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Ganó el voto útil. Macri y el MPN respiran aliviados

Al oficialismo neuquino le fue bastante mejor de lo esperado. Se lo debe en gran parte a Macri que hizo hasta lo que no hacía falta para zafar del peor escenario imaginado: una inauguración del año electoral con Cristina Kirchner en el podio de los vencedores.

Para zafar de esa pesadilla, el presidente se aseguró que los suyos perdieran: promovió abiertamente el voto útil, y en eso sin duda tuvo éxito, porque a Horacio Pechi Quiroga le fue bastante peor de lo pronosticado en todos los sondeos previos.

La pérdida de más de 12 puntos por parte de Cambiemos en la provincia respecto a los comicios de 2017, cuando se alzó con un inesperado triunfo (con 28,1% de los votos), va a generar seguramente nuevas tensiones en su interior entre radicales y macristas. Sobre todo porque fue en gran medida innecesaria.

Recordemos que esa victoria los alentó a anotar a Neuquén en la lista de distritos en los que esperaban consolidar su crecimiento territorial este año. Claro: fueron expectativas gestadas cuando todavía el optimismo de la Rosada parecía tener sustento empírico.

Lo cierto es que en las legislativas de entonces la coalición del presidente superó por casi 7 puntos al MPN, que reunió apenas 21,4%. Encima, desde entonces el partido de los Sapag pareció entrar en un cono de sombra definitivo, por la ruptura entre el gobernador Omar Gutiérrez y su predecesor, Jorge Sobisch, que se presentó esta vez a través de la Democracia Cristiana (y se quedó con cerca de 10 puntos, buena parte ex adherentes al oficialismo local). También alimentó el optimismo de Cambiemos el que dos años atrás su lista lograra imponerse ampliamente a la kirchnerista, que reunió solo 19,3% de los sufragios en el distrito.

Pero en los últimos tiempos el macrismo pasó de un optimismo seguramente excesivo a un pesimismo también desbordado, color pánico. Que comenzó cuando advirtieron que, como suele decirse en política, “las negras también mueven”: el kirchnerismo y la izquierda piquetera local iniciaron un proceso inverso al del MPN, abandonaron sus anteriores recelos y formaron la alianza Unidad Ciudadana – Frente Neuquino, con Ramón Rioseco como candidato, quien había sumado 18,1% de los votos provinciales en 2017.

Este acuerdo supuso un desafío inesperado tanto para el MPN como para Cambiemos. Pero también tuvo sus costos para los que lo protagonizaron: quienes se quedaron ahora con el segundo lugar separados sumaban dos años atrás el apoyo de nada menos que 37,4% de los neuquinos, y ahora debieron conformarse con 12 puntos menos (solo 25.6%). Fuga de adhesiones que muy probablemente se deba a que quienes apoyan fuerzas locales no quieren saber con las nacionales, ni con el peronismo, ni con la ex presidenta.

Si lo hubiera previsto, ¿el macrismo hubiera sido menos enfático en llamar al voto útil en los últimos días de la campaña? ¿Al final su miedo fue tonto? La alarma que sonó entre sus máximos dirigentes ahora se ve que fue exagerada. Y a raíz de ese ataque de pánico parece que el oficialismo, y en concreto los radicales de Neuquén, sacrificaron más votos propios de los que hacía falta para evitar males mayores.

Aunque el macrismo tal vez piense, atendiendo a la gravedad de los problemas y los riesgos que enfrenta en estos días, que cuidarse en salud no fue del todo mala idea, porque lo que estaba en juego era mucho más importante que “unos pocos miles de votos”. Que “igual no iban a alcanzar para ganar”, y puede que apenas hayan implicado “unas pocas bancas menos en la legislatura provincial y los concejos deliberantes”. De las que tampoco se beneficiará ningún otro sector nacional claramente identificado.

A menos, claro, que Lavagna y Tinelli inviten mañana a Gutiérrez a sumarse al brindis por “el fin de la grieta” (seguro que alguno ya lo está llamando). ¿Qué pensarán entonces en el comando de campaña macrista?

Es oportuno preguntarse, más allá de las disquisiciones sobre estrategias, temores y reacciones de unos y otros, por qué si a los neuquinos les ha ido en los últimos años bastante mejor que a otros argentinos (sus tasas de desempleo son más bajas que el promedio, también lo son las de pobreza y son más altos en cambio los ingresos promedio), al gobierno nacional le resultó tan difícil sacarle provecho a lo que al menos en parte puede considerarse fruto de sus políticas. Más todavía cuando su principal competidor local, el MPN, que viene gobernando la provincia desde 1963, en forma directa durante los períodos democráticos e indirecta durante los autoritarios, lidiaba con serios problemas internos.

Parte de la respuesta consiste en que seducir a los neuquinos no es fácil, y mucho menos barato. La provincia alberga no sólo a Vaca Muerta. Alberga también a muchos de sus principales beneficiarios y ellos no creen tener mucho que agradecer a las autoridades nacionales. Porque su prosperidad depende de una discutible cláusula constitucional introducida en la reforma de 1994, según la cual las riquezas del subsuelo pertenecen a cada provincia. No así las riquezas que están sobre la tierra, o en el aire o en el agua. Sólo las del subsuelo. Reivindicación de provincias mineras y petroleras que Menem necesitaba sumar en su apoyo para asegurarse la reelección, y que perjudicó a los distritos agropecuarios, los industriales y de servicios. En suma, la Constitución estableció que los beneficios de lo que depende en mayor medida del trabajo humano se distribuyeran entre todos los argentinos, mientras que lo que depende casi exclusivamente de la generosidad de la naturaleza, por decir así, pertenece a quien está sentado encima. Un premio al rentismo y castigo al esfuerzo, otro más de una larga lista. Revestido con un lenguaje absurdo según el cual defender las rentas del subsuelo es federalismo, mientras que defender al capitalismo agrario o las condiciones viables para el desarrollo industrial y de los servicios es de antipatriota, salvaje unitario y porteño abusador.

Pero dejemos ese asunto menor de lado. Por los motivos que fuera los neuquinos se cuentan entre los favorecidos, los no muy abundantes beneficiarios, de las políticas de los últimos años. Si ellos también votaban contra el “modelo” ya Macri podía ir haciendo las valijas. Se salvó. ¿Qué lo salvó? El clientelismo tramado durante décadas de ejercicio del poder por los mismos que promovieron y defienden con uñas y dientes las mencionadas reglas rentistas, los que hacen posible el control político sobre los empleados públicos y en general sobre la infinidad de prebendas distribuidas desde la administración provincial, y varios otros mecanismos propios del populismo y el estatismo que Macri suele repudiar en el resto del país. Se salvó refugiándose, en suma, no en la nueva política, sino en la más rancia. Para eso seguirán sirviendo, al menos en Neuquén, los recursos de Vaca Muerta.

