplio de la base social y política del gobierno?

Es probable que algo de esto esté pasando y entonces el problema político que el ex ministro de Educación expresa o adelanta sea mucho más complicado: la activación de un sector de derecha dura, que hasta aquí venía bastante acotado en términos de espacio de expresión e influencia, y al que tal vez el debate por el aborto pueda estar ofreciéndole una inesperada oportunidad para dar un salto adelante.

Las movilizaciones recientes con gran asistencia de público pueden ser una señal a este respecto. Y si la cuestión se cierra con un triunfo legislativo no es descabellado imaginar que esas posiciones se consoliden y abroquelen, algo que en otros terrenos no lograron, ni tenían visos de poder lograr: afortunadamente no fue el caso en la cuestión de las violaciones a los derechos humanos, ni tampoco en términos de mano dura represiva, pese al episodio Chocobar y a todos los improperios que suelen lanzar contra el gobierno los más críticos en esos terrenos y que dan por supuesto que su verdadera convicción al respecto es, de tan siniestra, inconfesable; tampoco sucedió en el frente económico donde el gradualismo y la moderación siguen imperando ampliamente frente una minoría de ortodoxos ajustadores con poco arrastre en la opinión, incluso la empresaria. Sería sin duda paradójico que frente a tal panorama, finalmente sea el propio vértice del Ejecutivo el que, al habilitar el debate por el aborto, termine facilitando las condiciones para una radicalización por derecha, que en frentes más peleados e inescapables logró hasta aquí evitar, pero en uno elegido a voluntad se le escape de las manos.

Está, claro, todavía a tiempo de evitarlo. Lo que no depende tanto de lograr que el senador Bullrich deje de hacer papelones, como de que la gestión tome la iniciativa en terrenos que hasta aquí más bien despreció, y ella misma ha vuelto centrales, como los mencionados de salud reproductiva y educación sexual en escuelas y hospitales. Y también de evitar un eventual efecto contagio: no es culpa de nadie en particular que un tema como el aborto desate pasiones y expresiones del estilo “yo soy la vida, vos sos la muerte”; mientras eso no contamine otras áreas de la agenda puede que los consensos moderados y el privilegio de las soluciones consensuadas no se vean mayormente afectados, y el oficialismo logre preservar esos equilibrios que tan útiles hasta aquí le han resultado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/3/18

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Carlotto, entre el equilibrio y el insulto

Como todos los 24 de marzo, quienes se arrogan la memoria de la última dictadura, y en verdad de todo nuestro pasado en común, invirtieron un gran esfuerzo para ofrecer masivos actos de conmemoración.

Es un rito que refuerza su identidad y ellos creen que los legitima ante la sociedad. Aunque esto último es muy discutible, porque lo cierto es que es una minoría la que les reconoce ese rol de guardianes de la memoria. Minoría que se ha achicado además tras los papelones acumulados bajo el ciclo kirchnerista y que se agravaron incluso bajo el macrismo, con el abuso alevoso de sus banderas para enaltecer a líderes políticos de su simpatía y despotricar contra los contrarios, incluyendo falsas denuncias como en el caso Maldonado.

Actos militantes como el visto en esta ocasión difícilmente alcancen para revertir esta deriva. Incluso pueden agravarla cuando en ellos vuelve a insistirse con la misma retórica, los mismos abrazos entre conmilitones, los mismos insultos a los que no son del palo.

En la ocasión había motivos para que el tono fuera un poco más virulento que otras veces. El más inmediato fue la liberación de Zannini y D`Elía, que se vivió en el sector kirchnerista como una reivindicación, y así lo quisieron hacer pesar con aplausos y abrazos arriba del palco, mientras se insultaba al gobierno y al presidente con toda la munición conocida.

Pero el motivo más grave fue la discusión que estalló hace unas semanas respecto a si corresponde o no que los presos por delitos de lesa humanidad, cuando cumplen con las condiciones que marca la ley (tienen más de 70 años, enfermedades graves, etc.) pasen a prisión domiciliaria.

Como Graciela Fernández Meijide osó argumentar que a ella no le simpatizaba esa posibilidad pero había que respetar el principio de igualdad ante la ley, ya varios de los referentes más fanáticos del “movimiento de derechos humanos” le habían saltado a la yugular. Nora Cortiñas cruzó una raya de mínimo sentido moral cuando le espetó que lo lamentaba por el hijo desaparecido de Fernández Meijide, insinuando que esta lo estaba traicionando, que era una “mala madre”. Tal vez no advirtió que replicaba el nefasto argumento con que bajo la dictadura y también después muchos le reprochaban a las madres de plaza de mayo ser responsables indirectas de las desapariciones: todas ellas habían sido supuestamente “malas madres”, porque no habían mantenido a salvo a sus hijos, no los habían alejado de malas influencias. De tanto luchar contra algo al final a veces se termina uno pareciendo a lo que combate.

Las respuestas de otros referentes de los “organismos” sobre el tema de la prisión domiciliaria no fueron tan virulentas, pero tampoco fueron precisas. Estela de Carlotto cerró su intervención en el acto llamando a luchar contra una posible ola de “liberaciones”. “Ni un paso atrás, ni un genocida suelto” gritó. La invocación es tramposa por varios lados; primero, porque la prisión domiciliaria no es una liberación. El equívoco entre una cosa y la otra lo cultivaron en los últimos días varios referentes del sector, comparando esta cuestión con el 2 X 1, y dando a entender que el gobierno estaba trampeando informes médicos para lograr por otros medios lo que supuestamente había intentado el año pasado con ese fallo de la Corte Suprema. Pese a que fue el propio oficialismo el que terminó revirtiendo ese fallo, como se recordará, al hacer aprobar una norma que diferenciaba la situación de los presos de lesa humanidad de la del resto de los detenidos.

¿Estuvo justificado dictar esa ley discriminatoria por la gravedad de los delitos cometidos por esos reos? ¿Y además aplicarla retrospectivamente, pese a lo arbitrario de cambiar las normas mucho después de los hechos e incluso de concluido un juicio? Es discutible. Tal vez lo que se viene es otra norma parecida para las prisiones domiciliarias, que haciendo un poco la vista gorda se aplicará de nuevo retrospectivamente, y que limitará un poco más el criterio de igualdad ante la ley.

