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Macri vs. empresarios en la economía de la desconfianza

La desconfianza mutua entre Macri y los empresarios es comprensible. Se conocen, o creen conocerse, demasiado bien.

Para empezar, los empresarios argentinos han conocido dos tipos de situaciones políticas en las últimas décadas. Con mayor énfasis incluso que el resto de sus connacionales. Así que es lógico que acomoden a ellas sus comportamientos y expectativas.

Han ganado mucho dinero durante gobiernos peronistas, que crearon situaciones económicas y fiscales insostenibles.

Y han perdido dinero, o al menos han quedado escaldados con el riesgo de perderlo, durante gobiernos no peronistas, que tuvieron que desarmar esas bombas de inconsistencia, y en ocasiones intentaron crear un capitalismo más sostenible, sin mayor éxito.

Así que creen enfrentar siempre la misma opción de hierro: oportunismo o escepticismo. Todo lo demás, las proclamas pro mercado, los desafíos pendientes del desarrollo, las alianzas de clase y cosas por el estilo son poco más que literatura.

¿Por qué con Macri va a ser diferente? Claro que son sinceros cuando hacen votos públicos o privados para que le vaya bien. Pero en mayor medida que el resto de los mortales ellos votan sobre todo con los pies: los intereses mandan y no pueden evitar subir sus precios ahora que nadie lo prohibe, demorar sus inversiones a la espera de que bajen los costos, y si las cuentas no cierran, hasta cerrar o achicar sus plantas.

Encima el hecho de ser él mismo un empresario sólo le ha servido hasta aquí a aquel para perder por los dos flancos: ser considerado por los opositores un insensible y por muchos de sus pares un político improvisado. En ambos casos, alguien indigno de mayor confianza. Frente a lo cual el punto medio superador es difícil de encontrar: Macri lógicamente tiene que desmentir que gobierna para su clase, hasta sobreactuando esa distancia que a los peronistas nunca se les reclama, aunque se debería (sus disgustos con el círculo rojo por la falta de cooperación, de inversiones, y la suba de precios proceden en gran parte de esta necesidad), y a la vez mostrar que es capaz de generar confianza y conducir al menos a su círculo social. Porque por algo se empieza y es mejor empezar por el propio vecindario.

Para empezar, la confianza se puede tentar con certidumbre y la certidumbre se puede comprar con dinero. Así que el primer e imprescindible desafío ha consistido en financiar la transición. Toma de deuda y blanqueo mediante, eso parece de momento más o menos resuelto.

Aunque con eso no alcanza: también hay que alinear los incentivos, para se vuelva cada vez más costoso desconfiar y sea más redituable y atractivo confiar. Y en este terreno las cosas se complican, porque el gradualismo no ayuda y las promesas no son demasiado convincentes.

Estas incluso llegan a ser en ocasiones llanamente contradictorias entre sí: por caso, que se van a reducir impuestos y el déficit público al mismo tiempo, ¿no es acaso difícil de creer, más todavía después de lo que sucedió con el sinceramiento de las tarifas y la inflación?

Y si la respuesta oficial es que todo puede compatibilizarse, estirando los tiempos, vienen las repreguntas: ¿un tránsito tan lento no terminará fomentando los bloqueos, convirtiéndose en parálisis?, ¿alcanzará la plata de afuera para tender el puente hacia una fase de expansión no amenazada de nuevo por inconsistencias insalvables, entre otras cosas, por la resultante del peso creciente de esa misma deuda?

La respuesta de un empresariado acostumbrado a la inestabilidad, y a privilegiar por consiguiente muy razonablemente el corto plazo y las ganancias seguras, volverá a expresarse con los pies: esperar y ver. Primero quieren ver si derrotan a Cristina y despejan el camino; después será ver si logran hacer aprobar sus leyes de reforma; y más adelante será que ellas se apliquen y den resultados consistentes, no contradictorios. La trampa del gradualismo queda así a la vista: anuncia mejoras que ya van a llegar, con lo que alienta a los potenciales beneficiarios a esperar hasta que se hayan concretado, y en el ínterin, antes que colaborar, protegerse de eventuales reversiones y sacar todo el provecho posible del statu quo, por más moribundo que luzca.

El gobierno está buscando, en un modesto ejercicio de voluntarismo político, reforzar la certidumbre con que hay Macri para rato: el rumbo se va acelerar luego de las elecciones, dice, y aunque todavía lo respalde apenas la primera minoría será la única capaz de ganar elecciones durante un buen tiempo, el suficiente para que la confianza prospere. Con la invalorable ayuda de un peronismo cada vez más dividido ese mensaje puede resultar más o menos convincente.

Pero sería conveniente apuntalarla con algo más. Por ejemplo, con la ayuda de costos crecientes y beneficios decrecientes que compensen los problemas generados por el gradualismo: es decir, cambiarle sus cálculos a los empresarios cobrándoles un impuesto a la desconfianza. Una vía podría ser establecer que cuanto antes inviertan, blanqueen a sus empleados y empiecen a exportar, recibirán más ventajas. En un programa decreciente de alicientes que evite de paso que se creen nuevos cotos de privilegio luego difíciles de remover, y anticompetitivos. Con el blanqueo de capitales algo parecido funcionó bien, así que podría aplicarse la misma lógica a otros asuntos sin mayores sacrificios fiscales ni otras complicaciones.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 20/7/17

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Venezuela, ante una encrucijada mortal

Tras lo que suceda este domingo, Venezuela ya no será la misma. Y el problema principal es que cualquiera de las dos opciones abiertas para su futuro inmediato va a ser conflictiva y seguramente costosa en términos de violencia y violaciones de derechos. Ya no hay una salida rápida e incruenta a la mano.

Aunque tal vez la verdad sea que esa salida rápida e incruenta nunca existió, fue apenas una ilusión que los sucesivos fracasos para crear una mesa de diálogo y negociación, y también para encarrilar las cosas a través de presiones acotadas desde una oposición que ha venido auto limitándose en el uso de la acción directa, la protesta callejera y los paros cívicos, fueron dejando a la luz.

Primera opción: Maduro y los suyos logran imponer los cambios que pretenden a través de su constituyente y Venezuela evoluciona decididamente hacia un régimen castrista. Con una disidencia tal vez todavía masiva, pero ya sin chances de hacer valer su número en el corto plazo, sea en las urnas o en las calles, ni por tanto ninguna perspectiva de volver más o menos rápido a un sistema democrático. Porque el régimen se apresurará a reprimirla aun más duramente de lo hecho hasta aquí (la “receta Atilio Borón” llamémosla) para que no vuelva a tener oportunidad de cuestionarlo.

