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Una gran actriz, en la escena que menos la favorece

Al final no pudo evitarlo: movió cielo y tierra para suspender, demorar y entorpecer el inicio del primer juicio oral en su contra, ofreciendo la imagen que menos le conviene a un inocente; e igual tendrá, hoy, por primera vez, que enfrentarse cara a cara a los hechos, y dar cuenta de sus actos. Aunque logró hacerlo con cara de triunfo, y cuando la cara de susto la tienen los demás, no es poca cosa.

Hay momentos críticos que definen una época, los valores de una sociedad, la eficacia de un régimen político. Cuando los poderosos se ven obligados a dar cuenta de lo que hicieron, son confrontados por la ley y los que son más débiles logran igual hacer valer sus derechos ante ellos, estamos ante uno de esos momentos, y podemos estar seguros de que algo parecido a una república nos gobierna.

A partir de hoy puede que esto se de en nuestro caso: hasta acá llegaron las manganetas distractivas, el verso y las excusas, ahora la ex presidente se confronta con los hechos que ella provocó, y de los que tendrá que hacerse responsable.

No pudo faltar a la cita, para “no regalarle esa foto a la oligarquía”, como cuando no entregó los símbolos del mando a Macri. Hasta ahí llega su pasión por la escena, la estética (no la ética) política. Aunque en este caso había otro incentivo para no asistir, tan o más importante: le debe resultar más que incómodo sentarse junto a un montón de ex colaboradores a los que traicionó, abandonó a su suerte, no les dedicó ni una mención, ni una pizca de solidaridad. Y eso que si están ahí es en buena medida gracias a ella.

Por eso fue que pidió sentarse en la última fila, lo más lejos posible de De Vido y Báez. Así de bajo ha caído el selecto club de los popes del kirchnerismo, hasta esas miserias tienen que disimular, ahora que la Justicia de la república los pone en su lugar.

Claro que una república bien ordenada no es la que deja que las cosas lleguen a estos extremos para controlar los abusos de poder. Mucho antes les pone freno, evita que los gobernantes dañen sus instituciones, sus cuentas y atropellen sus leyes para enriquecerse. Y una república dispone, además, de ciudadanos, partidos y grupos de interés que dan a tiempo la señal de alarma: tal vez dejan que se hagan malas políticas en su nombre, pero no dejan que se robe, estafe ni falsifique. Por eso hoy es un día para festejar pero también para lamentarse, de lo bajo que hemos caído, de lo increíblemente lejos que pudo ir la banda que nos gobernó antes de que se activaran mínimos mecanismos, y habrá que ver si suficientes, para frenarla; de la mucha gente, los grupos y organizaciones a los que esto no les importa, o les importa muy poco, o incluso niegan pese a todo lo que ha quedado a la vista.

CFK hizo mucho para que así fuera. Y ese es uno de sus legados: no solo violó la ley, sino educó en su violación, no solo se corrompió, corrompió a muchos otros. Y lo hizo a través del arte que mejor maneja, el de la dramaturgia, que le permitió el trastocamiento psicopático de los hechos de los que hoy la acusan, y de prácticamente todo lo que sucedió mientras ejerció el poder. Porque Néstor fue el gran organizador, el factótum de la máquina, pero corresponde a ella el mérito de haber montado el espectáculo imprescindible que la acompañó.

Ese arte le permitió, lo hemos visto en estos días, moldear la escena que rodea el incómodo momento en que la sentaron en el banquillo de los acusados, movilizando a sus fieles a que denuncien el supuesto atropello de que es víctima, poniendo al resto a la defensiva. En particular a jueces y fiscales que se animaron a hacer su trabajo, a los que ha venido diciéndoles sin mayores sutilezas que está por volver al poder, y en cuanto lo logre acabará con ellos, y con todos los que se atrevieron a juzgarla. ¡¡¿Qué se han creido?!!

Pero uno de los problemas que enfrenta Cristina es que sus indiscutibles méritos como actriz no están acompañados de dotes equivalentes en estrategia. Sus jugadas suelen ser sorprendentes, pero ni ella tiene idea como seguirlas, representa muy bien su papel pero el guión que recita es bastante malo, muestra demasiado seguido la hilacha. Y bueno, no puede pedírsele que haga todo y encima lo haga bien.

Veamos un ejemplo: las barrabasadas (para usar sus propias palabras) en que incurrió Alberto Fernández antes y después de aceptar su “oferta”, su nuevo “rol”, “empleo”, o como se lo quiera llamar. Antes de notificarse de su nominación, se había lanzado ya brutalmente contra los jueces que investigan casos de corrupción, nombrando uno por uno a los que les espera el tribunal popular. Y para probar que no era un desliz, a continuación prometió, en caso de ser electo, “revisar sus fallos”, dando a entender que la Justicia trabaja sobre la arena, y el dueño de esa arena es el poder, el que piensa reconquistar para su jefa, para moldear a voluntad lo que es legal o ilegal, lo que sucedió y lo que es verso. Bien por el kirchnerismo moderado.

Tras arrancar la campaña con tales muestras de pasión pingüina, seguro los periodistas habrán recordado al colega que, gracias a los buenos oficios del ahora candidato, la dirección de Página 12 impidió seguir reportando sus inoportunas investigaciones sobre chanchullos en la Superintendencia de Seguros. Con ese antecedente personal, ¿cómo va a dudar el Alberto de la inocencia de Cristina? Flor de incentivo. Seguro también los empresarios recordaron que, como Jefe de Gabinete, habilitó y justificó la intervención del Indec. ¿Cómo no confiar ahora en su juicio para moldear la verdad, y también para elegir economistas “moderados y razonables”, no esos enfermos como Moreno, enfermos de sinceridad sobre todo. Y los peronistas de seguro podrán ahora por su parte hacer finalmente justicia a Scioli, reconocer en él a un indomable William Wallace, al lado del Alberto, que además de “su” candidato se ofrece como “su” testigo.

¿Qué impacto tendrá en la sociedad el inicio de este juicio, la exposición de las pruebas y el cara a cara entre los acusados y el tribunal, entre aquellos y la audiencia? Difícil predecirlo. Hasta ahora, a medida que aumentaban los procesamientos en su contra, la ex presidente subía en las encuestas. ¿Cambiará algo ahora? El antecedente de Milagro Sala al menos alienta a pensar que sí: mientras sus abogados estiraban el inicio de los procesos contra ella, su reivindicación como “presa política” se coreaba en todas las marchas, en todos los medios k, todos los días se repetía el mantra de que no había nada firme en su contra; pero en cuanto se acabaron las dilaciones y las acusaciones y las pruebas que las fundamentaban se pusieron sobre la mesa, el esfuerzo de ignorarlas fue demasiado alevoso como para que pasara por un reclamo de justicia. Más todavía cuando las condenas empezaron a acumularse. Así que poco a poco y con disimulo, como con el caso Maldonado, los negacionistas empezaron a hablar de otra cosa. De cuestiones conexas que permitían distraer la atención, evadir el hecho de que desmentir la realidad se había vuelto más difícil, de que la fe había quedado desmentida por una verdad institucionalmente sancionada, que escapaba al juego de las versiones, en el que cada quien puede creer lo que quiera o le convenga.

Obvio que su fe el creyente no la abandona tan fácil. Por ese lado no cabe ser muy optimistas. Pero lo que importa es el efecto de confianza en las instituciones que pueda crearse en el resto.

Al respecto, aunque hay lugar para la esperanza, conviene no dar nada por sentado. Porque la pretensión de Cristina de ser una perseguida, combinada con su idea de correrse de la escena de competencia para que “otros peleen por ella”, “defiendan su causa”, no deja de ser una jugada inteligente, que pone en aprietos tanto a sus críticos en el peronismo como al oficialismo, y al Poder Judicial.

