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Un presupuesto que fue un parto, ¿alguien lo va a festejar?

Si no hay más sorpresas de último momento, se aprobará en la sesión de hoy miércoles el Presupuesto Nacional para 2019. Aunque sorpresas y manganetas hubo de todo tipo y hasta hace pocas horas, así que no hay que descartar que haya algunas más: ¿más senadores anunciarán el abandono de la bancada de Pichetto, están simplemente esperando para lograr el máximo impacto escénico?, ¿alguno de los que se cuentan como votos seguros a favor querrá cobrar algo más por su colaboración, con algún reclamo extra también en medio de la sesión?

Puede pasar, pero si esas expresiones de rebeldía no logran coordinar un número suficiente de voluntades a su favor caerán en saco roto, quedarán aisladas y no tendrán demasiadas consecuencias. Finalmente, el Ejecutivo y los gobernadores peronistas más moderados, de la mano de Pichetto, se saldrán con la suya y tendremos presupuesto de ajuste. ¿Alguien se animará a festejar?

Las negociaciones que debieron tramitar Rogelio Frigerio por el Ejecutivo y Miguel Ángel Pichetto por el peronismo federal los desgastaron a ambos. El primero recibió reproches por haber dado por descontados apoyos que no eran tales, cuando un grupo de gobernadores encabezados por Gildo Insfrán y Gerardo Zamora anunciaron que reclamarían la devolución del Fondo Sojero.

Si Massa es “ventajita”, hay caciques provinciales que parecen “ventajota”. Esos mandatarios ya habían negociado compensaciones por el fondo que Macri eliminara a través de un decreto. Y los diputados de Santiago del Estero habían colaborado a la media sanción del proyecto de presupuesto en la Cámara Baja precisamente debido a esos acuerdos. Tanto ellos como su gobernador saben también que les conviene se apruebe la norma propuesta, porque van a recibir bastantes más recursos que si ella fracasa y el año próximo se ejecuta el gasto con el presupuesto del 2018.

Pero no hay argumento que convenza a quienes están acostumbrados a recibir de todas las ventanillas y dar lo mínimo a cambio, o si pueden, no dar nada de nada.

Zamora no se sabe si es peronista o radical, si es un opositor duro o uno moderado y colaborativo, ni siquiera si sigue siendo kirchnerista o en realidad jamás lo fue. Tampoco se sabe si está de acuerdo o no con un presupuesto de ajuste, porque seguramente está de acuerdo si el recorte lo sufren otros y está dispuesto a llamar a la revuelta popular si le toca a él. Es el summum de la ambigüedad, pero controla su territorio como un sultán y se asegura año a año el dinero que necesita para que siga siendo así. Puede que Frigerio haya sobrevalorado sus palabras de compromiso, pero también puede que no haya forma de evitar su juego a múltiples bandas para sacar beneficios tanto de votar como de rechazar y sentarse pero abstenerse.

El otro que sufrió el karma de lidiar con jefes territoriales muy poco confiables fue Pichetto, que debió tolerar que el senador Mayans, alfil del formoseño Insfrán, pisoteara su autoridad en la reunión de comisión y frente a los medios, y a continuación rompieran con su bancada los dos integrantes tucumanos, José Alperovich y Beatriz Mirkin. Pero no por diferencias con lo que se estaba discutiendo y se iba a votar, sino para tener una excusa que justificara sacarse la camiseta del PJ y ponerse la de Unidad Ciudadana, de modo de poder competir contra el gobernador Manzur el año que viene.

De nuevo, ni Alperovich, ni Manzur ni Insfrán correrán con un céntimo del desgaste que padeció la bancada del peronismo federal, los recursos de que disfrutarán no se verán mermados por su falta de colaboración. Todo el costo lo cubrirá, al menos por ahora, Pichetto, y el Senado, con una mayor fragmentación de la representación. Pero esas son las reglas con que se juega: la cooperación no es premiada, y frecuentemente es más bien castigada. En cambio la especulación y el oportunismo tienen coronita.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/11/2018

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El G20, como Ríver-Boca, puede ser una fiesta o un desastre

De aquí a comienzos del año próximo veremos a Macri y su administración caminando todo el tiempo por el filo del abismo, lidiando con cuestiones que pueden salir bien o mal dependiendo de detalles difíciles de controlar, y que según cómo salgan les asegurarán su continuidad o su definitivo pase al olvido.

Controlar la protesta social, garantizar que baje la inflación, como por enésima vez han prometido, son algunos de esos desafíos de vida o muerte. Pero el primero de todos ellos es la reunión del G20 a finales de este mes.

Todavía no hay una percepción ajustada de lo relevante que va a ser el encuentro de los 20 principales líderes del mundo en Buenos Aires dentro de unos días. Tal vez porque estamos demasiado atentos a los problemas económicos cotidianos, a las causas de corrupción, y a la final de la Libertadores. Pero como siempre sucede en estos eventos hay un buen equipo de globalifólicos ya elongando, listo para salir a la cancha y convertir la ciudad en un infierno. A los que sin duda van a querer plegarse en la ocasión un número mucho mayor de opositores virulentos locales, bien organizados y entrenados cual barra brava en apedrear policías y quemar cosas. En lo que va del último año no han perdido oportunidad de mostrar que para donde nos quiere llevar Macri lo único que hay es destrucción e incendios. Así que menos se van a perder el encuentro final de la temporada, el partido soñado entre el dream team de los opresores y el pueblo en la calle.

¿Esto significa que lo que quede como balance de la reunión del G20 dependerá de lo que suceda en los anillos de seguridad tendidos por Patricia Bullrich? No tanto. En verdad se van a jugar varios partidos en simultáneo esos días. Y más importante que el de la calle va a ser el de la comunicación.