Segunda opción: fracasa la constituyente, la oposición se hace de una vez con la iniciativa, se profundiza el choque en las calles y la crisis interna del régimen, pues él ya no tendría muchos más instrumentos a la mano para convencer a los dubitativos de las fuerzas armadas y de seguridad que les conviene la disciplina antes que correr los riesgos que revisten la desobediencia o más todavía sumarse a la resistencia.

La frontera entre una situación y otra la ha planteado el propio Maduro en términos numéricos bien precisos: si participa el 35% de la población en la convocatoria a votar constituyentes, según el método corporativo establecido para anular el principio liberal “un hombre, un voto”, desalentar a eventuales candidatos opositores y sobre
representar a las entidades afiliadas al oficialismo, se proclamará el éxito del cambio de régimen, se clausurarán de inmediato el Parlamento y el Ministerio Público, las dos únicas instituciones públicas que resisten el monopolio del poder, y se multiplicarán claro las detenciones políticas.

El número no es casual: se acerca a los 7 millones de ciudadanos que votaron en el plebiscito informal convocado por la oposición para reclamar por las suspendidas elecciones a cargos distritales y por la suspensión de la constituyente. Y hay que decir, a este respecto, que los chavistas evitaron repetir el error en que incurrió aquella cuando se comprometió públicamente a movilizar a 11 millones, por lo que lo que logró tuvo al final sabor a poco.

En el gobierno venezolano además saben muy bien que siquiera aproximarse al número conseguido por sus adversarios es muy difícil, sino imposible. Y por ello extremaron sus recaudos: han presionado por todos los medios imaginables a los millones que dependen del presupuesto público, impedido que haya cualquier fiscalización independiente de lo que suceda en los lugares de votación e incluso anularon el mecanismo de registro de los votantes que ya sufragaron, y los autorizaron a concurrir a cualquier centro de votación del distrito en que estén registrados; por lo que los militantes irán seguramente a recorrer los centro de votación para hacer número en todos ellos, y votar todas las veces que puedan.

¿Y si aun así no logran su objetivo y queda en evidencia que solo una pequeña minoría sigue respaldando al poder chavista, y el resto se divide entre quienes lo detestan y quienes por temor o estar agobiados por sus necesidades cotidianas aunque no lo apoyan se mantienen en la pasividad?

La oposición tendrá entonces que saber aprovechar su oportunidad, tal vez la última. Lo que supondrá ante todo resolver un dilema que la viene agobiando desde hace meses: ¿cómo demostrar a la vez que el régimen ya no puede garantizar el orden ni gobernar, y que ella sí puede hacerlo, así como resolver los problemas de escasez y descalabro económico, si se le da la oportunidad?

Sólo así lograría sacar a esa masa dubitativa de su pasividad, y al mismo tiempo acercarse a los que en el mismo régimen y en particular en las fuerzas armadas y de seguridad recelan del curso castrista que siguen Maduro y su círculo, pero también temen que colaborar con el fin de ese grupo acarree iguales o incluso peores amenazas para su futuro y sus propios intereses.

Así están las cosas: dos legitimidades se disputan el control del país. Y sólo una va a sobrevivir. Ninguna de las dos parece dispuesta a ceder y ambas tienen motivos para creer que no necesitan hacerlo. Pero sólo logrará su cometido la que sepa movilizar sus recursos y aprovechar sus oportunidades. Y la que no tema pagar ni hacer pagar a los demás los costos de su solución.

La cuestión tal vez más compleja es que ese temor resulta, por definición, mucho menor en los totalitarios y fanáticos que en los demócratas. Por eso hasta aquí estos últimos se han auto limitado, como decíamos, y privilegiaron la búsqueda de salidas moderadas e intermedias. Mientras aquellos escalaban una y otra vez sus apuestas. Si los demócratas, aunque sean muchos más que sus contrincantes, no compensan esta desventaja pueden terminar fracasando.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/7/17

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¿Qué capitalismo necesitan los pobres?

El tipo de relación que necesitamos establecer entre los empresarios, el estado, la economía y el resto de la sociedad está en plena discusión en la campaña electoral que acaba de comenzar. Podría parecer que se discuten puras tonterías, o nada en absoluto, pero no es para nada así. Por debajo de la superficie algo realmente serio va a resolverse para un lado o el otro en esta ocasión.

Al respecto pocos días atrás Margarita Stolbizer, en general medida y constructiva, ha dicho que Macri “se puso la camiseta de los empresarios”. Para empezar reconozcamos que se trata de una opinión harto difundida: “gobierna para los ricos” es sin duda la idea crítica más provechosa para la oposición en estos días pues está ya desde el vamos instalada en la opinión pública. Incluso en parte de la que viene de apoyar al oficialismo y tal vez vuelva a hacerlo. Pero ¿es así?, ¿tenemos un gobierno demasiado atento a los intereses de los ricos?

Los empresarios tienen seguramente ideas de lo más variadas al respecto. Una contundente mayoría confiaba en que ganara Scioli, que los entendía mucho mejor que Macri, o esa era al menos entonces su opinión. Y hoy en general quieren apoyar al inesperado vencedor. Pero no en lo que él les reclama, que es lo único que importa: nadie gana con sus votos, que son siempre poquísimos, tampoco con sus declaraciones de apoyo, en general mal vistas; se necesitan sus inversiones, las únicas posibles. Que no desembolsarán hasta que el programa de cambios haya avanzado mucho más. Para lo que Macri necesita mucho más apoyo. Para lo cual a su vez él necesitaría muchas más inversiones de las que de momento se concretan. Y en ese enredo están de momento el gobierno y los empresarios.

Una explicación también difundida al respecto es que estos son hijos del rigor, y este gobierno no lo tiene, a diferencia del anterior, que al menos disponía de Moreno y sus métodos para amenazarlos. Incluso muchos que repugnan de esos métodos, como seguramente es el caso de Stolbizer, tienden a creer que el problema de Macri es que renunció a ese tipo de amenazas y no lo reemplazó con nada más que buenos deseos. Y ya sabemos lo que hacen con los llamados al corazón los que tienen los bolsillos llenos (en verdad, lo que hacen todos los cristianos más o menos razonables, sea cual sea la salud de sus bolsillos).

La primera gran mentira detrás de este razonamiento es que amenazar al capital equivale a ponerle límites a su afán de lucro y a la consecuente tendencia a aumentar la diferenciación social. Lo que nuestra experiencia histórica enseña es más bien todo lo contrario: al amenazar a los capitalistas con violar los contratos y los derechos de propiedad, con la inestabilidad de las reglas de juego en el afán por apropiarse de rentas vía impuestos o exacciones, lo que se genera es desconfianza e incertidumbre, que redundan en que aquellos privilegien negocios rentables en el menor tiempo posible, es decir tasas de ganancia más elevadas, aunque efímeras. A las que la sociedad y el estado argentinos no han tenido otra que acostumbrarse para evitar que la fuga de capitales extinga del todo la vida económica. Ahí están las sobretasas que pagamos por endeudarnos desde hace décadas para demostrarlo.