Macri siempre ha dicho que el peor error de sus contrincantes fue subestimarlo. Ahora se está viendo que el peor error del macrismo en estos meses ha sido subestimar a Cristina: pensó que no iba tener alternativa a candidatearse, así que seguiría ayudándolo a sobrevivir, como viene haciendo desde hace años, e hizo con especial entusiasmo hasta 2017. Sin embargo la señora encontró la forma de ser y no ser candidata al mismo tiempo. Tal vez no le alcance, pero al menos en parte evadió el dilema que tenía por delante. Y del otro lado lo único que atinan a decir es que es un engaño, que no va a funcionar, mientras rezan para que efectivamente sea así, y no se les note el cagazo.

No es poca cosa lograr que, cuando uno se sienta en el banquillo, los que luzcan asustados sean los demás. Qué manejo de la escena. Dan ganas de aplaudir.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/5/2019

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Cristina es candidata, lo demás es adorno

La decisión de la ex presidente, finalmente, es que peleará por volver al poder. Con una fórmula imprevista, que garantiza un inicial impacto, pero que más que nada es firulete para llamar la atención y seguir victimizándose: como a su admirada Danerys, como a Perón del ´73, los malos no la dejan volver al lugar que le pertenece. Poco cambia para el resto del peronismo y los votantes dubitativos.

La primer pregunta que surge es: ¿será que la señora pretende repetir la fórmula “Cámpora al gobierno, Perón al poder”? Después de su elogiosa referencia al plan Gelbard, ya nada sorprende en la insólita costumbre de Cristina de reflotar viejos éxitos del setentismo, aunque hayan terminado en catástrofe.

Sumemos a eso que, en la comparación, el tándem de “los Fernández”, el Alberto y la Cristina, pierde frente al modelo original, en más de un sentido ofrece aún menos apertura y variedad, o posibilidad de un resultado cooperativo y productivo. ¿Alguien imagina a Alberto Fernández disintiendo con Cristina en alguna cuestión? ¿Representa acaso a algún sector distinto al cristinismo puro, le aporta algo que Cristina no podría representar por sí misma, como hizo Cámpora con la juventud gloriosa y hasta con el peronismo de provincias en el ´73?

Si lo hubieran convencido de cumplir esa función a Sergio Massa, y seguramente esa fue la intención original, tal vez la fórmula hubiera funcionado mejor. Y hasta con Felipe Solá podría haber tenido alguna lógica. Pero Alberto Fernández es demasiado gris y poco convincente para representar a los críticos arrepentidos, y demasiado poco carismático como para transmitir una idea de moderación o novedad. Incluso como armador profesional tras bambalinas ha sido bastante menos eficaz que Miguel Ángel Pichetto para los peronistas moderados. Suena, en suma, más que nada como un “no candidato”, alguien que terminó ahí porque es el que menos ruido hace y menos problemas trae.

Es cierto que la invención le va a permitir a Cristina una suerte de división del trabajo: ella seguirá haciendo de víctima, atropellada en su dignidad por jueces y fiscales que en los próximos meses la sentarán repetidas veces en el banquillo de los acusados, pues ya no le quedó forma de dilatar las cosas y escaparle a sus citas, ante las muchas acusaciones y procesamientos que acumuló en su haber; aunque cumplirá el rito denunciando la persecución que padece, y que estaría demostrada en su “cuasi proscripción”, en que “no la dejaron en paz competir por la presidencia”; y él, el otro Fernández, levantando las banderas de su heroína, arrepintiéndose de sus deslealtades y falta de fe y amor, dando la cara en los medios y, lo que es más importante, en los debates con los demás candidatos, algo a lo que Cristina temía más que a los periodistas, incluso más que a los jueces y fiscales. Eso de debatir en pie de igualdad con otros nunca lo hizo ni lo piensa hacer.

Podría de este modo teatralizar, en la propia fórmula presidencial, la escena de una injusticia de la que todos somos un poco culpables, y ya es imposible reparar del todo: nunca debió arrebatársele el lugar que por derecho le pertenece. Si no queremos arder en el infierno más nos vale hacer el esfuerzo, y darnos, no darle a ella si no darnos a nosotros mismos, los votantes, la oportunidad de la redención. La locura incendiaria de Danerys se ve que la entendió a su manera.

Entre los destinatarios de esta oferta de redención destacan los peronistas de provincias, y los que todavía dudan de que les convenga volver a alinearse detrás suyo. ¿Por qué no competir en las PASO, si pueden hacerlo contra Alberto y no contra ella? ¿Por qué no aceptar ahora su generosa oferta de acomodar candidatos a legisladores nacionales en las listas del Frente Patriótico, así como lo hicieron con su “colaboración desinteresada” para asegurar el éxito de las listas de unidad distritales?

De todos modos, es más bien difícil que con la manganeta de ubicarse en segundo término en la fórmula, vayan a cambiar mucho las cosas en ese aspecto. Los gobernadores peronistas seguramente aceptarán el convite de incluir a su gente en las listas del Frente Patriótico, pero eso lo iban a hacer en cualquier caso. Y no les impedirá hacer lo mismo con las de Alternativa Federal. ¿Alguno de ellos dejará de asistir o mandar emisarios a la convocatoria que está haciendo Juan Schiaretti para darle impulso al peronismo moderado y federal? Es también dudoso, aunque lo cierto es que, a la mayoría le va a convenir no definirse, sonreir a un lado y al otro, esperar y, sobre todo, no invertir recursos propios por ninguna de las dos alternativas.

En cuanto a los votantes, habrá que ver cuánto más moderada y menos merecedora de rechazo y desconfianza le resulta este imprevisto ordenamiento de la fórmula presidencial. Si se pretendía que Alberto Fernández fuera un anzuelo para los que temen un regreso con el cuchillo entre los dientes, le hubieran debido recomendar que no amenazara a los jueces y fiscales que han estado investigando casos de corrupción. Ahora esos votantes con todo derecho pueden preguntarse: si ese es el moderado, tal vez nos convenga que vuelvan los salvajes.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/5/2019

Posted in Política.


Cristina, esclava de su éxito editorial, ya no se baja

El largo silencio que guardó desde la derrota en 2017 le permitió recuperar apoyos y moderar rechazos. ¿Volver al centro de la escena la llevará de vuelta al punto de partida, cuando tenía un piso alto, suficiente para bloquear a otros opositores, pero un techo bajo como para ganarle a Macri? Es lo que cree el gobierno. Pero ella confía en que moderándose evitará esa encerrona.

Cuando se publicó Sinceramente, en Cambiemos festejaron: estaba de vuelta la Cristina de siempre, la que le encanta a sus fieles, pero asusta a todos los demás.

Sin embargo, los únicos que se tomaron el trabajo de leer detenidamente ese mamotreto fueron sus críticos: ellos se entretuvieron en subrayar y comentar los pasajes más escabrosos y delirantes, que por cierto son también los más auténticos, para hacer sonar las alarmas sobre el peligro que conlleva que se vuelva a confiar en ella.

Mientras tanto, sus seguidores compraron uno o varios ejemplares, los enarbolaron, pero con suerte le dieron una leída muy por arriba, y se cuidaron de discutir su contenido. Entendieron bien lo que realmente significaba como instrumento político, una bandera para identificarse, el equivalente a una remera o gorrito, y una excusa para activarse y rodearla de entusiasmo, para que ella volviera a escena e hiciera el papel que mejor le sale en las campañas electorales, el de simpática seductora.

Porque para la competencia política mucho más importante que lo que dice el libro, es lo que dijo Cristina en su presentación, transmitida en una cuasi cadena nacional y desde el altar de la sabiduría que le ofreció gentilmente la Fundación El Libro. Para que hablara hasta bien de Trump y su proteccionismo económico, festejara a través de Alberto Fernández a todos los que pasaron años criticándola, pero ahora han vuelto al redil, sea por ilusión o porque no les quedó otra. Y preparara así el camino para la foto de familia con que este martes se reconcilió con el peronismo, suturando heridas y menosprecios aún más antiguos, y lanzó el Frente Patriótico, la fórmula con que sustituirá a Unidad Ciudadana.

Si bien es cierto que la ex presidenta hizo casi todo mal en sus últimos años de mandato y en los primeros de Macri, hay que reconocer que algo aprendió. Tal vez el haber sido derrotada por un no candidato dos años atrás, encima en el territorio otrora más fiel, haya sido el golpe que estaba necesitando para recapacitar.

