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Explosión de derechos de la mujer: el cambio que Cambiemos quiere pilotear

Como se ha dicho ya, la cuestión no la impulsó la política, más bien ella se cansó de ignorarla. Incluso durante la larga década de la “ampliación de derechos” y los ocho años de presidencia de “avanti morocha”, ahora mejor conocida como dominatrice y puteadora serial y menos que nunca un modelo a seguir.

Fue la sociedad y fueron en particular muchas mujeres las que cambiaron. Dejaron de considerar aceptable lo que hasta hace poco se naturalizaba, que el aborto se practique en todos lados pero sea ilegal, por tanto inseguro y caro, que las mujeres ganen menos que los hombres y no puedan ascender a posiciones directivas en las empresas, que si una mujer es golpeada o amenazada por su marido o pareja tenga que elegir entre bancársela o correr riesgos aún mayores para denunciarlo o abandonarlo.

Indicios de esos cambios ya se venían acumulando desde hace tiempo. Uno de ellos y muy sorprendente es el aumento geométrico de las denuncias sobre violencia de género que viene registrando el Indec desde 2013. En cuatro años el número casi se cuadruplicó.

¿Puede que algo influya que la situación al respecto está empeorando, porque los varones machistas se desesperan por preservar su privilegiada condición y recurren más que antes a amenazas, humillaciones, golpes, en ocasiones también a una violencia de mayor escala? No hay que descartarlo. Es lo que suele suceder en las transiciones, y estamos sin duda atravesando una en este terreno: las reglas previas ya no son seguras, no garantizan obediencia ni sometimiento, y todavía no son aceptadas suficientemente nuevas reglas, y entonces las posibilidades de conflicto y choque crecen.

Pero mucho más influye sin duda que cada año que pasa las víctimas estén más dispuestas que antes a denunciar su situación y a sus victimarios. No es casual tampoco que ello sea más marcado entre las mujeres jóvenes (las menores de 40 concentran más del 60% de las denuncias), y en las clases medias (las que tienen más recursos para enfrentar el problema y desafiar el orden tradicional, encontrar apoyo institucional y de su entorno, proveerse de un sustento autónomo, etc.).

Otro indicio del cambio es lo sucedido en el ambiente del espectáculo, donde una catarata de denuncias solo comparable a la que se observa en Hollywood en estos mismos días está demoliendo el prestigio y liquidando la carrera profesional de una gran cofradía de abusadores que hasta hace poco se movía cómodamente detrás de un sólido pacto de silencio. Ante lo cual suceden dos cosas aún más sorprendentes. Por un lado, dinosaurios que pasaban por simpáticos especímenes quedan en evidencia cuando se atreven a hablar con mínima sinceridad sobre lo que piensan de sus congéneres femeninas y sus derechos. Y por otro, y más importante aún, el estigma que tradicionalmente agobiaba a la víctima que se reconocía como tal, y actuaba como principal desincentivo para la denuncia, tiende a desaparecer, porque sanamente se asume que el problema no es ella, son el victimario y el ambiente que lo promueve o tolera.

Es este nuevo contexto social el que ha empujado al gobierno de Macri a proveerse de una agenda de cambio en temas de género, un poco tarde, un poco a los apurones, pero finalmente con bastante olfato y sentido común. En esa agenda hay cuestiones que parecen poder avanzar con cierta facilidad, como la promoción de mayor igualdad en las empresas y en relación a los ingresos. Llevará tiempo de todos modos que las reformas al respecto se vuelvan efectivas y exhaustivas, pero no es este un terreno en que Argentina esté tan mal, por un lado, y es el campo que el gobierno conoce mejor y donde la política ofrece menos resistencias.

En segundo lugar, están las cuestiones que no se sabe si el gobierno quiere o no que avancen, entre las que descuella claro la despenalización del aborto. El tema divide a la coalición oficial, en particular a la dirigencia y la base electoral del PRO, que un poco aspira a que Argentina se parezca cada vez más al mundo desarrollado, liberal, moralmente relativista y distante de las tradiciones religiosas, y otro poco busca preservar sus raíces conservadoras, confesionales y los principios de orden y autoridad asociados. Como sea, el debate va ganando intensidad y también por tanto gana crédito en el gobierno la idea de que lo mejor que puede suceder es que algo se apruebe, probablemente un proyecto muy moderado y negociado, que minimice los motivos de conflicto. O en su defecto, que avancen iniciativas compensatorias: salud reproductiva, educación sexual en las escuelas, cosas que tal vez ahora los conservadores católicos estén dispuestos a aceptar como mal menor para no dejar pasar la despenalización. Si Macri logra timonear el barco ofreciendo estas alternativas, puede que la sangre de los disensos internos no llegue al río y el tratamiento de la cuestión arroje un saldo positivo de cambios “a medio camino”.

Recibiría en pago dos grandes beneficios extra. Se relativizará la acusación de que él sólo quiere “limitar derechos” por ser autoritario, de derecha y ricachón. Y que su única razón de ser ha sido pelearse con el populismo irresponsable de Cristina, y agotado ese enemigo no sabe muy bien para donde ir. Una nueva transversalidad se habrá inaugurado, y puede que sea una bastante más productiva que las que practicaron distintos grupos peronistas en el pasado.

por Marcos Novaro

publicado TN.com.ar el 8/3/18

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Según Jones Huala la RAM sí existe y va a seguir la violencia

El líder mapuche preso en Argentina y pronto a ser extraditado a Chile hace tiempo que es un dolor de cabeza más para su propio grupo que para el resto de la humanidad.

Y ahora empeoró las cosas con su desbocada pretensión de hacer de su infortunio judicial la chispa que encienda la pradera: agitó todos los fantasmas que sus colegas más ladinos y disimulados hace meses venían tratando de ahuyentar para desmentir su asociación con la violencia y ganar popularidad para la causa.

Primero y fundamental, reivindicó a la Resistencia Ancestral Mapuche, organización cuya existencia misma, después del papelón en que terminó el caso Maldonado, fue sistemáticamente negada por todos los demás voceros de los mapuches radicalizados, por sus amigos en los organismos de derechos humanos e incluso por gente de izquierda bien pensante y desprevenida, que abrazó la tesis de que se trataba de un invento de los servicios de inteligencia para desprestigiar a un noble movimiento de militantes pacíficos.