El G20 es, finalmente, más que nada marketing gubernamental a nivel global. Consiste en que las personas más poderosas del mundo, corriendo considerables riesgos, sobre todo quien le toca hacer de anfitrión, cada tanto monten una costosa operación para transmitir la idea de que son capaces de cooperar y de ponerse al timón de las cuestiones que afectan a todos los países, y que cada uno por su cuenta no puede resolver. Y tampoco resuelven los organismos internacionales burocráticos, cuyo marketing y capacidad de imponer decisiones, convengamos, andan cada vez peor.

Se dirá que es pura simulación y que tampoco estas reuniones sirven para nada en concreto. Pero si fuera así hace tiempo que se hubieran dejado de hacer. ¿Por qué insisten, después de los graves disturbios en Hamburgo el año pasado y en ocasiones previas, y de los muchos fracasos en ponerse de acuerdo en temas esenciales? Mostrar vocación por acordar y aunque más no sea avances parciales tiene más peso que los riesgos que se corren y las frustraciones que se acumulan. El partido se sigue jugando, y por algo nadie quiere salir del equipo, al contrario; hay una larga lista de espera para entrar.

De todos modos, no deja de ser cierto que parte importante del “balance” termina dependiendo del volumen de las protestas y el desempeño de las fuerzas de seguridad. Ese es el partido que se juega en las tribunas y los alrededores del estadio. Miles de manifestantes buscando mostrar que esos líderes están encerrados en una fortaleza así que no representan realmente a nadie más que a ellos mismos y sus privilegios, y miles de policías tratando de contenerlos para probar que la fortaleza al menos resiste.

Como siempre hay choques, corridas y detenidos en estos encuentros, esperar que eso no suceda esta vez sería absurdo. Las incógnitas son otras. Primero, si dado el contexto más favorable que ofrece un país donde los piedrazos son habituales y hay marchas piqueteras y huelgas generales cada dos por tres por un clima económico desde hace tiempo muy caldeado, las manifestaciones no serán mucho mayores esta vez y aún más violentas. Segundo, si las fuerzas de seguridad serán capaces de contenerlas y hacerlo sin que corra peligro la vida de los manifestantes. Y esto último para Macri va a ser sin duda fundamental, porque en una desfavorable comparación con las de los demás países en que se han hecho reuniones de este tipo anida para él un grave peligro para la confianza que necesita transmitir tanto para adentro como para afuera.

Lo sabremos muy pronto. Por los antecedentes de diciembre de 2017 y octubre pasado cabe ser optimistas. Aunque esos episodios puede que queden opacados por el que nos espera.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/11/2018

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Bono y presupuesto: el gobierno cede y gana

A último minuto debió ceder otros 20.000 millones a Pichetto, que no sabe todavía cómo va a financiar. Y tampoco sabe aún cómo convencer a las empresas de que no sigan resistiéndose al bono de 5000 pesos para sus empleados, esencial para calmar las aguas de aquí a fin de año. Lo que si sabe en cambio es que recibirá no pocas críticas de confirmarse el decreto que exige a las empresas informar con diez días de anticipación si van a despedir gente, y las obliga a negociar con el ministerio de Producción.

Pero todos estos casos muestran que al menos el Ejecutivo deja de estar contra las cuerdas, retiene la iniciativa, y que en lo esencial puede salirse con la suya. Así que no ha sido para él una mala semana.

El acuerdo con los senadores de Pichetto no fue fácil. Pareció a punto de naufragar a raíz de la presión del grupo conformado por los gobernadores más duros por reponer a último momento el Fondo Sojero. Pero la jugada exponía más al propio senador rionegrino que al oficialismo: éste había aclarado desde un principio que si insistían en esa línea no habría presupuesto para nadie, se volvería a usar el de este año, y Pichetto debería explicarles al resto de los gobernadores de su partido por qué perdían todo lo que habían conseguido hasta allí en las negociaciones y la posibilidad de financiarse. De allí la burlona referencia del jefe de los senadores peronistas a los reflejos castristas de Insfrán y compañía.

Confirmada la sesión del 14 para votar la ley, el plan oficial se consolida: tendrá el presupuesto a tiempo para completar el cuadro que pretende mostrar al G20: el de una administración que se salió de pista hace seis meses, pero retoma ahora el camino con el dólar controlado, la amenaza de default contenida y ajustándose a reglas más acordes a lo que esperan de ella los demás miembros de ese club. Del que, convengamos, no nos han expulsado un poco de milagro.

Tomó más riesgos en la otra jugada de estos días, con la que pretende desarmar la coalición sindical a favor de un nuevo paro nacional, que estaba casi confirmado. Aceptó el reclamo de un bono obligatorio para los asalariados privados de todos los sectores de actividad. Bono que igual la enorme mayoría de las cámaras patronales iba a terminar aceptando. Y que le viene al Ejecutivo de perillas para mostrarlo por primera vez apretando a las empresas a favor de los trabajadores y del consumo.

Otra administración hubiera hecho una gran movida de prensa con esta jugada. Pero se sabe que esta es de disimular cuando hace cosas que ideológicamente le suenan raro. Le pasó también en estos días, sin ir más lejos, con la presentación por demás modesta del sablazo que les aplicó a los laboratorios. Pero bueno, en eso no tiene arreglo.

Como sea, son varias las complicaciones que aún tiene que resolver. Si se va a autorizar a las empresas en dificultades a pagar en más de dos cuotas y tal vez con plazos de tiempo más extensos. Si se considerará o no el monto del bono a cuenta de las paritarias del año próximo, o de las revisiones que se vayan a hacer en los próximos meses. Y de todo eso depende en buena medida que tenga éxito finalmente en su principal cometido, alejar a la CGT de la influencia de los moyanistas y demás sectores duros del gremialismo.