Como fuera, lo cierto es que desde entonces viene haciendo las cosas bastante bien: repliegue de la escena, unidad del peronismo en las provincias, reconciliación con viejos aliados, etc. La pregunta que flota en el ambiente es, de todos modos, si al regresar al centro de la atención no se expone innecesariamente a las críticas que pudo evadir mientras guardó silencio; si no ayuda encima a descomprimir el agobio que viene padeciendo Macri, objeto de todos los cascotazos mientras solo se hablaba de sus muestras de impericia; y si no activa, junto al entusiasmo en sus seguidores, la memoria, en el resto de la audiencia, de los abusos y desbordes cometidos en el pasado. Más todavía si, con su regreso, quedaba a la luz la agresividad y la virulencia que supo inculcar a sus fieles (como sucedió en la Feria del Libro a costa del derecho a trabajar de un equipo de TN) y su simultánea complicidad con lo más rancio del aparato peronista.

Que corre esos riesgos no cabe duda. Pero sucede también que, iniciada la campaña electoral, si ella no hablaba, otros hablaban por ella, y no le hacían ningún favor: las barrabasadas de los Moyano, Guillermo Moreno, Luis D´Elía y Mempo Giardinelli, personajes que contradicen todo el tiempo el teorema de Baglini y cuanto más cerca se sienten de volver al poder más locos se ponen, se le terminaban cargando a su cuenta, y su capacidad de disciplinarlos y aleccionarlos sobre las ventajas de una campaña moderada disminuía a medida que pasaba el tiempo y ellos imponían sus propios intereses y agenda.

Tras la elección en Córdoba, además, era de esperar que el peronismo disidente recobrara algo del dinamismo perdido en los últimos meses, y volviera a darle aire al doble juego que le permite a sus caciques beneficiarse de la unidad del peronismo en los distritos, pero sostener una “grieta inconciliable” en la escena nacional y para las presidenciales. Ambigüedad que Juan Schiaretti aprovechó mejor que nadie el domingo pasado, puso en palabras en el festejo de su victoria, y que Cristina no le podía dejar pasar sin más. Porque su contraoferta a los gobernadores es, finalmente, más atractiva que la del cordobés y la AF: si quieren ubicar candidatos a legisladores nacionales en las listas del Frente Patriótico van a poder hacerlo, salvo en el caso bonaerense ella piensa ser muy generosa al respecto, pues eso le permitirá, a un bajo costo, desmentir la tesis de los “de centro moderado” respecto a que hay dos peronismos radicalmente escindidos, uno que tarda en morir pero no tiene otro destino, el populista, y otro que tarda en nacer pero es el futuro, el republicano.

Como se ve, no va a ser tan sencillo lidiar con la ex presidente en esta campaña electoral. Esperar que se equivoque, que la traicione su instinto y de rienda suelta a sus locuras puede ser, de parte de sus adversarios, un error costosísimo, semejante al que los dirigentes de Cambiemos siempre recuerdan que se cometió varias veces con ellos, y que los benefició enormemente: el de subestimarlos.

No obstante, la ya inevitable candidata a volver a la Rosada estará inevitablemente afectada por el síndrome de Dr. Jekyll y Mr. (en este caso sería Ms.) Hyde. En sus propuestas más elaboradas es donde esto más quedó en evidencia. Porque una Cristina moderada y programática es, finalmente, poco más que una peronista reaccionaria. En su afán de no ser menos y mostrar que cuenta con su propio modelo de “pacto”, en una semana en que todos redactaban sus decálogos para salvar a la patria, no tuvo mejor idea que rescatar del fondo de los tiempos el congelamiento de salarios en 1973, que estalló por los aires poco tiempo después en la primera hiper nacional. Por algo los sindicatos, salvo contadas excepciones que representan poco y nada del mundo laboral, o privilegian sus problemas judiciales inmediatos, se siguen manteniendo bien lejos de la señora, más que los demás grupos peronistas, y aunque vuelven a parar a fin de mes contra el ajuste de Macri, es discutible que lo hagan más para perjudicarlo que para ayudarlo.

Por Marcos Novaro

publicado el 14/5/2019

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Schiaretti no dedicó a nadie su victoria. ¿A quién achacará la UCR su derrota?

Se dice que las derrotas políticas no tienen dueño y las victorias tienen siempre más de uno. En el caso de Córdoba sucede lo contrario. Schiaretti pinchó varios globos al advertir que su victoria no tendrá impacto nacional; mientras los radicales discuten ya cuál de sus facciones es responsable del papelón, si las que están con o contra Macri. Y todos probablemente tengan algo de razón.

No perdió el tiempo el gobernador cordobés y antes de que cerrara el comicio advirtió: “acá en Córdoba los de afuera son de palo”. Para no dejar lugar a dudas de lo que pretendía transmitir agregó que ningún otro referente de Alternativa Federal estaría presente en el festejo de su victoria, y que tampoco debía nacionalizarse el resultado, ampliamente favorable para su sector: “en absoluto se puede hacer una lectura nacional de las elecciones… acá se elige gobernador e intendente… cuando sea el turno, se elegirá la persona que se considere más capaz para que sea presidente”.

Si Roberto Lavagna esperaba que el cordobés aprovechara su rutilante reelección para levantarle la mano, se habrá llevado una fuerte desilusión. Y en cambio Mauricio Macri debió respirar aliviado cuando escuchó sus palabras: podría haber sido un domingo mucho más negro para él después de todo.

Cambiemos va de mal en peor en los comicios distritales, y sin duda el resultado cordobés es el más apabullante y, por el tamaño de la provincia, también el más relevante de los muy malos que ha cosechado hasta aquí. Pero si encima Schiaretti aprovechaba la ocasión para apuntalar a los precandidatos presidenciales del peronismo moderado y para confirmar y nacionalizar la imagen de una coalición oficial en declive, la depresión en Olivos iba a ser total.

¿Por qué no lo hizo? En parte seguramente porque sabe que nacionalizar su victoria iba a forzar las cosas, y a los votantes cordobeses no les iba a sonar del todo bien, ni los iba a convencer de nada. Porque el cordobesismo, para bien o para mal, existe, no es una fantasía: la fuerte discordancia entre el voto cordobés en elecciones distritales y nacionales viene dándose desde hace años, y seguramente volverá a darse en esta ocasión. De hecho, aunque las encuestas en esta provincia le están dando bastante peor ahora que en otros momentos, Macri sigue recibiendo mucho más apoyo aquí que en el resto del país, y supera ampliamente a CFK, y por supuesto a Lavagna.

Por otro lado, Lavagna no ha hecho realmente mucho mérito para ganarse el apoyo que tanto esperaba. Su insistencia en no presentarse a las PASO sigue generando desconcierto en los demás socios de AF, y en particular en Schiaretti, que se pregunta con toda razón si el ex ministro tiene realmente alguna de las muchas virtudes y ventajas que se autoatribuye como para considerarse “líder natural” de un sector al que, encima, le viene costando desde hace tiempo ganar protagonismo, entre otras cosas porque está habitado por muchos caciques y pocos indios, y los caciques se creen todos titulares, no se ponen de acuerdo en qué regla darse para definir el rol de cada uno.

Así que no se trata solo de localismo. Hay también una estrategia nacional en el rechazo de Schiaretti a nacionalizar su victoria: la construcción de una alternativa desde el peronismo no es tan sencilla como creen los que actúan a la bartola, confiando en su olfato y en que los demás ya han demostrado ser entre malos y pésimos. Para eso ya están, como dice Durán Barba, los expertos en competir por descarte, y la grilla está completa.

Los peores dolores de cabeza para Macri por lo sucedido este domingo no van a venir de sus adversarios cordobeses, si no de las propias filas de Cambiemos. Ahí el “desastre cordobés” es una carga de profundidad, y su onda expansiva recién está haciéndose sentir.