Y esto resulta también lógica consecuencia del modo en que se viene encarando la cuestión de este recurso extraordinario. Él es de las pocas cosas que los argentinos tenemos y le interesan al mundo, además de la producción de algunos alimentos muy básicos, un poco el litio, los futbolistas de inferiores y alguna que otro asunto que se me escapa. Es además, curiosamente, una sobre la que, aunque hay fraseologías distintas y muchas acusaciones cruzadas, más o menos todas las fuerzas en competencia están bastante de acuerdo cómo hay que usarla: atraer inversiones locales y extranjeras ofreciendo incentivos iniciales para que el yacimiento se ponga lo más pronto posible en valor, y distribuirse los recursos entre las distintas administraciones para “hacer caja”. Lo que divide a los partidos es, en todo caso, quién está más capacitado para hacerlo, quién debe manejar esa caja: los macristas dicen que están haciéndolo muy bien, mucho mejor que los K hasta 2015; estos invierten ese argumento y ponen como ejemplo el cambio de reglas que hace poco introdujo el gobierno nacional reduciendo el monto de los subsidios que reciben quienes han invertido, y que trajo una dura controversia con Techint (suena loco pero es lo que dicen los K neuquinos: que ellos serían más generosos que los macristas con las petroleras), y el MPN por su parte insiste en que mientras menos injerencia de la nación haya mejor, tanto para las empresas como para los neuquinos (habrá menos bocas que alimentar, claro, los demás argentinos que se joroben). No es lo que se diga un debate muy profundo. Pero es lo que hay.

En ese marco Gutiérrez tendrá cuatro años más de gestión por delante. No lo hizo tan mal en los cuatro que van concluyendo: ordenó las cuentas, saneó la deuda. Tiene el desafío de reconstruir la unidad de su partido frente al otro derrotado de estos comicios, el ex gobernador Sobisch, que no logró dividir el voto oficialista, no al menos en la medida en que se dividió el opositor. Gutiérrez, de todos modos, será un gobernador con una legislatura complicada, en la que tendrá que negociar sus leyes. Tarea para la cual los representantes de Cambiemos, por más que no les haya ido bien esta vez, serían en principio su mejor opción. El problema para este sector es que a raíz de las tensiones extra desatadas entre los radicales y los macristas por el llamado de estos últimos al voto útil la cooperación y coordinación se han vuelto más difíciles. También de eso Macri debería sacar alguna lección útil.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/3/2019

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El candidato K en Neuquén dice ahora que no es K

En un choque que inevitablemente tendrá fuerte impacto nacional, parece que los tres sectores en competencia se empecinan en desnacionalizar el último tramo de sus campañas. Aunque la ambigüedad tiene límites.

“Mi pertenencia ideológica es del (sic) Frente Neuquino y me identifico con la expresión política de Jaime De Nevares. No soy del peronismo ni del kirchnerismo” acaba de declarar Ramón Rioseco en una entrevista que publica el diario Río Negro.

La competencia por la gobernación neuquina está muy pareja y quedan pocos días para hacer campaña. Así que es lógico que Rioseco busque atraer votos dubitativos y moderados, con gestos que supone le permitirían romper el techo que impone, en ese distrito igual que en muchos otros lugares del país, el mayoritario rechazo de la opinión pública a la figura de Cristina Kirchner.

Con el mismo criterio criticó la política petrolera del kirchnerismo, al menos la que se implementó hasta 2012 (“voté en contra de la ley de hidrocarburos, no es positiva para el país”), y negó que, en caso de resultar electo, se fueran a romper o incumplir los contratos firmados hasta hoy para la explotación de Vaca Muerta. Aunque sí prometió que sería más exigente con las empresas.

Seguramente estas aclaraciones sobre su posición el candidato a gobernador las consideró necesarias debido al impacto que tuvo el video de apoyo a su postulación que pocos días atrás difundió la ex presidente, así como las fotografías en las que se lo ve sonriendo con ella, con Axel Kicillof, Alberto Fernández y otros referentes del kirchnerismo.

Rioseco igualmente quiso equilibrar las cosas en el reportaje mencionado, justificando la “alianza estratégica e ideológica” que mantiene con ese sector: dijo que comparte con él “valores” como “cuidar la industria argentina, las economías regionales (y) distribuir la riqueza en los bolsillos de los trabajadores”.

Para no ser menos, el candidato de Cambiemos, Horacio “Pechi” Quiroga, se hizo acompañar en los últimas semanas por referentes del gobierno nacional, y sobre todo del radicalismo, varias de cuyas figuras nacionales viajaron o están por viajar a la provincia patagónica. Pero más recientemente se refugió en un discurso más localista (“a mí no me parió Cambiemos” aclaró), y más duro hacia sus dos contrincantes.

Y es que en ese sector también existen muchas dudas, y algunas incluso más graves, sobre el beneficio que de aquellos gestos de acompañamiento cabe esperar. Y eso no sólo por la crisis que afecta la imagen pública de Cambiemos en general, y de Macri y sus colaboradores en particular. Sino también por el temor a que una campaña de alto perfil de Quiroga termine dividiendo el voto antikirchnerista en el distrito y dando un resultado inconveniente: podría favorecer un triunfo de los enemigos jurados del actual gobierno nacional y la derrota de Omar Gutiérrez, el actual gobernador que busca su reelección desde el MPN, quien hasta aquí se ha comportado como un aliado bastante útil y confiable del macrismo.

¿No le convendría entonces a Cambiemos nacional desinflar aunque sea un poco las posibilidades electorales de Quiroga? Que éste salga tercero lejos pero asegurando que Gutiérrez sea reelecto, ¿no sería para Macri un second best por el que valdría la pena apostar, contra un resultado en que Quiroga se arrima en votos a los otros dos aspirantes, pero se impone Rioseco?

El efecto que este último escenario tendría sobre las inversiones petroleras, por más moderado que hoy se muestre Rioseco, desvela a los habitantes de la Rosada. Y alimenta las tensiones entre la UCR y el PRO. Igual que lo hace la apuesta por un candidato de bajo perfil y una campaña de baja intensidad en Río Negro, donde aún más abiertamente el gobierno nacional intervino sobre los líderes y partidos del distrito, pero no para apoyarlos, si no para jugar a favor de la reelección del actual gobernador, el ex kirchnerista y actual independiente Alberto Weretilneck.

En ambas provincias el gobierno de Macri tiene que elegir, en suma, entre dos males. Y es tentado a desinflar o lisa y llanamente abandonar la ambiciosa apuesta territorial que concibió tras los resultados de 2017: hacer crecer la coalición Cambiemos desde el interior hacia el centro del país. Hoy se conforma con mucho menos que eso, y puede que no tenga alternativa. Aunque el resultado vaya a ser, en el mejor de los casos, un segundo mandato de Macri con una coalición igual de frágil que la que tuvo en el primero.

Al menos así podrá esperar que Gutiérrez, y también Weretilneck, luego le agradezcan el gesto y se comporten como negociadores racionales ante sus iniciativas.

Gutiérrez algo de esto ofrece, a su manera. También se ha mostrado distante del gobierno nacional durante la campaña, remarcando su “independencia política” y su interés exclusivo en la política y la economía del distrito, así como el hecho de que el MPN es el “único partido auténticamente neuquino”. Y se ocupó de subrayar las ventajas que esa actitud supuestamente provee a sus gobernados: según él es gracias a que no es macrista pero tampoco su opositor rabioso que logró los mejores acuerdos posibles para aumentar las inversiones petroleras y consecuentemente el empleo y el bienestar de sus coprovincianos. Y en ese espíritu localista cifra sus expectativas de continuidad en el cargo.

