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Freiler, Ducler, Odebrecht: una semana de alivio para la corrupción

El pesimismo estuvo en alza la semana pasada y no fue para menos. El lunes el impresentable juez Eduardo Freiler zafó del juicio político. En público esa batalla el kirchnerismo residual la tiene totalmente perdida, pero le importó un pito y apañó al Oyarbide del momento, sin mosquearse por lo que opine la sociedad. Entre el martes y el miércoles el Ejecutivo fracasó en sus intentos para que Odebrecht brindara información detallada sobre las coimas pagadas a funcionarios argentinos entre 2007 y 2014 y tras cartón, como ya era de esperar, los fiscales que viajaron a Brasilia volvieron con las manos vacías. Para completar un panorama desolador el jueves falleció en confusas circunstancias el financista Aldo Ducler, apenas horas después de prometer que develaría el misterio de las regalías petroleras de Santa Cruz, la trama de corrupción gracias a la cual los Kirchner financiaron su carrera a la presidencia.

Esta sucesión de hechos desafortunados abonó la tesis de que en Argentina no será posible hacer siquiera una mínima parte de lo que está haciendo Brasil en contra de la corrupción endémica. Así como la impresión de que el gobierno carece de la fuerza de voluntad y/o de los instrumentos necesarios para torcer aunque más no sea en parte ese destino.

Y es que en los tres episodios se evidenciaron claras falencias del Ejecutivo. Si aparece un testigo potencial de la relevancia de Ducler, ¿no habría que protegerlo de inmediato? En la UIF dijeron que la oferta de colaboración no estaba debidamente firmada sino solo inicialada y por eso no se tomó en cuenta. Tal vez la verdad sea más bien que ni se dieron por enterados de la intención de Ducler hasta después de su muerte, por simple desidia burocrática.

Si ya era de prever que Brasilia no entregaría fácilmente la información disponible allá sobre las coimas pagadas en nuestro país, debido a que no tenemos leyes como las brasileñas que permitan disculpar a quienes colaboren con la Justicia, ¿por qué el Ejecutivo no advirtió antes sobre ese obstáculo, sobre la responsabilidad de la oposición kirchnerista en haber frustrado lo esencial del proyecto de ley del arrepentido el año pasado, y sobre la necesidad de insistir con ese proyecto así como con forzar a la empresa constructora a sellar un acuerdo específico? En vez de eso se dejó estar, evitó el asunto durante meses, hasta que Carrió y el ejemplo de los demás países de la región (salvo Venezuela y Ecuador, como dijo el propio Macri en estos días, una más que incómoda compañía) le metieron presión.

Claro que es infinitamente mejor tener un gobierno que reacciona tarde y sin plan ante los problemas de corrupción que uno que se dedica a sistematizarla y ocultarla por todos los medios imaginables. Pero el riesgo que corre el primero es frustrar las expectativas de cambio en él depositadas, ya de por sí tímidas y condicionadas, y alimentar indirectamente las tesis cínicas de quienes lo que menos quieren es que se termine la joda y para evitarlo necesitan por sobre todo de la resignación colectiva: que se consolide la idea de que “esto siempre fue igual y nunca va a cambiar”, que “es lo mismo el Correo que Odebrecht o Lázaro Báez, robar roban todos”, y por tanto, que “ya que me van a robar, por lo menos que me den tarifas baratas y empleo público”. Frente a argumentos como esos el kirchnerismo corre con ventaja porque no promete otra cosa, así que nadie va a reclamarle que sea honesto, y hasta puede sacar chapa por no ser hipócrita.

El frustrado intento de juzgar y desplazar a Freiler fue, a este respecto, por lejos el episodio más lamentable de la semana, y el que más perjudicó al oficialismo, porque fue también el que más dependió de sus talentos y esfuerzos.

Si es cierto que los funcionarios macristas se confiaron en contar con un voto en el Consejo de la Magistratura que nunca existió lo menos que cabría decir es que sobreestiman su capacidad de seducción y sus fuentes de información. Y si sabían que tal vez fracasarían pero prefirieron avanzar igual para dejar en evidencia la “complicidad de los kirchneristas” la conclusión a extraer sería aun peor: que no entienden lo frágil que es el campo de cambio.

Como le sucedió a Alfonsín frente a los sindicatos apenas iniciado su gobierno, en 1984, cuando fracasa un lance reformista lo primero que le sucede a un gobierno sometido a múltiples presiones y con muchos frentes abiertos al mismo tiempo es que crecen los incentivos para atender otras prioridades menos conflictivas o riesgosas, y adoptar un enfoque más concertado y modesto en el terreno en que sus intenciones se frustraron.

Esto no debería asombrar a nadie en el entorno de Macri, porque en verdad ya tuvieron ocasión de experimentarlo en carne propia al comienzo de su periplo: a raíz de las críticas y contorsiones desencadenadas por el primer acto del nuevo gobierno en el frente judicial, el decreto presidencial designando a dos nuevos integrantes de la Corte Suprema, el macrismo perdió no sólo tiempo y legitimidad, sino la oportunidad de usar ese instrumento para un objetivo más razonable, por ejemplo desplazar a Gils Carbó; a quien nada casualmente todavía siguen debiendo soportar. ¿Hacía falta algo más para advertir la necesidad de contar con un plan de acción más serio en este frente?

Por suerte durante la última semana también se hizo sentir la presión de Carrió, y varios jueces y fiscales tomaron medidas largo tiempo demoradas sobre algunos de los casos de corrupción más escandalosos de los últimos tiempos. Como para darnos alguna esperanza. Pero ya deberíamos saber que esa sola fuerza motriz no va a alcanzar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/6/17

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Los feriados divisionistas en nuestra historia

¿Qué es un feriado nacional? Ante todo, una ocasión para descansar o pasear, claro; pero también una fecha en que dejamos de ocuparnos exclusivamente de lo personal y atendemos a lo común, un día que, por su significado compartido, nos une, define y actualiza nuestra identidad. De allí que los feriados nacionales, aquí y en todos lados, hayan estado regularmente asociados a las fiestas patrias: los momentos de la historia del país dignos de celebrarse por lo que significan en la formación y desarrollo de la sociedad y sus instituciones.

Lo primero que llama la atención al respecto en Argentina es que hasta fines del siglo XX no tuviéramos más feriados que los que rememoraban acontecimientos significativos del siglo XIX, más específicamente de sus primeras décadas: por algún motivo ni siquiera hemos experimentado jamás interés en festejar un “día de la Constitución de 1853”, o un “día de la ley 1420”, o un “día del voto secreto y universal”, por imaginar algunos posibles candidatos de las décadas posteriores que bien se lo hubieran merecido. Como si lo que nos mantuviera unidos fueran exclusivamente las luchas de independencia, no los logros ni los pilares institucionales de la concreta y bastante posterior formación de la República Argentina en la que nos tocó vivir. Es por lo menos curioso.

Es llamativo también que tras la reforma electoral de 1912 y a lo largo del resto del siglo XX nos volviéramos una sociedad por completo incapaz de producir nuevos acontecimientos cuyas fechas fueran capaces de convocarnos a todos con un sentido mínimamente compartido, cuyo significado nos uniera y fortaleciera nuestro sentido de pertenencia. Ni nuevos logros institucionales, ni jornadas cívicas, ni victorias internacionales ni nada por el estilo logramos conseguir en todos esos años. Y no es que faltaron intentos y esfuerzos. Unas cuantas fechas partidistas y facciosas pretendieron ser nacionalizadas durante ese largo período de carestía, y con estos intentos se pretendía precisamente dejar atrás dicho período, inaugurar “una nueva era”. Pero todos quedaron a la corta o a la larga en eso, meros intentos.

El peronismo fue por lejos el más activo en estos esfuerzos, como se sabe. Aunque no logró a la postre poner ningún nuevo mojón consensuado, y por tanto inamovible, ni durante su primera década en el poder ni durante los dos experimentos que le siguieron, el de los años setenta y el de los noventa. Así fue al menos hasta que, ya en los albores del siglo XXI, los Kirchner llegaron al poder y se propusieron superar a sus predecesores en esto de hacer historia.

Los gobernantes de la última década larga lo hicieron ante todo porque entendieron muy bien que existía una muy ávida demanda de identidad colectiva, después de años de profunda recesión económica y desafección política y social. Y que existía también la oportunidad para satisfacerla, en un contexto de recomposición social y por algunos años sostenido crecimiento. Estaba el vacío y tenían con qué llenarlo. Pero ¿lo lograron?