¿Será lo correcto? Quién sabe. Pero tal vez lo más importante sea otra cosa: ¿quedaría con eso satisfecha el ansia de los referentes de los “organismos” de ver a los genocidas recibir todo el peso de la ley, y hasta un poco más? Seguramente no. Porque igual llegará el momento en que alguno de esos presos termine su condena y sea liberado, y ¿entonces qué dirán, que es un nuevo retroceso en la lucha por la Justicia? ¿Hay forma legal de asegurar que, como llegan algunos a soñar en voz alta, “todos mueran en prisión”, de eso se trata toda esta “lucha”?

Si uno no sabe cómo terminar bien esta batalla por la memoria y la Justicia es porque no tiene claro para qué la empezó. Y eso es lo que nos está pasando. Las víctimas no tienen por qué resolver este asunto, pese a que ellas han sido protagonistas importantes en el impulso a los juicios, porque no tienen por qué ser razonables-. Por eso mismo no es razonable que el sistema judicial y la vida política de un país se guíe con sus criterios de justicia.

Porque es evidente que para cualquier familiar de la víctima de un crimen, y mientras más grave el crimen peor, va a ser insoportable que por el motivo que sea el castigo a los responsables se acote. Pero a menos que reintroduzcamos la pena de muerte, en nuestro sistema penal, todos los castigos son y seguirán siendo limitados y se supone que están pensados finalmente para la reinserción social del reo. ¿Entonces qué hacemos, ponemos a estos reos especiales del todo fuera de la ley común?

Siempre me asombró que los familiares no hayan buscado justicia por mano propia. Es un gran mérito. Del que Carlotto suele hablar y hace muy bien. La vendetta estuvo ausente. Quienes despotrican (despotricamos) contra los vicios en que han incurrido los referentes de ese sector deberían atender a ese hecho, que habla de la búsqueda de equilibrio, de vías institucionales y de soluciones regladas. El problema es que tal vez ese meritorio esfuerzo siempre estuvo en pugna con la condición de víctima y su conciencia. Y cada vez que los límites se han hecho palpables, parece que la sangre es la que termina imponiéndose.

Le pasó justamente a Carlotto este 24. En el palco estuvo medida, mantuvo el tono de su entrevista con la gobernadora Vidal, habló apenas del gobierno, se centró en la tarea de las Abuelas, etc.. Pero apenas bajó del palco dio una entrevista con C5N que careció de cualquier viso de racionalidad, en la que dominó el odio y el insulto: como Macri “no nos quiere”, nosotros tampoco a él, es “nefasto”, todo lo que hace está mal hay que combatirlo, fin del asunto. La política de derechos humanos no se puede seguir haciendo desde ese discurso ni desde los rechazos que él genera en buena parte del resto del país.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/3/18

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Una guerra política con la Justicia como teatro

Como no pueden por ahora vencerlo, los peronistas que aún ejercen un poder institucional relevante, los senadores de Pichetto y los jueces federales de esa extracción (y también varios de los supremos), bajo la mirada distante pero esperanzada de los gobernadores, han venido ofreciéndole una vía para que se conforme con lo mínimo.

Una suerte de abrazo del oso: tenerlo lo más cerca posible, permitirle que logre algunas cosas de las que se propone, pero se desgaste y desista de las batallas más importantes. Varias de las cuales apuntan directamente contra esas bases de poder de la oposición.

Así hicieron en el trámite del paquete de cambios fiscales, previsionales y laborales a fin del año pasado. Fue entonces, por suerte para el oficialismo, que sonaron las alarmas. Los más optimistas, quienes habían empujado un acuerdo rápido con los gobernadores y a través suyo con los senadores ahora llamados “federales”, llevaron al gobierno a pagar más de la cuenta y a fracasar en varios de los proyectos que buscaban aprobar, por ejemplo el laboral. Así que tomaron la voz cantante los prudentes: mejor ir sobre seguro y sólo recurrir al Congreso cuando fuera imprescindible y se pudiera garantizar el éxito a costos razonables, nada de seguir repartiendo plata a tontas y a locas.

El Ejecutivo ofreció a continuación otra agenda legislativa, una que pudiera sortear aunque más no fuera parcialmente esa mezcla de colaboración y bloqueo, rompiendo con los alineamientos que de última ponen siempre al oficialismo en minoría. Y así entraron una serie de temas transversales, el aborto el más resonante, aunque no porque al gobierno sea el que más le interesa.

Este aprendizaje ha tenido un costado judicial. El Ejecutivo se desayunó algo tarde que los jueces de Comodoro Py estaban dispuestos a ofrecer espectaculares prisiones preventivas en casos de corrupción, pero no investigaciones demasiado rápidas y sólidas. Bajo la atenta mirada, de nuevo, de Pichetto y los suyos, iban a manejar los tiempos y alimentar o frustrar las expectativas de cambio según su conveniencia. Y lo mismo iba a hacer la Corte cuando le tocara decidir sobre esos casos, como sucedió ya con el de la propia Cristina Kirchner, a la que todos ellos quieren bien lejos y en el olvido, pero no necesariamente presa.

Así que es bastante lógico que el gobierno haya decidido finalmente cambiar también su política en esta materia. Lo que difiere es la naturaleza de la respuesta: más que escaparle el bulto a la pelea, para ahorrar recursos mientras se gobierna “con las leyes que hay” como han dicho van a hacer todo este año y tal vez también el próximo frente al Congreso, frente a los tribunales Macri parece haber reaccionado como ante los empresarios y los sindicalistas.

La idea podría resumirse en una frase como esta: “¿me quieren poner límites usando su poder corporativo?, bueno, les subo la apuesta, soy yo quien polariza trazando una línea que les va a costar cada vez más franquear entre quienes colaboran con el cambio y los que quieren frustrarlo, ¿a ver cómo les va con eso?”.

La postulación de Inés Weinberg de Roca, integrante del Superior Tribunal de Justicia porteño, para encabezar la Procuración es el gesto hasta aquí más fuerte que expresa este giro. Rompe con la ambigüedad en la materia de un oficialismo que hasta aquí tuvo varios grupos de operadores judiciales más o menos en pie de igualdad, al ubicarse el presidente más allá incluso de lo que aspiraban a cambiar los que tal vez sólo por su diferencia con los “prudentes” corresponde llamar “optimistas” o “reformistas”.