Los costos autoinfligidos por un pésimo manejo de la interna radical, tanto por los propios radicales como por los responsables nacionales de mantener en pie la coalición gubernamental, pueden ser mucho más graves de lo que se ha visto hasta aquí.

Perder la provincia por porcentajes nunca vistos, y tanto el municipio de la capital como otras intendencias importantes son muy malas noticias. Pero lo peor va a ser que esos resultados alimenten el siempre feroz internismo radical, que en los últimos años estuvo sorprendentemente controlado. Seguramente porque casi ningún radical imaginó que iba a salir tan bien parado de todos los desastres que vivió y cometió su partido durante la década larga del kirchnerismo. Pero ahora que ya no se acuerdan del milagro que significó para ellos votar en 2015 una estrategia de alianzas sin romperse en varios pedazos, y más todavía que el encuentro con Macri diera tan buen resultado en lo inmediato, puede que el monstruo faccioso se despierte.

También podría suceder que el descalabro cordobés haya sido tal cachetazo para todos los grupos internos que invite a la reflexión, serene los ánimos y ponga un plus de sentido común en las próximas sesiones de la Convención Nacional del radicalismo. Habrá que esperar a fin de mes para saberlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/5/2019

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Se sabe que Schiaretti gana, no que va a hacer con su triunfo

En Córdoba el peronismo moderado juega su mejor carta: en el segundo distrito del país Cambiemos hará un flaco papel, y el gobernador Schiaretti será reelecto cómodamente. La duda es qué hará con su victoria: ¿mantendrá su vínculo con Macri, le levantará la mano a Lavagna o se lanzará él mismo a la presidencia?

Los cordobeses son gente peculiar. Durante años fueron insistentemente radicales, incluso cuando ya el radicalismo se derrumbaba como fuerza política nacional. Luego, a fines de los noventa, se volvieron peronistas, justo cuando el peronismo de Menem se eclipsaba y retrocedía en todos lados. Y siguieron siendo insistentemente peronistas hasta ahora, pero de un peronismo que sólo se conoce en el distrito, bautizado “cordobesismo” años atrás por José Manuel de la Sota para alejarlo de la influencia de los Kirchner, que no lograron hacer pie en el distrito ni siquiera en sus momentos de gloria. De allí que su ser “peronistas cordobesistas” no les impidiera respaldar en las presidenciales de 2007 a Lavagna y los radicales y en las de 2015 a Macri y Cambiemos.

¿Qué van a hacer los cordobeses esta vez? Vaya a saber. Lo único seguro es que en las elecciones distritales adelantadas para este domingo 12 de mayo volverán a votar a Schiaretti para la gobernación, muy probablemente por una diferencia considerable ante sus contrincantes, el perro y el gato de un radicalismo dividido como nunca antes.

Habrá que ver si a raíz de este cisma también el peronismo se queda con el municipio de la capital, y también con intendencias del interior provincial que han seguido siendo refugio de los no peronistas del distrito desde 1998 a esta parte. Un mal resultado para el oficialismo nacional en localidades importantes de la provincia agravaría la seguidilla de trastazos que viene sufriendo Cambiemos desde que en febrero arrancó el campeonato 2019. En una provincia en la que ganó por casi el 72% de los votos en la segunda vuelta de 2015, había triunfado en la primera por el 53%, y hace dos años sumó 48,5%, bastante por encima de su promedio nacional, sería una señal de debilidad alarmante.

Pero lo realmente significativo de ese día, y que puede terminar de complicarle la vida al presidente, sus seguidores y aliados, va a ser lo que diga y haga Schiaretti cuando se conozcan los resultados. Al respecto existen todo tipo de especulaciones: jugadas más o menos arriesgadas y que pueden enfrentarlo tanto a Macri, con quien hasta aquí se ha llevado bastante bien, o a sus socios de Alternativa Federal, o al menos a algunos de ellos. Porque lo cierto es que Schiaretti la noche del domingo va a ser el elegido y va a tener en sus manos gracias a eso un rol privilegiado como elector, la llave para empujar varios casilleros adelante en la carrera hacia la Casa Rosada a uno u otro, o a sí mismo.

De los líderes de Alternativa Federal es el único que no ha proclamado tener, hasta ahora, ambiciones presidenciales. ¿Eso significa que en su fuero íntimo no las tenga o no las pueda adquirir? A diferencia de de la Sota, que fue un líder nacional de la Renovación antes de serlo del peronismo cordobés, el actual gobernador nació y prosperó como figura política en el localismo, nunca lo abandonó. Y esa lealtad, a la vez limitación y atadura al distrito, puede decirse que ha sido siempre hasta aquí ratificada por los electores. No es fruto sólo de su preferencia, si no de una experiencia histórica: en todas las elecciones para cargos nacionales, tanto legislativos como ejecutivos, el cordobesismo fue superado por otras ofertas, más alineadas con las fuerzas dominantes a nvel nacional: en la primera vuelta presidencial de 2015, aún cuando de la Sota fue el principal aliado de Massa, no logró que este sacara en Córdoba más del 20% de los votos, apenas por encima de Scioli y más de treinta puntos atrás de Macri; en 2011 de la Sota ya se había visto obligado a retirar su lista para diputados nacionales, para evita una derrota aplastante ante la de Cristina (más o menos lo contrario de lo que ahora hizo Cristina con su lista de candidatos locales); y sumemos a eso que, en 2017, Unión por Córdoba recibió solo 30% de las adhesiones, casi veinte puntos menos que Cambiemos. ¿Se arriesgaría esta vez Schiaretti a romper una tradición, abonada por números tan contundentes? Es más bien difícil, sobre todo en un escenario en el que ya abundan los presidenciables así que hay poco espacio para que intervengan más competidores.

Es más probable en cambio que busque burlar los límites del localismo apostando fuerte por alguno de estos presidenciables ya lanzados. Y quien ha hecho más esfuerzos y aguarda ser recompensado por ellos este domingo a la noche no es otro que Roberto Lavagna, quien ya es un viejo conocido de los cordobeses, aunque de la mano de la UCR: en 2007 su fórmula ganó en la provincia por más de 10 puntos contra CFK, que entonces resultó amplia vencedora en casi todos los demás distritos.

Pero de todos modos, en caso de que Schiaretti decida jugarse por Lavagna, es dudoso que el resultado vaya a ser todo lo contundente que este espera. Recordemos, una vez más, el intento de la Sota en 2015 con Massa: no funcionó. Hoy el precandidato que espera un espaldarazo cordobés para salir de la meseta en que lo ubican todas las encuestas se encuentra, encima, bastante más atrás de quienes ocupan las primeras posiciones de lo que estaba Massa cuatro años atrás. Así que lo más probable es que, aún si un rutilante Schiaretti le levanta la mano este domingo, el escenario de la competencia presidencial no cambie demasiado.

¿Podría alcanzar de todos modos un gesto de ese tenor para alejarle a Macri votos que le serán imprescindibles para imponerse a Cristina en segunda vuelta? Eso es aún más difícil: si algo define al cordobesismo es el rechazo a la ex presidente, y por más enojados y decepcionados que estén los portadores de esa identidad con su sucesor, no van a tener otra que volverlo a votar. Es que finalmente ser cordobesista no parece consistir más que en soportar con un plus de intensidad y algún que otro desajuste temporal los inconvenientes que padecen todos los demás argentinos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/5/2019

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Se complica el acuerdo entre Macri y la oposición moderada

Hasta hace poco parecía que en Argentina no se podía acordar nada. Ahora algunos pretenden acordarlo todo y con todos. Cambiemos y Alternativa Federal se la juegan en una vía intermedia, que beneficie a ambos contra los antisistema y la dispersión.

Lo primero que llama la atención de los 10 puntos que el gobierno propuso a algunos peronistas moderados para estabilizar la situación financiera y cambiaria de aquí a diciembre, y tal vez para preparar un terreno de convivencia más productivo hacia adelante, es que son de muy básico sentido común.