Se da en consecuencia la curiosa circunstancia de que los tres candidatos hacen lo mismo: provincializan sus campañas. Y los tres además acusan a los otros dos de ser lo mismo: Quiroga dice que Gutiérrez y Rioseco son el atraso populista; Rioseco, que Quiroga y Gutiérrez son neoliberales; y Gutiérrez, que Rioseco y Quiroga son el “delegados” del centralismo porteño”. Los neuquinos deben estar algo mareados.

por Marcos Novaro
publicado en TN.com.ar el 7/3/2019

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Lavagna ya habla como candidato

El economista cree que, frente al ajuste de Macri y la irresponsabilidad de Cristina, hay una amplia demanda social insatisfecha, que él está en condiciones de atender. Pero, ¿podrá terciar entre dos figuras tan fuertes y arraigadas? ¿Y si su mensaje termina siendo “ni chicha ni limonada?”

No es la primera vez que un economista al que en su momento le fue bien en la gestión de su área se entusiasma con llegar a la presidencia: ya lo intentó Domingo Cavallo a fines de los años noventa, e incluso lo han hecho economistas a los que no les fue tan bien, como Ricardo López Murphy hace tiempo y ahora Martín Lousteau.

Roberto Lavagna, en comparación con esos antecedentes, tiene varias ventajas. Primero, su gestión en Economía entre mediados de 2002 y fines de 2005 se caracteriza por haber logrado altas tasas de crecimiento, con superávits fiscal y externo e inflación bajo control, un combo que será fácil presentar a los actuales electores como un sueño extraordinario que vale la pena tratar de recuperar

Y segundo, es peronista, pero fue candidato de los radicales en 2007, presentándose como alternativa antikirchnerista. Cosa que no le impidió reconciliarse poco después de esa elección con Néstor Kirchner, confundiéndose con él en un abrazo fraterno. Ahora puede vanagloriarse además de ser “bien visto” por prácticamente todo el peronismo, tanto el territorial como el sindical, así como por los empresarios. La propia Cristina ha dicho que “ve bien su candidatura”, vaya a saber uno lo que eso significa. Y adhieren a su postulación desde el vamos los socialistas, los progresistas dispersos y hasta algunos radicales que quieren romper con Macri. ¿No hay que considerarlo entonces la encarnación misma de la unidad nacional que tantos consideran necesaria para superar de una buena vez las rencillas que nos impiden avanzar?

A más de este rol conciliador muchos destacan que es un hombre afortunado. Y se sabe ya lo que eso importa para la acción política: además de buena imagen, experiencia en la gestión y apoyos sólidos, estar en el lugar y en el momento indicados y saber sacar provecho de las oportunidades son capacidades definitorias para un “buen político”.

Se recordará que Lavagna llegó al Ministerio de Economía en abril de 2002, cuando ya lo peor de la crisis de la Convertibilidad estaba quedando atrás. Las medidas más duras y complicadas habían sido instrumentadas ya por Jorge Remes Lenicov, de quien pocos hoy se acuerdan. Lavagna por cierto consolidó el programa entonces en curso, y eso tuvo su mérito. Y tuvo también su mérito que hiciera una denuncia de la cartelización de la obra pública cuando ya era evidente que Kirchner iba a prescindir de sus servicios. Hay que saber llegar, y también hay que saber irse.

Así como sacó provecho del esfuerzo de Remes, ¿podrá hacerlo esta vezcon los “sacrificios” que nos han impuesto Macri y Dujovne? Si estos terminan el actual período presidencial con las cuentas públicas medianamente saneadas y los precios relativos, dólar, tarifas y demás, en equilibrio, ¿podría Lavagna una vez más el ubicuo aunque desagradecido beneficiario de una fase de expansión y estabilidad? ¿Será capaz de reflotar esa suerte de astucia histórica que condujo ya varias veces al peronismo al poder cuando las crisis se habían desatado, permitiéndole achacar a sus predecesores todos los vicios imaginables y arrogarse todo el mérito por las soluciones y las buenas nuevas?

Así lo hizo Menem con Alfonsín, y luego lo repitieron Duhalde y Kirchner con De la Rúa. Puede que Lavagna tenga su oportunidad ahora contra Macri.

El lema con el cual está inaugurando su candidatura reza que la Argentina de hoy es tan complicada como la que recibió Macri de Cristina, porque éste sumó sus propios problemas a “la pesada herencia”. Ante lo cual él se ofrece para, cargando sobre sus espaldas esa doble herencia, romper el encadenamiento de frustraciones montado por dos gestiones fracasadas. Que para peor tienen el tupé de querer repetirse.

Dada la experiencia de Lavagna en dar continuidad y profundizar programas ya en marcha, bien cabe preguntarse que de lo que Dujovne está haciendo él mantendría en una eventual gestión a su cargo: ¿renunciaría al déficit 0, a la reducción de impuestos, a implementar una reforma laboral o una previsional?

En términos generales podría pensarse que su preferencia es menos ortodoxa, “liberal” o “de mercado” que la de las actuales autoridades. Aunque la verdad es que no hubo en la Argentina del último siglo gobierno más ortodoxo en el manejo de las cuentas públicas y reglas de mercado más rigurosamente respetadas que cuando compartieron cartel Lavagna y Duhalde. E incluso eso siguió siendo así en los primeros tiempos de Kirchner. Después todo cambió, pero convengamos que no por impulso de Lavagna, que se opuso varias veces a que Kirchner aumentara el gasto como loco, subiera los salarios por decreto y cosas por el estilo. Y seguro se hubiera opuesto aún más decididamente a lo que se hizo con el gasto público en tiempos de Sergio Massa y Diego Bossio: la irresponsable expansión del sistema previsional, sin respaldo en recursos genuinos, que está en el origen de los problemas fiscales que hoy padecemos.

¿Se equivocan entonces los progresistas, que apoyan a Lavagna pensando que están engendrando un Chacho Álvarez menos propenso a las locuras, porque lo que tienen chances de concebir es en todo caso un nuevo Menem? ¿O Lavagna, con una coalición peronista detrás, podría hacer sin tanto esfuerzo y tantos costos lo mismo que a Macri le viene costando (y seguirá costando) horrores?

Seguramente hay unos cuantos empresarios, sindicalistas y políticos que responden afirmativamente estos interrogantes. Son los que han vuelto a pensar y repiten una frase que hace tiempo no se escuchaba: “los peronistas son los únicos que pueden gobernar este país”. Idea que, sin embargo, parece más difícil de instalar en la opinión pública actual de lo que fuera en 1989, o en 2003. Con el agregado además de que Lavagna ya ha dicho que no piensa hacer campaña hablando de corrupción. Y eso se sabe lo que puede significar para el modo en que el peronismo está acostumbrado a ofrecernos su exclusivo y envidiable método de gobierno.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/3/2019

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Macri se puso los guantes y subió al ring

En medio de una intensa batalla entre bancadas y barras, que disputaron la escena con aplausos, abucheos e interrupciones varias, el presidente atravesó la que, por ahora, es su última inauguración de sesiones legislativas.