¿Va a funcionar? ¿Se va a salir Macri con la suya, logrará que el pliego de Weinberg sea aprobado en el Senado? Probablemente sí, los senadores de oposición van a tener difícil objetarla después de haber votado a Gils Carbó. ¿Alcanzará con eso para empujar un vuelco en jueces y fiscales hacía la colaboración con el cambio? Es más difícil decirlo. Como en el caso del empresariado, tal vez las voces más resistentes se acallen un tiempo. Personajes como Farah y Ballestero puede que se manden a guardar. Pero difícil pensar que cambiarán de actitud, ni mucho menos que abandonarán la pelea. Y los que están en la zona gris tal vez sigan dudando, ¿para qué correr riesgos, si esta es una guerra de muy largo aliento y aún cuando finalmente Macri se imponga y haga avanzar el tren del cambio, va a necesitar de casi todos ellos para poblar los vagones de atrás. Por más que hayan esperado a último momento para subirse en ellos.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 22/3/18

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Cristóbal, Lascurain y qué deben cambiar los empresarios argentinos

Acaban de procesar al ex presidente de la UIA y actual jefe de su rama metalúrgica, Carlos Lascurain, por su participación en la evaporación de unos cuantos millones en el pozo sin fondo de la corrupción que fue durante el kirchnerismo la mina de Río Turbio.

Mientras, Cristóbal López disfruta de unos días de libertad, pero si soñaba en un regreso triunfal ya tuvo tiempo de desasnarse: el gobierno apelará el cambio de carátula insólitamente decidido por Ballestero y Farah y anunció que hará todo lo necesario para mantener las causas contra él en el fuero penal, en tanto la Justicia intervino Oil Combustibles por irregularidades de los administradores que López había dejado a cargo, desarmando su estrategia de “salida con bajo costo” del grupo Indalo. Encima el juez Farah quiso dar explicaciones sobre su fallo y se embarró más de lo que estaba: “no cobré un peso” declaró. Si hacía falta aclararlo es porque está en problemas.

Con ritmos y cursos diversos, lo destacable es que se ha abierto y se va a seguir ampliando el capítulo “empresario” de la revisión judicial de la corrupción, lo que equilibra un poco las cosas en línea con un reclamo social extendido: no sólo los funcionarios y políticos son responsables de este problema, también lo son quienes suelen quedarse con la parte del león de los negociados y acostumbran a reciclarse haciéndose amigos de cualquier poder de turno. Es cierto que a los otros los elegimos y por ello su pecado es doble, su traición no sólo a las leyes sino a la democracia agrava las cosas. Pero el daño que producen empresarios venales que actúan durante períodos mucho más extensos y en particular el efecto de su comportamiento sobre la economía de un país que arrastra serios problemas de empleo, pobreza y competitividad compensan bastante esa diferencia política.

Además en nuestro caso venimos de la frustración experimentada con el caso Odebrecht, que no dio ninguno de los frutos que se esperaba. Al contrario, parece haber quedado sepultado definitivamente en el olvido, abonando encima la tesis de que Macri no estaba para nada interesado en que los empresarios, sus pares finalmente, desfilaran por los tribunales. ¿Será que en los casos de López y Lascurain se avanza porque son kirchneristas y el develamiento de sus tropelías puede enchastrar sólo a ex funcionarios de ese signo? No deja de ser una pregunta legítima. Por más que el presidente haga esfuerzos por desmentirlo.

Algunos de esos esfuerzos fueron visibles en los últimos días. Estuvieron detrás, para empezar, de la batalla dialéctica que llevó al gobierno a chocar con la UIA y élusó para contraponer dos “modelos” empresarios.

De un lado, el de los que el ministro Cabrera definió como “llorones” que huyen de la competencia, no invierten y buscan enriquecerse gracias a privilegios asegurados por el Estado. No lo dijo expresamente pero se infiere de su argumento que entre esas vías espurias para “enriquecerse castigando a todo el pueblo” está la obtención de contratos opacos, precios políticos, mercados cautivos y demás canales por los que se “monetiza” la corrupción.
Del otro, los empresarios “auténticamente capitalistas” llamémoslos, que buscan ganar dinero produciendo cada vez mejor para mercados competitivos. Son estos los que Macri suele celebrar en sus discursos, y lo ha hecho también en los últimos tiempos en Expoagro (el sector agropecuario es el que más se acerca a sus ojos al ideal, al que los demás deberían imitar, y no le falta razón en ello), y al hacer referencia a los llamados unicornios, empresas de tecnología e internet que se han internacionalizado y tienen muy pocos vínculos con los poderes públicos, que no les interesa ampliar.

Al resto del empresariado Macri pareciera estar preguntándole: ¿a quién se quieren parecer?, ¿de qué lado del cambio se van a poner? El peligro que corre es no recibir la respuesta deseada. Por temor a los costos y riesgos que supone abandonar lo conocido, muchos más que los ya jugados en la corrupción y la captación de rentas políticas tal ve se inclinen por el statu quo, y si no resistan, al menos se nieguen a subir al tren de la innovación. La experiencia de cambios frustrados, especialmente perjudiciales para quienes más confiaron en ellos, es muy larga en nuestro país.

Es lo que sucedió en alguna medida con los grupos económicos mayormente rentistas de donde viene el propio Macri. Esos grupos habían crecido en áreas de baja o nula competencia desde los años sesenta, pero luego de la hiperinflación de fines de los ochenta abrazaron y promovieron reformas de mercado. Diez años después buena parte de ellos había tenido que vender sus principales activos a multinacionales, algunos cambiaron de rubro a tiempo pero otros lo intentaron y fracasaron. El famoso mercado los estaba dejando fuera de juego.

No les fue mucho mejor a las grandes empresas especializadas que desde fines de los noventa y sobre todo en la primera parte de los dos mil se abocaron a volverse competitivas sin interferencias políticas, en algunos casos lo lograron y se internacionalizaron, pero empezaron a quedar más y más marginadas de los mercados primero locales, y luego también de los globales, debido a las intervenciones cada vez más inconsistentes y destructivas del kirchnerismo entonces gobernante, que enriquecieron enormemente en cambio a los López y los Lascurain de este mundo.