Sobretasas que fueron especialmente elevadas en los últimos años. Gracias a Moreno y sus métodos, precisamente. Amenazar al capital, combatirlo declamativamente, y rendirse a sus conductas especulativas y extractivas más frenéticas y cortoplacistas no son dos cosas contradictorias si no dos caras de la misma moneda. Y la moneda se llama anticapitalismo crónico.

El otro fundamento más que discutible detrás de la idea de que Macri y los ricos conforman una entente que amenaza la buena salud de nuestra democracia y sobre todo la suerte de los pobres es que nuestra vida política está animada por una valiosa tradición igualitaria, que es la mejor barrera que tenemos contra el dominio despótico de los mercados. Por lo que el giro a la derecha que significó el reciente cambio de gobierno enfrentaría a los sectores bajos de la sociedad a la necesidad de proteger el statu quo echando mano a esa tradición. Y que aunque ese statu quo no sea lo mejor, sí es al menos un refugio contra lo peor.

Si existiera tal cosa como una “sólida tradición igualitaria” entre nosotros no se habría naturalizado en las últimas décadas, bajo los gobiernos más de izquierda y anticapitalistas que se recuerde, la existencia de un tercio de la población por debajo de la línea de pobreza. Ni sería tan fácil hacer pasar por buenos mecanismos de falsa inclusión por completo indefendibles ante cualquier evaluación mínimamente objetiva de resultados, como el facilismo en la promoción entre distintos niveles de educación, el desempleo disfrazado detrás de plantillas públicas improductivas y otras cosas por el estilo. Y si los mercados fueran la gran amenaza de la que hay que protegerse no sería cierto que nos va desde hace décadas peor que a otros países de la región que han sido bastante más amigables con ellos.

Lo cierto es que en Argentina la “sólida tradición igualitaria” es cosa del pasado. Ella gravitó en la política nacional de mediados del siglo pasado, cuando todavía el sistema educativo y el mercado de trabajo eran inclusivos y dinámicos. Y cuando el anticapitalismo no era norma. Pero hace décadas que se perdió, junto con esos otros rasgos. Y por más que se machaque contra la reforma de las reglas vigentes en esas áreas, no se ha logrado revivirlos. Hace tiempo que se precisa sacar las conclusiones lógicas de esa frustración. Pero la nostalgia puede mucho más. Defender el statu quo se justifica solo gracias a esa nostalgia. Y resulta tan útil como lo sería “ponerse la camiseta de los empresarios”.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/7/17

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Lula, como Cristina, y antes Menem, forman mayorías en contra

Llega un momento en que a líderes ya desgastados sólo les queda un aporte que hacer: dar un paso al costado. Pero a veces lo viejo se resiste a morir, y lo nuevo tarda en reemplazarlo. Sucede sobre todo cuando los representantes del ciclo que se cierra no se ocuparon de promover sucesores, sino todo lo contrario: se esmeraron más bien en pisar todas las cabezas a su alcance para que nadie les hiciera sombra.

Esto fue lo que sucedió con Menem años atrás y también está sucediendo con Lula y Cristina en nuestros días.

El caso del brasileño es particularmente dramático, por el significado que su figura adquirió no sólo en la izquierda latinoamericana, sino más en general para la democracia de la región: un obrero metalúrgico con una espectacular trayectoria personal, pasando de la pobreza nordestina al más alto cargo de poder de su país, en una sociedad ansiosa por dejar atrás la exclusión y la segregación que desde siempre la habían caracterizado, y que lo hizo impulsando la formación de una nueva estructura sindical, más democrática y representativa que las preexistentes, y llevando al gobierno a un partido también nuevo, de amplia base social y que en principio pareció capaz de integrarse a un nuevo sistema de competencia y alternancia más estable y más inclusivo que cualquiera de los que habían hasta entonces regido en Brasil.

Con todos esos antecedentes detrás es aun más difícil de entender, y más imperdonable, que termine del peor modo imaginable. Porque aun cuando Lula logre evitar la prisión, ya no podrá evitar el escarnio: se dice que todavía es el “político más popular” de su país, pero lo cierto es que su imagen negativa supera ampliamente la positiva y ese rechazo sólo puede endurecerse tras su reciente condena por corrupción. De modo que, a menos que medie una catástrofe que destruya a todos los demás partidos, tiene ya poquísimas chances de volver a la presidencia: en una segunda vuelta casi seguro caería derrotado, el rechazo mayoritario a su figura terminará por converger detrás de cualquiera que pueda ganarle. Igual que le sucedió a Menem quince años atrás.

Cristina no tiene ninguno de los laureles que, todavía hoy y a pesar de todo, luce Lula. Pero comparte sus mismos problemas. Salvo el tener que lidiar con una justicia independiente y eficaz.

Con excepción de lo que sucede en un área muy delimitada de la provincia de Buenos Aires, es ampliamente mayoritaria en el país la opinión de que representa el pasado, se enriqueció abusando del poder (muy por encima de lo que se lo acusa y se pueda sospechar de su par brasileño), y ni a la democracia ni a la economía les conviene que siga siendo una opción de poder relevante. ¿Alcanzará con eso para que se forme una mayoría en su contra en estas elecciones?

En las competencias legislativas no es tan fácil polarizar como en las ejecutivas. Además, el macrismo no consiguió hasta aquí los éxitos suficientes como para descartar de plano que sea conveniente volver atrás. Y encima en nuestro caso puede que el “show de la corrupción” canse antes de tener tiempo de arrojar algún fruto: hay tantas evidencias del latrocinio, y tantos motivos para desconfiar de que se llegue a alguna condena, que la sociedad está tentada de volver a adoptar su tradicional indiferencia ante el problema; bastará con que una vez más asuma que, en esa materia, “no hay forma de cambiar”, “son todos lo mismo”, “lo único que puede pedirse es que mientras roban repartan también algo a los de abajo” u otras clásicas tesis que abonan el conformismo.

Pero por suerte existen las PASO. Que aunque no sirven para ninguna otra cosa, y acumulan más bien efectos negativos, en el caso específico de la elección de senadores de la provincia de Buenos Aires podrían arrojar un inesperado saldo benéfico. Que, igual que sucedió en 2015, no tendría nada que ver con los fines para los que ellas deberían servir. Pero esa es otra discusión.