Como era de esperar, se mostró decididamente en campaña por su reelección: “todo lo que hemos logrado hasta acá, que es mucho más de lo que a simple vista se ve, hay que continuarlo y profundizarlo” fue el leit motiv subyacente a su intervención.

Y desplegó entonces lo que será sin duda la línea argumental del oficialismo de aquí en más: insistir en que la “tormenta desatada en 2018” es la causante, junto a la herencia recibida, de los males que vienen padeciendo la economía y en particular los sectores de bajos ingresos en los “últimos meses”; que esa crisis fue imprevista e imprevisible, por lo que no puede achacarse, al menos no totalmente, a errores cometidos por su gobierno (el gradualismo “dio buenos resultados durante dos años y medio” explicó, con un exceso de autoindulgencia); y, lo más importante, que ella, la crisis, está sirviendo para que el país y su gobierno se hayan decidido a encarar “los problemas profundos, estructurales, que se arrastran desde hace 70 años”.

Convertir la crisis en una oportunidad va de la mano, así, de la transformación de su defensa argumental en una estrategia ofensiva: “estamos poniendo las bases de una economía más sana”, “pero los cambios profundos requieren paciencia”, “me he hecho cargo de las angustias de estos meses, pero estoy seguro que esta es la generación que decidió encarar lo que nunca se ha hecho”, porque “hoy hay un equipo que gobierna pensando en el largo plazo, que asume la inflación, la pobreza y la inseguridad…. Y rinde cuentas”. En lo que se incluyó él mismo e incluyó a su familia: “la familia del presidente rinde cuentas, y el presidente también”, desatando el más intenso cruce de aplausos y abucheos de la mañana.

Volvió también a hacerse cargo del exceso de optimismo que condujo a su gobierno a cometer errores, aunque esta vez sin referirse a ninguno en concreto. “Me van a recordar que dije un año atrás que `lo peor ya pasó` y tienen razón”. A continuación de lo cual ensayó un no demasiado sutil pedido de paciencia: los “soluciones profundas llevan tiempo… porque estamos resolviendo problemas que no son coyunturales sino estructurales”. Que por suerte acompañó de un reconocimiento a los ciudadanos comunes y corrientes, que hubiera sido mejor que fuera mucho menos elíptico, dado lo amplia, sostenida y inesperadamente generosa que está siendo con él y con su administración la paciencia colectiva: “si superamos momentos difíciles es gracias a ustedes” completó.

La única alternativa, como ya estamos acostumbrados a escuchar, sería según el presidente “volver al pasado”, un pasado en el que “siempre ganaban los mismos” y las mafias proliferaban porque las autoridades electas no se sometían a control alguno. Mensaje con el que insistió también en su extensa referencia a la situación dramática de Venezuela, a los casos de corrupción que están en plena investigación y al uso sistemático de la mentira en administraciones anteriores. Dirigido con saña a las bancas opositoras en que se reproducía el mensaje de campaña opuesto: “hay otro camino”.

El único anuncio del discurso: aprovechando la cláusula del acuerdo con el Fondo que permite un relajamiento de las metas fiscales en caso de emergencia social, adelantó que “se decidió aumentar 46 % la AUH que cuenta con 4 millones de beneficiarios”.

El mejor momento de su paso por la asamblea: “Sus insultos no hablan de mí, hablan de ustedes. Estoy acá porque me votaron los argentinos”. Una vez más la oposición más virulenta le dio la excusa para que el presidente la colocara en el filo del sistema democrático, asociándola no sólo “al pasado al que no hay que volver” sino a la intolerancia y la irresponsabilidad institucional.

El mejor momento de la oposición: cuando ante la mención de los “700.000 empleos nuevos” que se habrían creado durante los dos primeros años de mandato, en vez de insistir con gritos e insultos, aplaudieron de pie, con ironía.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/3/2019

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Guaidó necesita sumar eficacia a su legitimidad

La rebelión democrática está poniendo patas para arriba a los militares venezolanos. Si estos no frenan la entrada de la ayuda humanitaria, les costará más evitar otras iniciativas concretas que consoliden el poder de Guaidó y la Asamblea Nacional.

Las chances de que el contrapoder que encarna el presidente interino Juan Guaidó se imponga al aparato militar y de seguridad que sostiene a Maduro crecerán con cada camión con ayuda humanitaria que entre a territorio venezolano.

Hasta ahora todo lo que el polo democrático hacía contaba con legitimidad, pero tenía un déficit de eficacia palpable: movilizaba miles de personas en las calles, pero no amenazaba el orden que el régimen sigue imponiendo a sangre y fuego; podía ganar apoyos externos, pero no uno suficientemente exhaustivo para aislar al régimen y amenazar su supervivencia.

Mientras ese cuadro se mantuviera, Maduro y los suyos podían volver a apostar a que la movilización tarde o temprano se retrajera, y que la solidaridad de las democracias se volviera ritual y perdiera ímpetu, como sucediera frente a muchos otros países sumidos en el despotismo una vez que este se estabilizó.

La entrada de la ayuda humanitaria es la vía escogida para torcer ese destino y corregir la desventaja con que corren los disidentes venezolanos: les permitiría conectar el apoyo de las democracias desde fuera con la movilización desde adentro, para que fueran las fuerzas de seguridad las que quedaran sometidas a un test de eficacia.

Por eso fue tan importante el anuncio de Guaidó de que al menos algunos camiones lograron romper el cerco en la frontera con Brasil. Sería la prueba de que los militares chavistas están fallando en este test. Ahora hay que ver si la evidencia de ese fracaso se impone y se multiplica, y a qué velocidad.

Por eso lo que suceda en las próximas horas será decisivo. Si uno de los bandos se equivoca o cede, su destino quedará sellado.

Mientras tanto, también los artistas hicieron lo suyo para que los papeles se inviertan y el régimen chavista quede aún más que antes entre la espada y la pared. Poniendo patas para arriba en este caso la relación que en la región hasta ahora existía entre izquierdas y derechas en el campo artístico.

Hasta hace poco, los que organizaban recitales de solidaridad y reunían miles de jóvenes tan entusiastas con la música que allí se tocaba como con las ideas que sus artistas preferidos proferían entre tema y tema eran los grupos de izquierda. Y en particular las izquierdas latinoamericanas se lucieron en ese papel, ofreciendo durante décadas a sus parientes de otras latitudes una estética de la revolución, del humanismo o de la lucha por los derechos de los pueblos sometidos tan o más atractiva y movilizadora que la ética en que se afirmaban.

Todavía hoy muchos jóvenes y no tan jóvenes guardan en su memoria o cuelgan en sus paredes las imágenes de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Pero Milanés y Rodríguez no aparecen hoy en día por ningún lado.

A falta de ellos y de otros músicos reconocidos más o menos afines a la izquierda que estuvieran dispuestos a poner la cara por él, Nicolás Maduro debió conformarse con unas cuantas bandas ignotas para organizar su contra recital bajo el lema Hands of Venezuela, que convocó a apenas unos cientos de oyentes seguramente acarreados. ¿Será que la izquierda está perdiendo también esta batalla, la de reunir en torno suyo a las vanguardias artísticas, además de la de las ideas y la de los derechos en el pozo sin fondo del infierno chavista?