Pero la ventaja política que obtuvo, igual que en el caso de las tratativas en el Senado, ya lo posicionaron a la ofensiva. Lo hemos visto ya en ocasiones anteriores intentando desarmar paros nacionales. Y falló, porque actuó sin mucha convicción, sin hacer ofertas concretas y moviéndose a destiempo. Parece que también a este respecto la coordinación entre distintas áreas de la gestión ha mejorado. Lo que para el futuro inmediato del gobierno es vital: este paro en particular, pocos días antes de la llegada a Buenos Aires de los veinte mandatarios más importantes del mundo, y como inauguración de un diciembre que puede volverse sin mucha ayuda una travesía infernal, era una sombra amenazante.

De todos modos el gremialismo va a demorarse todo lo posible en cerrar las negociaciones. El agregado del decreto que obliga a informar y negociar despidos acaba de confirmarlo. Y también la condición extra que ahora los cegetistas reclaman: un pago también para los jubilados. Finalmente parar al país es algo que ellos pueden decidir o descartar en un santiamén, y se las ingeniarán para, igual que Pichetto, hasta último minuto estirar la cuerda para sacarle al Ejecutivo todo lo que puedan.

Pero el gobierno lo sabe y mientras logre mantener su agenda y ganar tiempo cree que es el que va a sonreír el último.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/11/2018

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¿Y si Felipe Solá convenciera a Cristina y a los gobernadores?

Hasta aquí las hipótesis electorales para 2019 más plausibles prevén que el peronismo va a concurrir dividido: no hay forma de que se entiendan la mayoría de los gobernadores, Massa y Pichetto, de un lado, con Cristina, Moyano, Grabois y sus respectivos seguidores, que tienen más que ver con la izquierda que con el peronismo.

Así que aunque a Macri no le vaya muy bien en lo que le queda de mandato con la economía, y no pueda triunfar en primera vuelta, lo haría en la segunda frente a la ex presidente. Pese a todo, El Cambio le sigue ganando a El Pasado, dicen tranquilos en Cambiemos. Y es lo más probable.

Pero hay unos cuantos que están esforzándose por encontrarle la vuelta al asunto, y cambiar el escenario. Reconstruir la unidad peronista es la clave, claro, y entiende, probablemente con algo de razón, que esa tarea no es obstaculizada por ningún problema estructural que afecte al movimiento, un divorcio entre izquierda y derecha, o entre sectores informales y asalariados organizados, ni tampoco por una cuestión territorial, los bonaerenses vs el interior o cosas por el estilo, sino pura y exclusivamente por un desentendimiento entre dirigentes, resultado más que nada una falta de arte político. Y ofrecen el suyo para remediarlo.

La gente del Movimiento Evita está en esa. Acaba de reconciliarse con Cristina después de dos años de rogar y esperar a que su crédito en la sociedad se consumiera, así ellos, junto a otros como ellos, podían heredarla. Pero no funcionó.

Es importante señalar de todos modos que los del Evita no volvieron a sentarse y negociar con la ex presidente para que los lidere, si no para buscar por otros medios y con otros nombres el mismo objetivo al que apuntaron en las legislativas de 2017. Y lo dicen abiertamente: el año próximo buscarán a través de Felipe Solá lo que no lograron el pasado con Randazzo, procesar la sucesión del liderazgo en el kirchnerismo, y darle una segunda o tercera vida, ya es difícil saber, a esa síntesis entre izquierda y peronismo que estos sectores quieren ver de nuevo en el poder.

Desde hace un tiempo que el elegido para la tarea, Solá, se viene ofreciendo como alternativa superadora de las divisiones que le complican la vida al peronismo, como el menos kirchnerista para unos y el menos antikirchnerista para los otros.

El problema es que tanto los kirchneristas como los antikirchneristas escuchan lo que les dice a la otra parte, y los odios recíprocos entre ellos, y las diferencias de criterio sobre lo que significa “dejar atrás al macrismo” no son tan irrelevantes como el ex gobernador pretende. Por lo que, al menos hasta ahora parece tener pocas chances de que su oferta resulte tentadora para la señora y sus fieles, que son los dueños de los votos bonaerenses, y más todavía para los gobernadores con ambiciones, que dominan en el resto del territorio.

Puede que aquellos terminen aceptándolo a Solá para que vuelva a competir por el cargo que ya ejerció hasta 2007. Pero esa no es su intención, ni alcanzaría para reunificar al movimiento, ni siquiera para que el kirchnerismo le gane a Vidal en provincia: por ahora al menos la actual gobernadora supera ampliamente a todos sus posibles contendientes, en particular a Solá.

Eso ya de por sí complica su pretensión de operar una transfusión de votos en su favor, desde las venas de la señora. Transfusión que, como se ha visto en el caso del PT en Brasil hace unos días, suele ser complicada. Es cierto que ya en 2015 el kirchnerismo lo intentó con Scioli y tan mal no le fue: estuvo a un tris de hacerse de otro turno en la presidencia, y probablemente lo hubiera conseguido de no ser por un par de metidas de pata fenomenales que ahora podrían evitarse.

Pero, ¿acaso Solá tiene las virtudes del ex motonauta? Lo que para empezar no tiene es su traje antiflama incorporado: acaba de ser incinerado por quien él mismo invitó a presentar su libro autobiográfico, Mayra Arena, que le reprochó entre otras cosas su pasado menemista, para luego reclamar el regreso de Cristina Kirchner. ¿Algo así le podría haber pasado a Scioli? Por algo éste se mantuvo al tope de las encuestas tanto tiempo, y en su momento no necesitaba tantos votos prestados, porque tenía los suyos propios.

Solá, a este respecto, parece sufrir el mismo trauma que Massa, el último de sus ex jefes: le cuesta desde hace ya un buen tiempo encontrar su lugar y su función en la política argentina. Como el tigrense, añora ese momento mágico en que consiguió que la sociedad canalizara a través suyo una expectativa mayoritaria, una demanda de cambio. Pero el problema es que en ocasiones las sociedades usan a los políticos en un momento, y los dejan de lado en el siguiente, los olvidan. Por más jóvenes e insistentes que ellos sean.