Es cierto que dejaron al menos alguna estela, que se prolonga por ahora en el tiempo en signos y símbolos. Pero ellos y su provisoria supervivencia no son tanto el reflejo de consensos particularmente amplios y firmes que supieran en esos años construirse, como de la inercia resultante del fragmentado cuadro de desilusiones y rechazos con que se cerró ese ciclo. Cuadro que a su vez en gran parte es producto, además de los saldos por lo general mediocres sino decepcionantes de sus políticas, de los instrumentos y los métodos con que el kirchnerismo buscó grabar su huella.

Y es que antes que a incorporar al resto de los actores y grupos de opinión en fórmulas compartidas en un “relato” por él estructurado pero en alguna medida atento a las preferencias y sensibilidades del resto de los argentinos, el kirchnerismo a lo que se dedicó fue a acorralarlos con mensajes descalificadores y extorsivos, abusando al máximo del control del estado y del uso de su circunstancial mayoría electoral y legislativa.

Ese método fue también, recordemos, el que se usó para aprobar casi todas las medidas de gobierno, en un agotador ejercicio de la polarización. Pero lo que nos interesa destacar es que al dar su hilo al discurso histórico definió el carácter de la peculiar operación de activación y actualización de la “identidad nacional” montada por los Kirchner, en parte incluyente (“Tenemos Patria” rezó una de las consignas más paradigmática de esos años) pero sobre todo excluyente, pues dejaba fuera de la comunidad política legítima a amplios sectores, los adversarios políticos e ideológicos.

De allí la instauración de curiosas nuevas efemérides, los “feriados divisionistas”, la rememoración de fechas de nuestra historia reciente (y algunas no tan recientes) que tanto por su contenido histórico como por el modo y los argumentos con que se las evocó y recordó desde el estado, tuvieron desde un principio la finalidad de denostar a ciertos actores políticos, y aleccionar al resto: sólo se podría ser miembro pleno de la comunidad nacional si se avalaba esta operación de autocelebración de los gobernantes y sus seguidores y se evitaba desafiarlos en lo esencial del relato.

Junto con esto se partidizaron feriados preexistentes, algo que llegó a niveles extremos en el caso del 25 de mayo, devenido en fecha fundacional del propio oficialismo gracias a la coincidencia entre el día de asunción de Néstor Kirchner a la Presidencia y la revolución de mayo, y a la dedicada construcción desde el aparato cultural y comunicacional del estado de un discurso refundacional con fecha de inicio en 2003 que pretendía “completar y trascender” la obra iniciada en 1810.

De los feriados divisionistas de estos años el más significativo sin duda fue, y lo sigue siendo, el 24 de marzo. Que como ocasión para celebrar los derechos humanos, la memoria y la justicia sirve tanto como serviría la fecha de la batalla de Cancha Rayada para rememorar las luchas de independencia.

El gran fracaso nacional que se condensa en el último golpe militar, procesado por la ingeniería comunicacional kirchnerista, devino símbolo de los valores democráticos para alcanzar varios objetivos simultáneos de resignificación histórica. Por un lado, quitar entidad a todo lo que sucedió antes de esa fecha, en particular entre 1973 y 1976 en términos de violencia política, negación de derechos y destrucción de la convivencia institucional. Nada de eso “tenía lugar” si la historia luctuosa a recordar comenzaba en 1976.

Por otro ofreció, a quienes controlaran los sentidos de la evocación, la oportunidad de definir responsabilidades, con mayor alcance desde que el golpe fuera llamado, como se esmeraron en hacer los gobiernos kirchneristas, “cívico – militar”. Permitiendo a esos gobiernos y sus seguidores poner en la vereda contraria a los derechos humanos y la democracia no a todos los que colaboraron con los militares, si no a aquellos de quienes lo hicieron, o tal vez sólo mostraron alguna ambigüedad o inconsecuencia, y se atrevieran a oponerse a los Kirchner.

Porque como se sabe los que justificaron el golpe en su momento fueron millones y estuvieron movidos por los sentimientos y percepciones más variados: hartazgo con la política civil, deseo más o menos indiscriminado de que las guerrillas y los revolucionarios sufrieran un duro escarmiento y desaparecieran, o la aun más generalizada percepción de que “peor que en 1975 no se podía estar”, a la postre crasamente errada. Y esas y otras justificaciones aun más cuestionables se extendieron además en casi todos los sectores políticos: así como muchos peronistas avalaron la toma del poder por los uniformados para que les sacaran un problema de encima que no habían podido resolver, otros desde el bando revolucionario apostaron a que ella desatara la rebeldía de las masas. No es que los Kirchner desconocieran estas muchas y muy variadas formas en que se pudo “colaborar” con el golpe (si las experimentaron en carne propia y en su familia). Sucedió más bien lo contrario: precisamente porque las conocían bien fue que se ofrecieron para actuar como sus jueces, según un criterio que poco tenía que ver con lo hecho en ese período, porque se fundaba en la medida en que se acompañara o resistiera a las iniciativas de los ahora gobernantes. Ellos se adjudicaron así el derecho de distinguir entre justos y pecadores, una suerte de derecho de admisión a la ciudadanía plena.

No fue este, por cierto, el único feriado instaurado en los últimos años con fines divisionistas. Está también el 20 de noviembre, día de la soberanía por ser la fecha de la batalla de Vuelta de Obligado, y que si bien se recuerda desde 1974, se estableció como no laborable y se jerarquizó desde 2010. Con indiferencia a todos los estudios históricos que destacan la escasa significación que para el resto del país tuviera el esfuerzo hecho entonces por Juan Manuel de Rosas por hacer respetar el monopolio aduanero de Buenos Aires.

Y está, claro, el 2 de abril. Que los Kirchner no instauraron, pero al que sí dieron una mucho mayor atención. La historia de esta última fecha es de por sí elocuente, e ilustra que el problema dista de ser exclusivo del kirchnerismo.

Quien instauró el 2 de abril como feriado fue la última dictadura, en 1983. Con la idea de motivar a la sociedad a valorar el patriótico esfuerzo y sacrificio de sus Fuerzas Armadas y que olvidara o disculpara sus pecados. Alfonsín en 1984 lo anuló y repuso el 10 de junio, advirtiendo que en la fecha de la invasión militar de las islas se recordaba “un hecho cuya celebración resulta incongruente con los sentimientos que evoca”. Si lo que se pretendía era evocar la voluntad colectiva de reparar un daño, reivindicando un derecho internacional que nos asistía, resultaba contradictorio hacerlo el día en que se violó ese mismo derecho internacional y el país se convirtió en parte agresora de la mano de una banda de asesinos repudiados en el mundo entero.

La cosas debieron quedar entonces suficientemente claras, pero no fue así. Cosa curiosa, el mismo partido de Alfonsín, aliado al progresismo frepasista, restableció el feriado del 2 de abril en 2001 con una idea por demás discutible: como el 24 de marzo se había vuelto una fecha “antimilitarista” ya tradicional e “inamovible”, al menos para los organismos de derechos humanos y la izquierda, De la Rúa entendió que había que compensar a los militares dándoles el gusto de que sus “actos patrióticos” y su heroísmo tuvieran también su fecha. Insólito: como no podíamos corregir un error se sumó otro peor, para compensar. Y en vez de unir y construir un futuro mejor se abonó la división y las heridas del pasado.