Con esos antecedentes detrás, ¿por qué confiar ahora en el cambio?, ¿porque los ricos deberían tener más responsabilidad social y patriotismo?, ¿por qué exigírselo a ellos y no al resto de la sociedad? ¿Cómo no entender que en este marco el nacionalismo, el proteccionismo y hasta el anticapitalismo funcionen también en sectores empresarios como legitimaciones eficaces de la cuota de asistencia que creen merecer del Estado?

Lascurain sigue siendo al día de hoy presidente de ADIMRA, una de las cámaras empresarias más grandes del país, y si uno entra a la página web de esa asociación la primera cosa con que se topa es con una producción documental que con guión de Felipe Pigna ilustra sobre la historia del sector y de la industria en general en clave fanáticamente populista: ¿no es una inconsistencia que los empresarios, algunos muy poderosos como el propio Lascurain, abracen estas lecturas de nuestra historia? Parece que no. Y que no lo han hecho sólo por oportunismo político, para congraciarse con los Kirchner, sino porque realmente creen que el mundo debe funcionar así.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/3/18

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Los “perseguidos” por la corrupción K ven la ocasión de reivindicarse

La liberación de Cristóbal López fue la frutilla de un postre que comenzó a gestarse con la salida de la cárcel de Amado Boudou, ya semanas atrás. Los encausados creen que les llega la hora de la reivindicación, porque sus delitos son muy difíciles de probar, o porque sus abogados encuentran finalmente la forma de trabar los procesos, o porque intervienen jueces como Ballestero y Farah de la Cámara Penal (nota aparte: ¡qué inoportuna terminó siendo la salida de Abad de la AFIP, que seguro envalentonó a estos dos sobrevivientes de lo peor de nuestro sistema judicial!). Y se entusiasman unos a otros con frases grandilocuentes: “no estuve preso, fui secuestrado” dijo el ex dueño o todavía dueño o vaya a saberse si es dueño de lo que no se sabe ya si sigue existiendo y hasta hace poco se conocía como Grupo Indalo.

Apuestan también a que la sociedad, que esperaba un cambio en este terreno, que por primera vez aunque sea algunos poderosos paguen por el saqueo de las cuentas públicas, haya tenido tiempo ya de cansarse y resignarse (“todo sigue igual, el sistema los protege”), y que un gobierno demasiado ocupado en otros menesteres, incluido el de defenderse de las acusaciones de tener entre sus filas unos cuantos pillos, esté perdiendo también la capacidad y la legitimidad para impulsar la acción de la Justicia.

En esto tal vez no se equivocan demasiado. Las encuestas muestran que así como crecieron las preocupaciones por la economía cayó el interés por temas de corrupción, y encima se empareja la visión al respecto sobre el oficialismo y la oposición: “son todos iguales” y “esto no va a cambiar” son como se sabe dos caras de la misma moneda.

Ahora que, de ahí a que vaya a haber oportunidad para que los protagonistas estelares de la corrupción kirchnerista logren ser vistos como perseguidos hay una enorme distancia. Para la mayoría de ellos no hay vuelta atrás, y no sólo porque el grueso de la sociedad ya los considera culpables, y porque el resto del sistema político, salvo el ya marginal kirchnerismo, los trata como leprosos que hay que mantener alejados, sino porque hasta desapareció la solidaridad mafiosa entre ellos.

El otro día se conocieron nuevas escuchas telefónicas a Oscar Parrilli, y en una en que conversa con Boudou hay un pasaje revelador: le pide que no la mencione mucho a Cristina. ¿Habrá sido ocurrencia suya o un pedido de la señora que al “mirá que sos pelotudo” no se le ocurrió mejor idea que transmitir por teléfono? Como sea, lo interesante del caso es cómo hasta el muerto toma distancia del degollado.

Además, así como de la ridiculez, es difícil volver de la ignominia. El caso de Cristóbal López es gráfico a este respecto. Fue sin duda el mayor beneficiario de la década ganada en el mundo empresario y de pronto se encontró que había perdido todo, la plata, la mina y estaba entre rejas. De nada le habían servido los millones que invirtió durante años en campañas de instalación pública para ser aceptado como “uno más” de los dueños de la Argentina. Tampoco los millones que escamoteó al Estado para financiar medios de comunicación, con los que primero defendió a Cristina, después promovió a Scioli para la sucesión y al final quiso apretar o negociar o lo que fuera necesario con Macri. Nada de eso importó. Su enorme imperio de más de setenta compañías se derrumbó en espacio de unos meses por su propio peso, y como en el caso del Al Capone original, por la muy elemental y pedestre acción de un grupo de sabuesos impositivos.

También el ex magnate k al salir de prisión invocó a la ex presidenta en su defensa: “todo lo que huele a Cristina debe ir preso” dijo. En cualquier momento recibe una llamada y una recomendación de Parrilli de no insistir con esas asociaciones.

López cumple así, en el frente empresario, un rol equivalente al que desempeña Boudou en el político: una espectacular trayectoria de la gloria al inframundo, con los suficientes toques de patetismo para que ninguna agachada de jueces venales, ni error oficial ni gambeta de abogado puedan disimularla. En lo fundamental, porque los personajes que montaron resultaron demasiado truchos para sobrevivir fuera de la protección mafiosa desde el Estado.

Mientras tanto, Scioli y Lascurain avanzaron en estos días varios casilleros por ese mismo camino. Pasada ya la ola de prisiones preventivas más espectaculares que efectivas, puede que el recorrido lo padezcan desde sus casas. Pero no con mucha más fortuna, por más que saquen pecho y también ellos hablen de persecución y cosas por el estilo. Dado que el modelo fue siempre el mismo, el saqueo sistemático confiando en que la fiesta iba a continuar, que nunca iban a tener que enfrentar una investigación desde la intemperie del llano. Y bueno, ahora se ve que no les convenía ser tan optimistas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/3/18

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Macri y el peronismo aceleran sus cronogramas electorales

El oficialismo ya tiene su hoja de ruta: el plan es garantizar la reelección de los tres principales cargos que ejercen, en las figuras de Macri, Vidal y Larreta, y concentrar esfuerzo s en el interior seleccionando las provincias más fáciles de conquistar, Santa Cruz, Entre Ríos, Córdoba, La Pampa, tal vez Santa Fe, Tucumán y alguna otra.