Tienen razón los que dicen que está faltando arte político. Pero el problema es que no es lo único que anda faltando. Y así como van las cosas, es difícil que los peronistas puedan evitar una nueva derrota a nivel nacional. Pero tal vez desmientan los pronósticos y ganen. Pero eso sucedería en todo caso para terror de muchos de ellos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/11/2018

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¿Cuándo se vio al dólar retroceder ante el peso? Similitudes y diferencias con el 2002

Podría pensarse que es cosa de mandinga: el dólar retrocede, parece no encontrar piso, la gente que lo compró a 42 se quiere cortar las venas y los que apostaron al peso ganaron, los sectores que exportan ruegan que el gobierno lo sostenga para no perder rentabilidad. Sin embargo no es tan insólito, ni siquiera es inédito.

¿Cuándo asistimos al milagro de un dólar retrocediendo frente al peso? En 2002. Pasó de cerca de 4 pesos en junio de ese año pasó a 3 un par de meses después. Y ahí se quedó por bastante tiempo. Hasta que Néstor Kirchner empezó a darle a la maquinita y volvió la inflación crónica, a partir de 2004. Desde entonces nunca más. El dólar se fue moviendo más rápido o más lento pero siempre en la misma dirección, para arriba, y el peso perdió una oportunidad invaluable de convertirse en algo serio.

¿Cómo fue posible ese milagro de un dólar retrocediendo, en lo peor de la gestión de la emergencia desatada por la salida de la Convertibilidad, de protestas sociales violentas y cotidianas por múltiples motivos?, ¿y cómo lo logró un gobierno tan débil, con poquísimo apoyo social?

También entonces había triunfado, aunque más no fuera momentáneamente, la ortodoxia económica. Duhalde intentó inicialmente una devaluación controlada del 30% y mantener un mercado cambiario regulado, pero se dio cuenta a tiempo que no iba a funcionar, que la desconfianza iba a devorar en poco tiempo esa barrera, así que aceptó liberar el mercado, manteniendo un estricto ajuste de los gastos y presionando a los sindicatos para que no reclamaran aumentos salariales. Cosa que estos aceptaron porque la desocupación estaba cerca del 20% y subiendo, y la alternativa era que ganaran Menem o López Murphy y ellos perdieran además de la capacidad de defender el salario, la de preservar sus santuarios de poder.

Se instrumentó así el ajuste más duro que se haya aplicado en la historia del país, incluyendo gobiernos autoritarios. Con la disculpa de que todo era culpa de De la Rúa y su absurda pretensión de sostener la Convertibilidad. Misión que fervorosamente le habían rogado que no abandonara el 80% de los argentinos hasta poco tiempo antes, Incluidos muchos de los peronistas que ahora se beneficiaban de sus despojos.

La historia es cruel, y la de esa crisis fue especialmente cruel con los más débiles. Pero lo cierto es que la terapia funcionó. Una crisis que se temía duraría años, con empobrecimiento e inestabilidad prolongados, para mediados de 2002 se había estabilizado y para finales de ese año empezó a quedar atrás, gracias a que la economía crecía al 10%. Con lo cual Duhalde lograría que al año siguiente lo sucediera su delfín. O mejor dicho, quien él pensó que había convertido en su delfín.

¿Cuáles son las similitudes y diferencias con la situación que estamos viviendo? En lo económico, las diferencias son de grado. La caída ahora no fue tan abrupta, así que tampoco va a ser tan marcada la recuperación. Y la inflación no va a poder controlarse tan rápido porque no hay el desempleo que había en 2002, ni la sintonía que existía entonces entre el gobierno y los sindicatos.

En tanto en el terreno político las diferencias son más marcadas, algunas incluso sorprendentes: es más difícil entender por qué la ortodoxia está siendo tolerada, pues el derrumbe económico, el desgobierno y la violencia social no se hicieron tan presentes, apenas si se insinuó la amenaza del caos, en corridas cambiarias y algunas protestas a piedrazos; y quienes metieron la pata y cargan con la responsabilidad de que la crisis estallara, al menos la inmediata, son los mismos que están administrando la dura terapia para salir de ella.

Hay sin embargo también algunas similitudes políticas con 2002, más sutiles pero muy importantes: igual que entonces los grupos de interés y la oposición están muy divididos, y la gestión de la emergencia tiene bastante tiempo por delante antes de que haya que concurrir de nuevo a las urnas. Con lo cual las alternativas oportunistas a hacer el esfuerzo que impone el ajuste no pesan tanto en el ánimo social.

Y pesa además, igual que entonces, la contundencia de la lógica ortodoxa en manos de un gobierno que no la abrazó por voluntad propia sino cuando no le quedó otra.

Como se sabe, este tipo de soluciones no es para nada popular en nuestra cultura política, pero cada tanto se impone “por la fuerza de las cosas”, cuando todo lo demás queda descartado. Lo sucedido en los últimos meses operó a este respecto como un “anticipo del 2002”, porque no hizo falta que la economía volara por los aires para adivinar lo que se venía; y porque las responsabilidades no se concentraron en actores puntuales, ni los políticos ni los sectoriales, sino en problemas estructurales del Estado, sus gastos excesivos e ineficientes, nuestra falta de competitividad, etc.; y tampoco estaba a la mano achacarle la culpa a influencias nocivas externas; con lo cual lo cual ni el populismo ni el nacionalismo pudieron ofrecer explicaciones convincentes.

¿Significa esto que la disciplina fiscal y la necesidad de contar con una economía más abierta y ordenada han ganado la “batalla cultural”? No conviene exagerar. Pero tampoco subestimar la capacidad de comprensión de las dificultades por parte de la sociedad. Si no se lo hubiera hecho en los últimos años probablemente los problemas actuales serían más fáciles de manejar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/11/2018

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Radrizzani pidió perdón por la misa con Moyano. A medias.

Debe haber medido la repercusión en la sociedad. Y recibido más de una reprimenda de sus pares menos politizados. Porque no es común que la Iglesia se disculpe del modo en que acaba de hacerlo el obispo de Mercedes, Agustín Radrizzani.