Cuando llegaron los Kirchner sólo tuvieron que tirar de ese hilo: el 2 de abril ya no sería compensación sino ratificación y ampliación de los mensajes del 24 de marzo, la ocasión para convocar a unas Fuerzas Armadas que debían actuar sólo para realizar los deseos del pueblo, cualesquiera ellos fueran; para advertirle al mundo que si no nos comprendía, y en vez de disculparnos como víctimas que éramos nos señalaba como violadores de derechos, peor para él porque lo ignoraríamos; y recordar que la violencia mientras estuviera dirigida a realizar buenos fines estaba totalmente justificada. ¿Todo esto es hoy lo que nos define como sociedad?, ¿nuestra identidad seguirán siendo los equívocos hechos evocados los 24 de marzo y los 2 de abril?

por Marcos Novaro

publicado en Criterio el 1/6/17

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Cristina tiene razón: Randazzo no juega a nada

La entrevista a Cristina en C5N no fue exactamente un lanzamiento de su candidatura, pero sí de su estrategia para definir las candidaturas bonaerenses del PJ, al establecer los parámetros de su unidad. Que son básicamente dos, firmemente enlazados entre sí. Por un lado, la unidad según la ex presidente tiene que incluir a todos los que participan de la idea de que con Macri no hay que ir ni a la esquina, no hay que votarle ni la más mísera iniciativa legislativa ni negociar nada. Se trata de conjugar pura y exclusivamente dos verbos, rechazar y entorpecer. Por otro, que no hace falta una renovación política sino continuar la renovación generacional, es decir, seguir dándole lugar a La Cámpora y sus aliados, lo que es consistente con el bloqueo de todo intento de moderación o transacción programática o legislativa.

Y fue muy reveladora la conclusión que extrajo sobre cómo trataría entonces a Randazzo y su gente: si su ex ministro quiere sumarse que lo haga, porque él nunca ha disentido con los planteos del kirchnerismo puro, ni con esa estrategia de resistencia y bloqueo; pero no serían tan bien recibidos los legisladores ahora randazzistas que han entrado en transacciones de todo tipo con el oficialismo; tipos como Daer, Bossio y Abal Medina quedan si no interdictos al menos en la picota.

De este modo Cristina saca provecho de una circunstancia a ella favorable, fruto de un sostenido error de sus adversarios internos. Y es que Randazzo anduvo tratando de sumar dirigentes moderados a su sector, para quitarle respaldo a Massa, pero al mismo tiempo siguió tratando de hacerse de los votos fieles a quien hasta hace poco era su indiscutida líder espiritual, y frente a la cual es cierto que jamás planteó disidencia alguna. Todo lo contrario. Recordemos que durante su frustrada competencia con Scioli acusaba a éste de no ser suficientemente leal, chacoteando con Carta Abierta sobre la supuesta amenaza que el entonces gobernador representaba por su falta de apego real a la doctrina. Y si al final rompió con la estrategia electoral de Cristina para 2015 no fue por una diferencia programática, sino simplemente porque lo dejaron fuera del juego mayor y lo que le ofrecieron no le gustó.

Desde entonces Randazzo no se expresó en lo más mínimo, ni para un lado ni para otro, durante meses. Hasta que hace pocas semanas volvió a hablar y lo hizo repitiendo lo que todo el tiempo dice ya la propia Cristina, que Macri es neoliberal y nos conduce a la ruina, y que hay que frenarlo. Pero si es así, ¿hay que hacerlo de la mano de Daer, Bossio y Abal Medina? ¿Y derrotando primero a los que comparten ese afán de resistencia, es decir a Cristina y los suyos? La verdad es que no se entiende qué pretende. Y es natural que se lo hagan notar.

Demasiado confiado en poder sumar el agua y el aceite, en la típica ensalada que suelen tratar de componer los que creen estar tocados por la buena fortuna y que no necesitan detenerse en detalles, el zar de los trenes y los pasaportes se ha metido en un buen lío, del que ya no está muy claro si va a poder salir bien parado.

La idea de competir a dos bandas, contra Massa y contra el kirchnerismo duro al mismo tiempo, no era en sí mala, pero sí exigía bastante más esfuerzo de su parte. No es casual que el mismo día que recibió semejante cachetada de su ex jefa, Massa y Stolbizer hayan relanzado con relativo éxito el proyecto de la avenida del medio. Que sí plantea una objeción definida a la idea de volver al pasado: si no una al populismo del gasto infinito (algo en lo que más bien se insiste con el proyecto de reducir impuestos para bajar los precios), al menos sí a la corrupción y el abuso de poder.

¿Le alcanzará con esta jugada a Cristina para instalarse en el centro del ring de la competencia bonaerense?, ¿está ya obligada a ser candidata y puede ganar en caso de aceptar el reto? Habrá que ver qué hacen los demás, en particular el oficialismo, que se confió demasiado, al desplazar a Carrió a la ciudad, en la hipótesis de que en la provincia terminarían compitiendo figuras de segunda línea. Eso difícilmente sea así, y el costo de insistir con esta idea podría ser realmente serio.

Aunque por otro lado hay quienes dicen que aun perdiendo el gobierno saldría ganando: si Cristina llega a salir primera en el distrito va a ser muy probablemente por pocos votos y perdiendo de todos modos unos cuantas de las bancas que su sector pone en juego, y se va a hacer aun más evidente que hoy el hecho de que resulta un dolor de cabeza más para el resto del peronismo que para el oficialismo. Seguirá siendo, hasta 2019, su enemiga soñada. Y el desorden y los conflictos que logre promover es más probable que los capitalice un gobierno lanzado a profundizar su programa que el sueño de volver a un fantasioso paraíso perdido.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/5/17

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La crisis de la dirigencia argentina, de Alvear a Macri