El anuncio se hizo la semana pasada en simultáneo con el relanzamiento del PRO, en una suerte de reconocimiento de los promotores de la “nueva política” a los albaceas de la vieja en cuanto a que finalmente las cosas seguirán siendo más o menos como fueron siempre: hacen falta candidatos en todos los pueblos, aparato territorial, maquinaria de fiscalización y un poco, aunque sea una pizca, de identidad partidaria para mover todo eso junto en la misma dirección. También se hicieron en la ocasión algunas concesiones a los aliados: se sabe que en varias de las provincias donde Cambiemos puede ganar en 2019 sus referentes más destacados son radicales, no se lo dijo expresamente pero se dio a entender que el PRO acepta esa realidad y no va a apostar por batallas imposibles simplemente porque los candidatos sean suyos.

Para no ser menos también el peronismo se lanzó a hacer músculo en estos días. Sólo que en su caso no hay una hoja de ruta sino varias, en competencia, y no está claro cuándo ni cómo se va a imponer una.

Encima las señales que la principal oposición recibe de la sociedad no son muy halagüeñas, y peor todavía, lucen contradictorias. Para empezar, porque la caída de imagen del gobierno no los ha favorecido, al contrario, también ellos caen: como si el hartazgo de buena parte de la sociedad con ciertos hábitos a los que está muy asociado el peronismo siguiera profundizándose pese a que quedó atrás ya la luna de miel con Macri. Lidiar con este “antiperonismo por cansancio” parece ser hasta más difícil que hacerlo con el “antiperonismo del resentimiento” que campeaba décadas atrás, y que hoy sólo cultivan los más fanáticos del macrismo.

Y el problema se agrava si se observa qué tipo de liderazgo está buscando el electorado que no acompaña al gobierno. Dos encuestas conocidas en los últimos días que muestran tendencias contrapuestas así lo ilustran.

Una consagra a Urtubey, gracias a su moderación, como el mejor candidato presidencial opositor para 2019. Aunque sacaría en primera vuelta menos votos que Cristina, que Massa y hasta que Rodríguez Saá, es el único que podría forzar un ballotage porque sortea la polarización y minimiza el voto “antiperonista” que empuja a Macri hacía arriba cuando tiene enfrente a cualquiera de los otros candidatos. Conclusión, a nivel nacional la moderación tal vez se termine imponiendo, y con ella el plan A de Pichetto y Urtubey, dejar fuera del armado a Cristina y su acólitos.

Pero la otra encuesta, exclusivamente bonaerense, da las señales opuestas. La imagen pública de Cristina cayó bastante después de octubre en la provincia, pero desde que en diciembre Macri entró en un cono de sombra se recuperó parcialmente. Conclusión, sigue funcionando la polarización entre ella y el presidente en el principal distrito del país, y por lo tanto Cristina podría todavía el año que viene bloquear allí los intentos del peronismo renovador por desplazarla y obligarlo a aceptar la “unidad de todos”, es decir la inclusión del kirchnerismo blanco o presentable en las listas, alguna forma de convivencia y competencia vías las PASO. La ayudarían los muchos intendentes que apuestan a renovar sus cargos y necesitan para ello candidatos nacionales y provinciales que al menos no dispersen más de la cuenta a su electorado potencial, que no repitan en suma lo que pasó en octubre de 2017. El presidente del PJ distrital, Gustavo Menéndez, trabaja precisamente para lograr esa fórmula tendiendo puentes entre massistas, randazzistas y kirchneristas. Por ahora con poca fortuna.

Pero lo más importante, ¿cómo compatibilizar la situación nacional con la de Buenos Aires? Ese será el gran dilema a resolver, y el sistema electoral vigente no ayuda, porque en muchos otros casos los gobernadores van a cortar por lo sano desdoblando elecciones, como vienen haciendo desde hace años; pero en el bonaerense eso no está permitido. El oficialismo sabe perfectamente, por otro lado, que la simultaneidad de los actos electorales en provincia y nación es el principal reaseguro para sacar el máximo provecho de la figura estelar de María Eugenia Vidal, igual que hizo en 2015: ella puede a la vez garantizar la reelección de Macri y el avance de Cambiemos sobre muchos municipios hoy en manos del peronismo, sumando votos tanto por arriba y por debajo con su nombre en la boleta.

Lo que nos conduce a una última cuestión: ¿tiene algún sentido en este marco insistir con el voto electrónico, o con cambiar las PASO?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/3/18

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Una carta que abraza al Papa, por el aborto y sus errores políticos

Indiferentes a la grieta un conjunto de políticos argentinos de muy distintas banderías firmaron una carta de celebración y apoyo por los cinco años de papado de Francisco que se acaban de cumplir. La misiva expresa admiración por su tarea en varios temas que han absorbido la atención de Francisco en estos años, habla también de la larga espera para que visite el país “que se producirá cuando sientas que es el mejor momento”, pero no hace alusión, claro, al tema que subyace a todas las discusiones de estos días sobre la relación entre la sociedad, el Estado y la Iglesia católica, la despenalización del aborto, respecto a la cual los firmantes tienen muy distintas posturas, y evidentemente es el motivo de que hayan decidido enviar este abrazo simbólico al Papa.

El gesto parece ser muy razonable y oportuno, pero ¿será eficaz? La pregunta no interpela tanto a los firmantes como al propio Francisco. ¿No ha quedado acaso en una posición cada vez más incómoda por no haber viajado a su país en estos años, y esa posición no ha empeorado encima ahora que la sociedad y la política argentina se internan en un debate profundo sobre la cuestión que menos quisiera él que se discuta? ¿No revela esta situación que un “Papa político” como él ha cometido ya unos cuantos errores políticos?

El sambenito se lo cargaron sus propios admiradores, así que no hay que descartar que a él mismo le agrade. Algunos que lo aprecian y quieren matizar dicen que “además de político es pastor”, así que no habría que reducir su papado a las intervenciones mundanas. Pero por cierto que estas abundan: casi no hay tema del que no haya opinado, en el que no esté interviniendo en forma polémica, economía, migraciones, conflictos armados, protección del medio ambiente, etc.

Puede que por eso de que “quien mucho abarca poco aprieta” Francisco ha enfrentado obstáculos serios para ser eficaz con muchas de estas intervenciones. Y lo más curioso es que estos obstáculos se concentran en los últimos tiempos y en América Latina, la región del mundo que se supone conoce mejor, y giran en torno a conflictos eminentemente políticos, frente a los que se manejó con una llamativa falta de cintura. El resultado ha sido en más de una ocasión que una Iglesia ya desde antes dividida se dividió aún más. Veamos los casos más llamativos.

