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Cristina y la oposición bajo el efecto de los cuadernos

Una suerte de pesimismo recargado está contaminando el ánimo de quienes desean terminar con la corrupción: cuanto más circula la idea de que Cristina Kirchner no pierde adhesiones por más que se amontonen evidencias sobre su responsabilidad en el sistema montado para saquear al Estado durante las administraciones encabezadas por ella y su marido, más recaen aquellos en la máxima de que la sociedad argentina es incorregible, y temen lo peor, que si la situación económica empeora, cosa que muy probablemente suceda, la ex presidenta pueda triunfar en las elecciones del año próximo. Ecuación que, inversamente, hace soñar despiertos a sus seguidores.

El propio gobierno abona este pesimismo al advertir, un poco para disculpar sus errores, que el avance de la investigación de los cuadernos ya de movida afecta la actividad empresaria, el nivel de actividad y los esfuerzos por contener la crisis.

Es como decir que el kirchnerismo en particular y el peronismo más en general se las están arreglando para jorobarnos dos veces: primero lo hicieron al desviar una enorme cantidad de recursos públicos, que hoy faltan en infraestructuras de todo tipo, limitando seriamente nuestra productividad; y ahora, por segunda vez, lo hacen al revelarse ese desvío justo en el momento en que más se necesita la inversión en infraestructura para levantar la economía, y dicha revelación produce el efecto contrario, frena las inversiones y en particular la obra pública.

Ni siquiera cuando quedan en evidencia sus responsabilidades se logra que paguen por ellas. Los costos de sus desmanes una vez más caen en los demás. Y encima a los ojos de muchos argentinos se confirma que “la transparencia también puede matar”, sobre todo a quienes la promueven. La astucia que históricamente se atribuye a Perón y sus discípulos, en su peor versión.

Ahora que, aunque todo esto sea más o menos cierto, o factible, conviene no exagerar. No es tan cierto que el escándalo de los cuadernos le esté saliendo gratis a la anterior administración, mucho menos a la ex presidenta. En términos de popularidad personal, paga un precio no desdeñable, y tanto ella como su partido tendrán que lidiar con costos puede que duraderos en términos de confianza. Otra vieja máxima de la política argentina, “en tiempos difíciles solo los peronistas garantizan gobernabilidad” parece estar perdiendo atractivo.

Una serie de sondeos de opinión realizados por Opinaia muestra que en el espacio de dos meses, entre junio y agosto, creció la imagen negativa de Cristina en 4 puntos, de 64 a 68%. Lo mismo cayó su imagen positiva, de 36 a 32. Probablemente esta caída sea el resultado de movimientos muy desparejos según sectores y territorios: en el conurbano puede que incluso se haya fortalecido su imagen con el paso al frente de las últimas semanas, en cambio entre votantes dubitativos y en el interior su deterioro fue aún más marcado que el promedio.

Atada a esa pérdida de imagen, y sobre todo al mayor protagonismo público de CFK, forzado por las denuncias en su contra y sobre todo por la estrategia de politizar al máximo su defensa, la oposición cumple un papel muy deslucido en el actual escenario. Y consecuentemente, pese a que el descrédito del gobierno nacional es fuerte y los problemas económicos no dejan de agravarse, pareciera que la alternancia no es la salida que la mayoría está imaginando.

Ante la pregunta sobre “quién le parece que está más capacitado para resolver los problemas económicos del país”, en la última de las encuestas mencionadas encontramos que el 45% responde que ninguno, y lo más llamativo, sólo 23% opta por la oposición, mientras que todavía 32% apuesta por el gobierno.

Más sorprendente aún son las razones: un 53% cree que la oposición “no está en condiciones de volver al poder” (solo 27% cree lo contrario), la enorme mayoría, “por falta de transparencia y honestidad (47% del total). Otros motivos aludidos son la falta de liderazgo, carencia de programa e ideas, y ausencia de consensos mínimos. Suena a un diagnóstico bastante realista. En otra encuesta reciente, en este caso de Taquion, se confirman algunas de estas conclusiones: se registra allí que una fuerte primera minoría de más del 40% está convencida que los opositores dicen y hacen “lo que sea con tal de volver al poder” por lo que son muy poco confiables.