Por décadas los que gobiernan no han sido en Argentina los dueños del capital, ni han tenido fácil entenderse con ellos. Esta tensión bien puede ser vista como manifestación de una dificultad más amplia: a cincuenta años de formulada parece seguir siendo cierta la afirmación de José Luis de Imaz de que Argentina sufre una “crisis de conducción”.
Desde que en 1965 se formulara esa tesis se sucedieron dictaduras y crisis políticas aún más graves que las que motivaron el juicio de de Imaz. Pero también tuvimos la transición democrática de los ‘80s y la estabilización institucional posterior. ¿Resolvió este avance la larga crisis de las elites? Solo en parte. Alcanzó para poner en caja la violencia y reducir la intensidad de las luchas facciosas, pero no mucho más: seguimos añorando que el gobierno del mayor número alguna vez se asocie con el “buen gobierno”; que sean posibles acuerdos de largo aliento sobre los problemas crónicos de nuestra economía; para peor, las crisis económicas agudas y los déficits en la producción y distribución de bienes públicos básicos en vez de evitarse se agravaron.
En verdad no debería llamarnos la atención que la democracia no alcanzara de por sí a resolver los problemas de las elites. Porque la ampliación democrática ya en un principio había complicado la circulación y la integración de las mismas.
Tal vez porque dicha ampliación fue demasiado veloz y puso a gente muy inexperta al frente de tareas para las que no estaba preparada, tal vez también porque la reacción conservadora ante esa velocidad del cambio fue tratar de excluir a los nuevos a como diera lugar, y sobre todo porque desde ya antes las elites operaban con arreglos institucionales y corporativos precarios y/o disfuncionales (un pacto federal inconsistente, un patrimonialismo extendido y apenas disimulado por la fe constitucional), que debilitaban la autonomía del aparato estatal, más necesaria que nunca a medida que la competencia entre grupos y partidos se intensificó.
Como sea, lo cierto es que justo cuando esos recursos fueron más exigidos, el país se enfrentó a una grave crisis externa y al desprestigio intelectual de las ideas adecuadas para gestionar cualquier acuerdo entre las elites. Con lo cual el pacto constitucional y el buen gobierno se fueron, juntos, al tacho y se extendió la desconfianza entre los dueños del capital y los dueños de los votos, y entre las facciones ocasional o estructuralmente enfrentadas de ambos campos.
El hecho de que ambos además desde antes se vinieran reclutando de espacios sociales y culturales muy distintos y, sobre todo, tuvieran cada vez menos vasos comunicantes también aportó lo suyo. Así una diferenciación que era natural consecuencia del éxito, del desarrollo y la complejización de la sociedad, se volvió fuente de frustración.
Que la última esperanza en evitar esta deriva se depositara en una figura “multifunción”, que recreó en su persona el rol que habían cumplido referentes a la vez de la política, la economía, las buenas familias y las ideas como Carlos Pellegrini, Bartolomé Mitre o Julio A. Roca, cuando ya el contexto era decididamente otro, fue sintomático de la profundidad de las dificultades que se enfrentaban. Marcelo T. de Alvear fue en los años veinte y tal vez aún más claramente en los treinta, el instrumento soñado para frenar esta crisis de dirigencia, pronto devenida crisis de legitimidad. Pero su esfuerzo resultaría en gran medida en vano.
A la vez hijo del patriciado, pariente cada vez más empobrecido pero pariente al fin de la elite económica tradicional, y un gran político democrático, capaz de vestir sin impostura a la vez la boina blanca radical y galera de felpa, como se decía con algo de sorna en Caras y Caretas, Alvear hizo lo que pudo por atender las expectativas de conciliación e integración. Lo intentó con particular clarividencia en dos terrenos fundamentales: la reforma social y la del estado, para darle nuevas miras y a la vez fortaleza y autonomía al aparato público frente a los intereses facciosos y partidistas. Contra el bloqueo convergente de yrigoyenistas intransigentes y conservadores habituados al fraude, que frustraron casi todas sus iniciativas al respecto en el Congreso. Y luego frustraron su regreso al poder en 1937.
Desde entonces, agravado el panorama por la creciente intervención militar, otra facción de la guerra interelites más que un árbitro estabilizador, la lucha política ocupó el centro de la escena, desbordando cada vez más las capacidades institucionales del estado. La sociedad se volvió más pluralista, la competencia tanto social como técnica por acceder a posiciones de mando se incrementó notablemente, se abrió a nuevas capas sociales. Pero todo dentro de un marco cada vez menos pluralista, más pretoriano. Esto es, cada grupo con sus recursos, intentando monopolizarlos, con sus propios cursus honorum y sus exclusivos criterios de legitimidad. Todos, por sobre todo, con motivos suficientes para temer por la precariedad de sus posiciones y para desconfiar de las conductas de los demás, fueran viejos o nuevos integrantes de las elites.
Así fue la lucha política y no el estado lo que dominó el panorama en las décadas posteriores. Por eso, porque éste se volvió terreno privilegiado de una lucha facciosa sin cuartel, y no instrumento para resolverla, tuvimos un estado elefantiásico pero no un “modelo estadocéntrico” comparable al de Brasil o México. Por eso tuvimos montones de golpes de estado, e igual número de programas económicos, no un régimen desarrollista mínimamente estable, ni siquiera una dictadura duradera capaz de vanagloriarse de algún legado.
Y por eso las fracciones de las elites en competencia consumieron buena parte de sus recursos (algunas, como la militar, la totalidad de ellos) en ese pantano de disputas interminables. Y su destino no fue ajeno a una decepción social cada vez más extendida. Que hoy sufren por igual los ricos y los políticos, pues a ambos les resulta muy difícil explicar la divergencia entre las promesas de progreso para todos que las mismas clases altas regularmente ayudaron a difundir, y las realidades que resultaron de sus ansias de predominio.
Quien más oportunidades de superar esta crisis de conducción tuvo en sus manos fue por supuesto el peronismo. Pero él insistió desde un principio en comportarse como una contraelite, antes que como una fuerza integradora. Su reiterado sueño fue pasar a retiro no sólo al resto de la dirigencia política, también a buena parte de la empresaria, la judicial y hasta la intelectual. Y así le fue. La última experiencia al respecto, más dispendiosa que nunca y también más efímera, habla a las claras de lo inútil de esa pretensión.
En esta historia Macri aparece como una mosca blanca, un invitado inesperado. Ante todo porque él, en forma aun más sorpresiva que Alvear dado el contexto antiempresario reinante, concilia en su persona roles que parecían definitivamente divorciados. Lo ha logrado a través de un renacimiento vocacional postraumático (tras su secuestro), que lo empujó a convertirse en una persona pública, un emprendedor institucional. Rol en que ha logrado unos cuantos éxitos y convertirse en fuente de imitación para unos cuantos de sus pares. La historia de CEOs “devenidos políticos” tiene este costado de integración de lo escindido que a veces se ignora o menosprecia.
Ahora bien. Ni él ni nadie puede obviar que un gobierno de ricos tiene de partida mala prensa, mucha peor a la ya mala de un gobierno de políticos, lo que es mucho decir. Y la primera consecuencia de la tensión resultante es que Macri se siente compelido a sobreactuar su distancia con su clase y más en general con el resto de los que mandan. Lo que ha redundado y se ha potenciado en la inconducente descalificación del “círculo rojo”.
Aunque lo cierto es que su apuesta, por concepción y también por las circunstancias reinantes, está más alejada que la de la mayoría de los presidentes que lo precedieron de propugnar un recambio de dirigentes demasiado amplio, no hablemos ya de fomentar una nueva contraelite.
¿Le alcanza con esto a Macri, con su excepcionalidad y las ventajas que ofrecen su moderación y sus circunstancias, para tener éxito allí donde Alvear fracasó? Para fomentar la circulación y la integración de las elites en un país estructuralmente pluralista pero funcionalmente corporativo y pretoriano, dominado por lo que Vicente Palermo llamó hace poco con agudeza “el imperio de las minorías intensas”, hará falta bastante más. Necesitará desalentar conductas defensivas y facciosas desarmando cotidianamente la infinidad de mecanismos que las reproducen. Y no sólo proponer mecanismos alternativos sino demostrar que dan mejores resultados. En distintos ámbitos lo hemos escuchado al presidente bregar por ello. ¿Tiene una fórmula adecuada para esa tarea? Todavía no, pero la está buscando.

por Marcos Novaro

publicado en lanación.com.ar el 25/5/17

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El por qué de la sobrevivencia bonaerense del kirchnerismo