La declaración emitida pocos días atrás por un grupo de intelectuales autodenominado “espacio de pensamiento crítico” ilustra el punto. En otros aspectos mejor fundada, la proclama identifica las versiones sobre la RAM como parte de la operación de “demonización” estatal contra quienes resisten un modelo opresivo. Jones Huala los puso en aprietos al sincerarse. Para preservar esa actitud crítica tan suya tal vez este grupo de pensadores se vea forzado ahora a especular que el propio lonko del Lof de Cushamen es también de los servicios; alguna vuelta le van a tener que encontrar.

Pero el líder revolucionario no se quedó ahí. En su habitual tono entre grandilocuente e histérico lanzó invocaciones a la violencia contra los blancos y sus instituciones, y reivindicó acciones de sabotaje y otros atentados cometidos por su grupo como nadie se había atrevido a hacer hasta ahora.

“Fui combatiente en algún momento de la Resistencia Ancestral Mapuche y estuve involucrado en alguna situación de sabotaje… si mi pueblo tuviese armas sería otro cantar… Ataquen, que el vuelto no va a ser con caramelos”.

Cuando se conoció el fallo de extradición en su contra la siguió: “No tengan miedo, ¡viva el sabotaje! ¡piedra y fuego a la opresión! Vamos a responder con el mismo nivel de violencia para defender nuestros bienes, ¡defiéndase con lo que tenga a mano!… el buen capitalista y su poder es nuestro enemigo, al enemigo no se lo discute, se lo destruye… no pienso dialogar más con estas basuras, asesinos”. Si antes estaba dialogando creo que nadie se enteró.

Recordemos que la acusación que debe enfrentar en Chile no es por atacar a ningún ricachón opresor, sino por destruirle la casa, golpear y amenazar a una familia más mapuche y pobre que él, e integrada por varios niños, que se había atrevido a trabajar para los huincas, un pecado imperdonable en su particular visión del mundo.
¿Es tan poco serio el personaje que no habría que hacerse demasiado problema por sus palabras ni darle muchas vueltas a sus arengas y actitudes? Tal vez en este caso suceda más bien lo contrario, como suele pasar con los niños y los locos (y el lonko en cuestión tiene un poco de cada cosa), que son los únicos que dicen la verdad.

Desde un comienzo la estrategia de los mapuches radicalizados ha sido no sólo ejercer la violencia en forma sistemática, sino también practicar la mentira en todas sus formas. Lo hicieron de comienzo a fin del caso Maldonado, ante todas las acusaciones recibidas por incendios, ocupaciones y ataques a bienes y personas, y también en la más reciente toma del Lago Mascardi, con el agregado de una machi sanadora que supuestamente les transmite qué tierras sus ancestros quieren que ocupen, de una manipulación alevosa de sectores de la iglesia católica y del ocultamiento sistemático de pruebas y testigos ante las denuncias de uso de armas de fuego.

Es esa estrategia de la mentira lo que Jones Huala pone en aprietos, así que al menos en ese aspecto ¡bienvenido sea! En cualquier caso su juicio ha dejado ver que dista de ser el personaje más peligroso y amenazante en esta historia, que lamentablemente, como él mismo anuncia, continuará.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/3/18

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El “crecimiento invisible” de Macri y por qué crecen el malhumor y la ansiedad

Fue el pasaje más controvertido y menos feliz de su exposición ante la Asamblea Legislativa. Él quiso referirse a otra cosa: a las bases subterráneas, por ello “invisibles”, que habría estado dedicado a construir estos dos años “para que Argentina pueda crecer los próximos 20 en forma consecutiva”. Pero en un discurso en que hizo poco hincapié en la economía, dio pocas cifras y explicaciones al respecto, quedó como si hubiera querido esquivarle el bulto a problemas bien visibles con meras excusas y promoviendo una buena nueva que no se ve porque no existe. Así al menos lo interpretó la oposición, que se hizo un festín con la ocurrencia presidencial.

El asunto no pasaría de ahí si no fuera porque lo enmarca una paradoja que se ha vuelto central para entender la actual coyuntura: ¿por qué si bien la economía crece, poco pero crece, y crecieron también el último año los ingresos de la población, sobre todo durante la última parte del 2017, ha estado creciendo también desde esos meses hasta aquí el malhumor social, el pesimismo económico y la impresión general de que el gobierno no le encuentra la vuelta al tema de la inflación, del empleo y del consumo y está como empantanado o perdiendo el tiempo?

Una parte de la cuestión puede considerarse estacional: desde diciembre hay malas noticias económicas en abundancia (ajustes, suba de precios, etc.) y las subas de salarios que las compensen recién van a llegar a partir de abril. Aún cuando sea cierto como también dijo Macri que tuvimos un verano record de turismo, pagar las cuentas estos meses se está volviendo cada vez más complicado. Y cuando uno vuelve de las vacaciones y se da cuenta de que es eso lo que le espera, el disgusto es doble.

Otra parte de la explicación es que los promedios y cifras globales son bastante engañosos cuando la realidad es muy heterogénea y despareja, y la recuperación en curso además de acotada lo es en grado importante. Pueden haber crecido los ingresos en promedio, y seguro por encima del promedio lo hicieron los de actividades especialmente favorecidas, como la construcción; pero los de muchos sectores medios ligados a la administración pública, el comercio y otros servicios perdieron en vez de ganar. Son millones de personas, que encima no reciben tarifa social ni otras compensaciones. Y votaron en su mayoría a Macri esperando algo mejor.

Pero esto es solo parte del asunto. Lo esencial de la explicación reside de seguro en factores políticos más generales y en un cambio temporal y de parámetros comparativos que se está produciendo en la definición de los diagnósticos y las expectativas sobre la economía.

En cuanto a lo primero, lo fundamental es que la transición de salida del kirchnerismo terminó; ahora, es decir a partir de octubre, corre el tiempo en que Macri es protagonista indiscutido y ya no tiene la salida fácil de la “herencia recibida”. Esto es evidente y el propio presidente dio cuenta de ello en el Congreso, absteniéndose de hablar del pasado (salvo para decir muy al pasar una vez más que nos salvamos de ser Venezuela, no hacía falta) e invitando luego a sus colaboradores a seguir su ejemplo.