En cualquier país normal que haya que pagar las deudas, respetar la división de poderes, combatir la inflación con equilibrio fiscal y un Banco Central independiente, tener un sistema previsional sustentable y estadísticas confiables son cosas tan de perogrullo que no hace falta hablar de ellas. Entre nosotros escasea ese sentido común así que es imprescindible hacer explícito el compromiso con esos criterios bien básicos, y ponerlos fuera de la competencia, para fortalecerlos y que quienes los ignoran o desprecian queden en evidencia.

Lo segundo que destaca es la velocidad con que cambió la discusión pública desde que se volvió posible un módico acuerdo: los que más reclamaban contra la polarización, la grieta y la falta de consensos, saltaron como leche hervida para aclarar que ese acuerdo no tiene nada que ver con el que ellos propugnan, el ideal de “unidad nacional”. Y que si no se garantizan todas las metas que ellos persiguen, y no firman todos los que ellos quieren, no sirve para nada, es “distractivo”, “marketing”, solo responde a “urgencias y debilidades oficiales”.

Convengamos que los pactos siempre son acotados, porque se hacen entre gente que piensa distinto y en cierto momento encuentra algo que puede lograr cooperando, evitar una crisis o que se imponga alguien que consideran muy malo. Y la gente pacta porque le conviene, no lo hace contra sus intereses, siempre es así y no tiene nada de malo. La pregunta es: ¿a la oposición moderada no le conviene acordar sobre esos 10 puntos con Macri, o sí le conviene, pero no se da cuenta o no se anima?

El gobierno de Cambiemos ha llegado a un punto en que para romper el círculo vicioso de la desconfianza económica y política necesita ayuda. Y abandona premisas que hace tiempo dejaron de serle útiles para construir confianza. Lo hace algo tarde, tras pagar muchos costos por su aislamiento, pero tal vez no demasiado tarde. En cambio los partidarios de la tercera vía que despotrican contra “la grieta” enfrentan otros problemas: el estar divididos ante dos polos bien consolidados, y carecer de líderes que les permitan aprovechar el descrédito del oficialismo. Que fue capitalizado, sin mayor esfuerzo, por CFK y su oposición radical, la que apuesta a “cuanto peor mejor”. La pregunta es si acordar aunque sea algunos puntos con Macri va a desdibujarlos aún más o puede fortalecerlos. Pichetto opina una cosa, Lavagna otra y Massa no se sabe.

Lavagna disfraza de idealismo patriótico una visión bastante cerrada y mezquina de la situación política: la que cree va a permitirle erigirse en síntesis superadora de la maldita grieta descalificando a sus dos polos como igualmente fracasados y sólo útiles el uno para el otro. Convencido de que la vía para él más provechosa es sostener esa equivalente inutilidad de los otros contrincantes, no puede aceptar conversaciones con uno de ellos, mucho menos unas encaminadas a acordar algo, cualquier cosa.

En el fondo, Lavagna, igual que el Papa Francisco, otro que ha estado despotricando contra la polarización en Argentina, cree que lo que realmente impide gobernar “bien” este país es la división del peronismo, esa es la grieta que realmente les molesta. Provocada, no es irrelevante agregar pues en esto ambos también parecen estar de acuerdo, por el virus liberal que introdujo primero Menem y luego la reacción contra los Kirchner. Y que Macri fomenta con iniciativas como la del aborto, las causas contra la corrupción, la denuncia del chavismo y los peligros del populismo radicalizado.

La reconciliación de los argentinos va a ser posible cuando nos olvidemos de esos temas divisionistas de nuestra comunidad, y se reconcilie consigo misma nuestra “identidad política nacional”, dicho más simple, se unan los peronistas. Esa es la nota subyacente a los 10 puntos propios que opuso a los de Macri, un verdadero programa de gobierno, orientado por un humanismo progresista que en su afán de volver imposible el diálogo buscó adrede sortear o ignorar todos los ítems del decálogo oficial, hasta los que es seguro que comparte, y se carga de compromisos que seguro sabe incumplibles, como el de aumentar las jubilaciones, cuando hasta hace poco mucho más sinceramente confesaba que “no hay nada que repartir”.

Es curioso que Pichetto, hasta aquí el principal promotor de la candidatura de Lavagna, junto con Duhalde, y uno de los firmantes de este programa humanista, aunque también promotor de la otra lista de supermercado, la que empujó el gobierno, no haya podido convencer al candidato que, en este terreno, su forma de ver las cosas es, además de históricamente discutible, poco práctica: superar la división del peronismo, y tal vez hasta garantizar su supervivencia, sólo va a ser posible si CFK no vuelve al poder, porque no hay tal equivalencia entre ella y Macri. Ella coquetea peligrosamente en el límite del sistema democrático, en sus mejores días, mientras que él es, por ahora, la barrera a mano contra el riesgo de que esa amenaza se agrave. Por lo que, aún combatiéndolo en todo lo que le parezca conveniente, Pichetto no deja de atender a las ocasiones en que se vuelve necesario colaborar con él, mientras no aparezca otra barrera mejor con que reemplazarlo en esa función.

En el justo medio entre Pichetto y Lavagna quiso acomodarse Massa, primereando a Macri en la invitación al acuerdo, a quien conminó a que participara también a Cristina en el mismo, para que no se volviera una “simple manganeta para dividir a la oposición”. En suma, Massa parece querer lo mismo que Lavagna, pero recorriendo el camino que propone Pichetto. O algo por el estilo. A esto agregó, incluso en una conversación directa con el presidente, que él debería empezar por reconocer que su política ha sido un desastre y cambiarla de raíz antes de que sea tarde. “Me siento a hablar y negociar, pero con la condición de que firmes tu rendición incondicional”. Sonó un poco mucho.

Sucede simplemente que Massa tiene difícil encontrar un lugar en el mundo, dado que su hipótesis de trabajo, que Cristina no se presentaba, ha quedado casi descartada, y le cuesta resignarse a ser su candidato bonaerense, y más todavía a ser el de Lavagna, con aún menos chances de éxito. Como no tiene por ahora cómo acomodarse en ninguno de los tableros que le ofrecen, propone otro juego, uno imposible, a ver si logra que los demás se equivoquen y se le vuelva a abrir un camino. En su perspectiva, si Lavagna no colabora y el acuerdo sale, a él le va a convenir estar, pero si está Lavagna, de la mano de Pichetto, él adentro corre el riesgo de diluirse y le convendrá quedarse afuera. Parece confuso pero en realidad es claro como el agua.

Algo semejante intentan Cornejo y Lousteau. Hablaron del acuerdo pensando no tanto en su utilidad para la estabilidad económica y la gobernabilidad futura, como en su mejor escenario para negociar las candidaturas con el presidente. Que depende de mantener abierta el mayor tiempo posible su opción de irse detrás de Lavagna, si el PRO no les da lo que quieren. Así que también propusieron un entendimiento electoral imposible, de todos contra Cristina, que según ellos no se habría logrado hasta aquí por la cerrazón del macrismo.

¿Es Macri el culpable de que Cambiemos sea una coalición acotada, apenas una primera minoría que así como ganó por un pelo en 2015 vuelve a correr con lo justo 4 años después? En parte sí, aunque de haberla abierto mucho más tal vez tendría ahora aún más problemas. Nadie que se haya involucrado demasiado en las disputas entre los peronistas sacó jamás buen provecho, es bueno recordarlo.

¿Es Macri quien quiere dividir a la oposición no K? A esta altura está bastante claro que la necesita mínimamente competitiva, más todavía después de la sucesión de trastazos de Cambiemos en las provincias. Porque si la elección nacional se polariza del todo, CFK puede arrastrar detrás suyo todo el voto opositor. Macri además va a necesitar a ese sector moderado del peronismo más cohesionado de lo que estuvo hasta aquí en un eventual segundo mandato, ¿con quién más tendría chances de formar mayorías para las reformas que necesitará aprobar?, ¿y cómo hacer viables esos cambios si el peronismo que podría colaborar con ellos se desintegra por el camino?