Tras muchos amagues finalmente Florencio Randazzo lanzó su candidatura. Coincidió con un anuncio de pase de Héctor Daer que todos daban por descontado, seguramente planificado. Y con una reincidencia en su habitual torpeza de Máximo Kirchner y sus amigos, que favoreció aun más y en este caso imprevistamente al ex ministro de Interior: los intendentes que se inclinan por buscar listas de unidad, es decir casi todos, se vieron forzados a hacer un gesto de autonomía para no quedar pegados a D`Elía y Sabbatella, y vaciaron el último encuentro del PJ oficial del distrito.
Estos gestos de todos modos no cambian lo esencial: a esos jefes territoriales no les conviene lo que Randazzo pretende, una interna competitiva. Y menos quedar atados a su figura, mientras no despegue en las encuestas. Siguen viéndoslo cada tanto, claro, porque eso les eleva el precio en la dura negociación que mantienen por las listas de unidad con los camporistas. Pero nada más.
Ante esta realidad cabe preguntarse si el proyecto mal o bien reformista para el peronismo boneaerense que quiere encabezar Randazzo no se frustró antes de nacer, y si su decisión de lanzarse a la pelea no llegó demasiado tarde. Él lo desmiente, e insiste en que aunque quede solo no se bajará de la interna. Tiene que transmitir la fortaleza de un Cafiero, el audaz renovador de los ‘80s movido por la imperdonable traición perpetrada en contra suyo y de los afiliados por una conducción envejecida y sorda a toda crítica. Lo mismo que dice Randazzo hicieron con él. Y desmentir cualquier similitud con Carlos Reutemann, a quien infinidad de peronistas soñaron acompañar en la pelea por una superación del menemismo en 2003, pero que en su interminable devaneo los dejó pedaleando en el aire. Aunque le haría bien a Randazzo recordar que Cafiero, e incluso también Reutemann, medían mucho mejor que él en las encuestas en esas ocasiones.
El ex ministro de Cristina debe saber que sus chances son escasas asimismo porque enfrentará a una coalición conservadora amplia. Que puede hacerle morder el polvo con cualquier candidato que lleve al frente, hasta con la deslucida intendenta Verónica Magario, que como toda matancera lidiará con muchas resistencias en el resto del territorio provincial, pero tendrá la ventaja de basar su campaña, igual que planea hacer Esteban Bullrich con Vidal, en la omnipresencia fotográfica de la jefa.
El hombre de los trenes chinos y los pasaportes express puede que consiga de todos modos representación de minoría en las listas, y con eso se conforme. O puede soñar con repetir otra lección de Vidal: la que impartió en 2015 sobre la disposición a votar contra de aparatos de ciudadanos hartos de que los lleven del bozal.
De todo este entuerto lo más sorprendente es de todos modos otra cosa: ¿por qué el kirchnerismo que está en extinción en todos lados, incluso en Santa Cruz (es una incógnita qué sucederá en San Luis pero se descuenta que las declaraciones de amor de los Sáa a la ex presidenta valen tanto como sus declaraciones de impuestos), resiste todavía en el principal distrito del país?
Parte de la explicación puede residir en las características sociales de la provincia y los recursos que en su momento la nación destinó a ella: el conurbano concentra el mayor número de pobres, voto duro del peronismo, y es junto a la Capital donde se focalizaron los subsidios a los servicios, que el gobierno de Macri ha recortado y amenaza con seguir limitando. Sin embargo la situación de empleo y consumo no se ha deteriorado tanto, o tanto más que en otros lugares, como para que alcance esta explicación. Los subsidios fueron quitados a sectores medios, pero no a los más bajos, que reciben la tarifa social. Así que hay que buscar otras razones.
Para empezar, están los errores de los autopromocionados renovadores. Randazzo perdió demasiado tiempo esperando una aclamación que nunca llegó de un peronismo que él supuso no iba a tener más alternativa que colgarse de su faldón. Doble error. Dejó pasar así infinidad de ocasiones para diferenciarse, explicar sus objetivos y mostrarse como constructor de una nueva corriente y challenger de las anteriores.
Segundo, en la provincia el kirchnerismo se esmeró en serio, desde muy temprano, en desarrollar su armado territorial y una base de apoyos directos y personalizados. Y ese armado y esta base social sobrevivieron bastante bien al 2015. El primero, porque no depende de decisiones que puedan tomarse en la nación, ni siquiera en la gobernación. Está sostenido en concejalías e intendencias con acceso a recursos locales o intermediarias obligadas de recursos provinciales o nacionales. Y la segunda, la base social, porque es el distrito de Cristina, donde su vínculo personal con sectores populares se mantiene a flote, ante las dificultades de sus competidores peronistas y oficialistas (incluido el propio Randazzo), de hacer mella en esos corazones. Las encuestas son elocuentes: en el interior del país, incluso en los sectores populares, el rechazo a su figura casi duplica el que se registra en el conurbano. De allí que los intendentes más o menos autónomos además de lugares en las listas le reclamen al kirchnerismo otra condición para acompañar la unidad: que Cristina sea la candidata, y no los condene al mediocre resultado que en las elecciones generales obtendría cualquiera de sus delegados.
Y por último cuenta también el factor Massa. El cisma protagonizado por él y el FR desde 2013 y que sigue pesando fuerte en el peronismo bonaerense, pese a todos los problemas de esa fuerza, quita incentivo y sustento interno a una candidatura renovadora en el PJ. Y determina que el grueso de los intendentes prefiriera seguir con el caballo del comisario antes que arriesgarse a una nueva disidencia. Ahora que la fuerza de Massa volvió a ser una expresión puramente distrital, más todavía: como el tigrense tendrá que concentrar sus esfuerzos en mantener los apoyos que le quedan en su propio distrito, se volvió aún más desalentador el panorama para conseguir respaldo a nuevas divisiones en su partido de origen, visto que sería repartirse entre más un número limitado de votos y espacios.
De allí que muy razonablemente Randazzo haya puesto esfuerzos en seducir a los dubitativos del FR, incluso más que a los jefes locales leales al PJ, y de allí, que frustrado en gran medida ese intento esté volviéndose el jamón de un sándwich que otros planean masticar.
Dada esta excepcionalidad bonaerense no tiene sentido sacar conclusiones generales sobre el posible éxito de Espinoza, Magario y la propia Cristina en cerrarle la puerta a los que quieren cambio en su partido. Lo único que ello anticiparía es que la renovación avanzará, pero los peronistas del principal distrito se subirán los últimos a ese tren, y en consecuencia ocuparán, como en otras ocasiones, los vagones menos relevantes de la futura nueva conducción peronista. Cuando ella se arme, y habrá que ver cuánto tiempo falta para que eso suceda (seguro, bastante más que en los años 80s).

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/5/17

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El método oficial para meterse en problemas, y salir de ellos

La escena se repite en distintos terrenos y asuntos de la agenda pública, así que a esta altura puede hablarse de una regularidad, un método. Que el gobierno practica a sabiendas o sin querer, váyase a saber; pero en cualquier caso signa su gestión y él parece sentirse cómodo con que así sea.

En enero fue la pretensión de mover un par de feriados políticamente sensibles, el 24 de marzo y el 2 de abril; en febrero, la negociación por el Correo; en marzo, la huelga docente y escalada de movilizaciones sindicales y sociales en general; abril fue más calmo, pero igual estuvieron los despidos en el INCAA y el escándalo del comisario Potocar; y en mayo pasó lo del fallo del 2X1 de la Corte.

Hay por supuesto diferencias importantes entre los distintos episodios, algunos son muy graves y otros no tanto, o son a la vez una cosa y otra para distintos públicos. Pero todos tienen en común un mismo formato, atraviesan una misma secuencia de pasos, que es aproximadamente la siguiente:

1. El gobierno, por acción u omisión, en cualquier caso por falta de previsión, de coordinación y/o de políticas definidas sobre temas relevantes, se mete en un problema que bien podría considerarse evitable. Desata un conflicto que lo hace parecer frágil y sin recursos frente a actores gravitantes y con poder para bloquearlo. Dejando flancos abiertos para la crítica de quienes quisieran que le vaya bien, pero empiezan a dudar de que sepa lo que hace y lo que quiere.
2. La oposición dura se apresura a tomar la iniciativa para hacerle pagar al gobierno todos los costos políticos posibles por su error y sus déficits. Moviliza sus bases, siempre muy dispuestas a responder a sus líderes, tratando de arrastrar detrás a sectores más amplios, radicalizando el conflicto con un planteo radical, acabar con el gobierno “de la derecha” cuanto antes. Es decir, antes de que esos líderes terminen presos.
3. Los opositores moderados, los periodistas y demás grupos influyentes intermedios se asustan, temen quedar atrapados por la polarización, y entonces algunos imitan a los duros, otros se repliegan; en conjunto logran que sus miedos se confirmen y quedan desdibujados.
4. Pasadas la agitación y la histeria iniciales el gobierno reacciona bastante bien a la presión del ambiente, y concibe una salida ahora sí política y más o menos acorde a las premisas moderadas que lo definen, y que conforma a parte importante de la opinión pública y a al menos algunos de los actores afectados. Aunque en ocasiones cediendo también ventajas en términos programáticos.
5. El oficialismo se recupera en las encuestas y recupera credenciales como solucionador/moderador de conflictos. Se convence de que no hace falta cambiar nada importante, que la polarización y lidiar con los problemas caso por caso le convienen y le alcanzan. El ciclo se reinicia.

¿Qué aprendemos de estos ciclos? Que este gobierno puede tener cierta propensión a meterse en líos evitables, pero sale bastante indemne de ellos. Y sigue adelante. Pierde oportunidades de hacer mejor las cosas, de controlar más firmemente la agenda pública e imponerse con más claridad en términos programáticos. Pero, ¿qué sentido tiene lamentarse de lo que no es? Y lo cierto es que no hay incentivos de momento efectivos para que corra riesgos emprendiendo una reforma complicada de sí mismo o de su entorno, y para cambiar un sistema que mal o bien funciona. Dos corolarios.

Primero, el gobierno no aprende mucho de sus errores, dada la dinámica imperante: se convence de que se sale con la suya, sin mayor esfuerzo, y de que lo logra por mérito propio. Cuando en verdad le debe más de lo que quisiera reconocer al contexto y a los favores involuntarios que le prestan otros.

Segundo, en algún momento las cosas cambiarán, y cuándo y cómo eso suceda escapa al control del oficialismo: depende de que surjan actores más desafiantes en la oposición, y de que la sociedad se canse del método de “gobernar por aproximación” que por ahora la conforma.

por Marcos Novaro

publicada en TN.com.ar el 14/5/17

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La responsabilidad del gobierno en el “2X1”

La que le atribuyen los fabuladores de la oposición seguro no es. Ellos difunden la idea de una entente entre curas reaccionarios, jueces liberales y una gestión heredera de la dictadura, toda gente horrible cuyo fin sería la impunidad (disfrazada de reconciliación, como en los noventa) y su primer paso el reciente fallo de la Corte. Ignorando que igual criterio se usó en un fallo de 2013, en pleno kirchnerismo, y lo promoviera para más de un caso Raúl Zaffaroni. Y el hecho de que el gobierno de Macri careció de una postura unificada y precisa al respecto, y dejó al menos al comienzo que cada funcionario opinara lo que le parecía. Lo que revela que más que un oscuro y cuidado plan oficial al respecto lo que hubo de su lado fue falta de previsión y de política. Igual que con las tarifas un año antes (¿para cuándo la curva de aprendizaje?).