Pero lo más interesante de todo este asunto es lo segundo, lo que comenzó a pasar en parte por efecto de este cambio de contexto político en el modo en que se definen diagnósticos y expectativas sobre la economía: una vez que nos liberamos del pasado, que nos tenía como atrapados, por la renuencia de Cristina Kirchner y los suyos a hacerse a un lado y dejar que se iniciara una nueva etapa, nos desayunamos que ninguno de nuestros problemas se iban a acabar con el simple expediente de olvidar a esos personajes, meterlos presos o someterlos a alguna otra clase de exorcismo. Ni la corrupción, ni la inflación, ni las protestas violentas, ni las dificultades para ponernos de acuerdo y cooperar, todo sigue con nosotros cargándonos las espaldas, ¿cómo ser entonces optimistas respecto al futuro que nos espera, si seguimos siendo los mismos que antes, siguen los mismos gremialistas, los mismos números de inflación, la misma policía poco confiable, la misma Argentina de siempre, en suma?

Este es, creo, el fondo de la cuestión. Y lo que explica que el ciclo de Macri arranque tarde y ya un poco desgastado. Porque lo cierto es que tuvo bastante changüí para ordenar sus ideas, preparar el terreno y también para hacer macanas y aprender en los dos años de transición iniciales. Con lo que redescubrimos lo que ya sabíamos, que no tiene forma de entusiasmarnos y enamorarnos. ¿Con suerte y esfuerzo podrá convencernos? Al menos va a tener que intentarlo.

Si lo hace tendrá que lidiar a partir de ahora con percepciones colectivas sobre el presente y el futuro no fundadas en riesgos o temores sobre lo que pudo haber pasado de no haber tenido la suerte de encontrarnos con él en el camino. Que nos sacó de un ciclo ya agotado y del que si no nos librábamos sólo cabía esperar que nos hundiera un poquito más cada día es algo ampliamente aceptado: hasta parte de los votantes de Scioli creen que si Macri no hubiera ganado estaríamos peor (según un estudio de Opinaia solo el 24% del total de encuestados duda de ello). Pero que las cosas pudieron salir mucho peor y que nos hayamos salvado por un pelo de que así fuera no suelen ser factores muy determinantes para las conductas políticas. Y en todo caso lo excepcional con Macri ha sido que influyeron bastante más de lo habitual, y por bastante tiempo.

Como sea, ahora se lo juzga en función de otros parámetros, ante todo los de expectativas de mejora que él mismo promovió y que la gran mayoría compró, lo haya o no votado. Expectativas que parten del piso existente para arriba, claro. Y se juegan en un tiempo que empieza a correr en su contra, y corre más rápido en esa dirección dada la demora en arrancar el ciclo y la exasperante lentitud que impone el famoso gradualismo a la atención de demandas y la gestión de soluciones.

Administrar la ansiedad, se entiende, se vuelve en este marco una cuestión decisiva. Como lo ha sido en muchas otras ocasiones de la historia política argentina en que el gobernante de turno se quedó solo en medio del ring y todos, incluido él mismo, empezaron a preguntarse ¿ahora qué?, ¿alguien sabe para dónde ir, en quién confiar?, ¿no habremos caído en un nuevo error?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/3/18

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Macri inaugura su primer año sin ayuda de Cristina

Fue su tercer discurso de inauguración de sesiones y sin duda el mejor articulado. Un discurso de cercanía, como gusta decir a los especialistas, mostró a un Macri más afectivo, más entusiasta y más enfocado en hablarle a la opinión pública y no a la política. Centrado en nuevos temas de agenda, en los que su gobierno está apostando a hacer avanzar el cambio, porque es más fácil que en los empantanados asuntos de siempre: se dio el lujo de hablar de internet, de salud reproductiva y aborto, de calidad de la alimentación y hasta de los cinturones de seguridad.

Todo esto porque este, su tercer año en la Presidencia, va a ser distinto a los dos que pasaron. Primero y fundamental porque Cristina no va a estar ya dándole su ayuda en el esfuerzo de dañarlo. Ni siquiera la ex se hizo presente en el Congreso para escucharlo, siguiendo con su tradicional actitud de no legitimar con su presencia el mandato presidencial de quien la ha sucedido en el mando y “las mentiras que dice”. ¡Como si ella todavía pudiera considerarse fuente de legitimidad de algún tipo! Pero bueno, allá ella y sus razones.

Lo cierto e importante es que en esa actitud ya no se expresa solo una disposición a negarle legitimidad a Macri, ni una necesidad de hacerse notar, si no también la decisión tomada luego de la derrota de octubre de aparecer y hablar lo mínimo, correrse del centro del ring y dejar pasar el tiempo. Con lo que la ex presidenta ha dejado de ayudarlo a disculparse de los problemas acarreados por medidas tan inevitables como costosas, y también por sus en muchos casos muy evitables errores.

Es cierto que en su reemplazo Macri cuenta con el clan Moyano, y con personajes de relleno como Boudou, Zaffaroni y Bonafini. Pero a ninguno de esos contrincantes de ensueño, ni siquiera al camionero, le alcanza para ocupar un lugar destacado en el ring. Donde Macri entonces por momentos se mueve demasiado solo.

Este es sin duda el principal motivo de que, aunque la situación económica diste de ser peor que la del año pasado (el empleo algo creció, igual que los ingresos, y la actividad sigue para arriba), y la protesta social esté en niveles bastante más moderados, haya tantas señales de disgusto difuso, cantitos en las canchas y en los recitales, pesimismo económico creciendo en las encuestas, etc.

Lo que pasa con la inflación es particularmente demostrativo. El año pasado ni siquiera estaba entre los problemas prioritarios, y si aparecía era achacada al gobierno anterior; ahora ya no pasan ninguna de las dos cosas: es el gobierno de Macri el que para la gran mayoría está fallando en frenarla, y al menos mientras tengamos salarios viejos para enfrentar precios nuevos, es decir hasta mayo o junio, va a seguir siendo la principal preocupación.

Tomando todo esto en consideración cabe decir que el discurso del presidente buscó ante todo adecuarse al nuevo contexto reinante. No habló casi nada, mucho menos que en las dos ocasiones anteriores (sobre todo la del año pasado, porque recordemos que en 2016 apostó todo al optimismo y la buena onda) de la herencia recibida. Incluso buscó ser inclusivo de todo el arco político, advirtiendo contra la tendencia a buscar culpables y echarse las culpas unos a otros, todo un gesto.

Tampoco fue demasiado ambicioso en cuanto a los proyectos de ley que impulsará este año. El reformismo permanente de después de las elecciones legislativas ha dado paso a una agenda parlamentaria muy módica, con pocas iniciativas conflictivas y unas cuentas transversales que no se sabe bien si el Ejecutivo quiere o no que se aprueben, y es claro que en ningún caso se le va la vida en ello (como la despenalización del aborto, las leyes electorales y varias más por el estilo que sumó en su exposición).