Como se ve, los intereses electorales y coalicionales de Macri tienden a alinearse y lo están empujando a intentar un juego más abierto y más colaborativo que en el pasado. Podría pasar lo mismo con la oposición moderada, no sólo la peronista, si encuentra ventajas concretas en no diferenciarse de él en todos los temas en danza y en diferenciarse de Cristina en su irresponsabilidad económica e institucional.

Por eso es que sería tan necesario que se firme el acuerdo, como que él arroje algunos buenos resultados concretos, aplacar la corrida contra el peso, bajar el riesgo país, y sobre todo que a los firmantes no les vaya mal en las elecciones. Así se va a demostrar que la colaboración paga, y no siempre llevan ventaja los que más especulan.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/5/2019

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Juan Guaidó se jugó a suerte o verdad

El presidente encargado inició el día martes 30 de abril con una proclama definitiva a sus seguidores: “a la calle sin retorno”. ¿Se metió en un callejón sin salida? ¿Tiene chances de éxito?

Ni Juan Guaidó ni la oposición democrática que se ha movilizado detrás suyo desde enero de este año intentando poner freno al régimen chavista y a su lenta pero incesante marcha hacia el totalitarismo castrista, tienen ya muchas más cartas para jugar que las que han puesto sobre la mesa en los últimos tres meses.

Intentaron la carta diplomática y lograron en poco tiempo tender un cerco democrático alrededor del régimen de Nicolás Maduro, recibiendo muchas muestras de solidaridad regional, que años atrás habían faltado, y el aval a su pretensión de ejercer la única autoridad legítima de acuerdo a la Constitución vigente. Pero a los chavistas no les incomoda demasiado que los únicos que los apoyan, dentro del país sean los militares y servicios de inteligencia, y desde fuera, sean dictaduras, totalitarismos o en el mejor de los casos regímenes híbridos. Cuba, Rusia, China e Irán les proporcionan las armas, el personal, el know how y hasta las lealtades necesarias para sostener su policía política y los recursos económicos para sobrevivir. Al menos por ahora.

Intentaron entonces la carta de la emergencia humanitaria y la ayuda internacional. Pero por más que casi todas las democracias de la región los apoyaron, enviaron ayuda y en conjunto acorralaron al régimen, mostrando que estaba dispuesto a cerrar las fronteras a sangre y fuego y anteponer siempre su supervivencia a la de la inmensa mayoría de sus ciudadanos, carentes ya de casi todo lo necesario para una vida mínimamente digna, no lograron quebrar esa voluntad.

Y durante todo este tiempo no dejaron de recurrir también a la movilización popular, que de todos modos ha chocado una y otra vez con la indiferencia de quienes controlan el aparato del Estado, y cuando eso no alcanza, con su disposición a reprimir matando manifestantes desarmados y encarcelando a sus dirigentes. Los ciclos de auge y declive de la movilización se suceden, y las energías de la sociedad civil siempre chocan con la misma pared. Mientras crece el número de quienes, desahuciados, emigran. Hace unos años 4 millones más de venezolanos descontentos tal vez hubieran hecho la diferencia. Pero hoy, con toda lógica, decidieron buscar otro lugar donde hacer sus vidas. Llegará un momento en que habrá más descontentos afuera que adentro de Venezuela. Como ha sucedido con otras sociedades que enfrentaron proyectos de dominación semejantes en el pasado.

Se entiende entonces que no quedara mucha más escapatoria que intentar, antes de que fuera demasiado tarde y tanto la disposición a manifestarse como la solidaridad internacional se eclipsaran, la combinación de los recursos recién enumerados con una apuesta mucho más directa que todas las intentadas hasta aquí por quebrar la disciplina militar y disparar un levantamiento general contra el régimen, tanto en la calle y en los cuarteles.
El intento, hasta aquí, parece haber fracasado. Guaidó marchó a la base aérea La Carlota con la idea de instalarse allí y hacer sesionar la Asamblea Nacional. No logró ni siquiera entrar. Su llamado a la rebelión a los oficiales y soldados descontentos no parece haber dado lugar más que a focos aislados de rebeldía, condenados desde el vamos si no cambia y rápido la relación de fuerzas. Es difícil predecir el resultado final, pero en principio pareciera que Guaidó se mandó, sin mirar antes cuánta agua había en la pileta. O con información equivocada al respecto.

El Departamento de Estado ahora acusa a Rusia del fracaso: su mano estaría detrás del silencio en que se recluyeron oficiales y funcionarios que, según los funcionarios norteamericanos y versiones periodísticas, habían dado señales inequívocas de que colaborarían a un final incruento del gobierno de Maduro; incluso dicen en Washington que fue Putin el que convenció en las últimas horas a Maduro de no escapar a Cuba. Suena al menos exagerado.

Lo que no significa que sin Rusia, un desenlace pacífico sería mucho más asequible y rápido. ¿Por cuánto tiempo podrían los servicios de inteligencia cubanos mantener a raya a los militares venezolanos, de no ser por las armas de última generación que proveen los rusos? Si encima en pago por sus servicios Maduro le envía a La Habana cada vez menos petróleo. Sin Putin son como el hambre y las ganas de comer. Se entiende así mejor por qué la izquierda populista latinoamericana adora a Putin. Cristina cuenta en Sinceramente cuando explicó las razones al Papa Francisco y hay que creerle. Quién te dice, tal vez con los últimos sucesos él también se convenció.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/4/2019

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Los oficialismos siguen ganando, y Cambiemos lejos atrás

Las elecciones santafecinas son un verdadero enredo. Así lo reflejaron las PASO realizadas este domingo y que convocaron a las urnas a 2 millones 700 mil votantes, aunque respondieron al llamado no más del 65% de ellos, porque muy poco estaba en juego en la categoría a gobernador (solo el peronismo presentaba dos precandidatos). Había en cambio bastante más competencia para diputados provinciales y concejales.

El gobernante Frente Progresista compuesto por socialistas y radicales, que postuló al ex gobernador Antonio Bonfatti para que volviera al cargo obtuvo el primer puesto, con alrededor de 32% del total de los votos. Se enfrentó a otros radicales encabezando Cambiemos, aliados con el PRO. Y que postularon al intendente de Santa Fe, José Corral. En tanto los peronistas se unieron todos, como ya es norma en las provincias, pero compitieron dos aspirantes a la gobernación. Con la peculiaridad extra de que el siempre moderado, por no decir conservador, Omar Perotti, como pintaba ganador se ganó el apoyo del kirchnerismo (y no lo defraudó: recibió casi 3 de 4 votos del frente Juntos), mientras la siempre kirchnerista María Eugenia Bielsa (que reprochaba a Perotti, en línea con Unidad Ciudadana, el haber votado en el Senado muchas de las leyes que pidió Macri), debió conformarse con el respaldo de quienes quedaron fuera de esa entente. Que eran bastante pocos, así que era de esperar que le fuera bastante mal. Entre ambos sumaron más votos que el Frente Progresista (más de 42 puntos), y esperan mantenerlos unidos para ganar el 16 de junio, en la elección general.

La gente de Cambiemos sabía ya que iba a quedar lejos de la disputa por la provincia. Pero no tan lejos. Se conformaban con arañar el 20% de los votos. Ya de por sí una caída estrepitosa en comparación con los porcentajes que obtuviera el PRO corriendo solo, con Miguel Del Sel a la cabeza: en 2011 sacó más de 36%, y en 2015, 31%. Ahora apenas reunió 19%, por debajo de la modesta meta propuesta.

Recordemos que José Corral convenció a la mayoría de sus correligionarios de abandonar el Frente Progresista que compartieron durante años con los socialistas prometiéndoles que así se podrían hacer de la gobernación. Liderando la nueva coalición, y ya no como segundones de nadie. Para reforzar su argumento tuvo para mostrar los resultados de 2017: Cambiemos sumó entonces, también con un cabeza de lista radical (Albor Cantard), casi 38%, mientras los peronistas rondaron apenas los 27 puntos (es cierto que con el massismo corríendo todavía por su lado, aunque sin mucho éxito: apenas recibió poco más del 5% de los sufragios) y el Frente Progresista tocó fondo con una elección catastrófica, menos de 15 puntos. Santa Fe se volvió así uno de los mejores ejemplos con que la conducción nacional de la UCR podía ilustrar la conveniencia de fortalecer la alianza con el PRO, y su gobernación una de las que Macri imaginó tendría más fácil sumar a su hasta ahí reducido listado de pilares provinciales.