El que se lleva las palmas es, claro, Venezuela. La apuesta por moderar a los chavistas resultó del todo inconducente. Maduro y su banda de gangsters populistas le tomaron el pelo a él y a sus emisarios durante años, mientras ganaban tiempo para sobrellevar la crisis económica, se procesaba la represión a las protestas y el ajuste social vía emigración y empobrecimiento. Y ahora, una vez quebrada la resistencia opositora, esa a la que el Papa despreció por años por considerarla expresión de los ricos y liberales, ya a nadie le importa el diálogo que pueda ofrecer el Vaticano, ni siquiera a la Iglesia venezolana, profundamente dividida y debilitada entre la desconfianza de la mayoría de los fieles y los reproches por no haber encontrado un rol menos equívoco que el de ir a los tumbos en medio del descalabro del país.

Tal vez Francisco se dejó llevar por el éxito que estaba teniendo al mismo tiempo en el caso de Cuba. Pero si fue así resultó de un grave error de apreciación: en Venezuela el castrismo está recién instalándose, así que no puede permitirse el lujo de una moderación, ni siquiera una simulada, que en cambio en la isla es posible, y ciertamente el Vaticano supo aprovechar, también porque Obama en sus últimos tiempos en la Casa Blanca estuvo dispuesto a hacer esfuerzos y correr riesgos en ese mismo sentido.

Le siguió el episodio chileno que reveló a falta de uno, dos problemas: la poca contundencia de su papado en la condena y el combate de los abusos sexuales por parte de sacerdotes, y el peligro de presentarse como un “cura de los pobres” cuando no es fácil conmover ni convocar a las masas desde una institución desgastada. Porque, ¿qué peor situación que la de un populista sin gente detrás? Y por cierto que en Chile se movilizó muy poca gente para asistir a sus misas al aire libre. Y las pocas palabras que dedicó a los casos de abuso fueron entre equívocas y lisa y llanamente disculpatorias, queriendo surfear el problema más que resolverlo.

Probablemente quiso repetir en este caso la experiencia que había hecho en México en 2016 con relativo éxito, con la ayuda de una Iglesia local más conservadora (tanto que sigue luciendo en el ingreso a muchas iglesias el rostro de Juan Pablo II, no el de Francisco) y abroquelada en una autodefensa corporativa que está bastante ausente en la chilena. Pero no le funcionó. Y de vuelta quedaron en evidencia problemas de diagnóstico, de tonos y tal vez de exceso de confianza en su capacidad de sortear problemas serios con poco más que palabras. De haberse hecho un poco más cargo de que lidera una institución con muchos déficits, con unos cuantos cadáveres en el placard y muy dividida respecto a cómo lidiar con ellos, tal vez no estaría sonando tan mal que pretenda enseñarle al resto del mundo cómo manejar los suyos.

Pero la frutilla del postre la ofreció en su propio país: haber demorado una visita durante cinco años contribuyó enormemente a un equívoco cada vez más problemático, en el que se extremaron los ánimos de sus adeptos populistas por aprovechar su ausencia para convertir su figura en expresión de todo lo que ellos sueñan, la condena del capitalismo de Macri, la exaltación de una supuesta guerra de clases entre ricos y pobres y hasta el repudio virulento del “sistema judicial” cuando persigue la corrupción de líderes “populares”. Mientras se enajenaba con equivalente eficacia la simpatía de muchos de los fieles más moderados y liberales, sobre todo pero no únicamente de las clases medias.

Encima todo empeoró desde que Macri destrabó el debate sobre el aborto, en el que no se sabe si el gobierno tiene algo que ganar pero seguro Francisco lleva las de perder. Porque si ya no vino ahora no se sabe si va a encontrar oportunidad conveniente para hacerlo hasta dentro de bastante tiempo. Y pierde si la ley se aprueba, porque su propio país aparecerá dándole la espalda, y también pierde si la ley es rechazada, porque a medida que el debate avanza está cada vez más claro que quienes se oponen son la mayoría del sistema político, no la mayoría de la sociedad.

Tal vez la opción por demorar un viaje a su país de origen en principio tuviera alguna lógica. Pero cuando la inesperada victoria de Macri sobre su hijo predilecto (el inconfeso abortista) complicó las cosas, le hubiera convenido acelerar en vez de seguir estirando los tiempos. ¿Por qué no cambió de actitud? Puede que también él haya pensado que el pueblo iba a terminar repudiando al intruso que aguó con su presencia la esperada fiesta de comunión. Mala idea. Y una que otra vez dejó expuesta su falta de cintura política y su condición de populista sin calor de masas. Peor ahora con la nueva agenda de derechos en danza: obligado a apelar a los representantes del statu quo, los senadores y diputados más conservadores, lo más rancio de la iglesia local, para imponer sus puntos de vista, ha perdido la iniciativa frente a esa Argentina laica que injustificadamente menosprecia, pero que se las está arreglando bastante bien para salir adelante.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/3/18

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¿Qué Estado quiere Macri? ¿Lo está consiguiendo?

Con los planes sociales, con el personal del Congreso y de la administración Macri está tratando de cumplir la promesa de que mejoraría la calidad del gasto público. ¿Lo logrará? ¿Cómo lidiar con las organizaciones de desempleados y promover en serio que sus asociados salgan de la pobreza? ¿Es posible romper la inercia que infla las plantillas en el Congreso y en infinidad de organismos? ¿Por qué los ajustes de personal en el Estado suelen hacerse muy mal?

El gobierno nacional ha encarado varias batallas simultáneas por mejorar la eficiencia del gasto social y en personal. En todos los casos se enfrenta con resistencias al cambio y también con debilidades de sus propias iniciativas. Por algo ha sido tan difícil en el pasado reformar el modo en que el Estado gasta su dinero, es decir el de todos nosotros: operan inercias muy poderosas, que terminan convenciendo a los reformistas que mejor dejar las cosas como están.