La principal razón no está en el kirchnerismo ni en la experiencia de los proyectos fracasados como el de reforma laboral, si no en los que se aprobaron y en la colaboración brindada para ello por parte del resto del peronismo: lo caro que resultó aprobar las pocas leyes que salieron a fines del año pasado aleccionó al Ejecutivo, esta oposición podrá estar dividida y ser más o menos moderada y colaborativa pero quiere cobrarlo todo, a través de múltiples ventanillas, en moneda contante y sonante, así que en un año de ajuste lo mejor es ir lo menos posible a buscar su ayuda.

Así que con esta lógica se plantearán las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo durante el año político que acaba de comenzar formalmente: aquel no le pedirá más que lo imprescindible a este y mientras avanzará con su agenda, que en algunos casos buscará explorar las líneas de menor resistencia para el cambio, y en otros optará por abrir nuevos terrenos para mantener la iniciativa y compensar con buenas noticias a una sociedad que ya salió de la transición, y está empezando a ponerse ansiosa respecto a lo que cabe esperar de este nuevo ciclo.

Como dijo el presidente, algunos le reprocharán que va muy lento, otros que va muy rápido, mientras pueda demostrar que el ritmo le permite avanzar y los pasos que da son seguros estos son la estrategia y el rumbo a sostener.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/3/18

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El aborto y la hipocresía argentina

Parte de la oposición, incluso de la más sensata, reaccionó mal ante la jugada de Macri de habilitar el debate sobre el aborto en el Congreso: denunciaron otra distracción más de los problemas económicos, que vendría a sumarse a las intentadas con Chocobar, la campaña contra el nepotismo, etc.

El reproche y la comparación son por lo menos exagerados: respecto a la despenalización del aborto existe una demanda social y política por demasiado tiempo ignorada; hay además un proyecto de ley en concreto que se está sometiendo a debate en las próximas semanas, y hay por sobre todas las cosas a partir de la decisión del presidente una pregunta planteada, ¿es o no es este un derecho a conquistar, es parte de los cambios que el país necesita y por tanto de los cambios que Cambiemos vino a impulsar? Demasiadas preguntas inquietantes e inescapables como para que se considere la jugada un simple gesto de marketing progre para acompañar y compensar el marketing de derecha que se hizo con la mano dura en materia de seguridad.

El gobierno además corre riesgos importantes con esta decisión, y seguro eso no se le escapa. El tema divide a sus bases de apoyo y también a sus legisladores y funcionarios. Que la oposición esté igualmente dividida a este respecto no compensa, porque nadie espera que actúe unida en este ni en casi ningún otro tema. Pero el gobierno sí pone en riesgo un recurso valioso, su cohesión y su capacidad de conducir los destinos del país en una dirección más o menos definida. ¿Qué sucederá si esta discusión termina en una batalla dialéctica entre radicales progresistas y militantes del PRO de raíz católica, en votaciones divididas en las dos cámaras y reproches cruzados a Macri, de unos por no haber tenido el coraje de impulsar en serio el cambio y el progreso, y de los otros por haber sometido creencias irrenunciables al barro del relativismo moral, la polémica y el descrédito?

El riesgo existe pero también los potenciales beneficios. Después de años de gobiernos peronistas supuestamente progresistas pero que durmieron el asunto, tuvo que venir un presidente señalado como de “derecha autoritaria y represiva” por sus más enconados opositores para abrir un debate sobre nuevos derechos, que desde que se aprobó la ley de matrimonio igualitario pasó a ser una agenda dormida y que tiene otros muchos temas pendientes.

Aún cuando el proyecto no se apruebe (las chances de que pase el Senado son más bien bajas), precisamente para escapar al riesgo de los reproches cruzados el gobierno va a estar obligado a hacer algo en serio con el drama de los miles de muertes de mujeres provocadas por abortos clandestinos, algo en materia de salud reproductiva, de educación sexual en serio en las escuelas medias, de planificación familiar entre los sectores desfavorecidos que vaya más allá de la AUH, etc.. Y combatir en la medida de lo posible la enorme hipocresía que impera en la discusión de estos asuntos en nuestro país.

Que la hipocresía es el principal problema que enfrentamos al encarar la cuestión de la despenalización del aborto queda a la luz cuando analizamos algunos datos muy básicos. Argentina es, en sus costumbres, un país bastante laico, donde por tanto es poca la gente que rechaza tajantemente se practique o someterse ella misma a un aborto por cuestiones religiosas. Se parece poco en ese sentido a Irán, o a los Estados Unidos de los años cincuenta. Finalmente, ¿cuántas condenas ha habido o siquiera denuncias y procesos penales se han seguido en las últimas décadas en nuestro país contra mujeres que abortan o contra médicos o enfermeras abortistas?

Pero formalmente no lo queremos reconocer, seguimos teniendo leyes que prohíben hacer lo que la enorme mayoría, en caso de necesidad, está dispuesta a hacer. Entonces son contadas las mujeres que se animan a admitirlo, agravamos seriamente su situación de riesgo físico y psíquico, creamos un submundo mafioso de prácticas ilegales, del que medran médicos, falsos médicos, policías distraídos y demás personajes nefastos, y en la superficie pareciera que no pasa nada, que podemos seguir como vamos sin problemas.

Y sin embargo estamos como resultado en el peor de los mundos: un número muy alto de abortos, todos ilegales, por ello doblemente traumáticos, muy dañinos para la salud y en ocasiones fatales para las mujeres.

Además de esta fundamental cuestión de salud pública y derechos de la mujer, por tanto, la cuestión de la despenalización del aborto en nuestro caso involucra el combate de una mafia de grandes proporciones. Que bien podría incluirse entre los problemas de corrupción y fracaso de la ley más dramáticos que enfrentamos. Y un problema de confianza y eficacia del derecho.

Los estudios sociales contemporáneos sobre caída de los delitos violentos en Estados Unidos en las últimas décadas han establecido que la legalización del aborto tuvo un papel importante en ese fenómeno: menos hijos no deseados, que terminaban en una alta proporción institucionalizados y educados en la violencia y la delincuencia, explican que años después, en un estado tras otro de la Unión, empezaran a reducirse dramáticamente las tasas de homicidios, asalto a mano armada y demás.