Hoy queda muy poco en pie de aquellos sueños. Y la coalición oficial sabe que lo único a que puede aspirar es a no hacer un papel demasiado malo el 16 de junio. Y, tal vez, a que la provincia no caiga en manos de un peronismo unido, que bien podría terminar jugando a favor de Cristina. Aunque también deben saber en Cambiemos que va a ser muy difícil compatibilizar ambas cosas.

Santa Fe es el tercer distrito en importancia por número de votantes. Y es bien representativo del electorado del centro del país, donde el oficialismo está obligado a sacar una buena diferencia a favor de Macri en octubre, para que tenga chances su reelección. Y va a ser más difícil lograr ese objetivo si el peronismo logra quedarse con la gobernación, después de 12 años de hegemonía del Frente Progresista. El second best del macrismo para la provincia será entonces que los socialistas sigan gobernando. Aunque a Cambiemos le va a resultar bastante más costoso que en Río Negro o Neuquén apostar al voto útil, a costa de sus candidatos locales. Por más que Macri se haya llevado tan bien con Miguel Lifschitz como con Alberto Weretilneck o con Omar Gutiérrez.

¿Y cómo se conectarán luego estos alineamientos provinciales con el apoyo a los distintos candidatos presidenciales? Hoy por hoy nadie puede saberlo, porque lo que impera es la ambigüedad. Los socialistas apoyarán a Lavagna, eso se da por descontado, pero deben saber que muchos de sus votantes de junio, planean acompañar a Macri en agosto y octubre. Sobre todo si su principal antagonista es Cristina, como todo parece indicar. Quien a su vez espera que Perotti le devuelva sus gentilezas y la apoye. Aunque entre quienes rodean al actual senador nacional y ex intendente de Rafaela predominan los simpatizantes de Alternativa Federal, y entre sus votantes la confusión debe ser tan o más marcada.

Es que nadie se atreve a predecir qué querrá hacer Perotti, quien ya demostró en el debate sobre el aborto (ocasión en que presentó un proyecto “alternativo” para “superar la grieta”, y terminó absteniéndose en la votación del único proyecto que importaba) que en su afán de no quedar mal con nadie puede decepcionar a casi todos. Lo único seguro es que de aquí al 16 de junio seguirá alimentando la ambigüedad respecto a qué candidatura presidencial prefiere, de modo de no enemistarse ni con los K ni con los renovadores o los federales.

Es dudoso que muchos se lo vayan a reprochar: ser ambiguo está de moda en la política provincial de estos tiempos. El propio Bonfatti, para derrotarlo, va a necesitar el apoyo de muchos de esos radicales que en las presidenciales preferirían apoyar a Macri antes que arriesgarse a perder el voto con Lavagna u otras terceras opciones; así que también a él puede que le convenga marcar distancia o abstenerse de opinar en los debates más candentes de la política nacional.

¿Significa esto que así como las terceras fuerzas locales, también los peronismos provinciales pueden seguir prosperando siempre que eviten quedar atrapados por la polarización nacional, que conspira contra los heterogéneos apoyos que necesitan para triunfar? Todo parece indicar que sí. Y si ganara finalmente el Frente Progresista, ¿se consolidará la tendencia a favor de los oficialismos, que tal vez a la postre termine favoreciendo la reelección de Macri? Es un escenario posible, pero que se verifique dependerá de las decisiones que de aquí en más tomen unos cuantos actores, y muchos más votantes, en un contexto extremadamente enredado y de desenlace incierto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/4/2019

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Los mercados prefieren a Macri, pero están hundiéndolo

“Macri es el caos” dice Cristina. Más que una descalificación, es un plan de campaña para presentarse como restauradora del orden. Para lo que ya no necesita usar las armas que hasta hace poco prefería, los militantes de la Resistencia en la calle: le bastan las del propio macrismo. Y es que Cristina parece haber constatado que los empresarios se han vuelto la principal amenaza para el gobierno que respaldan.

“El riesgo país (una buena medida del caos) sube por temor a que volvamos atrás”, le contestó Macri. Pero hasta él debería reconocer que la corrida es posible porque arrancó su mandato liberando los mercados financieros y cambiario. ¿Les dio así un poder, que se vuelve abrumador en momentos de crisis, a quienes lo apoyaban, y todavía lo hacen, pero ahora por su propio interés tienden a hundirlo? ¿Habrá que concluir que en Argentina el orden es incompatible con las libertades económicas?

La campaña a cuyo inicio estamos asistiendo, y va a concluir en las presidenciales de octubre, será no sólo una de las más disputadas de las últimas décadas, sino la primera en mucho tiempo que se haga en un contexto de crisis financiera y de confianza, y de mercados libres, tanto para dolarizar fondos como para sacarlos del país, tanto para mover precios como para producir o no hacerlo. Y eso, sumado a una fuerte polarización, está contaminando con dosis masivas de desorden, de caos, la competencia política, en un círculo vicioso que realimenta las incertidumbres económicas y las electorales.

El gobierno parece todavía confiado en que va a controlar la situación. E incluso cree poder sacar provecho de ella: el miedo a “cambiar de caballo en medio del río” y encima hacerlo a favor de uno que ya se mostró capaz de hacer todo tipo de locuras, puede ser un buen argumento de campaña. Sobre todo cuando no hay muchos éxitos que exhibir. Si no fuera por esta pretensión de usar el miedo sería difícil de entender que el oficialismo esté tan cómodo con la difusión de encuestas que le dan bastante peor que los sondeos medianamente confiables, y colocan a Cristina muy por delante del presidente. Pero ¡atención!, el miedo suele ser un arma de doble filo: puede fácilmente volverse en contra si se instala la idea de que la otra orilla es inalcanzable porque el propio gobierno ha estado remando en redondo, o va a ser tan mala como la que dejamos atrás si seguimos confiando en quien, para empezar, nos metió en el rio.

Entre los públicos en que inculcar miedo se ha vuelto más necesario para el oficialismo se destaca el de los empresarios. Los funcionarios no se cansan de recordarles estos días que sus empresas no valdrán nada si no colaboran a la reelección del presidente. Les advierten que Lavagna no tiene chances, y la única beneficiaria del alza de precios, la fuga hacía el dólar y el derrumbe de los bonos que ellos en alguna medida fomentan va a terminar siendo Cristina. Con argumentos de ese tenor se reclamó colaboración con el lanzamiento de los “precios esenciales”, pero ¿qué puede esta acotada iniciativa contra el alza del dólar y la inercia de todos los demás precios? ¿Va a mostrar al gobierno más sensible en el frente social, aún siendo un gobierno de ricos? ¿O va a exponer nuevamente su ineficacia?

El papel de los empresarios locales en todo esto es particularmente complicado. Nadie espera que los fondos internacionales se hagan problema por las consecuencias políticas derivadas de sus decisiones de invertir o irse corriendo de un país u otro. Pero a los ciudadanos sí se les exige ser responsables ante su país. El problema es que en casos como el que nos ocupa, fuera del pago de los impuestos, no hay mucho margen para ejercer esa responsabilidad, porque nadie parece capaz de coordinar acciones distintas a las que alimentan el círculo vicioso de la crisis. Cualquier tenedor de activos (no tiene por qué ser un “rico insensible”, consideremos a alguien de clase media, muy preocupado por la situación y las perspectivas políticas, pero compelido por lógica necesidad a proteger sus ahorros), está llamado a dolarizarse y ponerse a resguardo de los ya muy conocidos manotazos del Estado para hacerse de recursos frescos en medio del descalabro. Así que no puede evitar colaborar a que ese descalabro sea cada vez mayor. Por eso se habla de “efecto manada” o “puerta 12”, de profecías autocumplidas y de toda una gran variedad de mecanismos a través de los cuales el círculo vicioso se alimenta y vuelve cada vez más indetenible.