En una carta pública bastante extensa el obispo que ofició la misa en Luján la semana pasada explica lo que entendió que estaba haciendo al aceptar la propuesta que le hiciera Julián Domínguez en representación de gremios y organizaciones sociales, y que terminó con la foto de los Moyano en primera fila y saludándolo amablemente, como culo y calzón para cerrar el evento. Una misa no se le niega a nadie. Y una foto amistosa tampoco.

Al principio el tono de la carta es ambiguo, y hasta podría llevar a pensar, si no se la lee con la mejor disposición, que pretende achacar el vendaval de críticas que recibió a la hipersensibilidad de algunos corazones no muy inclinados al diálogo ni a la comunión cristiana, y a la maldita grieta que nos crispa el ánimo un poco a todos.

Dice por ejemplo: “sé que algunos han sufrido por la misa del 20 octubre, les pido perdón, así como otros se han alegrado. Los invito a todos a caminar juntos para superar la dolorosa brecha que vivimos en nuestra sociedad”. Los que “se sienten desorientados o angustiados” por la misa, en suma, deberían pensarlo mejor y no hacerse tanto problema, en vez de estar buscando el pelo en la leche, podrían abandonar sus recelos y colaborar con la reconciliación de los argentinos.

Luego la misiva se pone más interesante porque entra en detalles y se despega de cualquier interpretación partidista, y en particular “moyanista”, del episodio. Niega haber estado “en contacto con ningún gremialista para preparar la misa” y aclara que nunca tuvo “el deseo de apoyar ni un partido, ni una ideología, ni una persona. Por tanto, no existió intencionalidad política alguna en la celebración… les aseguro que no he recibido ningún beneficio económico para nuestra querida Iglesia arquidiocesana ni tampoco para mi persona.. mi intención…. fue la de propiciar un clima de diálogo para superar las dificultades que sufren muchos argentinos… escuchar al otro y manifestarle mis puntos de vista… Esto construye puentes que forjan entre nosotros una convivencia fraterna que es el encuentro entre hermanos, tan recomendado por el papa Francisco y tan necesario en este momento histórico que nos toca vivir”. Para cerrar con la afirmación tal vez más importante de toda la declaración: “como Iglesia, nos oponemos a toda forma de corrupción”.

Si Radrizzani entendió necesario aclarar que la Iglesia y la corrupción no se llevan es porque efectivamente hubo muchas interpretaciones sobre las “intenciones políticas de la celebración” y la mayoría apuntaban en esa dirección. Tanto las que hicieron los Moyano, como las que plantearon sus críticos.

Obviamente el obispo la sabe, lo saben sus pares y de ahí la necesidad de la carta y de esa frase en particular: era hora de aclarar que con ese flagelo que ahonda la grieta, nos empobrece y dificulta enormemente la sana convivencia, la jerarquía católica no quiere tener nada que ver. Ya tiene suficientes problemas institucionales, de credibilidad, y desafíos de reforma y saneamiento por delante como para que sume uno más y para nada.

¿Se calmarán las aguas en la relación entre la jerarquía y el oficialismo? Es posible. También Macri hizo un gesto, al llevar donaciones a una parroquia de Morón donde funciona un comedor de Cáritas apenas horas después de la celebración del escándalo. Lo hizo porque entiende mejor que la curia que, la verdad, ninguna de las partes tiene mucho por ganar en esta pelea. Que así como quedó planteada tras la misa, parecía contrabandeada por algún trasnochado que atravesó en el túnel del tiempo los últimos cincuenta años de historia y política nacional y meaba fuera del tarro sin disimulo.

Más todavía cuando las chances de que el peronismo en alguna de sus versiones vuelva pronto al poder son escasas. Mezclar la corrupción de líderes sindicales y peronistas con las críticas por la situación social, el ajuste fiscal y hasta el FMI, y más todavía con la disputa sobre el aborto, la educación sexual, la anticoncepción, las cuestiones de género y demás no es para nada una buena idea. Ni para la Iglesia ni para el macrismo. Que van a tener que convivir y seguir tironeando por algunos de estos asuntos por bastante tiempo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/11/2018

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¿Crecerá en Argentina la derecha dura?

Lo sucedido en Brasil con Bolsonaro, algunas manifestaciones públicas promovidas por la Iglesia, como la del pasado fin de semana en contra de la Educación Sexual Integral, y los altos índices de frustración que muestran las encuestas de opinión con el sistema político y con los líderes hasta aquí vigentes, por su incapacidad para satisfacer las expectativas depositadas en ellos, las económicas en primer lugar pero no sólo ellas, ha llevado a muchos a preguntarse si no estará incubándose también aquí una respuesta virulenta en la sociedad, que liquide la moderación política. Si no puede surgir una derecha dura, que con la bandera de “orden y progreso” intente en serio lo que sin mucho fundamento la izquierda achaca a Macri estar intentando.

Es cierto que demandas de mano dura en materia de seguridad existen desde hace mucho. Pero nada parecido a las que se han vuelto mayoritarias en Brasil. Allá una policía que fusiló por la espalda a un carterista en la puerta de una escuela de Río de Janeiro se convirtió en diputada con un apabullante respaldo electoral; acá Chocobar, que hizo bastante menos que eso, está por ir a juicio y a nadie se le ocurrió, todavía, convocar a una marcha en su apoyo.

El senador Pichetto y algunos otros opositores han buscado capitalizar el descontento que existe por la inseguridad y la violencia adelantándose al gobierno en reclamar la expulsión de extranjeros que delinquen, proponer más controles a la inmigración como vía para combatir las mafias de la droga y, más recientemente, reconstruir nuestras fuerzas armadas. Pero nada de esto por ahora ha generado mayor adhesión en los votantes. El principal desafío electoral que enfrenta el peronismo en que se inscribe Pichetto es seducir a seguidores de Cristina Kirchner. Que no están en principio muy a tono con esos planteos de mano dura. En este asunto pareciera que un populismo radicalizado de izquierda, aunque en decadencia, todavía tiene suficiente combustible como para dificultar que florezca uno de derecha.