Como política de derechos humanos no hay, pero estas cosas pasan y seguirán pasando, el gobierno queda cada tanto en off side, pagando costos por lo que no hace. Tal como con otros asuntos, la oposición insistirá en que hay que movilizarse para detener el “avance de la derecha”. Para cuando el oficialismo aclare que no pretendía tal avance ya será tarde, porque aquella podrá decir: “¿vieron?, los frenamos, sigamos así hasta que se vayan”.

Hay por otro lado ciertas decisiones iniciales que sí comprometen al Ejecutivo. No puede desentenderse del “cambio de clima” en la sociedad y en los tribunales que dio marco al fallo; menos desde que él nominó a dos de los supremos que lo impulsaron. De allí que la pretensión oficial de sacarle el cuerpo al pasado, evitar la discusión sobre derechos humanos y el trato que merecen los represores, se revele tan inconducente.

La posición de Rosatti, Rosencrantz y Highton es, a este respecto, tanto una señal de independencia de los tribunales como de las crecientes tensiones entre lo jurídico y lo político que de ella derivarán. Y para peor ella no estará sola. Se sabe que ha habido muchos abusos procesales en juicios a represores. Cuyas denuncias incluso han llegado a la CIDH. Aunque seguro no encontrarán allí ni un ápice del eco que logran los planteos de los organismos: nadie quiere darle bolilla a estos tipos, algo políticamente comprensible, aunque jurídicamente indefendible. También se sabe que a la corta o a la larga algunos de esos casos de negación de derechos llegarán a la Corte. ¿Qué hará ella entonces? ¿Y qué hará el gobierno al respecto? ¿Se comportará con la imprevisión de estos días, o como con el 24 de marzo, que primero quiso mover con criterios turísticos y nulo olfato político y vistas las reacciones generadas decidió ignorar para el resto de su mandato?

Sería razonable que empiece por explicar qué significa para él la afirmación de que los derechos humanos son una política de Estado: de qué modo y para qué fines pretende que el mayor número posible de argentinos compartamos una revisión crítica del pasado y una garantía de que no serán tolerados abusos contra esos derechos.

Y para lograrlo volver a Alfonsín no sería mala idea. Él tuvo que aceptar límites, sobre todo por inviabilidad política, a la persecución de los responsables de la represión ilegal. Y se planteó entonces como prioritario que los juicios que se pudieran hacer no sólo castigaran los más graves delitos, sino sobre todo aseguraran los principios republicanos básicos, rechazo a la violencia facciosa, respeto a la ley igual para todos, imperio del derecho por sobre las banderías políticas. Hoy que la viabilidad política de los juicios no tiene límite alguno todavía esos principios distan de estar asegurados. El derecho sigue aplicándose muchas veces con criterios extrajurídicos: a unos les damos prisión domiciliaria a los 75 años y a otros no, a unos se les respetan las garantías procesales, y dejamos que las usen para estirar Ad eternum sus juicios, a otros nada.

Parece que la Corte se abocará a corregir algo de esto. Por lo que enfrentará resistencias de todo tipo. Y puede que cometa errores en el camino (mucha sensibilidad política tampoco tiene, sólo que en su caso eso puede disculpársele). Lo que no se sabe es si el Ejecutivo va a ayudarla o va a mirar las encuestas antes de opinar y luego actuar de modo que el barro de la historia lo ensucie lo menos posible.

por Marcos Novaro

publicado en lanación.com.ar el 11/5/17

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Si naufraga Randazzo, ¿resurge Massa?

La polarización funciona bastante bien en la escena política. Los problemas que enfrentan Randazzo en la oposición y Lousteau en las inmediaciones del oficialismo lo demuestran. Pero su eficacia en la sociedad puede ser mucho más acotada de lo que se piensa.

Y es que entre los votantes siguen predominando la moderación y los matices: la mayoría de los que acompañan al gobierno dudan de muchas de sus decisiones; lo que explica, entre otras cosas, que la imagen del presidente sea bastante mejor que la de su gestión, en particular la económica; mientras que entre quienes se definen como opositores una gran parte espera que surjan figuras e ideas nuevas y poco se identifican con el “vamos a volver” de los camporistas.

En el medio, los que se decidirán a último momento entre votar a favor o en contra no sabemos bien qué criterios van a usar para hacerlo (¿el atractivo de los candidatos, noticias de última hora sobre la economía o sobre la lucha contra las mafias y la corrupción?) pero sí que alcanzarán para inclinar la balanza en una dirección u otra.

Curiosamente este cuadro da por ahora más y no menos motivos para que oficialistas y opositores duros insistan en polarizar la escena: porque necesitan desalentar disidencias, alambrar sus cotos de caza electoral, mostrar seguridad y convencimiento sobre el rumbo que conviene seguir ante electores que no están muy seguros de nada. Y de momento pareciera que se salen con la suya: Macri creció en las encuestas desde febrero-marzo, y Cristina, aunque perdió apoyo social, parece tener ahora más chances de controlar la interna del PJ bonaerense que en aquellos meses.

Aunque por las mismas razones que esto funciona en la escena, a sus beneficiarios les sería conveniente moderar este juego ante la sociedad. Él no va a alcanzar de por sí a asegurarles el éxito, para seducir a los dubitativos necesitarán ante todo de los matices; y el problema es que hacer las dos cosas a la vez, polarizar y matizar, se complica.

Es cierto que Cristina y Macri seguirán siendo en las elecciones que se acercan las dos principales atracciones para las audiencias. Pero parece que ninguno de los dos será candidato. Y ninguno entusiasma lo suficiente para trasladar automáticamente sus apoyos a los portaestandartes que elijan. Un cuadro poco definido de preferencias electorales como el que resulta de todo ello los obliga a atender a los insatisfechos. Pero el margen que se han dado para hacerlo es limitado: así lo demuestran al descartar compulsas competitivas en las PASO de los distritos decisivos. Con resultados hasta ahora dispares, porque el gobierno avanzó mucho más que la oposición en resolver este asunto.

El kirchnerismo busca frustrar las internas abiertas en provincia de Buenos Aires forzando una lista de unidad que incluya a parte de los intendentes disidentes y anule la amenaza que representa Randazzo. Quien todavía se resiste a acomodarse a esa situación, creyendo tener margen para presentarse de todos modos. Cambiemos, mientras tanto, ya resolvió lo esencial de esta discusión al nominar a Carrió en la ciudad, con lo cual al mismo tiempo despejó el terreno bonaerense para que los que monopolicen esos votos sean Macri y Vidal, y dejó fuera a Lousteau. Quien facilitó bastante las cosas con su apresurada voltereta desde Washington, cuyo efecto inmediato fue la fractura del radicalismo: Para muchos porteños que buscan matices serán más que suficientes los que ofrezca la estentórea líder de la CC-ARI, que seguirá despotricando contra los ministros o hasta el presidente cada vez que algo le disguste.

¿Por qué Randazzo no puede lograr algo parecido en el peronismo de su distrito? Simplemente porque allí está en juego otra cosa: la continuidad o no del liderazgo de Cristina, punto que divide fuertemente a dirigentes, militantes y votantes. Aunque no en las mismas proporciones. Y ante este conflicto encima Randazzo se comportó más como Lousteau que como Carrió: midió mal sus recursos y sus tiempos y cuando se decidió a actuar perdió la mitad de los apoyos que daba por descontados.

De las tres opciones que tenía a su alcance meses atrás, romper con el PJ de Espinoza, negociar una lista de unidad con Cristina o competir con ella y su gente en las PASO, ya las dos primeras quedaron descartadas y para encarar la que le resta tiene menos recursos y tiempo de los que necesita. Pero tal vez de todos modos lo intente, en la expectativa de que la ex presidente no pueda influir demasiado en los votantes y sus delegados hagan un papel deslucido. Lo que conociéndolos no sería de extrañar.

Sus chances de todos modos son escasas y lo más probable es que termine por desistir, volviendo a ensayar lo que le funcionó en 2015: esperar a que el peronismo fracase de la mano de sus adversarios internos y los heridos vuelvan a rogarle que regrese de Chivilcoy para salvarlos.