La más reciente iniciativa es tal vez la más ambiciosa: cambiar los planes sociales para asegurar una formación efectiva a los desempleados que los reciben y sacarlos del circuito que reproduce su condición, en el que participan en primerísimo lugar las llamadas organizaciones sociales. Grupos cuya prosperidad depende de que sus clientes sigan en la condición que están. Y por tanto crean mecanismos reproductores: cooperativas que necesitan permanente subsidio estatal, talleres de formación donde se puede aprender a hacer una silla pero no se aprende a integrarse al resto de la sociedad ni a buscar empleo en el mercado de trabajo. Y por sobre todas las cosas una gimnasia de movilización para conseguir más dinero público, más clientes por más tiempo. Esas organizaciones de desempleados e informales no sacan a mucha gente de la pobreza, lo que hacen es organizarlos y reproducir su condición, y quieren seguir haciéndolo, su propia lógica las lleva a ser básicamente conservadoras.

Obviamente, la CTEP de Grabois, Barrios de Pie y la CCC pusieron el grito en el cielo ante los cambios propuestos: la reforma contradice la Ley de Emergencia Social que el propio gobierno hizo aprobar en 2016 para salir del paso de la crisis heredada. En ese momento probablemente no se podía hacer otra cosa, pero si ahora Carolina Stanley logra avanzar con este plan más sensato de combate del círculo vicioso de la pobreza, y además el empleo privado crece, condición imprescindible para que cualquier política al respecto funcione, puede que efectivamente el Estado en vez de seguir alimentando el problema lo empiece a combatir.

La dificultad extra que se presenta es que hay más interesados en dejar las cosas como están, o al menos en no colaborar con la solución: muchos intendentes actúan también como jefes de organizaciones de desocupados, quienes reciben planes en sus distritos son sus clientes y mano de obra barata para tareas que los empleados municipales no hacen; además, gremios como el de la construcción suelen ver con malos ojos que las cooperativas dejen de hacer sillas y se conviertan en proveedoras de trabajo y servicios en su actividad. Stanley tendrá que convencerlos para avanzar.

Michetti y Monzó la tienen también difícil en la meta que se propusieron de lograr que el Congreso deje de ser un aguantadero de personal de la política de bajísima o nula utilidad social. Empezaron por lo básico, un control de asistencia biométrico. Algunos empleados fantasma con mínima dignidad renunciaron sin chistar. Pero la mayoría de los que no cumplen horarios, y de los que no van nunca o casi nunca, optaron por resistir. Con el aval de sus jefes políticos, legisladores de todos los bloques (aquí tampoco rige la grieta) que no aceptan se corte una fuente de financiamiento de la política que consideran un derecho adquirido tan natural como el sol y el aire.

Los números del Congreso argentino son un escándalo. Y no han dejado de empeorar desde la transición democrática. Por una lógica razón: engordan cada vez que hay recambio de bancas, es decir año por medio, cuando los legisladores que se van se hacen nombrar a sí mismos, a sus familiares y ex empleados en cargos de planta, para seguir mamando de la teta del presupuesto legislativo. Y no lo hacen nutriendo con su experiencia los recursos técnicos del Parlamento para que pueda legislar mejor; nada de eso, van a parar a alguna oficina ignota donde básicamente no se hace nada.

Así tenemos un Congreso con tantos empleados como el norteamericano, pero que carece de toda destreza para informar técnicamente la tarea legislativa. Por ejemplo, no existe una oficina que estudie el presupuesto, ninguna que analice legislación comparada, ni siquiera un departamento que estudie la aplicación de las normas, su reglamentación por parte del Ejecutivo o cosa parecida; nadie se ocupa de estudiar el régimen federal o las incompatibilidades de las normas de distintos niveles de gobierno. Sí tenemos una Biblioteca del Congreso con tantos empleados como la de Washington, pero que no compra libros, no está on line y atiende cada vez menos consultas.

Claro que el Congreso no es una isla, es más bien la frutilla del postre: problemas semejantes a los que enfrentan Michetti y Monzó se observan en estos días en muchas reparticiones del Ejecutivo, donde continúan los recortes selectivos (el INTI es un ejemplo), pero en ocasiones no con el mejor criterio.

En algunos van acompañados de reducción también de los cargos políticos, y eso parece darle un cariz más justo y equitativo a la poda de personal. Pero lo esencial que determinará si esta va a ser útil no sólo para reducir gastos, sino para que esos organismos funcionen mejor depende de sobre quiénes recae el recorte: ¿quedan afuera los que no trabajan o se hace todo al tun tun, pagan justos por pecadores, y aunque con un poco menos de gente y de gasto en personal que antes seguirá sin haber premio al esfuerzo ni impulso hacía la calidad en la gestión pública?

Seguramente habrá de todo un poco, como siempre. Pero al menos en algunos organismos se observan ya problemas indisimulables en el modo en que se selecciona a los candidatos a quedar afuera: aunque los responsables de hacer la selección se hayan tomado su tiempo para evaluar al personal a sus órdenes, y suponiendo que no primaran en esa evaluación criterios partidistas, nepotistas o cosas por el estilo, cuando tienen que avanzar con la mala nueva necesitan negociar con los sindicatos de la administración, y ahí todo se complica.

Sucede que los gremios suelen defender antes que nada a sus afiliados, no a todos los trabajadores de los organismos en los que actúan. Por lo que tratan de imponer una lógica corporativa frente a la eficientista de las autoridades: “si es afiliado nuestro se queda, aunque sea el peor evaluado y ni vaya a laburar, busquemos a otro para nutrir la lista de los condenados”. Esa parece ser la regla de los jefes sindicales.

En ocasiones la competencia entre ATE y UPCN complica aún más las cosas. Como el primer gremio se opone in toto a los recortes suele no participar de ese tipo de tratos, y convoca a protestas implacables contra el ajuste. Como lo están haciendo en estos momentos en el mencionado caso del INTI. Con lo cual le conceden un poder de presión extra a su competidor en la representación gremial: para las autoridades se vuelve aún más necesario llegar a un acuerdo con UPCN, por más disgustos que les traiga, de modo de evitar que más gente se sume a los paros, marchas y piquetes y les bloquee todo el plan de recorte. Así que ahí van, a intercambiar listas, sabiendo que en muchos casos terminarán echando a los pocos que trabajan y hasta podían colaborar en mejorar la calidad de los servicios que brindan esas reparticiones. Y el gremio, claro, sabe cómo aprovechar esta circunstancia al máximo: apenas se entera que se prepara un recorte de contratos su gente recorre las oficinas ofreciéndoles a los contratados afiliarse para quedar fuera de peligro.