Es cierto también que existe un sector de opinión económica que viene sosteniendo que Macri con su moderación y gradualismo nos ha hecho perder tiempo inútilmente, que en parte lo sigue haciendo y reclama reformas y disciplina económica mucho más duras incluso que las ya duras que en los últimos meses, aunque solo en el frente fiscal y monetario, el gobierno se ha visto en la necesidad de aplicar. Pero no parece que haya ninguna vía por la que esa opinión pueda convertirse en una opción política siquiera mínimamente atractiva y viable.

Quienes podrían intentarla (¿José Luis Espert?, ¿acaso Ricardo López Murphy?) y los que desde la sociedad civil, en particular desde el empresariado, podrían apoyarlos tal vez estarían tentados de pasar a la acción si Macri tardaba en concretar su giro, o si en el ínterin perdía algún pedazo de su coalición, pero nada de eso ha sucedido. Lo que revela que la ortodoxia doctrinaria sigue siendo una opción casi testimonial en estos días, incluso en sectores que otrora la abrazaron con fervor, y pierde la batalla frente al pragmatismo político de los moderados.

Por último, la tercer fuente de la que podría alimentarse una derecha dura es la confesional. Y ciertamente ella es, por lejos, la más activa en los últimos tiempos.
Las movilizaciones en ocasión de la votación sobre el aborto la incentivaron y para no perder el impulso ahora ella se ha enfocado en los temas de educación sexual, diversidad de género y anticoncepción, con la pretensión de restablecer el “orden natural” y las sanas tradiciones de la nación católica, la autoridad paternal en las relaciones familiares, en la vida sexual de los jóvenes y reducir lo más posible los márgenes de tolerancia con lo que consideran “conductas desviadas”, enfermas o pecaminosas.

Incluso algunos de estos grupos movilizados apuestan ya abiertamente a participar de la competencia electoral: organizan sus partidos (el “celeste” o “pro vida” entre ellos) y adelantan que no volverán a apoyar al macrismo dado que él traicionó su confianza cuando habilitó el debate sobre la legalización del aborto, y sigue haciéndolo ahora cuando pretende hacer cumplir la ley de 2006 sobre la ESI, o algunos sectores incluso quieren ir más allá y buscan reformarla para limitar la autonomía en la materia de las escuelas confesionales.

En principio, poco tiene que ver este sector movilizado con el mayoritario en la jerarquía, que se abraza al sindicalismo de Moyano y las organizaciones de desocupados. Como sucede en relación a la inseguridad a este respecto también opera un quiebre entre derechas e izquierdas que les quita fuerza a ambas. Por la de momento insuperable distancia entre quienes marchan detrás de consignas como Cristo Rey y Religión o Muerte, y quienes lo hacen ungiendo las mucho más concurridas manifestaciones del pueblo sumergido, en que se reclama más gasto social y salario, menos intervención del FMI y, un poco en sordina, menos celo investigativo de jueces y fiscales por temas de corrupción.

¿Puede de todos modos la Iglesia sostener este doble juego para asediar al oficialismo a la vez por ambos extremos del arco ideológico, para robarle votos ortodoxos y antiabortistas por un lado y heterodoxos y socialmente sensibles por otro? El arte milenario de componer los opuestos es parte esencial de su legado, claro. Pero aún con la inspiración de Francisco puede resultar poco convincente un Complexio Oppositorum cuyos referentes sean de un lado Pablo Moyano y del otro Torquemada.
Por algo en Argentina nunca hubo voto confesional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/10/2018

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¿Cómo gobernará Bolsonaro?, ¿y cómo afectará a Argentina?

Cuando las instituciones dejan de funcionar, las inclinaciones y actitudes de ciertas personas se vuelven decisivas. Un individuo puede entonces hacer la diferencia entre el cielo y el infierno. Es probable que algo de esto esté por suceder en Brasil, y no sea precisamente para bien.

¿Se moderará Jair Bolsonaro una vez que se acomode en el palacio del Planalto? Difícil. Tal vez no llegue al extremo de descabezar el Supremo Tribunal Federal, como adelantó que haría uno de sus hijos metiendo presos a sus integrantes. Pero es muy probable que intente algunos golpes de efecto iniciales para atender la demanda de sus votantes más entusiastas, de su entorno más ultra en las fuerzas armadas y la ultraderecha civil, y también su propio sueño de consagrarse como salvador de la patria. Y que apueste además a terminar de desarmar del todo el sistema de partidos preexistente, para formar una mayoría propia en las cámaras, sin tener que negociar sus iniciativas con ninguna de esas fuerzas.

Pero, ¿tendrá éxito? Va a depender, fundamentalmente, de cómo evolucione la situación económica. Si ella mejora más o menos rápido, el apoyo social al nuevo gobierno se va a consolidar. Y muchos legisladores hoy dubitativos entre sus viejas lealtades en crisis y el sueño de ser parte ellos también de la “regeneración” en marcha estarán tentados de sumarse a la coalición oficial. Más o menos como sucedió con Trump y los legisladores republicanos en los últimos dos años en Estados Unidos. Y antes de eso, entre 2003 y 2005, logró Néstor Kirchner en nuestro país con las bancadas y los gobernadores peronistas y radicales.

Los populismos radicalizados, sean de derecha o de izquierda, necesitan ese tipo de combustible económico de corto plazo para dar credibilidad a las diferencias que dicen plantear con la “política tradicional”, consagrar las virtudes heroicas de sus líderes y debilitar los frenos y contrapesos de los sistemas republicanos en que actúan.