Al actuar como una suerte de primer turno electoral, arrojando un resultado anticipatorio del que cabe esperar en la votación general, y definitiva, tal vez alienten a los votantes a reflexionar sobre la importancia de incidir en los resultados finales y la utilidad relativa de apoyar a terceras opciones, sobre todo si ellas han quedado muy atrás y no tienen chances de lograr un fruto en términos de representación (como será el caso en la competencia para senadores).

Massa y Stolbizer tendrían toda la razón si objetaran un sistema tan caro, engorroso y rebuscado de votación, que no sirve para lo que dice perseguir y encima perjudica a los más débiles en la competencia. Pero, que se sepa, hasta ahora los únicos que están promoviendo eliminar o reformar las PASO son sus beneficiarios actualmente en el gobierno. En una muestra de altruismo digna de celebrar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/7/17

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Cristina se modera: olvida a De Vido y las protestas

Desde hace un tiempo se viene machacando con la idea de que el gobierno estuvo detrás de la candidatura de Cristina al Senado, que la decisión de la ex presidenta de lanzarse al ruedo habría respondido a un plan elucubrado por astutos y omnipotentes estrategas oficiales.

Aunque no hay ninguna razón seria para creer semejante cosa. ¿De dónde salió la idea de que el Ejecutivo “frenó a la Justicia”? Lo insólito sería que alguien lograra sacarla de su sopor, abonado en infinitas complicidades y una longeva ineficiencia. ¿Acaso alguien de la Jefatura de Gabinete pudo haber alentado a Scioli a destruir su vida personal y su imagen pública con una ristra de vergonzosos papelones, a Randazzo a empecinarse en desafiar a su ex jefa, o a muchos de los votantes más pobres del conurbano a recordarla con cariño? Nada de eso tiene sentido.

Encima ahora, apenas iniciada la campaña, se suma evidencia que desmiente otra difundida idea al respecto: la de que, si acaso no lo había provocado, al menos le convenía que sucediera, que Cristina le había dado dos buenos motivos para festejar al gobierno, el haberse anotado para competir, porque con ello se garantizaba la polarización, y haber dividido más de lo que ya estaba la oferta opositora.

La dispersión de la oposición no le impide poner en aprietos al gobierno, y eventualmente ganarle la provincia, y tampoco es cierto que con Cristina vaya a alimentarse automáticamente la polarización. Ella es una hábil candidata, siempre lo fue, y sabe que se juega el último cartucho en esta competencia, por lo que, segura de que sus votantes fieles lo siguen siendo, está moderándose para cultivar a los centristas y dubitativos.

En la última semana hubo al menos dos ocasiones en que esa moderación se hizo patente. Primero, con la decisión de no abrir la boca respecto a los problemas judiciales de Julio De Vido. En otro momento hubiera tuiteado hasta cansarse apenas se pidió su detención y desafuero. Ahora, seguro que indirectamente estimulada por las reacciones generadas cuando la poco sutil Fernanda Vallejos reivindicó al perseguido Boudou, Cristina se guardó todo comentario.

Segundo, y más sintomático todavía, con la intervención ante los sindicalistas kirchneristas para que levantaran la protesta convocada para el día de San Cayetano. Los argumentos que expuso en la ocasión fueron de por sí elocuentes: “Sé que los trabajadores tienen más que sobradas razones para reclamar, pero también sé que en lugar de llamar a una movilización el 7 de agosto lo que debemos hacer es convocar a una gran votación el 13 de agosto… Les pedí que el esfuerzo de la movilización se convierta en fuerza para una gran votación… a pesar de las masivas manifestaciones de trabajadores en los últimos meses en rechazo a la política económica el gobierno de Cambiemos no las escucha y sólo las distorsiona y las desacredita”.

Cristina se mostró así flexible en sus tácticas, de privilegiar la protesta ha pasado a enfocar las expectativas en la voz de las urnas, atenta al hecho de que las movilizaciones no han sido muy efectivas para acorralar al gobierno, más bien lo han beneficiado, y no necesariamente sirven para inclinar a favor suyo el voto. Y hasta se mostró dispuesta a cambiar su propio rol: de figura convocante de la resistencia ha pasado a ser la voz mesurada que contiene a los exaltados y tranquiliza a los moderados. El mensaje parece ser “soy yo, no Macri, quien puede garantizar el orden social”. Nada mal.

En suma, Cristina está desalentando la polarización, en vez de favorecerla. Lo que se completa con su silencio de radio respecto a los demás candidatos opositores: sabe muy bien que ellos no necesariamente son una amenaza para su estrategia, y pueden volverse incluso una ayuda si contribuyen a quitarle centralidad al oficialismo y a volver más poroso su electorado. Siempre es atractivo participar de una interna entre peronistas para un buen porcentaje de los votantes, y con más figuras desde distintas posiciones criticando al gobierno más motivos encontrarán los dubitativos para desconfiar de la palabra oficial y de sus listas.

Si alguien en el gobierno pensaba que las cosas venían fáciles en el principal distrito electoral ya debe haber tenido tiempo de abandonar sus ensoñaciones.

Claro que, de todos modos las cosas tampoco pintan fácil para que Cristina sea muy convincente que digamos con su nuevo estilo. El fuego amigo sigue persiguiéndola. Logró que Vallejos desapareciera de los medios al menos por unos días, pero no pudo evitar que la reemplazara De Vido, que como nadie intervenía en su favor salió a defenderse por sí mismo, y no de la mejor manera: “Para hablar de corrupción hay que estar limpio. Y no hay nada más corrupto que el gobierno de Macri”, dijo, con lo cual implícitamente admitió para sí el segundo lugar en el podio, lo que ya de movida es un gesto de modestia importante, aunque nos privó de la oportunidad de, siguiendo su propio criterio, agradecerle que por lo menos de corrupción él no hable.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/7/17

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Rio Turbio: ícono de un voluntarismo corrupto

Tal vez se vuelva uno de los casos más demostrativos del carácter estructuralmente corrupto del kirchnerismo. Aunque compite por subir a ese podio con varios otros episodios de escalas parecidas, o hasta mayores. Lo seguro, en cambio, es que ofrece uno de los ejemplos más patentes de su irracionalidad, su mala costumbre de invertir enormes esfuerzos en proyectos sin futuro. Una propensión bien de los Kirchner, aunque también extendida entre los argentinos en general.

La Justicia aun debe probarlo, pero por lo que ya se sabe es muy probable que de los 26.000 millones que el estado destinó a esa mina de carbón moribunda entre 2005 y 2015 unos cuantos hayan terminado en los bolsillos de funcionarios kirchneristas y empresarios amigos. Con toda la gravedad que ese posible delito tendría, que no es para nada la idea minimizar o relativizar, ello no debería opacar otro costado tan o más preocupante del asunto: aun si no se hubieran robado un peso, igual todo ese dinero público invertido iba a ser plata tirada.