Del otro lado de la frontera, en Cúcuta, mientras tanto, se selló la alianza entre los gobiernos democráticos de la región, incluido el promotor menos esperado y en otro momento candidato al Oscar de los indeseables en cualquier encuentro artístico, el encabezado por Donald Trump, con la corriente de opinión más masiva y contundente que se haya visto en la región desde hace décadas, la que rechaza la deriva chavista hacia el castrismo. Los músicos allí reunidos, con sus diferencias, ofrecieron sus buenos oficios para dar voz a este entendimiento entre los gobernantes y la opinión pública latinoamericana. Algunos con un discurso despolitizado y puramente humanista, pero otros con un tono militante que ni siquiera Trump se hubieran animado a darle: “Basta de dictaduras de izquierda en América Latina” pidió el Puma Rodríguez, aludiendo claro además de a Venezuela, a Nicaragua y Cuba, tal vez también a Bolivia.

Los que quisieron deslegitimar el Venezuela Aid Live aludieron a estos artistas como “músicos comerciales”, “residentes en Miami”, en suma, ricachones que se alinean con la derecha regional porque siempre les importó más su bolsillo que las condiciones de vida de sus fans. Pero lo cierto es que el Puma y compañía expresaron bastante bien un sentido común respecto al cual las izquierdas de la región parecen camino a alienarse de forma cada vez más pronunciada. Sería bueno que lo evitaran porque hace falta una izquierda democrática, también en la eventual reconstrucción de Venezuela. Pero parece que las taras ideológicas tiran más que la racionalidad política.

Los López Obrador, Tabaré Vázquez y compañía deberían prestarle atención al Puma. Porque como están las cosas ellos en cualquier caso van a salir perdiendo: si Maduro gana porque Venezuela va a seguir hundiéndose en la pobreza y la violencia, y si gana Guaidó, porque ellos no habrán movido un dedo para ayudarlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/2/2019

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Noticias que son pescado podrido

Hace tiempo que los kirchneristas dejaron de defender la inocencia de Cristina Kirchner y sus colaboradores. En vez de esa tarea infructuosa, encararon la de arrastrar al fango a todos los demás, y machacar con que el que tiene el poder usa la Justicia para cargar las tintas en sus enemigos políticos y disculpar sus propios pecados. Tan simple como eso. No habría nada más que partidización de un lado y del otro en el solo en apariencia noble empeño por combatir la corrupción. ¿Y el interés del público en el tema? Una caterva de bobos que se dejan llevar de las narices por pillos disfrazados de fiscales de la república, eso es todo.

Como las investigaciones sobre la corrupción k avanzan, y además estamos en año electoral, y uno decisivo para los proyectos políticos en pugna, es natural que el esfuerzo por emparejar hacía abajo se redoble, y por momentos entre en fase de histeria: la máquina de inventar casos de corrupción que involucrarían a todos los demás, sobre todo a quienes acusan e investigan a los dirigentes kirchneristas, trabaja a todo trapo.

Si uno les pregunta a los promotores de esas denuncias si no les parece un poco forzado, hasta traído de los pelos, que un fiscal que está en el foco de atención del público por investigaciones de corrupción, le haya pedido plata a un empresario que no tiene ninguna relación con la obra pública y se presenta como un pequeño productor agropecuario, para sacarlo de un expediente en el que nunca siquiera se lo nombró, exigiendo unos mugrosos 10.000 dólares “de adelanto”, la respuesta es automática: para ellos esa denuncia vale más que todos los cuadernos de Centeno juntos, o que todas las propiedades en Miami de Daniel Muñoz. Y si los apretás un poco más, hasta es equivalente a los bolsos de López. Todo “vale lo mismo” como “prueba”, tiene todo la misma verosimilitud.

Si además les sugerís que puede haber alguna falla en la cadena de frío del pescado que están vendiendo, porque la historia sobre ese fiscal arranca en una serie de notas de Horacio Verbitsky, el guionista, director y editor del exitoso “Primer desaparecido de Macri”, la abogada del “pequeño productor agropecuario” resulta que también trabaja con Verbitsky, y el buenazo del productor agropecuario parece que no se dedicaba en tiempos de los Kirchner a cuidar vaquitas sino a gestionar disculpas de deudas impositivas desde Puerto Madero, la respuesta también te deja helado: “en el peor de los casos es lo mismo que hacen los medios hegemónicos, y los empresarios y ex funcionarios arrepentidos, que inventan cualquier cosa”.

Fake news ha habido siempre, desde que los homo sapiens se empezaron a contar historias unos a otros. La diferencia está, en todo caso, en la capacidad que ofrecen las nuevas tecnologías para crearles un entorno de validación cerrado e impermeable a cualquier evidencia o argumento en contrario, y hacerlas circular a gran velocidad y por distintas vías simultáneamente, creando para quienes quieran creerlas un efecto de verdad resistente a cualquier inclemencia del mundo exterior, por más que lluevan hechos, datos y argumentos que las desmientan.

Esto está particularmente logrado en las producción de los cultores del género que estamos considerando. Lo que más llama la atención de sus obras es precisamente la eficacia con que se cierran en sí mismas, y logran que al menos parte de su audiencia haga lo mismo al abrazarlas, gracias a su gran consistencia interna. La lógica es la que ya usaban estando en el poder: la transmisión en cadena, la repetición y la circularidad. Veamos cómo funciona en otra de las superproducciones que han lanzado en estos días: la supuesta imputación a Macri, Aranguren e Iguacel por una cantidad de delitos contra el erario público, a resultas de la privatización de dos centrales termoeléctricas.

La denuncia la hacen varios diputados kirchneristas, y la difunden medios de esa orientación que no consultan a nadie más y dan por ciertos los datos que los denunciantes les aportan sobre precios, condiciones en que están las centrales, su valor aproximado, las razones por las que se ponen a la venta, etc.. A continuación los legisladores agregan que ya los acusados están “imputados” en la causa, cosa que los medios mencionados también repiten y dan por confirmado, basándose en los comunicados de prensa que reciben de aquellos. Si la Justicia nunca dispuso esa imputación no importa, porque se dirá luego, en caso de que la denuncia se desestime, que ella “retrocedió”, “el gobierno presionó a los jueces y fiscales, y estos se dejaron presionar”, confirmando que no existe la justicia independiente, ni puede existir, y de lo que se trata es de que ella vuelva a ser la que era, es decir, una que respondía al “gobierno nacional y popular” y no a los liberales privatizadores, hambreadores y demás gente mala. Con lo cual se cierra el círculo, el relato se valida a sí mismo, y se pasa al siguiente: “¿A ver qué más tenemos, alguna resolución sobre tarifas que beneficia a tal o cual empresa, algún otro funcionario que tiene algún antecedente laboral en alguna empresa?, démosle para adelante”.