Y es probable que Bolsonaro consiga algo de esto, porque contará a su favor con que Temer hizo ya buena parte del trabajo sucio de ajuste y reformas impopulares (más o menos como hiciera Duhalde en beneficio de Kirchner en nuestros pagos), tiene en principio la confianza del grueso de los empresarios y Brasil ha venido recibiendo ya muchas inversiones externas y cuenta con una considerable capacidad ociosa.

Pero es difícil que vaya a tener el camino tan despejado como Trump o Kirchner. Enfrentará una deuda que viene creciendo a ritmo galopante (se duplicó en los últimos 5 años) y se origina en uno de los problemas que Temer quiso encarar pero quedó pendiente, el enorme déficit del sistema previsional. Encima su par norteamericano ya adelantó que tiene a Brasil en la mira, por su renuencia a ceder en materia de proteccionismo comercial. Por lo que es probable que más que cooperación haya conflicto entre los dos matones del continente.

Si a eso sumamos los desacuerdos que existen en las bases de apoyo del ex capitán y ahora presidente, entre los militares nacionalistas y los economistas liberales para empezar, y la vaguedad de los planes trazados por el candidato, lo más probable es que el nuevo gobierno tarde bastante en encontrar un rumbo, y mientras tanto deberá sobrevivir buscando apoyos en la miríada de partidos que pueblan las dos cámaras del Parlamento. Esos oportunistas de siempre que venden caro su apoyo a cualquier tipo de políticas y gobiernos, como probaron ya bajo Fernando Henrique Cardoso y los gobiernos del PT, encarecen toda reforma que encaren los presidentes de turno y los enredan en la “vieja política” por más innovadores que ellos quieran ser.

Encima en la segunda vuelta Bolsonaro estuvo lejos de dar el batacazo que esperaba. Si hubiera seguido la campaña un par de semanas más y él y sus hijos seguían hablando sin filtro hasta puede que el resultado hubiera sido otro. Y los viejos partidos además se han quedado con buena parte de las gobernaciones del país. Así que no es tan cierto que haya una sólida mayoría a favor del cambio con que sueña la ultraderecha.

¿Y qué es lo que le conviene a la Argentina? ¿Y al actual gobierno argentino? Macri podrá lucir ahora más que nunca sus dotes de moderación y prudencia, en contraste con nuestro principal socio y vecino. Pero ¿y si el ejemplo brasileño inspirara a la derecha local que considera al líder de PRO demasiado tibio, demasiado laico, apenas un “populista con buenos modales”? Ni aún en caso de mayores dificultades económicas esa hipótesis tiene muchas chances de prosperar. Hay que tener en cuenta que el extremismo es lo nuevo en la política brasileña, pero es social y culturalmente lo más normal del mundo allá. Tan normal como las 68.000 muertes violentas por año, que proporcionalmente quintuplican las que nosotros consideramos un drama insoportable. Mientras que en Argentina sucede exactamente lo contrario en la relación entre las elites y la sociedad: aquellas estuvieron jugueteando con la radicalización populista por mucho tiempo y hasta hace muy poco, hasta cansar a una sociedad que en buena parte recela de cualquier receta e idea demasiado extrema.

Por eso a Macri, y también al país, les conviene que a Brasil le vaya todo lo bien que se pueda en lo económico, pero no que prosperen sus inclinaciones radicalizadas en lo político e institucional. Y esa posibilidad hará ahora las veces de fantasma aleccionador, como Venezuela pero al revés: ¡¡menos mal que esto acá no pasa!!, ¡¡cuidémonos de que siga siendo así!!. Ayudar a domesticar a Bolsonaro en estos aspectos mientras busca la forma de cooperar con él en materia de comercio, inversiones, acuerdos extraregionales y demás va a ser un gran desafío. Pero nuestro gobierno tiene en eso más para ganar que para perder.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/10/2018

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Buscando el mártir que legitime la resistencia

Maldonado, por más que quieran disimular, no funcionó. Así que el kirchnerismo y el trotskismo insisten con un método cada vez más peligroso: exponer a desesperados voluntarios o a sueldo para que alguno se convierta en bandera de la resistencia.

Voceros de Unidad Ciudadana y la izquierda revolucionaria han salido a propalar la versión de que el gobierno de la ciudad repartió volquetes con escombros en las inmediaciones del Congreso días antes de la sesión en que se votaría el Presupuesto 2019, invitando a quienes iban a movilizarse ese día a hacerlo a piedrazo limpio.

Su razonamiento es que el gobierno de Macri quería deslegitimar la protesta, desalentar a las organizaciones sociales que resisten el ajuste, y espantar a todos los demás que también ven con disgusto los recortes de gastos. Y de paso volver a polarizar la escena en la clave “orden vs caos”.

Abrazan esta explicación incluso sectores más moderados de la oposición, como algunos miembros del Frente Renovador, que ven con disgusto el protagonismo que siguen teniendo sus pares más virulentos, dejándolos a ellos en una posición incómoda, deslucida. Y sospechan connivencia del gobierno, la mano negra de los servicios de inteligencia y cosas por el estilo.

A estas sospechas también contribuyeron representantes del cristinismo que practican desde hace tiempo un doble juego al estilo de Doctor Jekyll y Mister Hyde. Dr. Filmus hizo declaraciones muy preocupado por los recortes en cultura, investigación y educación, se alarmó en particular por el destino de la orquesta filarmónica y la de ciegos. Y a continuación Mr. Filmus acusó al gobierno de infiltrar la protesta para deslegitimarla y espantar a los millones de argentinos que querían manifestarse, negándoles sus legítimos derechos. Si fuera cierto, el de Macri no sería tan solo un gobierno represivo, sino también antidemocrático. ¿Ofreció alguna evidencia Mr. Filmus? ¿Algún Milani en las inmediaciones del Congreso operando con sus agentes secretos? Nada. Aunque podría haber mencionado la fábula de los volquetes.