Se entiende entonces por qué en general los gobiernos terminan desistiendo, tiran la toalla, contratan personal provisorio que mínimamente les responda y dejan que la “línea” vegete y se reproduzca sin hacer olas, por lo menos sin hacer paros y poner palos en la rueda. Y cuando el mandato llega a su fin tratan de que parte de ese personal provisorio pase a planta, para pagarle el favor y porque a esa altura seguramente es lo que más desean esos empleados, que ya habrán tenido tiempo de degustar las mieles de cobrar sin trabajar.

No son todos, está de más decirlo, hay infinidad de empleados públicos que hace su esfuerzo todos los días, lo que es doblemente meritorio dado el ambiente en que actúan, los pocos incentivos que reciben, las nulas perspectivas de que serán recompensados por no ir a chantas. Ellos además de los ciudadanos de a pie son los principales damnificados de este sistema perverso que cuesta tanto cambiar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/3/18

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Explosión de derechos de la mujer: el cambio que Cambiemos quiere pilotear

Como se ha dicho ya, la cuestión no la impulsó la política, más bien ella se cansó de ignorarla. Incluso durante la larga década de la “ampliación de derechos” y los ocho años de presidencia de “avanti morocha”, ahora mejor conocida como dominatrice y puteadora serial y menos que nunca un modelo a seguir.

Fue la sociedad y fueron en particular muchas mujeres las que cambiaron. Dejaron de considerar aceptable lo que hasta hace poco se naturalizaba, que el aborto se practique en todos lados pero sea ilegal, por tanto inseguro y caro, que las mujeres ganen menos que los hombres y no puedan ascender a posiciones directivas en las empresas, que si una mujer es golpeada o amenazada por su marido o pareja tenga que elegir entre bancársela o correr riesgos aún mayores para denunciarlo o abandonarlo.

Indicios de esos cambios ya se venían acumulando desde hace tiempo. Uno de ellos y muy sorprendente es el aumento geométrico de las denuncias sobre violencia de género que viene registrando el Indec desde 2013. En cuatro años el número casi se cuadruplicó.

¿Puede que algo influya que la situación al respecto está empeorando, porque los varones machistas se desesperan por preservar su privilegiada condición y recurren más que antes a amenazas, humillaciones, golpes, en ocasiones también a una violencia de mayor escala? No hay que descartarlo. Es lo que suele suceder en las transiciones, y estamos sin duda atravesando una en este terreno: las reglas previas ya no son seguras, no garantizan obediencia ni sometimiento, y todavía no son aceptadas suficientemente nuevas reglas, y entonces las posibilidades de conflicto y choque crecen.

Pero mucho más influye sin duda que cada año que pasa las víctimas estén más dispuestas que antes a denunciar su situación y a sus victimarios. No es casual tampoco que ello sea más marcado entre las mujeres jóvenes (las menores de 40 concentran más del 60% de las denuncias), y en las clases medias (las que tienen más recursos para enfrentar el problema y desafiar el orden tradicional, encontrar apoyo institucional y de su entorno, proveerse de un sustento autónomo, etc.).

Otro indicio del cambio es lo sucedido en el ambiente del espectáculo, donde una catarata de denuncias solo comparable a la que se observa en Hollywood en estos mismos días está demoliendo el prestigio y liquidando la carrera profesional de una gran cofradía de abusadores que hasta hace poco se movía cómodamente detrás de un sólido pacto de silencio. Ante lo cual suceden dos cosas aún más sorprendentes. Por un lado, dinosaurios que pasaban por simpáticos especímenes quedan en evidencia cuando se atreven a hablar con mínima sinceridad sobre lo que piensan de sus congéneres femeninas y sus derechos. Y por otro, y más importante aún, el estigma que tradicionalmente agobiaba a la víctima que se reconocía como tal, y actuaba como principal desincentivo para la denuncia, tiende a desaparecer, porque sanamente se asume que el problema no es ella, son el victimario y el ambiente que lo promueve o tolera.

Es este nuevo contexto social el que ha empujado al gobierno de Macri a proveerse de una agenda de cambio en temas de género, un poco tarde, un poco a los apurones, pero finalmente con bastante olfato y sentido común. En esa agenda hay cuestiones que parecen poder avanzar con cierta facilidad, como la promoción de mayor igualdad en las empresas y en relación a los ingresos. Llevará tiempo de todos modos que las reformas al respecto se vuelvan efectivas y exhaustivas, pero no es este un terreno en que Argentina esté tan mal, por un lado, y es el campo que el gobierno conoce mejor y donde la política ofrece menos resistencias.

En segundo lugar, están las cuestiones que no se sabe si el gobierno quiere o no que avancen, entre las que descuella claro la despenalización del aborto. El tema divide a la coalición oficial, en particular a la dirigencia y la base electoral del PRO, que un poco aspira a que Argentina se parezca cada vez más al mundo desarrollado, liberal, moralmente relativista y distante de las tradiciones religiosas, y otro poco busca preservar sus raíces conservadoras, confesionales y los principios de orden y autoridad asociados. Como sea, el debate va ganando intensidad y también por tanto gana crédito en el gobierno la idea de que lo mejor que puede suceder es que algo se apruebe, probablemente un proyecto muy moderado y negociado, que minimice los motivos de conflicto. O en su defecto, que avancen iniciativas compensatorias: salud reproductiva, educación sexual en las escuelas, cosas que tal vez ahora los conservadores católicos estén dispuestos a aceptar como mal menor para no dejar pasar la despenalización. Si Macri logra timonear el barco ofreciendo estas alternativas, puede que la sangre de los disensos internos no llegue al río y el tratamiento de la cuestión arroje un saldo positivo de cambios “a medio camino”.

Recibiría en pago dos grandes beneficios extra. Se relativizará la acusación de que él sólo quiere “limitar derechos” por ser autoritario, de derecha y ricachón. Y que su única razón de ser ha sido pelearse con el populismo irresponsable de Cristina, y agotado ese enemigo no sabe muy bien para donde ir. Una nueva transversalidad se habrá inaugurado, y puede que sea una bastante más productiva que las que practicaron distintos grupos peronistas en el pasado.

por Marcos Novaro

publicado TN.com.ar el 8/3/18

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