La producción de carbón no podía crecer lo suficiente para sostener la enorme planta de energía que se construyó cerca de la boca de pozo. La vía férrea que une la mina con Río Gallegos, y que se puso de nuevo en funcionamiento como parte de un también delirante proyecto turístico (sólo operó en verdad el día de la inauguración) podría eventualmente transportar carbón importado, pero a un costo altísimo. Cuando estas dificultades se volvieron palmarias se modificó la usina eléctrica para quemar gas, pero también eso iba a ser carísimo y requería de más inversiones para concretarse. Mientras tanto, la cada vez más numerosa e improductiva planta de personal creada alrededor de la mina insumió una porción creciente del flujo de dinero provisto desde Buenos Aires. Que por lo tanto nunca alcanzaba. Y que se quiso garantizar ad eternum recreando por ley la mastodóntica Yacimientos Carboníferos Fiscales con un presupuesto multimillonario. El proyecto fracasó, por un pelito, el 9 de diciembre de 2015.

¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué primero Néstor, después Cristina y todo el tiempo sus peones Julio De Vido y compañía se empecinaron en montar semejante gastadero de plata? ¿Sólo para robar? ¿Acaso no hubieran podido robar lo mismo o incluso más con un emprendimiento que funcionara?

Una explicación posible es que se sintieron compelidos a hacer algo por los 16 trabajadores muertos de 2004, en el peor accidente minero de la historia nacional, y una vez montado el plan “rescatemos Rio Turbio”, ya no tuvieron forma de salir con elegancia del lio en que se habían metido. Hubiera exigido reconocer el error. Así que siguieron adelante, poniendo más y más plata para disimularlo. Cerrar la mina inmediatamente después del accidente hubiera sido lo más razonable, claro. Pero debió sonarles muy menemista, o peor, thatcherista. Así que siguieron vendiendo humo con la bandera de la “generación de 4000 puestos de trabajo”, la “diversificación de la matriz energética” y cosas por el estilo.

Intervino también seguramente el sesgo voluntarista. Si las cuentas no cerraban, mejor todavía. Montar un negocio rentable lo hace cualquiera. Lo realmente heroico es crear uno que todos consideren inviable. Había que demostrar que la política sometía a la economía, que con decisión y liderazgo alcanzaba para hacer realidad los sueños, cualquier sueño. Y la realidad se prestó por un buen tiempo, sino para ratificar tal pretensión, al menos sí para dejarla hacer. Gracias a ello llegan a nuestras manos hoy las fotos de enormes naves industriales, tuberías y chimeneas enmarcadas por unas pocas casas y unos cables de alta tensión en medio de la estepa patagónica. Es cierto que ahora puede sospecharse que es puro cartón pintado, una maqueta cuya utilidad social es cercana a cero, y que conviene dejar que se olvide y se oxide antes de seguir manteniendo mucho más tiempo. Pero no se podrá evitar que en ello haya una buena dosis de resignación, renuncia, la gris tarea de un contable frente a la obra glamorosa de los Fitzcarraldos de las pampas, en una batalla que se sigue y seguirá librando en este y en muchos otros frentes. Incluido el electoral.

Lo que se conecta con una última explicación: por regla general la nostalgia y su estética pagan entre nosotros más que la efectividad y la innovación; y los Kirchner lo sabían muy bien.

¿Qué hubieran debido hacer los pocos cientos de mineros que en 2004 sobrevivían malamente en Río Turbio, tras la sintomática tragedia de sus 16 compañeros? Seguro que con una centésima parte de lo que se terminó gastando en que siguieran siendo mineros del carbón se les podría haber financiado holgadamente su reconversión a alguna actividad rentable, otra inversión minera, turismo, pesca, petróleo, construcción, lo que fuera. Pero cambiar tenía sus riesgos. Y en su ánimo debió pesar la historia y su lugar en el mundo. El hecho de que desde hacía décadas figuraban en los libros de geografía de todas las escuelas del país como nuestra única mina de carbón, la más austral, bien lejos y cerca de la frontera, y corrían el peligro de perder ese privilegio y esa identidad. Los Kirchner, por su parte, alimentaron esas imágenes y esa nostalgia porque eran nutrientes útiles para su proyecto, una restauración con rostro progre y nacionalista que deseaban hacer pasar por el cambio que el país necesitaba, y que consumiría nuestras energías por más de una década.

Que encima lo hayan hecho mientras se llenaban los bolsillos fue, obvio, aun peor. Pero lo que realmente todavía necesitamos entender es cómo lograron movilizar nuestra vocación por el absurdo y la irracionalidad durante tanto tiempo, y con costos tan enormes.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 5/7/17

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El eje de la elección: ¿más poder o más límites para Macri?

No es cierto que en esta campaña no se vaya a discutir nada importante. Podrá decirse que la personalización de las candidaturas es excesiva y las precisiones sobre políticas públicas brillan por su ausencia. Pero eso viene siendo así desde hace años. El principal atractivo lo ponen los personajes que han logrado componer algunos candidatos. Y los temas técnicos, aunque importantes, resultan demasiado aburridos y complejos para competir con ellos por el gran público. Las campañas siempre giran de todos modos en torno a discusiones abiertas. Y en la escena política argentina de hoy en día hay por lo menos dos de esas discusiones abiertas que vale la pena seguir.

La primera es la “cercanía de la política con la gente”. Todos hacen esfuerzos por mostrarse con gente común, lejos de la rosca política y los aparatos, metiéndose en la vida cotidiana de los barrios como si fueran un vecino más. Claro que a algunos les sale mejor que a otros. Y en algunos casos se trata de pura simulación. Pero en principio cabe celebrar que la política haya tomado nota de que debe esforzarse por conectar con preocupaciones cotidianas y que compita por brindar una mejor representación.

La segunda cuestión cardinal de la agenda de campaña se resume a la pregunta “¿cómo volver a crecer?”. Hay respuestas para todos los gustos, algunas polarizadas y muchas con matices, pero todas giran alrededor del reconocimiento de un mismo problema, la ausencia de crecimiento viene deprimiendo el ánimo colectivo y agravando las pujas distributivas desde hace demasiado tiempo, al menos desde 2011.

Política cercana a la gente y crecimiento económico son como las dos caras de la misma moneda: la receta para que Argentina vuelva a tener futuro. Ahora que, si todos comparten al menos en el discurso los problemas y los objetivos, ¿qué es lo que está en discusión? En esencia el eje que divide posiciones es si hace falta darle más poder o menos al gobierno actual. Tampoco en este caso hay mucha novedad: es lo que suele suceder en las elecciones de medio término, ellas consisten en preguntarle a los votantes si les parece que hay que ratificar o rectificar el resultado de la elección anterior, la última presidencial.