¿Prueba esto que con el cepo cambiario y las restricciones a los movimientos financieros con que Cristina Kirchner y Kiciloff lograron que este despelote no les estallara en las manos estábamos mejor que ahora, con mercados libres y todos escapando o pensando en hacerlo? ¿Deberíamos volver a esos instrumentos, o a la convertibilidad, o a algún otro subterfugio por el estilo? Ya aparecen aquí y allá nostálgicos de esos supuestos “órdenes”, aparentes barreras contra el caos. Lo que no nos dicen es que por algo salir de cada uno de esos inventos costó horrores, y fue gracias a ellos que tan poco se le cree hoy al Estado argentino, a su moneda y a sus bonos de deuda.

Sucede que los mercados libres necesitan instituciones más sólidas que las que tenemos, y construirlas lleva más tiempo y esfuerzo que el que pretendimos dedicarles hasta aquí. En el ínterin difícilmente alcance con el FMI y los precios esenciales, tal vez hagan falta otros recursos y medidas de emergencia.

En una crisis galopante, y la que estamos sufriendo puede eventualmente convertirse en una, se justifica hacer muchas cosas que en tiempos normales no, con tal de frenar el caos. A menos que uno prefiera, claro, defender sus preferencias por ciertas políticas, o ciertas reglas de juego, en cualquier situación y más allá de las consecuencias, aunque ellas no alcancen o no sirvan para combatir la crisis.

Está muy bien, por otro lado, que Macri y Dujovne se feliciten a sí mismos por no haber cambiado hasta aquí las reglas de juego. Por permitir, por ejemplo, que los exportadores sigan disfrutando de una gran libertad para decidir cuándo realizan sus operaciones, cómo y dónde disponen de los dólares correspondientes. O que las petroleras fijen los precios de los combustibles siguiendo la evolución internacional del petróleo y la local del tipo de cambio. Pero en algún momento, y no cuando ya sea tarde, les convendrá tener sobre la mesa salidas alternativas, incluso algunas contrarias a aquellas reglas. De otro modo la descripción de Macri que hace Cristina puede terminar confirmándose.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/4/2019

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Plan Alivio: ¿será suficiente? ¿llegó a tiempo?

Una mayoría de la opinión pública recibió bien las medidas de “alivio” anunciadas, a los dos lados de la famosa grieta. La duda es si seguirá siendo así dentro de un par de meses, cuando la inercia de la crisis tal vez se haya devorado su acotada eficacia.

El Ejecutivo venía apostando a que, con el fin del verano, llegara una caída de los índices de inflación y muestras indubitables de recuperación del nivel de actividad. Y como ninguna de esas dos cosas sucedió tuvo que recurrir a medidas de emergencia, estímulos y antídotos que en el mejor de los casos tendrán efectos transitorios. Pero que podrían ayudarlo a transitar el último tramo del bajón, hasta que el combate del déficit arroje los frutos esperados. Solo “podrían”: son demasiados los condicionales a los que tiene atada su suerte electoral, y no le quedan muchas balas en la recámara.

El objetivo es bastante modesto: que la inflación vuelva a la zona del 2% mensual, y que el consumo deje de caer. Como pronto la comparación interanual de los datos de consumo mensual se va a empezar a hacer no con los meses buenos de comienzos de 2018 si no con los ya malos del otoño de ese año, cuando ya se había disparado la crisis, esta segunda meta es asequible. Pero la primera no lo es tanto: la inflación puede seguir bastante por arriba del 3% por dos o tres meses más. Y de ser así tal vez el Pal Alivio quede rápidamente invalidado ante la opinión pública, y se complique el arranque de la campaña electoral del oficialismo.

¿Cómo evitar que el telón de fondo de la misma no sea su fracaso económico?: tanto el de su versión ortodoxa, porque el ajuste del gasto y las altas tasas de interés habrán demostrado servir tan solo para alimentar un círculo vicioso recesivo (menor recaudación, que obliga a más ajuste de gastos y por tanto produce más recesión y así sucesivamente); como el de su versión intervencionista, su “populismo de caballeros”, porque los estímulos al consumo y los controles de precios habrían llegado tarde y sido aplicados sin el esmero y el convencimiento necesarios.

Esto último es lo que ya le están reprochando algunos expertos en mercados regulados: Massa, Kiciloff, hasta Guillermo Moreno y su heredero Augusto Costa se mofaron de sus manotazos de ahogado, en su opinión reveladores de que no sabe hacer eso que a ellos les salió muy bien (sic). Pero más curioso aún resultó que del otro lado de la “grieta” algunas muy conocidas voces empresarias salieran al ruedo para acusarlo de no respetar la libertad de mercado. Voces que hubiera estado lindo escuchar cuando Moreno, Kiciloff y Costa se dedicaban a pisotear esas libertades a los gritos y empujones; eso si, sin dejar una sola resolución por escrito, como esos matones expertos en administrar palizas sin dejar huellas en la cara.

Que reciba críticas por izquierda y por derecha no es algo que vaya a hacer mucha mella al Plan Alivio. Hasta cierto punto, es una buena señal: revela que el gobierno aún puede sorprender y descolocar a sus adversarios. Pero eso no es lo más importante, porque su suerte se juega en otros terrenos: el de las conductas económicas, y el de la opinión.
Esta le venía reprochando que parecía “desconectado de la realidad” y “sin iniciativa”, “insensible” a los costos que supone para la enorme mayoría un ajuste que hasta ahora no dio los resultados prometidos. Para muchos que así opinan verlo relativizar sus creencias y encarar más pragmáticamente los problemas urgentes que tiene delante puede que justifique darle una última oportunidad. Es que para el gran público la credibilidad del gobierno tiene seguro poca relación con su consistencia doctrinaria, como pretenden muchos de sus críticos, de nuevo, a ambos lados de la grieta.

Ahora que, para que esa “última oportunidad” no se evapore a poco de andar va a hacer falta que revierta el masivo pesimismo económico, que está ya rondando el 80% (según datos de Opinaia de este mes), y el pavoroso rechazo al presidente, que supera holgadamente el de Cristina Fernández. Esto no es imposible: en el oficialismo se tiende a pensar que, siendo el odio a Macri más reciente y “coyuntural”, será más fácil de remover que el que suscita la ex presidente, que viene de largo y ha sido muy estable por años y años; y probablemente esta sea una apuesta válida.

La cuestión es que, para que ella se sostenga, va a necesitar pronto el respaldo de los hechos, al menos de algún hecho, uno solo. Porque, por más que los anuncios hayan tenido buena recepción, ¿qué pasa si son desmentidos por el índice de inflación de abril, y luego por el de mayo?

Dujovne ya abrió el paraguas advirtiendo, igual que hiciera el presidente tiempo atrás, que habían sido demasiado optimistas sobre las posibilidades de bajar la inflación. Pero, ¿no es acaso cierto también que él debió haber actuado antes, cuando ya en marzo se hizo ostensible que, en vez de bajar, ella estaba subiendo? Puede que convencer a Macri y Peña, y también al Fondo y a los propios funcionarios de Hacienda haya insumido un tiempo demasiado valioso, que escasea cada vez más.

Encima, ¿no está una vez más el gobierno esperando demasiado de sus iniciativas, en este caso, para colmo, un paquete armado a los apurones y que él mismo sabe que, en el mejor de los casos, va a tener efectos acotados? Siendo así, tal vez le convendría priorizar uno de los dos objetivos que persigue, bajar sensiblemente la inflación, o impulsar la recuperación del consumo y la actividad económica. Porque las dos cosas al mismo tiempo, en tan poco tiempo y con tantos factores jugando en contra, es muy difícil que vayan a dársele.

A la hora de elegir podría convenirle atender al hecho de que nuestra opinión pública y los actores económicos ya se acostumbraron a convivir con la alta inflación, mal que nos pese, pero los votantes no suelen sonreírle a los oficialismos cuando el nivel de actividad y de consumo anda por el piso, ni aquí ni en ningún lado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/4/2019

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