Podríamos especular con que de avanzar con la despenalización lograríamos un resultado parecido. Pero eso sí sería marketing. En este caso mezclado, un poco progre un poco de derecha. Porque la verdad es que ya hoy las tasas de aborto son muy altas entre nosotros. Lo que sí podremos lograr es que haya un motivo memos de muertes evitables, y también una razón menos para que las personas sometidas a situaciones extremas vean que el Estado se mete con ellas pero sólo para empeorar su situación y después lavarse las manos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/2/18

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Acto de Moyano: su única virtud fue la brevedad

Fue un acto en varios sentidos deslucido, cuya única virtud terminó siendo la brevedad de los oradores, como si los propios organizadores hubieran querido que el mal trago pasara lo más rápido posible.

La asistencia estuvo muy por debajo de lo esperado: empezaron anunciando 200.000, luego los propios voceros de la marcha lo redujeron a 150.000 y de todos modos era evidente que exageraban.

Los ánimos, aún peor: no había entusiasmo ni afectio societatis entre los asistentes, muchos de los cuales empezaron a irse cuando todavía los oradores desgranaban sus pocas ideas.

Y el mensaje, entre repetitivo y desajustado. “Si lo tocan a Moyano te paramos el país” cantaron los asistentes, y el propio Hugo hizo reiteradas referencias a su situación judicial (“no tengo ninguna imputación por corrupción, por ahora”, sic) aunque el frontispicio del palco rezaba “Unidad en defensa de los trabajadores” y todos los discursos refirieron a la unidad y el ajuste, queriendo mostrar que su preocupaciones eran desinteresadas.

Pero era inútil, lo que resultó evidente fue que Moyano logró con su movida dividir al sindicalismo como hace tiempo no estaba y debilitar a las expresiones de oposición en general. Detrás suyo, es claro después de esta jornada, ni unos ni otros tienen mucho futuro.

El sindicalismo ya lo sabía. Por eso se han acelerado los tiempos de una recomposición de la conducción de la CGT. Puede que lo que resulte sea igualmente una CGT dividida, pero entre los gordos, los independientes, barrionuevistas y sindicatos del transporte tienen suficiente masa crítica para presentarse como la facción por lejos más grande y con mayor capacidad de presión. Liberados del yugo que sobre ellos ejerció Moyano desde el comienzo del kirchnerismo esperan tener un futuro próspero negociando con el gobierno y evadiendo el celo investigativo de los jueces.

En cuanto a la oposición política, no podía saber que las cosas saldrían tan mal. Aunque los peronistas moderados, e incluso parte del kirchnerismo que intenta serlo, se venían preparando también para un mal resultado. Recordemos que no sólo el PJ nacional, sino también el porteño, que responde al portero Santa María, anunciaron a voz en cuello que no se plegaban a la concentración. Los gobernadores incluso adelantaron en estos días que avalan para sus paritarias de este año el 15% que propone Macri como pauta. Y varios de ellos sumaron críticas bien precisas a la convocatoria: Moyano se cortó solo, defiende sus exclusivos intereses y no es de fiar hasta que no aclare su situación en la Justicia.

Sólo el kirchnerismo de paladar negro, el que reúne a La Cámpora y algunos intendentes del conurbano, más las CTAs y los movimientos sociales enfrentados con el gobierno, los que orienta Juan Grabois, se movilizaron a pleno. Pero no pudieron compensar las ausencias, sus números también estuvieron bastante por debajo de las reunidos en épocas de mayor entusiasmo, ni pudieron evitar por tanto dar la impresión de que sumaban sus falencias a las del líder camionero, en vez de complementar y potenciar sus recursos con los suyos. Un rejunte de los que van quedando fuera del mapa por más ruidoso que sea tiene difícil disimular que es un pegoteo de ocasión. Y eso es lo que se respiró en la calle durante el acto.

¿Moyano aleccionará y se moderará? En parte al menos todavía puede hacerlo, y seguramente los que en su organización se preocupan más por los intereses perdurables de los camioneros se inclinarán por esta opción. En vez de oponerse a todo, ¿no les conviene reabrir negociaciones con el gobierno por ejemplo respecto a los costos de fletes, al saneamiento de su obra social y a empresas en problemas como OCA y el Correo Argentino?

Para otro lado presionará seguramente Pablo Moyano, que aunque jefe operativo del sindicato viene actuando en todo esto más bien como impulsor de la politización del conflicto, tanto en su cariz judicial como en el frente gremial. Puede que insista en abrazarse con Máximo Kirchner y en conformar una corriente federal de gremios combativos con lo poco que han juntado en esta pelea, las CTAs, bancarios, algún gremio suelto más. Pero deberá convencer a su padre y al resto de la familia. Facundo ya avisó que no es de ese parecer: se mostró entre indiferente y despectivo ante la presencia de Máximo cerca del palco, dando a entender que no le interesa colaborar con su hermano mayor en un entendimiento con ese sector.

Así las cosas, se confirma que al menos en esta pelea el gobierno lleva las de ganar. Y que por más disgusto que haya en la sociedad con la conjunción de precios nuevos y salarios viejos, con los pifies del oficialismo y otras malas noticias que enturbiaron el verano, el horno no está para marchas, porque pocos creen que haya otras opciones mejores a la mano.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/2/18

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Macri avisa: habrá mano dura mientras no mejore la economía

La conferencia de prensa que brindó durante el retiro espiritual del gabinete tuvo dos partes.

En la primera, expresiones de deseo que sabe que no coinciden con el ánimo general: “2018 va a ser un buen año para los argentinos”, “seguimos creciendo”, etc. Centrado en el tema económico, este optimismo contracorriente es tan obligado como inefectivo, y también eso lo debe saber.

Por eso la segunda parte de la conferencia: mano dura con la delincuencia, mucha sintonía con Patricia Bullrich, única estrella en ascenso de un gabinete golpeado en varios otros frentes, y reproches a jueces blandos, que incluyeron una acusación de “zaffaronismo” realmente de mal gusto en referencia a la decisión de la cámara sobre el caso Chocobar. Y para fortalecer la sintonía con el público en este terreno, y disipar el contenido de presión a la Justicia que sus muy parciales opiniones supusieron, la aclaración de que hablaba “como un ciudadano más”, uno más de ustedes, en un típico giro populista al que parece estar encontrándole el gustito.