La respuesta que ofrecen el oficialismo y los opositores es previsible. Los candidatos de Cambiemos insisten en que hay que darle más tiempo y más apoyo al gobierno, que vamos por el camino correcto, lo peor ya pasó y ya se empiezan a ver los frutos del esfuerzo, pero si cambiamos de caballo en medio del río o, peor todavía, giramos en redondo y volvemos para atrás, el agua nos va a tapar.

Los opositores en cambio sugieren, cada uno a su manera, que el gobierno necesita límites en vez de más confianza y más tiempo, que si sigue disfrutando de libertades para decidir nuestro destino nos va a meter más y más profundo en la correntada y el agua que ya tenemos hace rato por el cuello va a llegarnos a las narices. Como se sabe, el miedo y las malas noticias se venden solos, no necesitan de mucho marketing, así que esta segunda postura suele correr con ventaja.

Inútil quejarse de la injusticia que la historia suele cometer en este tipo de disputas contra oficialismos que recién comienzan su mandato y a favor de oposiciones que cuando gobernaron nunca respetaron los límites ni escucharon las críticas. Un ejemplo que mueve a risa, o a indignación, es Cristina denunciando que Macri “va por todo”, pidiendo “pararle la mano porque no tiene límites”. Podría recordársele que ella en serio y por años incurrió en esos pecados, y lo hizo sin disimulo alguno, y también que todavía su partido gobierna en la mayor parte de los distritos, tiene mayoría en el Senado y ella misma se dedica a movilizar jueces y fiscales adictos para frenar cuanta medida toma el Ejecutivo. Pero es dudoso que ese argumento vaya a ser muy eficaz en la campaña.

Tal vez al oficialismo le convenga explicar para qué quiere más poder, y dejar de pelearse con el pasado y quejándose del obstruccionismo salvaje de su predecesora.

Y esa no es la única dificultad que enfrenta. Se suele decir que el oficialismo saca ventaja de la fragmentación de la oposición. Pero eso es cierto sobre todo en elecciones a cargos ejecutivos, donde sólo hay un trofeo en disputa y los demás se quedan con las manos vacías; mientras que en elecciones legislativas puede suceder lo contrario: la oposición globalmente podría beneficiarse de presentar distintas alternativas a los votantes, la de quienes están en contra de todo lo que hace el gobierno (en este caso, Cristina y los suyos), la de los reclamos económicos (el peronismo en general), y la de quienes piden mejor seguridad o más transparencia (Massa de la mano de Stolbizer).

Además, están los opositores que prometen frenar al gobierno de turno, y pueden mostrar que lo han venido intentando desde el comienzo, y por otro lado los que exhiben credenciales de colaboración y reclaman en cambio que el gobierno se resiste a escuchar la crítica constructiva, que no se deja ayudar. Frente a un oficialismo que es en gran medida también bastante crítico de sí mismo, esa división del trabajo entre sus adversarios eleva el desafío, porque le impide meter a todos los demás en la misma bolsa y aumenta la porosidad de las fronteras en el electorado oficial.

Si este es el caso, el macrismo corre el riesgo de tener difícil la tarea de explicar para qué quiere más poder, si es para no tener que escuchar las críticas o para sortear los palos en la rueda. ¿Sus argumentos le alcanzan para lidiar con el desafío? Lo veremos en el curso de la campaña. Lo que de partida cabe decir es que si espera que alcance con los errores ajenos, con su fórmula genérica a favor “del cambio” y en contra “del pasado”, y planea flotar sobre la escena sin involucrarse en comprometedores debates o explicaciones sobre lo que está haciendo y pretende hacer en adelante puede que se lleve una fea sorpresa. Las negras también mueven y conocen muy bien el juego.

Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/7/17

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¿Sirven para algo las PASO?

El jefe de Gabinete Marcos Peña adelantó en su último informe al Congreso que el oficialismo piensa proponer una reforma del sistema de internas abiertas simultáneas y obligatorias, o incluso su lisa y llana eliminación.

Enhorabuena. Sería una excelente ocasión para reflotar el a medias frustrado intento de establecer la boleta única o el voto electrónico, detenido este último en el Senado el año pasado por sus potenciales damnificados, los representantes de feudos con casi nulo pluralismo político. Y, más en general, para poner en marcha una limpieza de los mecanismos de falsa inclusión y participación, que siempre proliferaron entre nosotros, y en los años pasados se multiplicaron hasta el hartazgo.

¿Es cierto, como se dice, que las PASO no sirven para nada? El saldo de su vigencia desde 2009 hasta hoy es en verdad incluso peor: algunos efectos prácticos tuvieron, pero son todos malos; además del gasto inútil de recursos públicos y hacer perder el tiempo a millones de ciudadanos, debilitando su disposición y oportunidades para emprender formas más efectivas de participación, hay que destacar la híper personalización de los liderazgos y el impacto perjudicial tanto para la competencia como para la cooperación dentro y entre los partidos.

El mecanismo, ideado como se sabe por Néstor y Cristina Kirchner para lidiar mejor con las críticas de la opinión pública y de la propia dirigencia peronista, que se generalizaron tras la crisis del campo de 2008, apuntó claramente a complicarle la vida a los opositores y, dentro del oficialismo, a los disidentes. Al establecer un sistema extremadamente caro, financiado sólo en parte por el estado, y que superpone la competencia entre partidos a la que pueda surgir dentro de ellos, se aseguraron de que los líderes que estuvieran en el poder tuvieran amplias ventajas para disciplinar a los suyos, y los que estuvieran en la oposición en cambio enfrentaran dificultades para preservar la unidad de sus espacios y fuerzas.

En una elección simultánea y obligatoria los votos de los ciudadanos más distantes de los partidos, es decir casi todos, se orientan naturalmente hacia los líderes principales, que son también, cuando están en cargos importantes, los administradores de los mayores recursos de cada espacio. De allí que resulte sencillo para los jefes de ejecutivos, sean nacionales, provinciales o municipales, armar a dedo sus listas de legisladores y forzar a quienes quieran competir con ellos por ese derecho, y por el control de sus partidos o alianzas, a correr el riesgo de quedarse con las manos vacías. Por lo que tienden lógicamente o a alinearse o a irse.

En cambio con los partidos o frentes que están en la oposición sucede más bien lo contrario, les cuesta mucho más a sus líderes y sectores mayoritarios lograr la cooperación de las demás facciones, estas pueden aun siendo muy minoritarias encontrar provecho en competir (algo de dinero y publicidad recibirán del estado sólo por presentarse), y elevan entonces muy por encima de su representatividad sus reclamos para no hacerlo. Con lo cual la tarea de mantener unidas a esas fuerzas, y a la vez competir contra los oficialismos, se vuelve ciclópea.