Es interesante observar cómo, en el juego que se establece entre fake news y audiencia, se suelen combinar vínculos de confianza a prueba de bala de pequeños pero muy activos círculos, con una desconfianza pertinaz y generalizada del gran público. Porque esto ayuda a entender que en ocasiones las fake news logren impacto más allá del limitado campo de los adictos.

Es lo que sucedió, inicialmente, con el caso Maldonado, el más rutilante exponente del género en los últimos tiempos: la andanada de mensajes denunciando un crimen aberrante por parte del Estado encontró a un público ya fanatizado y bien dispuesto a creer que “Macri es la dictadura”, pero pronto impactó también en uno más amplio, que desconfía de todo y sobre todo de quienes están en el poder, en parte con razón; ese público desconfiado, por más que las instituciones estatales luego lograran remontar su propia ineficacia y hacer más o menos bien su trabajo, no terminaría de desembarazarse de la creencia de que “algo raro hicieron los gendarmes”, o “la Bullrich” o el juez, o todos ellos.

La desconfianza suele ser un instrumento muy útil en manos de los ciudadanos. Al predisponerlos a pensar las cosas con ojo crítico, y a ser más exigentes con lo que el poder político les ofrece, o lo que escriben los periodistas. Pero combinada con el cinismo tiende a adquirir un carácter puramente corrosivo. Y puede llevar al efecto contrario: no nos importa juzgar críticamente nada, porque nuestros juicios ya están predeterminados, “son todos ladrones”, “todos mienten”, “nada va a cambiar porque todos están en la misma”. Cada vez que las fake news confirman en el ánimo colectivo estas tesis, un clavo más se agrega al cajón en que se descompone nuestra voluntad colectiva y nuestra vida política.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/2/2019

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Otro porrazo de la “nueva política” de Macri. La UCR y Cristina festejan

En La Pampa el calor le ganó a las ganas de votar. Con poca concurrencia, el aparato radical se impuso a la “nueva política” de Macri. En tanto el kirchnerismo sacó ventaja de la unidad peronista.

Con un sol que partía la tierra, pocos pampeanos se movilizaron para participar en las internas no obligatorias que la ley provincial establece para seleccionar candidatos y se realizaron este domingo. Como la norma además diferencia las urnas para afiliados de las urnas en que votan los independientes, es bien sencillo calcular cuánto pesaron los aparatos partidarios, y cuánto los no afiliados y las preferencias de la opinión pública en general.

De acuerdo con los números provisorios, sucedió algo semejante a lo visto semanas atrás en La Rioja, en el plebiscito para habilitar una reelección más del gobernador: la baja participación ciudadana fue decisiva para que los aparatos partidarios se impusieran.

En este caso el resultado tuvo impacto en los dos principales espacios de la política nacional, Cambiemos y el peronismo.

En la coalición oficial, ¿los radicales se están vengando de la hoy alicaída “nueva política”, con que el PRO quiso, cuando corrían tiempos mejores, imponer sus out siders y demás figuras casi sin experiencia política, y quitarles a los más experimentados militantes y punteros de la UCR sus espacios territoriales? Por lo menos fue el modo en que estos interpretaron el resultado. Compararon al ex secretario de deportes de Macri, el colorado Carlos Mac Allister, quien cayó derrotado ante el diputado Daniel Kroneberger, con el también frustrado Del Sel. Y reclamaron que de ahora en más el presidente y sus seguidores reconozcan la valía de los candidatos del centenario partido a la hora de discutir las listas en las demás provincias.

Lo cierto es que la estrategia de Macri falló en La Pampa por partida doble. Primero, porque no logró imponer una lista de unidad: su preferencia, transmitida por Marcos Peña a propios y extraños, es evitar a toda costa la competencia con los aliados, acordando candidaturas sin cederles más que lo imprescindible, planteo que los radicales pampeanos rechazaron. Y segundo, porque el cálculo macrista de que de todos modos podían ganar con Mac Allister y el empuje del gobierno nacional se reveló ilusorio. Al final las visitas de funcionarios nacionales a la provincia no ayudaron mucho, tal vez hasta empeoraron las cosas y el colorado sacó bastante menos votos que Kroneberger.

¿Tendrá consecuencias más serias este barquinazo de la estrategia electoral del PRO? Habrá que ver. En medio de los festejos algunos dirigentes radicales nacionales volvieron a agitar la idea de competir también por la candidatura presidencial, con Martín Lousteau, que hace poco se afilió al partido y se ve no tiene problema en mezclar nueva, vieja y cualquier otra política según cómo le vengan las cartas. Pero puede que las cosas no pasen a mayores y esa amenaza sea sólo eso, y esté dirigida a lograr que los negociadores que envíe Macri de aquí en más sean un poco más generosos.

En cuanto al peronismo, mientras tanto, en la única disputa que deparó verdadero interés, se enfrentaron varios dirigentes de Santa Rosa por la candidatura a la intendencia, en la que se cree pueden tener suerte en las elecciones generales de mayo porque el intendente saliente, del radicalismo, no hizo una buena gestión. Y el resultado, por unas pocas decenas de votos, favoreció al candidato más cercano a Cristina Kirchner, Luciano Di Nápoli. Quien sin demora le dedicó el triunfo y su alegría: “hablé con Cristina, está profundamente emocionada”, dijo.

Es claro una buena noticia, no sólo por la victoria de sus seguidores, sino porque la lograron llevando a la práctica su idea, la “unidad ante todo”. Los distintos sectores peronistas de la provincia, y también de la ciudad capital, se avinieron a formar un frente, el Frejupa, y resolvieron sus diferencias disputando candidaturas pero sumando sus votos, en vez de dividiéndolos como vienen haciendo, en muchos otros distritos y a nivel nacional, desde hace años renovadores, federales, kirchneristas y antikirchneristas.

¿Y si el ejemplo cunde y se traslada a otras provincias? Es probable, y por eso los planes de expansión territorial de la coalición oficial han ido reduciéndose: desde hace algunos meses que se han vuelto minimalistas, se limitan casi a no perder lo que tienen.

Y peor todavía, ¿si la fórmula de la unidad peronista se trasladara a la elección presidencial? Es mucho más difícil de lograr, y hasta los más optimistas de ese espacio lo saben: no hay candidato que no sea Cristina capaz de retener los votos de su sector, ni hay adversarios peronistas que estén dispuestos a competir con ella en una interna. Así que Macri, Peña y compañía todavía respiran aliviados: al menos esos papeles no corren riesgo de quemárseles.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/2/2019

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Tabaré y el Papa se alejan de Maduro. Carta Abierta no

Tabaré Vázquez, el Papa Francisco y hasta los populistas italianos en los últimos días marcaron distancia con el régimen chavista. Nadie quiere quedar pegado a la catástrofe, o casi nadie: Carta Abierta dio ejemplo de consecuencia.

Mauricio Macri se entrevistó con el presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, en Colonia, y se pusieron de acuerdo bastante rápido en reclamar se convoque cuanto antes a elecciones transparentes, fiscalizadas por veedores internacionales, en Venezuela.