Pero más allá de las evidencias, pensemos por un segundo: ¿Tendría alguna lógica que el gobierno nacional estimulara la trifulca, durante una sesión en la que tenía ya garantizados los votos para darle media sanción a la ley de presupuesto? Aunque sea cierto que la polarización lo beneficia en alguna medida, ¿no lo beneficiaba mucho más acaso que la sesión se desarrollara en calma?, ¿no hubiera dado así una señal de gobernabilidad mucho más útil para su plan económico, y por tanto también para su futuro político? Es absurdo suponer que alguien del oficialismo podría estar interesado en repetir la escena de diciembre del año pasado cuando se debatió el cambio en la actualización de jubilaciones. Destacar que las instituciones siguen funcionando y él logra hacer aprobar sus proyectos, mostrar a una parte de la oposición colaborando aunque sea solo a medias con el ajuste, y resaltar la tolerancia que existe al respecto en buena parte de la opinión pública, todo eso era lo que le convenía al oficialismo. No la batahola.

Como siempre sucede, son los que llevan las de perder en el juego institucional y en las votaciones los que están tentados de pudrirlas. Y eso vienen haciendo kirchneristas y trotskistas desde hace un tiempo. Esta vez no lograron que se levantara la sesión, como en el primer intento oficial con la cuestión previsional. Tampoco involucrar a las organizaciones sociales en los piedrazos, ni dejarlas atrapadas en medio de la represión, como en la segunda sesión de diciembre. Porque estas mismas organizaciones se alejaron del despelote en cuanto se desató, y en muchos casos sacaron de sus filas a quienes llevaban piedras, bazucas y demás. Quedó bien a la vista que eran unos cuantos cientos los que quisieron cruzar las vallas, con ayuda de algunos legisladores de la Cámpora. Y rompieron e incendiaron todo lo que pudieron a su paso. Pero ni así consiguieron lo que buscaban, que la sesión se levantara, y más todavía, un mártir. La mala noticia es que no van a desistir.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/10/2018

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Los obispos, complicados para hablar ahora de unidad nacional

Para escapar del papelón en que terminó la misa de Agustín Radrizzani con Hugo Moyano, monseñor Oscar Ojea, presidente de la CEA, adelantó una convocatoria a la unidad nacional, que incluiría a oficialistas y opositores, sindicatos y empresarios. ¿Va a funcionar? La comparación con el 2001 ahonda más la tensión.

Para empezar, Ojea estuvo lejos de aceptar que la curia haya metido la pata al permitir, y tal vez también promover, no sólo la misa del sábado pasado en Luján sino toda la serie de desplantes al oficialismo y adhesión abierta y enfática al peronismo más virulento y manchado por causas de corrupción a que hemos asistido en los últimos tiempos: recordemos el mal momento que Jorge Lugones, presidente de la Pastoral Social, le hizo pasar en junio a María Eugenia Vidal, apoyando el paro de la CGT y cuestionando su sensibilida social; gesto que repitió el 17 de octubre, de la mano del líder camionero, justo en el momento en que su hijo Pablo estaba por ser detenido.

El presidente de la Conferencia Episcopal incluso dio su “apoyo pleno a la tarea pastoral de Radrizzani”, y se mostró decidido a fugar hacia delante del entuerto: como bálsamo contra la impresión que los obispos peronistas más politizados han dejado en la opinión pública, que de su mano la Iglesia católica se está comportando como una facción, pretende ahora recuperar el rol desempeñado durante la crisis de 2001-2, para lo cual convocó a un “diálogo por la unidad nacional”. ¿Es oportuno?

Seguro no va a caer muy simpático en el oficialismo que se homologue la situación actual con la catástrofe vivida dieciséis años atrás. Para empezar, porque a diferencia de entonces hay ahora un gobierno que refrendó sus credenciales en las urnas dos veces, la última hace apenas un año, y que con sus errores y aciertos está esforzándose por sostener el gasto social, para que la crisis en curso no caiga en las espaldas de los más desfavorecidos. Pero también y por sobre todo porque este gobierno no tiene necesidad de la intermediación de la curia para dialogar y negociar con todos los grupos de interés y sectores políticos, incluida la enorme mayoría de los sindicatos, que no están muy interesados que digamos en respaldar a Moyano en su pelea para frenar las investigaciones de la Justicia usando la protesta social para disimular. La pregunta que debería empezar por responder la jerarquía eclesiástica es precisamente por qué ella sí está interesada en hacerlo.

Como no está en condiciones de dar una respuesta satisfactoria, cabe prever que la convocatoria de Ojea no va a tener mayor eco, más allá de quienes ya se subieron al camión de este operativo salvataje, algunos porque no les queda otra, como es el caso de los kirchneristas, y otros porque no lo pensaron demasiado.

Y con esos socios, lo que se aseguraron en la CEA fue desalentar la participación de casi todos los demás. Algo que Ojea parece no entender: que por el camino que va seguirá limitando sus chances de influir y haciéndole fácil al gobierno la salida más económica, ignorar todos esos reclamos y críticas, incluidas las que vienen avaladas por la supuesta superioridad moral de la Iglesia, en la confianza de que muy pocos que no hayan estado desde antes convencidos de que Macri es el mismo demonio van a prestarle atención.

Ojea insiste en que los obispos hablan con todos, y aludió a reuniones en curso con la UIA, representantes de las PyMEs y demás. Todo eso está muy bien. Pero el problema es de orden político e institucional, y si no se atiende va a seguir dañando la misma legitimidad de la jerarquía católica como voz y guía de la sociedad, ya no digamos de toda ella, incluso de la porción de esa confesión.

La dificultad que enfrenta la curia nace del hecho de que, en vez de reconocerse como cabeza de una institución en problemas, que debe empezar por revisar sus déficits y pecados, entre ellos, ciertas tendencias a la facciosidad y la politiquería, el ideologismo pobrerista y el antiliberalismo, pretende disimularlos detrás de los problemas ajenos. La paja en ojo ajena para que no se vean las vigas que hay en los suyos. Mala idea.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/10/2018

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