Conclusión, no es que los partidos y dirigentes argentinos hayan hecho mal en no utilizar más intensamente el sistema que ofrecen las PASO, por ejemplo, al no presentar listas competitivas en la enorme mayoría de los casos; sucede más bien lo contrario: han hecho bien en esquivar el bulto, porque de utilizarlo más intensamente los problemas y debilidades que ya enfrentaban se hubieran agravado más todavía.

A esta altura, después de años de elecciones inútiles y enredos cada vez más escandalosos en la confección de las listas (lo único que tiene realmente importancia en las PASO, y que depende de los dueños de la lapicera), respecto a la inconveniencia del sistema puede lograrse un consenso extendido. Y hay que celebrar el interés del actual oficialismo en fomentarlo. Porque así como hicieron sus predecesores, el macrismo podría ahora ignorar el problema, y tratar de sacar su cuota de provecho de la situación, fomentar la división de los opositores, incluso cebándose con la crítica fácil (“Cristina no quiso competir”). Por fortuna optó por ratificar su interés en mejorar en serio y de una buena vez nuestro sistema de representación.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación, el 29/6/17

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Elecciones 2017: completan el 2015 y anticipan el 2019

Los partidos y frentes terminaron de armar sus listas. Sin muchas sorpresas, por más que se esforzaron en mantener el suspenso hasta el final, y con ello la atención de los medios y el público.

El abuso del suspenso merece un comentario aparte. O mejor, dos comentarios. Primero, mantener la indefinición sobre las candidaturas, a veces demorando anuncios recontra cantados, obligados, es toda una señal de lo difícil que le resulta a algunos generar política, construir alianzas, proponer ideas nuevas, en suma, hacer algo a lo que en serio valga la pena prestarle atención.

Cristina dio al respecto el más craso ejemplo (aunque hubo varios otros): no tiene nada nuevo que ofrecer desde hace tiempo, encima su base política se va desgranando día tras día, olvidado el FPV salvo en algunos distritos patagónicos, declinante su figura en todos lados salvo en algunas áreas del conurbano; pero todavía su nombre sirve para vender diarios, y lo sabe, así que promovió la incertidumbre todo lo que pudo, con lo que logró unas cuantas tapas y titulares llenos de emoción e intriga. A falta de algo mejor, circo.

Segundo, ¿no es curioso cómo los populistas radicalizados como Cristina, Trump y compañía con su odio al periodismo y la prensa libre terminan promoviendo una sutil convergencia de intereses con ellos? Porque los medios, al hacerse eco de todas las ocurrencias de esas figuras y sus declaraciones siempre estentóreas logran aumentar sus ventas, con historias llenas de suspenso y emociones, de las que en parte se vuelven también protagonistas (algo que algunos periodistas adoran aun más que ser escuchados) y así ayudan a construir y sostener el rol estelar de los promotores del odio contra ellos. “Vos abrí la grieta, que yo la editorializo y la vendo”. Nada mal, teniendo ambas partes tan poco de real interés que ofrecer. Claro que los medios no tienen la culpa de que los comportamientos racionales y moderados no vendan entre nosotros tanto como el desborde teatral de la pasión y su gestualidad. Pero convengamos en que al menos podrían medirse un poco.

Volviendo a los frentes y las candidaturas, lo que más llama la atención del llamado a las urnas que el sábado a la noche quedó servido es que él será más claramente que en otras ocasiones similares una “elección de medio término”, una competencia “intermedia”: porque por un lado terminará de dirimir la disputa que arrastramos desde 2015 entre kirchnerismo y macrismo, y por otro preparará el terreno para la siguiente presidencial, en que seguramente deberá enfrentar este último a un peronismo todavía informe pero para ese entonces ya más renovado, poskirchnerista.

En relación a lo primero, la escena actual nos revela el saldo acumulado de movimientos en cámara lenta iniciados dos años atrás, y unas pocas novedades: es el costado político electoral del gradualismo que todo lo domina, y que igual que en el terreno económico, desespera a los ansiosos del cambio.

Las pocas novedades quedaron a cargo de quienes fueron tercero y cuarto en 2015, Massa y Stolbizer, ahora unidos, en esencia para no caerse del mapa y seguir figurando en la Premier League, y porque saben que la disputa principal sigue siendo la de entonces, entre una nueva primera minoría que apenas si logra imponerse y en muchos territorios lleva aun las de perder, y un peronismo que se resiste a ceder más terreno pero carece de guía e ideas compartidas.

Si en alguna medida es cierto lo que dijo Scioli en noviembre de 2015, que el resultado que lo dejó fuera de juego fue “casi empate”, y de hecho él no implicó una derrota para muchos peronismos distritales, que lograron que sus candidatos nacionales y locales se impusieran (recordemos que Macri fue electo no sólo por la menor diferencia desde 1983, sino gracias al apoyo del menor número de distritos en toda la historia), lo que se viene puede considerarse la ocasión para evacuar las dudas, dejar en claro qué pasó, qué significó: un vuelco de la sociedad a favor del cambio, que aunque lento avanza, como quieren los oficialistas, o un accidente infausto, fruto de errores y manipulaciones a corregir (el desgaste de 12 años de gobierno, la presión mediática, etc.), como viene sosteniendo el kirchnerismo.

Este será el sentido de la competencia bonaerense, principalmente, y también el de la sumatoria nacional de los porcentajes de ambos bandos, oficialismo y oposición, por más desacuerdos y tensiones que dividan al campo peronista hoy. Si el gobierno avanza a nivel general y sobre todo si gana en la provincia pasarán al olvido el “casi empate” y la “mentira electoral de 2015”; si no lo logra esas tesis se fortalecerán.

Pero por otro lado en cada uno de los demás distritos, con particular intensidad allí donde se asientan líderes peronistas que aspiran a ser también ellos expresión del cambio que la nación necesita, se dirimirá otra disputa, una que será a la vez específica de cada lugar, y de significación nacional, porque anticipará el 2019 más probable. Para el cual hay incógnitas que tanto el oficialismo como el peronismo deben despejar: ¿la coalición macrista es capaz de expandirse territorialmente, puede volverse competitiva y hasta ganar en el interior profundo, en el norte y el sur, o seguirá siendo una coalición metropolitana con algunos agregados periféricos de excepción?, ¿qué peronistas “nuevos” pueden empezar a descollar, salir del reducto de la política distrital a que los condenó por más de una década un liderazgo nacional omnipotente, y ofrecer una mirada sobre el futuro del país distinta a la que nos propone Macri? De cómo lidie cada uno con el interrogante que le toca dependerá el color con que se pinte el país político de los próximos años, y no sólo los próximos dos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/6/17

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¿Macri necesita a Cristina o un peronismo más sano?