Los dos sacaron provecho de la reunión y de ese acuerdo: el argentino porque sigue mostrándose como un líder con capacidad de diálogo e incidencia en los temas más relevantes de la agenda regional, y aprovechándose de que Brasil todavía no logra recuperar su tradicional peso en ese terreno (y mientras esté Bolsonaro en el Planalto puede que esta ventaja para Argentina se prolongue); y el uruguayo porque le permitió revelar una actitud más responsable y menos ideológica que la mayoría de sus socios del Frente Amplio, y tal vez logre así que este no pierda tantos votos cuando se elija a su sucesor, en octubre próximo, por la posición que ha adoptado sobre el drama venezolano, rechazada ampliamente en Uruguay igual que en todos los demás países de la región.

Algo semejante hizo el gobierno italiano, compuesto por populistas de derecha y de izquierda, que en principio estuvieron entre los pocos que resistieron la ofensiva de la Unión Europea contra el régimen chavista y no reconocieron a Juan Guaidó. El canciller italiano, Enzo Moavero recibió días atrás a una delegación enviada por el gobierno provisional, aunque siguió sin reconocer abiertamente la legitimidad de su designación por la Asamblea Nacional. Pero a continuación decidió negársela a las elecciones de mayo pasado, que consagraron la reelección de Maduro, y avalar el reclamo de nuevos comicios transparentes, que deberían hacerse “cuanto antes”. También decidió enviar ayuda humanitaria.

Casi en simultáneo el Papa Francisco hizo filtrar una carta supuestamente secreta dirigida a Nicolás Maduro en que le reprocha que en el pasado se aprovechara ladinamente de sus buenas intenciones. La carta dice textualmente que el diálogo que el Vaticano propició en 2016 llegó a acuerdos que el chavismo gobernante incumplió, y que no hay garantías de que eso no se vaya a repetir

En suma, Francisco dice haber sido engañado y utilizado por Maduro, dando a entender que ya no confía en él. Y modifica disimuladamente la postura que hasta ahora tenía sobre el diálogo: apenas días atrás había dicho que éste dependía de que “las dos partes lo aceptaran”, y como la parte que no quería repetir el chasco de 2016 era la de las fuerzas democráticas, le seguía haciendo el juego al régimen, dando a entender que éste al menos era más flexible y abierto a su mediación. Ahora por suerte ha dejado de enredar las cosas y enredarse, y toma distancia. También dejó de lado la absurda comparación con la mediación papal en el diferendo por el canal de Beagle entre Argentina y Chile: en Venezuela no hay dos “partes”, mucho menos dos estados en pugna, hay de un lado una dictadura que arrasó con la legitimidad democrática y constitucional, y del otro una amplia mayoría social y la última institución que respeta la constitución, y busca recuperar la democracia antes de que sea tarde.

Sucede que, a medida que pasa el tiempo, cada vez es más difícil rechazar esa descripción de la situación, y también el hecho de que para el régimen ya no hay salida que no suponga graves conflictos y costos: o él se impone a la sociedad y a la Asamblea Nacional a través de la represión y una abierta conversión al castrismo, o se fractura y entra en una fase de descomposición que puede ser bastante violenta. Los opositores más optimistas y algunos analistas sugieren que existe también la opción de que Maduro y su grupo queden aislados y decidan ceder o escapar. Pero sinceramente las posibilidades de que algo así suceda son mínimas.

Y es que todavía el régimen cuenta con recursos internos y externos para sostenerse. Entre los externos está la solidaridad de actores que no consideran la democracia pluralista un valor, y en muchos casos la estiman un disvalor. Es el caso de los regímenes híbridos o totalitarios de Rusia, China, Turquía, Irán, Nicaragua y Cuba. Y también de la izquierda populista latinoamericana. Para muestra basta un botón. Volvió a la palestra Carta Abierta, pero no para imitar esta vez al Papa, sino para ir en la dirección contraria: celebró la resistencia chavista contra el imperialismo, y que en el corazón de esa resistencia esté la unidad de las fuerzas armadas venezolanas en su apoyo, según ellos, la garantía de la paz y la concordia, de que el golpismo no triunfe.

Es curioso el argumento: para estos intelectuales de izquierda el hecho de que el último sostén del régimen chavista sea la fuerza militar no es evidencia de su carácter autoritario y antidemocrático, ni mucho menos de su recurso cada vez más asiduo a la violencia y la violación de los derechos humanos, tal como sucediera en otras dictaduras latinoamericanas que en el pasado ellos repudiaran. Sino que es todo lo contrario: es la prueba de que Maduro es legítimo y pacífico. Lástima que no extendieron su elogiosa referencia al papel de los militares a sus colegas de la policía, los grupos paramilitares y los servicios de inteligencia. Por ahí lo daban por descontado: encuentran el mismo espíritu antimperialista en todos esos matones, usen o no uniforme. O por ahí les dio un poquito de vergüenza. Porque una cosa es soltar un lagrimón pensando en los militares chavistas como émulos de Perón, y otra pensar en el Sebin, el Servicio Bolivariano de Inteligencia, sin acordarse Massera y Astiz.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/2/2019

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La Pampa quiere ser tendencia

Este domingo 17 de febrero se vota por primera vez en el país, inaugurando un año electoral que va a ser movidito. Además de largo, muy largo.

Se trata de las internas no obligatorias de la Pampa. Uno de los distritos más chicos del país (su padrón representa menos del 1% del nacional), pero que ha jugado en la escena nacional roles importantes, y contó para hacerlo con una dirigencia local, sobre todo peronista, muy estable y muy hábil en las negociaciones legislativas y presupuestarias con la Nación.

La gran novedad es que esta vez quienes competirán por las candidaturas, y en mayo próximo competirán por los cargos ejecutivos locales y distritales, para empezar el de gobernador, integran una nueva generación, están menos curtidos y tienen muchos menos kilómetros recorridos en las lides electorales que Carlos Verna, el actual mandatario, que se autoexcluyó de la competencia por cuestiones de salud, y Rubén Marín, el otro sobreviviente de los años noventa, formando ambos una entente que, como De la Sota y Schiaretti en Córdoba, le dieron estabilidad a la política provincial por varias décadas. Los nuevos, ¿estarán a la altura del desafío? ¿Y si no cumplen con las expectativas de los votantes, ni de un peronismo que necesita mostrarse renovado no solo ahí si no en muchos otros lugares del país?

La forma en que el peronismo procesará esta sucesión de los liderazgos locales va a tener relevancia nacional también por otro factor: en La Pampa se está llevando a la práctica lo que Cristina y su sector vienen promoviendo urbi et orbi, listas de unidad que incluyan a todos los sectores y eviten que la fragmentación y los cismas que ese partido ha venido sufriendo en los últimos años beneficie una vez más a Cambiemos. El de la Pampa será el primer ensayo para saber si eso funciona, atrae a los votantes, o los espanta por ofrecerles una bolsa de gatos que estos no quieren ver juntos.

Téngase en cuenta que en 2017 el Cambiemos pampeano estuvo cerca de dar un batacazo: triunfó sorpresivamente en las internas provinciales; luego, en las elecciones generales, el peronismo remontó y logró quedarse como siempre con la mayoría de las bancas legislativas en disputa, como siempre sucede. Pero la competencia quedó abierta y va a poner también suspenso en el resultado en esta ocasión.