Convengamos que el fallo de la Cámara del Crimen fue contundente y sólido: complicó aún más a Chocobar al procesarlo por homicidio agravado por exceso en el cumplimiento del deber, una figura más comprometedora que la de exceso en la legítima defensa; y lo hizo por unanimidad en una resolución bien fundada donde al mismo tiempo levantó el embargo impuesto en primera instancia, ordenó más medidas de prueba y abrió una puerta a la defensa del policía al aclarar que no hubo intención de matar. Además la composición de esa cámara no ayuda al argumento oficial de que se trata de una resolución animada por un sesgo ideológico: nada que ver con la situación del juez de primera instancia, Velázquez, que venía ya complicado por sus antecedentes.

Pero nada de eso detuvo al presidente. No le impidió siquiera interpretar a su gusto lo sucedido ese día de diciembre en la Boca, donde dijo, contradiciendo los datos consignados en la causa y todos los testimonios, que Chocobar “paró la puñalada 11”, como si hubiera disparado cuando continuaba el ataque.

¿Por qué lo hace? ¿Es puro marketing? Es probable que en lo fundamental lo sea. En concreto, no parece que el gobierno esté decidido a avanzar con una batería de legislación pro mano dura. No es muy probable que saque de la galera, por caso, nada semejante a lo que hizo aprobar Néstor Kirchner en 2004 a raíz del caso Blumberg, recordemos, cuando todavía el oficialismo de entonces no había abrazado el discurso garantista y tenía sí urgencias electorales, por lo que avaló y aprobó casi todo lo que el padre de un joven secuestrado y muerto se las había ingeniado en convertir en reclamo colectivo: aumento de penas, restricciones a la libertad condicional, etc.

En esta oportunidad, en cambio, lo más probable es que tengamos que soportar algo más de ruido, pero pocas nueces. Bullrich avanzará con sus cambios en los protocolos para las fuerzas de seguridad, en línea con lo que ya venía haciendo, pero es dudoso que sus ideas vayan a traducirse en cambios drásticos en el nuevo Código Penal que elabora Justicia. Mucho menos que se conviertan en proyectos de ley comparables a los de 2004: los radicales ya adelantaron que no comparten para nada esas ideas; y los peronistas, aunque en muchos casos sí las comparten, no parece que quieran acompañar a Macri y Bullrich en la cruzada.

Lo que para el Ejecutivo puede terminar siendo un doble beneficio: podrá ganarse la simpatía de sectores hoy distantes o enojados, incluso en capas bajas de la sociedad, que en estos temas suelen ser los más afectados y también los más entusiastas de soluciones drásticas, sin enajenarse del todo el apoyo de sectores medios un poco más sensibles a los procedimientos policiales.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/2/18

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Moyano, Ricardo Alfonsín y hasta el Papa en pleno brote esquizofrénico

Parece que un virus peligroso está haciendo estragos entre nuestros hombres públicos. Los pone en ridículo, los hace decir incoherencias y contradecirse alevosamente. Se ensaña en particular con quienes vienen con las defensas bajas, tal vez por haber estado demasiado tiempo navegando a dos aguas, queriendo quedar bien con Dios y con el Diablo, o sin definir quién es para ellos Dios y quién el Diablo.

Como sea, lo mejor para los demás es cuidarse del contagio, porque podríamos estar al borde de una epidemia. Miren si no lo que le pasó al pobre Zaffaroni, que todos creen que quiso voltear al gobierno cuando en verdad lo único que pretendía, según aclaró, era que aminorara un poco la velocidad.

Hugo Moyano venía piloteando bastante bien su desgracia con notas de buen humor y chicanas ocurrentes contra sus denunciantes, hasta que quiso hablar de sí mismo y se enterró solo: “si no fuera sindicalista sería un exitoso empresaria” mandó. ¿Habrá querido decir más exitoso de lo que ya es? Por ahí reencarna y junto a la arquitecta egipcia, otra portadora crónica del virus, montan una súper constructora.

La vocación empresaria de nuestros sindicalistas de todos modos debería hacernos pensar un poco si no estamos frente a un problema más profundo. Porque tal vez no es solo una esquizofrenia personal del líder camionero, si no un problema de vocaciones colectivas mal manejadas: uno ve los emporios familiares que han montado varios de estos jerarcas y no puede evitar reconocer el espíritu emprendedor, el empuje, la ambición. Tal vez todo este entuerto de mafias y corrupción pueda empezar remediarse con un simple y prolijo cambio de roles.

Pocas horas antes Moyano había patinado ya cuando María O`Donnell le preguntó por qué el sanatorio de su sindicato lo remodeló la constructora de su mujer. “No, si voy a llamar a Caputo”, contestó, en referencia al amigo del presidente. Como si hubiera tenido disponibles solo esas dos opciones. En fin, le iba mejor cuando hablaba menos.

Apareció a continuación Ricardito Alfonsín y dio la nota del otro lado del espectro político, en el que también hay problemas extendidos, no solo casos indicviduales, porque no todos los oficialistas dejan de ser opositores ni se sabe muy bien quién está y quién no en la coalición de gobierno, por esta manía de los no peronistas de ser híper críticos con sus propios líderes y gobiernos.

Lo de Ricardito de todos modos cruzó la raya, porque directamente no se entendió qué quiso decir: “si no fuera político, si no fuera radical y si no estuviera en Cambiemos iría a la marcha (la de Moyano, claro)… la gente está viviendo con dificultades… el tema de los sindicalistas corruptos le viene como anillo al dedo a quienes quieren una organización de los trabajadores débil”. Y la siguió contra sus correligionarios, con algo que sí se entendió: “En la historia del radicalismo nunca hubo una etapa tan acrítica como hoy, ni con Alfonsín ni con De la Rúa, nunca estuvimos tan diferenciados de nuestra razón de ser”.

¿Qué vendría a ser para Ricardo Alfonsín “ser radical”, su “razón de ser”? No se sabe. ¿Y a qué lo obliga “ser político” y “ser de Cambiemos”? Parece que no a pensar que está todo mal lo que hace el gobierno, y decirlo, sólo a actuar en consecuencia, en suma, ir a una marcha opositora y cantar “el que no salta es de Macri”. Mientras tanto su “ser político” consiste en pensar y decir una cosa y hacer otra. No parece que vaya a funcionar. Le convendría decidirse, o al menos moderarse, siguiendo el consejo de Zaffaroni, a él sí le vendría bien levantar el pie del acelerador.