Las chances de que Randazzo se retire crecen también porque no es el único que juega a que se repita lo sucedido hace dos años: es la apuesta del oficialismo, claro, y es también a su manera la de Massa, sólo que en su caso trata de ofrecer una versión mejorada de sí mismo, una que atienda ante todo a esos matices que los dos contrincantes de la polarización puede que no tengan suficientemente en cuenta.

Si macristas y kirchneristas se parecen demasiado a sí mismos y frustran la expectativa de quienes quieren verlos renovándose, corrigiéndose y mejorando, al condenarse a proponer y decir más o menos lo mismo que dos años atrás, puede que le den una chance a quienes se especializan en los grises y venían hasta aquí de capa caída. Será para ellos un regalo inesperado: la polarización los habrá beneficiado más que perjudicado. Y otra prueba más de que entre los votantes ella no termina de funcionar.

Massa no hace otra cosa que quejarse de los demás, diciendo que la polarización fue concebida para perjudicarlo, pero lo cierto es que su desempeño en las encuestas venía declinando desde bastante antes de que Macri y Cristina volvieran a monopolizar la atención pública, a comienzos de este año. Ya durante la segunda mitad de 2016 el massismo se fue diluyendo, en gran medida debido a la desconfianza que despertó su líder con volteretas solo superadas por las de Lousteau: pasó de ir a la Davos de Suiza abrazado a Macri a impugnar y autoexcluirse del mini Davos de Buenos Aires, proponiendo una emergencia aduanera que solo sirvió para ganarse el rechazo de los potenciales inversores externos y locales; luego volvió a votar proyectos del Ejecutivo hasta que se le ocurrió firmar con Kicillof una reforma de Ganancias que de tan absurda tuvo que ser frenada por los propios senadores del FPV. Si esos son los matices que expresa la “avenida del medio” massista, confirmarían que es mejor conformarse con lo que hay.

Ahora pareciera que, con la ayuda de Stolbizer, recuperó un mínimo sentido común. Y gracias al declive de Randazzo puede volver a atraer a sindicatos y dirigentes territoriales ansiosos de tener una alternativa.

En ese marco la promocionada idea de una rebaja de precios sonó mejor que sus iniciativas anteriores. Y golpeó en uno de los flancos que más duelen al gobierno: los precios siguen subiendo y lo seguirán haciendo al menos hasta junio por arriba de las previsiones del Central, que igual insiste en alimentar la bicicleta financiera en perjuicio de la inversión productiva y el consumo.

Hay allí una diferencia que Massa sin duda podrá trabajar provechosamente frente a votantes peronistas y opositores en general, y también frente a sectores medios dubitativos frente al gobierno. Sobre todo si éste insiste en no hacer de la economía el eje de la elección, algo que podría considerarse temerario si no fuera clintonianamente estúpido, y del lado del PJ se hacen oír solo lamentaciones nostálgicas por haber abandonado el supuestamente pujante “modelo” anterior.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/5/17

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¿Hay salida para Santa Cruz?

Hace uno o dos meses desde la oposición salvaje se especulaba con que el “país real” se sublevara en cualquier momento contra Macri, con que las protestas se multiplicaran y encresparan en la capital y alrededores hasta que la situación se le fuera de las manos, y o bien decidiera reprimir para retomar el control, con lo cual su identificación con la dictadura quedaría consagrada, o bien se negara a hacerlo y perdiera el apoyo también de los sectores que desean antes que nada orden. O mejor todavía hiciera ambas cosas a la vez, como De la Rúa, reprimiera pero sin controlar la situación, quedando deslegitimado ante tirios y troyanos.

Nada de eso sucedió. Las aguas de la protesta social retrocedieron luego de que la CGT hiciera su huelga general sin avalar los piquetes y sin anunciar ninguna nueva acción, ni mucho menos un plan de lucha. Y en cambio lo que estalló fue Santa Cruz.

Los problemas del distrito de origen del anterior “modelo” vienen de lejos. Y no porque le falte dinero, sino porque lo usa siempre muy mal.

Fue una de las provincias que más recursos recibió gracias a las reformas de los noventa, cerca de 1000 millones de dólares sólo por la renegociación de las regalías petroleras, luego muchos más por el apoyo a las privatizaciones, en particular la liquidación de YPF. Y desde 2003 se volvió definitivamente la niña mimada de los gobiernos nacionales: decenas de miles de millones en obra pública, fondos específicos que todos los argentinos pagamos con nuestras boletas de gas, asistencia financiera creciente desde Buenos Aires para sostener una plantilla de personal que no sólo llegó a ser la más grande del país en proporción a la población (48% del total de todos los asalariados), sino también está entre las mejor pagas y las que reciben mayores beneficios y facilidades jubilatorias.

Pero nada de eso alcanzó para evitar que fuera una provincia casi en permanente zozobra, con huelgas prolongadas en 2006, 2007 y a partir de 2012, violentos piquetes de gremios de izquierda y contrapiquetes aun más violentos de grupos de choque oficialistas, varios gobernadores que no terminaron sus mandatos, montones de obras sin concluirse (o siquiera empezarse) y servicios públicos que casi no funcionan. Todo durante la edad de oro del kirchnerismo, la época de las vacas gordas, cuando la plata sobraba y se gastaba allí a manos llenas. Como si se hubiera querido demostrar que el “proyecto nacional” podía ser dañino para sus adversarios, pero podía serlo incluso mucho más todavía para sus adeptos y su “lugar en el mundo”.

Esa situación calamitosa se mantuvo artificialmente a flote en el ocaso de la presidencia de Cristina Kirchner gracias a la transferencia de crecientes e insostenibles partidas de dinero y todavía durante 2016 merced a transferencias que aunque decrecientes todavía siguieron llegando, la suba de impuestos a todo tipo de actividades, desde la venta de pan a la explotación hotelera, y la toma de deuda. Pero era evidente ya que la cosa no daba para más, y este año se inició con la indiferencia de la gobernadora hasta a los más módicos pedidos de aumento de los empleados públicos, la progresiva extensión del retraso en el pago de esos salarios congelados, y la suspensión de todo servicio público, desde la Justicia a la salud, por obra de gremios soliviantados.

Sintetizando, Santa Cruz ofrece una historia y un resultado social e institucional que tienen demasiadas semejanzas con la actualidad venezolana como para ser muy optimistas respecto a una solución rápida y sencilla. Aunque afortunadamente está en un país que no es igual a Venezuela, un país donde todavía hay instrumentos y alternativas para desarmar la bomba institucional, social y económica que se fue allí tejiendo y realimentando.

Curiosamente quienes más rápido e insistentemente han aludido a similitudes reales o imaginarias con el chavismo fueron los propios Kirchner: tanto Alicia como su cuñada y su sobrino se dedicaron en estos días a acusar a la oposición local y al macrismo en general de conspirar para derrocarlos, de estar detrás de protestas cada vez más violentas y “destituyentes” de gremialistas manipulados a través de los medios, de ahogar financieramente a la provincia para aleccionar a través suyo a todos los demás gobernadores y a sus gobernados.

El gobierno nacional, en cambio, aunque discursivamente no se privó de aprovechar las obvias ventajas que ofrecía el berenjenal en que quedaron sumidos sus adversarios más salvajes, algo que no tendría sentido reprocharles, en términos prácticos se orientó más bien a calmar las aguas y buscar soluciones: condenó los desbordes violentos de algunas protestas, ofreció financiamiento a cambio de reformas y un plan de salida, y evitó alimentar la escalada, seguramente para que no se lo ubicara entre los que alimentan el despelote en vez de entre quienes buscan resolverlo.

Rogelio Frigerio tuvo un rol destacado en esta apuesta y no sólo por tener a cargo la cartera de Interior, sino también por el perfil componedor que viene cultivando. El problema es que el acuerdo reformista que está proponiéndole a Alicia tal vez no tenga viabilidad, quede en una expresión de deseo, una mera estrategia marketinera para no aparecer echando más nafta al fuego y salvar la cara.

En suma, la pregunta que hay que hacerse es si existe una salida para Santa Cruz que pueda replicar aproximadamente la opción gradualista que viene imponiéndose a nivel nacional, a través de la cual antes de que todo empeore mucho más se convenza a un suficiente número de santacruceños de que cooperen por el cambio.

El asunto es complicado, y no sólo por la cantidad de dinero que cualquier salida de este tipo insumirá. Sino porque exigirá además paciencia, coordinación y confianza, todos recursos aun más escasos que la plata.