También por un atractivo que ofrece la competencia dentro de la oposición distrital: los radicales tienen su candidato a gobernador, el diputado nacional Daniel Kroneberger, y el PRO el suyo, el colorado Carlos Mac Allister. Así que los electores tendrán un incentivo extra para participar en su interna. Que no existirá en el caso del oficialismo: ese es otro inconveniente de las listas de unidad, ya se sabe quién será el candidato, ¿para qué ir a votarlo?. Más si participar es optativo. En este caso el elegido del peronismo es Sergio Ziliotto, ex ministro de Verna y actual diputado. Tampoco para las intendencias habrá mucha competencia que digamos en esa fuerza.

El otro resultado que va a hacer ruido es el de la intendencia de la capital, Santa Rosa. En este caso porque la controla el radicalismo, y el peronismo apuesta a desbancarlo, aprovechando una gestión bastante deslucida.

Pero por sobre todo, en lo que va a centrarse la atención es en cómo resultan los números globales en comparación con dos años atrás. Eso permitirá responder, o algunos intentarán que responda, la pregunta respecto a cuánto perdió Cambiemos desde entonces, y cuánto recupera el peronismo. Si la elección es más o menos pareja, el gobierno nacional podrá respirar aliviado; si no lo es, tratará de disimularlo y en cambio los peronistas de todo pelaje machacarán con que “hay 2019, estamos volviendo, Macri ya fue, etc”.

¿Tiene alguna chance Cambiemos de salvar la ropa? El electorado de la provincia está formado por dos grandes grupos: los empleados públicos, entre los que siempre gana el peronismo y seguro no están más contentos ahora que dos años atrás con las políticas del gobierno nacional, y los sectores ligados al agro, que seguramente tienen buenas perspectivas para este año pero vienen de uno muy malo, y suelen tener por costumbre dividir su voto, igual que pasa en Córdoba, para los cargos locales y provinciales a veces votan al peronismo y a nivel nacional tienden a evitarlo, y han sido más bien macristas en los últimos tiempos.

Como la de este domingo es una elección puramente local, si sale mal, los ocupantes de la Rosada van a decir seguramente que no los afecta, porque para ellos lo único que cuenta es cómo resulten las cosas en octubre, y tienen motivos para esperar que les vaya mejor entonces que a sus representantes locales ahora. Y puede que así sea. Igual, difícil que puedan disimular del todo que el año electoral lo empezaron con el pie izquierdo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/2/2019

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Duhalde también dispuesto a negociar con cristina

En un reportaje que publica este domingo el diario La Nación, el ex presidente Eduardo Duhalde promueve una vez más a su ex ministro de Economía para liderar la etapa que se abrirá en octubre de este año, y deja caer una frase curiosa: “Cristina no ve mal lo de Lavagna”.

Todos están jugando al misterio y la ambigüedad en el confuso espacio del peronismo. Si ese mensaje de la ex presidente a su predecesor existió, convengamos en que no fue nada claro, ¿qué quiere decir que no “ve mal a Lavagna”?, ¿que podrían entenderse, que le parece más simpático o menos insoportable que, pongamos, Massa o Utrtubey? Si con Massa ya los kirchneristas vienen conversando hace tiempo para buscar una vía de cooperación al menos en provincia de Buenos Aires, ¿será que quieren hacer lo mismo y a nivel nacional con el economista, ahora devenido esperanza del peronismo blanco?

¿Y con qué intención revela esa señal de acercamiento Duhalde?, ¿para abonar la idea de la unidad nacional a la que tanto él como su candidato apuestan como fórmula para promover su espacio y llegar al gobierno? ¿O simplemente como un modo de acercarse a los votantes de Cristina, no a ella, para robárselos (que es algo que, se puede sospechar, también es lo que estaría intentando Massa)?

El mensaje de Duhalde por de pronto tiene varios supuestos. El principal es que Crristina no puede ganar y Lavagna sí, y para Cristina y los suyos el peor escenario es que vuelva a ganar Macri, así que hay que tentarlos a alguna forma de acuerdo, para evitar el mal mayor.

Eso puede sonar más o menos razonable, pero tal vez sea más bien difícil llevarlo a la práctica. Porque ¿qué pasaría si la ex presidente le contesta “ok, encontrémonos y charlemos”? Lo más probable no es que Lavagna le robe algún voto a Cristina si no que pierda a algunos de los que ahora está en condiciones de seducir.

Lavagna está entre los dirigentes con mejor imagen del país, cerca de los números de Vidal. Pero no reúne mucha más intención de voto que Massa o Urtubey, al menos por ahora (suma alrededor de 11 %, muy lejos de los 30 puntos que tiene CFK). Es decir que sus posibilidades de crecer no son despreciables. Y puede hacerlo tanto entre los peronistas moderados como entre los oficialistas desilusionados. En realidad, más entre estos últimos que entre los primeros: quienes simpatizan con él se parecen mucho a los que lo hacían hasta hace poco con el gobierno. Pero lo importante es que a ninguno de esos dos grupos, donde el rechazo a los gobiernos anteriores y sus políticas es muy marcado, les va a gustar que aparezca trenzando con la mayor responsable de esas desgracias. Entonces, ¿cuál es el negocio de Duhalde al revelar este acercamiento con el kirchnerismo?

Tal vez esté demasiado apurado en promover su propia versión de la unidad nacional, que parece ser una en que, ante todo, el peronismo vuelve a estar él mismo unido y actúa como su cemento y motor.

No es una idea que sea fácil de llevar a la práctica, pero convengamos que tampoco lo es la que sobre “el gobierno de unidad nacional” ha dado el propio Lavagna. Para éste parece que todo se reduce a que los distintos sectores confluyan detrás de su candidatura, abandonen la idea de disputarse cargos en internas o cosas por el estilo, y acepten su probada capacidad para lidiar con dificultades económicas. Pero lo más que podría aspirar a sumar de este modo es a retazos del peronismo y el radicalismo, y algunas fuerzas menores, los socialistas de Santa Fe y la corriente de Stolbizer.

Duhalde está pensando, como él mismo dice en el reportaje de marras, en un “gobierno que cuente con mayorías legislativas”, y para crear algo así necesitaría descomponer los dos polos que hoy hegemonizan la política argentina, el kirchnerismo y Cambiemos. Es decir, deberíamos retrotraernos a la situación política que se vivía a fines de 2001, con el agregado de que el peronismo ya no estaría fragmentado como sucedió mientras Menem siguió siendo un ex presidente con aspiraciones.

Repetir esa historia, y en esta versión “mejorada”, ¿es viable?, y más todavía, ¿sería razonable? En nuestra lucha política demasiadas veces se confunde la máxima según la cual “la historia es maestra de vida” por la idea de que se puede repetir la historia para corregirla. A Duhalde, en el fondo, lo persigue el “error” de haber elegido a Néstor Kirchner en vez de a Lavagna para sucederlo en 2003, y quiere tener una segunda oportunidad para corregir el desaguisado que a partir de esa decisión se armó. Pero no es buena idea que confunda lo que él quiere con lo que se puede hacer.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/2/2019

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