Para terminar una semana de despropósitos varios se conoció oficialmente una carta ya harto difundida extraoficialmente del Papa Francisco a Hebe de Bonafini, donde compara la situación judicial de la líder de Madres de Plaza de Mayo con la de Jesús. ¿No se le habrá ido la mano?

Francisco quiso dar sus razones, pero en vez de explicarse oscureció más el mensaje, y debe haber confundido hasta a los padres de la Iglesia: “No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio ´dibujado´ con calumnias. La calumnia sólo ensucia la conciencia y la mano de quien la arroja”.

Para empezar, si lo hubiera pensado mejor Francisco seguramente no hubiera hecho tanto hincapié en este rechazo a los calumniadores: no hay sobre la faz de la tierra alguien a quien le caiga mejor el sayo que a su amiga Bonafini. Pero bueno, dejando eso de lado, ¿no es medio esquizofrénica la referencia al juicio contra Jesús?, sobre todo teniendo en cuenta que si algo él enseña es que no conviene mezclar lo que es del César con lo que es de Dios, los asuntos religiosos mejor dejarlos aparte de los rigores con que decide quien tiene que administrar la ley penal. Pero tal vez hay que concluir que esa no es la idea de Francisco, o no puede explicar bien cuál es su idea al respecto. Un problema extraño para alguien que debería ser si no infalible en estos asuntos, sí al menos un poco más claro y ducho.

¿Quedará contenido en estos pocos episodios el brote esquizofrénico o es apenas el comienzo? Imposible saberlo. Conviene por ahora andar con cuidado, y cuando uno va a abrir la boca, pensarlo dos veces.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/2/18

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Zaffaroni sospecha (o desea) que se está pudriendo todo

Ni siquiera se animó a ser categórico y bancársela. “Nos encontramos frente a una grave emergencia o a la inminencia de una grave emergencia”, sentenció, logrando ser a la vez tan ambiguo como catastrofista, algo ya de por sí bastante insólito. Y así podría haber seguido: “sospecho, intuyo, fantaseo con que se pudre todo, háganme caso, por las dudas”. Muy poco convincente.

Tampoco en el remedio que hace falta fue preciso: “Puede ser que se vayan en 2019 (hablando de Macri y su gestión, claro)… total hay un año de diferencia, pero esto nos está llevando a una catástrofe social… Que se vayan con un procedimiento constitucional de juicio político, no sé, o que saquen el pie del acelerador o de lo contrario vamos a tener un serio problema”. ¿Vamos a tener un “serio problema” o lo tenemos ya? Si alcanza con que “saquen el pie del acelerador” ¿todo se reduce a un problema de velocidades? Lo único que se entendió fue “no sé”. La verdad, dio la impresión de que no lo tiene bien pensado.

Las evidencias que reunió el Dr. Raúl Zaffaroni para sostener su argumento sobre la catástrofe que no se sabe si ya tenemos encima, está por venir o podría venir si no le hacemos caso, no se sabe tampoco en qué, por último, no le ayudaron mucho a aclarar sus ideas: “”Estoy preocupado, veo una seguidilla. Primero, los gremialistas son corruptos; segundo, el decreto de nepotismo; tercero, la idiotez de que quiero dar un golpe de Estado; cuarto, lo del policía con el muchacho; quinto, Durán Barba con la pena de muerte… Cuidado”. Peras con manzanas y alcornoques todo mezclado. ¿De qué cuernos habla?, ¿hacía donde apuntaría esta secuencia tan inconexa que llama “seguidilla”, y en la que nada se sigue de lo anterior más que en su fantasía?

En suma cabría preguntarse: ¿hay que tomarse en serio lo que dice este ex juez de la Corte Suprema y ex referente intelectual y jurídico del gobierno argentino? No, claramente no hay que hacerlo. Es puro bla bla.

Con esa idea en mente es que había decidido, hasta su insistencia de estos días, no dedicar ni medio minuto a las burradas que viene propalando el buen doctor. Lo que dice no tiene asidero alguno y desde que el kirchnerismo cayó derrotado en todos lados el año pasado tampoco representa a un sector de opinión muy relevante que digamos. Es parte de esos últimos chisporrotazos que también en otros terrenos se observan, fruto de un incendio que ya se apaga. Dejémoslos a su suerte.

Pero el hombre además de insistente y difícil de seguir en el hilo de su razonamiento resulta que se las está arreglando para componer un verdadero misterio político: ¿por qué lo hace, por qué habla cada dos por tres de esta forma, para enterrarse cada vez más, quedar en ridículo y generar rechazos de casi todos lados?

Si fuera que lo manda Macri a hacerlo, reemplazando a Cristina que ya se avivó y no habla desde hace tiempo, podría entenderse. Pero no, creer algo así exigiría apostar demasiado a las visiones conspirativas y a la traición. No parece ser el caso.

Puede que le haya dado ánimos Hugo Moyano, con su reciente apreciación de que “a Macri le queda poco tiempo”. También imprecisa, pero viniendo de un poderoso sindicalista, en serio preocupante. ¡¡Si hasta el Wall Street Journal a continuación publicó una penosa columna de Mary O`Grady donde se estima factible que el peronismo in toto impida que Macri termine su mandato!! Las versiones zarpadas se estarían poniendo de moda y Zaffaroni habría querido dejar en claro que él tiene el copyright. Pero aún si lo que lo movió a hablar de nuevo fue la ocasión creada por otros, que tal vez creyó podría ayudarlo a abonar su tesis catastrofista, ¿no advirtieron ni él ni los líderes de su sector que les convenía lo hiciera con mínimo rigor, que tal vez era mejor no caer en el ridículo de repetir y encima hacerlo mal?

Otra posibilidad es que pese la edad. Es mucho más sencilla como explicación, por lo menos: se trata simplemente de alguien que ya no está en pleno uso de sus facultades, y sin embargo es requerido permanentemente a dar su opinión por quienes siguen viéndolo como una luminaria sin par. Encima ejerciendo una función internacional que es de las pocas con lustre que quedan en manos de su grupo. Así quienes pretenden seguir usándolo para sus fines no le hacen ningún favor, ni se lo hacen a sí mismos, pero ninguna de las partes parece darse cuenta, ni tampoco tener muchas otras opciones a la mano.