No es tan cierto que la sociedad esté embobada por un poco de flan. Más bien es de destacar lo contrario, la fuerte dosis de realismo y tolerancia al ajuste que demuestra, dos rasgos que no son muy habituales entre nosotros, tal vez con la excepción de lo que ha sucedido tras colapsos económicos demoledores. Si el gobierno fracasa, entonces, no va a ser principalmente porque lidie con demandas inatendibles, con una oposición muy poderosa y desafiante, ni porque los argentinos seamos incorregibles, ni en materia económica ni de corrupción.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/8/2018

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Arrepentidos de Comodoro Py, ¿algo que ver con los quebrados de la ESMA?

La caprichosa apelación a los “derechos humanos” le ha servido al kirchnerismo para deslegitimar todo lo que se le oponga y justificar cualquier abuso por él mismo cometido. Ahora pretende usarlos para presentar a una Justicia por fin capaz de superar su impotencia como una amenaza para los derechos individuales y la democracia. Pero es un argumento demasiado traído de los pelos para convencer más que a los fanáticos.

La comparación entre arrepentidos y secuestrados fue incluida en el discurso de la ex presidente en el Senado y antes y después de eso la vienen repitiendo sus seguidores y dirigentes del los organismos de derechos humanos.

La idea es que la presión sobre los acusados que ejercen Bonadío y los fiscales de la causa de los cuadernos para que confiesen y colaboren es el equivalente de la tortura en las mazmorras que controlaba el almirante Massera en los años setenta. Y por tanto, que no sólo se están violando garantías del debido proceso, como por ejemplo que nadie puede declarar en su contra, sino que los testimonios así recogidos no tienen ningún valor, porque las víctimas de esos abusos van a decir cualquier cosa que los interrogadores quieran que digan, con tal de zafar.

“¿Alguien le puede creer a un arrepentido?” se preguntó Cristina, tratando de deslegitimar los testimonios de los empresarios de la obra pública y, lo que es cada vez más necesario y urgente, los de sus anteriores colaboradores, que empezaron hace menos tiempo a romper el pacto de silencio que protegía a sus líderes, pero se contagian unos a otros también a gran velocidad.

Veamos la cuestión con detenimiento. ¿Cuándo es más confiable esta gente a la que se acusa de una amplia variedad de delitos contra el erario público, cuando guardaba silencio y negaba todo, o cuando reconoce al menos parcialmente lo que hizo? Cristina y los suyos obviamente necesitan sembrar sospechas sobre esas confesiones, por su propio interés, y están en su derecho de hacerlo. Y necesitan sobre todo negar que haya existido hasta hace poco algo así como un “pacto de silencio”. Pero homologar la “presión” y las “recompensas” que les plantean desde el juzgado a los acusados con la tortura inhumana de los grupos de tareas procesistas es ir demasiado lejos.

Según esa analogía los acusados por los cuadernos estarían a merced de un poder omnímodo, y serían víctimas de manipulaciones y amenazas sin límites. Tal vez más sutiles que la picana, pero también abusivas. De allí que estén dispuestos a “cantar”: acusarían hasta a su misma madre.

Pero si observamos lo que en concreto está pasando en el juzgado, salta a la vista que se trata de dos situaciones diametralmente opuestas. En la ESMA se destruyó todo rasgo de humanidad y todo principio de Justicia, y se volvió gracias a eso la máxima expresión entre nosotros del poder sin límite y de la negación del derecho. En cambio la investigación de los cuadernos es por lejos la mejor expresión de lo que debe y puede ser nuestro sistema judicial en democracia: una acción bien planificada, eficaz sin dejar de ser respetuosa de las normas vigentes, y para que esto esté garantizado sometida a controles cruzados, por parte de abogados defensores, la Cámara de Casación y la Corte, y bajo la atenta observación de la prensa y la sociedad. ¿Qué más se puede pedir? Si debe ser la primera vez en mucho tiempo que estamos frente a funcionarios de la Justicia que parecen capaces de superar sus tradicionales deficiencias, hacer su trabajo y brindar frutos concretos en un caso que involucra a los más poderosos de entre los ricos y los políticos del país. ¿No es acaso todo lo contrario de lo que sucedió bajo el Proceso?

Por primera vez la investigación avanzó antes que el escándalo estallara. Eso fue decisivo para poner a la defensiva y en la incertidumbre a decenas de grandes empresarios y ex funcionarios. Sólo después y a partir de la solidez de las acusaciones en su contra fue que se echó mano a la ley del arrepentido y los “acuerdos de colaboración”, que de todos modos tanto el juzgado interviniente como otras instancias de la Justicia van a poder revisar, y eventualmente anular si los arrepentidos mintieron. ¿Cuándo la Justicia argentina hizo las cosas tan rápido y tan bien?