¿Macri necesita a Cristina tanto como se dice o le conviene que pase a retiro para que surja un peronismo que espante menos a los inversores; que le permita, para empezar, que la argentina deje de ser considerada una economía impredescible? ¿Puede esperar de este “nuevo” peronismo gestos más republicanos y colaborativos o debería temer que sea más competitivo y por tanto para él más amenazador que el parcialmente kirchnerizado y cada vez más fragmentado de la actualidad? Parecen ser preguntas por ahora sin respuesta, o mejor dicho, sobre las que el gobierno no tiene posición definitiva: a veces piensa una cosa, y otras veces otra.

A esto se suma otra cuestión más inmediata: ¿es de esperar que la renovación peronista se bloquee o acelere después de octubre? El gobernador Schiaretti se prepara para acelerar, encabezando una nueva liga de gobernadores. Cristina para quitarle todos los votos posibles. Como sea, es seguro que esta vez el PJ deberá esperar para dejar atrás los lastres de su pasado mucho más que en 2001-3, cuando le dieron flor de ayuda De la Rúa y la crisis. Y puede incluso que la espera sea bastante más larga que en 1983-85, cuando surgieron casi enseguida de la derrota electoral líderes de alcance nacional dispuestos a correr riesgos para cambiar, y la pesada herencia de la ortodoxia y la radicalización había ya quedado bastante distante en el tiempo, gracias a la mucho más pesada herencia militar.

Para el actual oficialismo esta es una cuestión decisiva porque de ese tiempo depende en gran medida el suyo propio: que él consolide o no su preeminencia, en una etapa signada por la escasez de recursos y resultados económicos, dependerá de la gravedad y extensión de los problemas que enfrente la oposición. Como por ahora esos problemas abundan, la política lo ayuda más que la economía. Aunque eso no quiere decir que siga siendo así en adelante. Ni mucho menos que las próximas elecciones, como a veces se piensa, las pueda ganar hablando de política y olvidando la economía.

Pero volvamos al peronismo. Si el obstáculo para que la renovación avance lo encarnan Cristina y sus radicalizados amigos, lo que gana el gobierno al competir contra esa irresponsable encarnación del pasado, ¿no lo pierde en términos de persistencia de la amenaza populista, falta de moderación y colaboración? Claro que el problema es mucho más amplio. Para empezar, porque la resiliencia de ese polo de oposición dura tiene motivos por completo ajenos a lo que haga o prefiera el gobierno. La falta de líderes alternativos de alcance nacional es la principal explicación de las dificultades que han venido enfrentando los promotores de la reinvención peronista. Dentro de lo cual hay que explicar por qué Massa no cuenta para la mayoría de ellos, y cumple una función incluso negativa para sus necesidades.

En parte se debe a rasgos del propio Massa, a su escasa confiabilidad, pero también a que se fue demasiado pronto y demasiado lejos: se llevó consigo en 2013 a los más dispuestos a renovarse que había en el PJ bonaerense, y en otros distritos, quitándole ese empuje a los que quisieron emprender ese camino en 2015; y encima se mostró desde un principio demasiado indiferente tanto al pejotismo como a los “logros históricos” del kirchnerismo, debilitando sus chances de proyectar en la cabeza de la familia peronista una futura vía de reconciliación.

Dicho esto, ¿la salida de Cristina del PJ y su candidatura pueden jugar un papel inverso, al acelerar su despedida? ¿No es acaso como si a Cafiero se le hubiera ofrecido la posibilidad de competir en 1985 no sólo con Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias, sino con la mismísima Isabel? Como sucede ahora con Cristina, no hubiera tenido necesidad de ganarle, bastaba con mostrar que ella ya no podía ganar.

Algo de esto están pensando Schiaretti, Pichetto, Duhalde y Urtubey. De allí su apresurado interés en ayudar a Randazzo, rodearlo para que no se desanime, brindarle apoyos y avales, lo que sea para que haga un papel digno en agosto y octubre.

Con la voltereta de Cristina, entonces, habría vuelto a tensionarse el dilema irresuelto de la relación entre Macri y el peronismo. Por lo que se entiende que lo que por un lado beneficia al presidente, la posibilidad de ganar por amplio margen en la provincia, por otro pueda perjudicarlo, que la derrota de Cristina signifique su definitiva marginación y la aceleración del recambio opositor de liderazgos y políticas.

¿Hay una solución ideal “intermedia”?, ¿lo mejor para el gobierno sería ganar pero que Cristina no quede fuera de juego, sea electa y con la diferencia que obtenga frente al PJ escarmiente a los renovadores? Depende. Una derrota por amplio margen de la ex presidenta, más todavía su fracaso en llegar al Senado, implicaría el descrédito total de sus ideas, el populismo radicalizado quedaría deslegitimado y por tanto la moderación y con ella la disposición a colaborar podrían crecer.

En cambio un Senado con Cristina, y con una Cristina que le peleó dignamente la elección al gobierno, aunque ella logre reunir en torno suyo a sólo seis o siete senadores leales, sería menos colaborativo. Ocasionalmente ese polo podría volverse instrumento de los demás peronismos para elevar su precio en las negociaciones con el Ejecutivo. Así, de vuelta, las ventajas que Cambiemos consiga de la supervivencia de Cristina con vistas a 2019 seguirían compensándose con costos mayores en las negociaciones legislativas, y eventuales disgustos por proyectos de ley rupturistas e irresponsables que la oposición haga avanzar, aunque más no sea para mantener a la defensiva y dispuesto a abrir la billetera al oficialismo.

Todo eso puede ser cierto. Aunque también puede verse la actual situación y las perspectivas que abre de otro modo: como un arco de posibilidades que seguirá disponible para que el macrismo no conteste la pregunta sobre el peronismo, y haga con él lo que éste siempre hizo tan bien con los demás, surfear la ola y dar respuestas contradictorias caso por caso, según quién pregunte y qué ande necesitando. Porque lo que sucede, en pocas palabras, es que no hay un sólo resultado ideal para el oficialismo, él gana si Cristina entra, gana si queda afuera, y gana tanto si sigue siendo un factor de poder en el peronismo como si hace mutis por el foro. El asunto es si sabrá adecuar sus pasos a cuál de esas posibilidades se verifique y, hacia delante, si adoptar algo de la astucia peronista no será demasiado exigente para un gobierno que además de muñequear en la coyuntura necesita empezar políticas de largo plazo.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 22/6/17

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