Más allá de lo que puedan pesar estos últimos dos factores hay también otro que ayuda: la tendencia a valorar mucho más la propia subjetividad que los datos de la realidad, y a creer por lo tanto que tarde o temprano la realidad se va a acomodar a lo que creen de ella, y no que tengan que hacer un esfuerzo inverso por entenderla mejor. Eso siempre fue así, no es de ahora, sólo que desde hace un tiempo queda a la vista que es un problema, pues tienen cada vez menos poder para forzar las cosas. El voluntarismo persiste, entonces, como un resabio de sus buenos tiempos, pero los lleva a cumplir el penoso rol de agoreros impotentes, una doble desgracia.

Dicho lo cual, propongo que cerremos la cuestión y nos dediquemos a lo que realmente reviste interés, que es mucho y muy variado.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 13/2/18

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Macri, tentado de hacer populismo de derecha

Cuando el malhumor social crece, los gobiernos suelen tratar de canalizarlo contra algún chivo expiatorio. Los inmigrantes vagos o mafiosos, el imperialismo, los periodistas mentirosos; elegirán el que más les guste según las circunstancias o su ideología. Hacerlo entra dentro de la categoría de populismo, y cuando se practica contra algún grupo social subordinado o desfavorecido de la sociedad, es de derecha.

Recurrir a algo de esto puede que esté germinando en las cabecitas de nuestros gobernantes, un poco asustados ante la evolución de las encuestas en los últimos dos o tres meses, y por las malas noticias que se siguen multiplicando en materia económica, no todas fruto de la voluntad oficial y por tanto tampoco al alcance de una posible revisión de su parte: el dólar sube y las tasas internacionales también, así que frenar la inflación va a llevar todavía más tiempo, y mientras tanto habrá que acelerar el ajuste del gasto para bajar el ritmo de endeudamiento en el menor tiempo posible; como si fuera poco la sequía complicará aún más la balanza comercial y uno de los pocos motores genuinos que empujan para adelante la economía; faltaría que Messi se esguince un tobillo para que el pánico se desate.

Por suerte hay todavía algunas buenas noticias para compensar, la economía sigue creciendo, la protesta social, mientras la encabece Moyano, no tiene muchas chances de escalar, y la oposición sigue dispersa. Pero bastó con el combo de mala onda de diciembre y enero para que Macri diera una probadita a la tentadora receta populista. Y con eso se desató la moda de celebrar la mano dura en materia de seguridad.

Como suele pasar con estas cosas, una vez abierta la puerta, el populismo se alimenta de sí mismo: como los remedios que ofrece son más bien pobres y generan nuevos problemas antes que soluciones, hacen falta dosis crecientes de la medicina si uno no quiere reconocer el error y que no debió nunca meterse por este camino.

Así sucedió ya con el caso Chocobar: como no iban a quedar muy bien si reconocían que no habían visto el video de cómo y cuándo el policía disparó sobre el asaltante de La Boca, Peña y Bullrich dieron a entender que no les importaba, es decir, que preferían que los tomaran por brutales derechistas antes que por improvisados.

En los últimos días se sumaron varias más de estas escaladas involuntarias, o semi voluntarias. Pasos adelante en una deriva populista que va contaminando la política de Justicia y Seguridad, pervierte los roles que la Constitución establece cada uno debe cumplir, y no se sabe muy bien dónde va a terminar.

El fiscal de la causa contra Chocobar, Ricardo Sáenz, en vez de llevar la parte acusatoria se plegó a la defensa y pidió el sobreseimiento. Y encima lo hizo por twitter con un argumento más político que jurídico y ajustado a las evidencias disponibles en el caso: “el delincuente elige poner su vida en riesgo y el policía tiene la obligación de defender a los ciudadanos. Salgamos del laberinto de dejar salir a delincuentes peligrosos y cargar sobre los policías que dan su vida para protegernos”. Si quiso quedar bien con Macri tal vez con esa fraseología ahora de moda lo consiguió pero parece que los jueces de la cámara del crimen alguna incomodidad sintieron ante su miltantismo porque decidieron no considerar su alegato.

Mientras tanto un conato de rebelión se desató en la comisión de expertos que está elaborando en el Ministerio de Justicia una propuesta de reforma del Código Penal: para varios de sus integrantes las ideas que impulsa Patricia Bullrich, y que parece avalar el presidente, respecto al uso de la fuerza por parte de uniformados no serían ni remotamente aceptables. Si esta es la tesitura que ahora se va a ir imponiendo, ¿renunciarán?. Fueron convocados en una época en que también en este terreno se hablaba de moderación y prudencia, varios de ellos son progresistas que no comparten las tesis del garantismo zaffaroniano pero tampoco las de la mano dura. Por ahora lo seguro es que se instaló un germen de tensión y desconfianza, nada que ayude a un buen entendimiento.

Por último, y de nuevo a través de Bullrich, el gobierno logró hasta pelearse con los pocos que en las ONGs de derechos humanos venían tratando de ayudarlo.

Tras el paso de la ministra por Washington para firmar acuerdos con el FBI, en ocasión de los cuales volvió a hablar muy entusiastamente del cambio de doctrina a favor de “cuidar a quienes nos cuidan”, se cruzó mal con el responsable para América de Human Rights Watch, el chileno José Miguel Vivanco, que hace poco criticó duramente a Zaffaroni por sus burradas destituyentes, y objetó también a la CIDH por la politización de sus intervenciones tanto contra el gobierno argentino como en otros casos.

Nada de eso convenció a Bullrich de moderarse en su inclinación a usar argumentos descalificatorios. Cuando Vivanco osó decir que el mensaje que ella estaba difundiendo podía entenderse como “darle carta blanca a las fuerzas de seguridad para cometer abusos” lo emparentó con el garantismo bobo y directamente lo sumó a la bolsa de culpables del auge del delito: “tiene una mirada que en la Argentina nos ha costado un aumento de la violencia, el aumento de tasas de homicidio”. Con lo que escaló en más de un sentido la deriva populista.

Si los culpables de los males que padecemos son no solo los delincuentes, los imperialistas o los vagos si no también los que opinan diferente que nosotros sobre cómo tratar a los delincuentes, los imperialistas y los vagos, entonces ingresamos ya en una fase superior de populismo, mucho más virulenta. Más o menos como cuando Néstor y Cristina Kirchner empezaron a hacer lo mismo con quienes no compartían sus puntos de vista.

¿Será que en el actual gobierno no se dan cuenta de la trampa en que están cayendo porque también la tentación de acallar las críticas viene creciendo? ¿Hace cuánto que no reconocen un error y revisan decisiones tomadas tal vez demasiado al calor de los hechos?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/2/18

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