Para empezar, ¿con qué garantías podría contar el gobierno nacional de que las promesas de Alicia de hacer una administración más racional y ordenada no van a quedar en palabras, si para ella firmar cualquier cosa a cambio de recibir ayuda urgente, y después defeccionar, resulta la opción más conveniente? O ¿por qué cualquier empresa habría de invertir en la actividad pesquera, turística o incluso petrolera del distrito, si no se elimina antes el aquelarre impositivo más bien reforzado en los últimos tiempos, y se garantiza una disponibilidad de mano de obra a la que el estado no le siga ofreciendo la alternativa más tentadora de cobrar sin trabajar? Por último, ¿cómo podría impulsarse la obra pública en una provincia donde todas las empresas constructoras terminaron en manos de un ahora inquilino del Servicio Penitenciario, y difícilmente se puedan reabrir o vender o reestructurar a menos que las autoridades locales colaboren en sanear un sistema carcomido hasta la médula por la corrupción?

Que una solución positiva a estos dilemas es posible no cabe duda, y hay que celebrar que el gobierno nacional apueste en este caso a buscarla y no al juego fácil de la polarización destructiva. Pero no hay que engañarse respecto a las dificultades de implementación. Salir del populismo prebendario es mucho más difícil que entrar en él, y Santa Cruz ofrece un ejemplo extremo de esta dura realidad.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/4/17

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El 24 de marzo no merece ser feriado nacional

¿Tenemos claro qué se recuerda los 24 de marzo?, ¿qué comparten el estado y la sociedad como memoria y lección histórica de ese día? En mi opinión para nada. Ante todo, porque esa fecha alimenta la confusión y obtura otras tan o más significativas, que tienden a olvidarse.

Si de lo que se trata es de recordar los males de la intolerancia y la represión salvaje sería mejor evocar el 20 de junio de 1973, día de la masacre de Ezeiza y verdadero punto de partida de la violencia masificada y sin límite. O el inicio del Operativo Independencia, que puso en marcha del plan de secuestros y desapariciones, el 5 de febrero de 1975; o la extensión de dicho plan a todo el país por los “decretos de aniquilamiento” del 6 de octubre de ese año.

Si lo que se quiere recordar, en cambio, es la aplicación un ajuste draconiano de los salarios y del poder sindical, el 4 de junio del `75, lanzamiento del Rodrigazo, merece tenerse en cuenta. Y si se busca hacer memoria del abandono de la política civil y del respeto a la Constitución, bueno, las fechas sobran: elijamos entre el 6 de septiembre de 1974, cuando las guerrillas rompieron la “tregua” poco antes establecida, el 25 de septiembre del año anterior cuando matan a Rucci, o el 16 de octubre de 1975, día en que el peronismo se rindió a la voluntad de Isabel Perón de continuar en la Presidencia a cualquier costo, y se sepultó el juicio político acordado con la UCR y otros partidos.

Los defensores del 24 de marzo como fecha convocante pueden decir que reúne un poco todos esos parciales mensajes, pues marca el “descenso a los infiernos”, el fin de toda esperanza en contener la violencia, el atropello a la constitución y a los derechos de los trabajadores. Lo que es sin duda muy cierto.

Pero, si buscamos esa síntesis y destacar la íntima relación entre el respeto de los derechos y la democracia, ¿qué mejor que recordar no el comienzo si no el final de la dictadura y el regreso del gobierno constitucional?, que coincide, ¡oh casualidad!, con el día internacional de los derechos humanos, el 10 de diciembre. Lo otro es como celebrar las luchas de la independencia en la fecha de Cancha Rayada.

Tan cierto es que el día del golpe es una síntesis de las tragedias de nuestra historia reciente, como que con esa fecha y el mensaje más obvio que la acompaña se bloquea la reflexión sobre cómo fue posible que ese descenso a los infiernos sucediera con la indiferencia o directo apoyo de la gran mayoría de la sociedad, incluidos sus partidos (también el grueso del peronismo, que no veía la hora de que los militares les sacaran la papa caliente de las manos), sus sindicatos (la CGT llamó ritualmente a la huelga, pero ningún gremio movió un dedo para que se concretara) y la propia izquierda revolucionaria (que soñó con una incontenible rebelión popular tras la toma del poder por los militares).

Al hecho de que el 24/3 oculta más de lo que recuerda se suma que funciona, igual que el mito de “los 30.000”, como arma de extorsión: quien la objete es silenciado como “negacionista”, amigo del Proceso, un miserable que no tendría nada útil que decir. Lo que se refuerza en el modo en que se viene recordando, en particular los discursos y gestos que concita desde que los Kirchner la hicieron suya.

Hagamos memoria: el 24/3 fue declarado Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia” en 2002. Pero fue en 2006 que se estableció el feriado, y en 2008 que se lo politizó como mojón del relato K, a raíz de la crisis del campo, desatada al principio de marzo de ese año. Entonces se evidenciaron dos problemas, que no dejarían de agravarse hasta hoy.

Primero, que el kirchnerismo se plantaba sobre la plataforma de los derechos humanos para descalificar a sus adversarios como “personeros de la dictadura”. Así los chacareros y sus piquetes fueron presentados como “grupos de tareas”, “golpistas” y “comandos civiles”, una lacra a extirpar. Y luego les seguirían Clarín y los periodistas profesionales, los jueces y fiscales que no se le sometían, etc.

Segundo, los organismos de derechos humanos no sólo avalaron y festejaron ese uso, sino que le sumaron su propia batería antipluralista y antiliberal: la bandera de los derechos humanos no sería ya de todos los argentinos sino sólo de los que a esos organismos les simpatizaran, empezando por los Kirchner, claro, “nuestros hijos”, como los definieron Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto.

Estos dos fenómenos no dejarían de profundizarse, ni siquiera cuando el kirchnerismo dejó el poder. Y la última celebración así lo demostró. En ella no sólo Bonafini definió a las Madres como una facción de esa fuerza política. Sino que Carlotto y las demás organizaciones, pese a declararse a sí mismas democráticas y no partidistas, lanzaron un sablazo aun más artero contra estos principios, al identificarse no como facción sino como “expresión de todo un pueblo” (con lo cual quienes no nos sentimos representados por su acto ¿qué vendríamos a ser?), y “recordar” a las organizaciones guerrilleras de los setenta y su supuesto esfuerzo por lograr una “patria justa, libre y solidaria”.

Abandonaron así una ambigüedad arrastrada por años, cada vez más a disgusto, con la cual solían recordar la “militancia” y el “compromiso de lucha” de las víctimas de la represión, sin hacer mención ni a la lucha armada ni a organizaciones específicas. Ahora, envalentonados igual que Bonafini frente al enemigo macrista, corporización de la dictadura, esa ambigüedad ya no se justificaría. La lucha de la que hablaban siempre fue esta, la revolución por todas las vías posibles. Y llegó la hora de ponerlo sobre la mesa porque una vez más se espera que de su mano las masas se rebelen y acaben con sus enemigos.

Por supuesto que de todo esto puede resultar todavía algo bueno. Un discurso de los derechos más democrático y pluralista tiene hoy más chance de prender en la sociedad. En la infinidad de actores de todos los signos que no piensan acompañar a los “organismos” en su aventura. E incluso ayudar a disipar la confusión en muchos de quienes siguen marchando los 24 de marzo para recordar el pasado más oscuro, no para repetirlo.

Se despejará en ese caso otra confusión que nos viene torturando desde 1983 entre quienes abrazaron la causa de los derechos humanos y la democracia sólo por las obvias ventajas que ofrece ser “víctima de”, y los que en serio aprendieron de nuestros trágicos años setenta y rechazaron el unanimismo, la intolerancia y la violencia.

La manifestación del 1ro. de abril, que vista a su mejor luz fue una respuesta inesperadamente masiva al último y más virulento 24 de marzo, nos reclama que terminemos con toda esta manipulación y la tóxica extorsión que se escuda tras ella. Para que la democracia argentina vuelva a tener como sustento común una ética de los derechos y no siga por años pidiendo perdón por lo que no hizo a quienes no son leales con sus principios ni cumplen las obligaciones que ella nos impone. No se trata, por eso, de profundizar grieta alguna, ni de descalificar el dolor ni la memoria de nadie, sino del simple y elemental cuidado de lo que nos une a los argentinos.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 27/4/17

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