Bueno, precisamente ese es el problema de Cristina, de sus seguidores y de los organismos de derechos humanos. Lo que están pidiendo es que deje de hacerlo, porque no pueden soportar semejante eficacia e independencia judicial.

Todos ellos necesitan que la Justicia siga siendo tan impotente como la dejaron en 2015. Cuando a los únicos que condenaba era a ladrones de gallinas, sí, a los pobres por los que supuestamente se rasgan las vestiduras, y a ex militares devenidos hace tiempo parias por los que nadie levanta un dedo, ni siquiera en los casos en que sí eran violados sus derechos al debido proceso.

Que la Justicia no siga siendo el primo bobo ni el cófrade cómplice de los poderosos en nuestro país es más importante aún que castigar a los corruptos de la era k. Y para eso es imprescindible que deje de dar risa o pena y empiece a meter miedo en los delincuentes de guante blanco. Que encima lo haga sin violar sus derechos debe ser ya por demás insoportable para esa gente, y es lógico que la novedad les caiga mal. Con un poco de tiempo y de suerte, podrán acostumbrarse.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/8/2018

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Cristina empezó su campaña electoral

No hay mejor defensa que un buen ataque. Con esa idea la ex presidenta encaró su alegato en contra del juicio que se le sigue en el juzgado de Bonadío por comandar una asociación ilícita creada para saquear al Estado: dicha causa no sería más que un arma de la campaña electoral del enemigo, así que ella no tenía otra que empezar la suya. Y así lo hizo.

Sabe que ahora su candidatura a la presidencia, aunque sea para perder, es obligada, y también urgente. Al polarizar el escenario político acorralará al peronismo “moderado” o “federal”, que si no la sigue corre el riesgo de quedar aún más desdibujado de lo que ya está, y el año que viene ser desplazado a un lejano tercer lugar (de esos peronistas dijo que, aunque ella no compita, igual no tendrían chances de llegar a la presidencia, algo que las encuestas, al menos hasta ahora, tienden a confirmar). Además, podrá seguir usando las adhesiones que le quedan para deslegitimar las acusaciones en su contra: los jueces no estarían investigando a una ex presidenta que ejerció el poder con mano de hierro, primero con su marido y luego sola, durante 12 años seguidos, si no a una opositora que desde el llano denuncia al gobierno de turno y que “los poderosos quieren acallar y sacar de la competencia”. “Igual que a Lula en Brasil”, se ocupó de aclarar en varias oportunidades.

Sus argumentos de campaña los dejó bien en claro, y son dos, duros y simples: primero, que en Argentina no hay Estado de Derecho, no hay igualdad ante la ley ni es posible confiar en los jueces, así que todo lo que se “pruebe”, “testimonie” o “documente” en su contra no será más que el fruto de una manipulación amañada para deslegitimarla; segundo, que la economía se hunde sin remedio, así que por más que quieran distraer a la gente con estas u otras denuncias en su contra, o incluso que la saquen del medio metiéndola presa, tarde o temprano estallará una crisis de gobernabilidad.

Sus diagnósticos son, por sobre todas las cosas, expresión de deseos: necesita que la causa lo más pronto posible se trabe, como sucedió ya con previas investigaciones en su contra, varias de ellas en el mismo juzgado de Bonadío, a las que no casualmente aludió minimizándolas; y necesita que la situación económica se deteriore mucho más, para que la agenda se enfoque en la “espantosa gestión de Macri”, y se vuelva imposible hacer cualquier revisión del pasado.

Dicho de otro modo, necesita que a la Justicia y la economía argentinas les pase lo contrario de lo que quiere la enorme mayoría de los argentinos. Pero lo que una también amplia mayoría sospecha que va a sucederles: las encuestas también son claras a ese respecto, más del 60% de los consultados en sondeos recientes cree que la investigación de los cuadernos va a terminar como muchas otras anteriores, en nada; y un poco más del 50% piensa que la situación económica va a seguir empeorando y el gobierno va a fracasar en contener la crisis.

Así, fogoneando la desconfianza, interpelando con su histrionismo habitual a una sociedad descreída y desanimada, Cristina salió airosa de la prueba a que la sometió el Senado. Y logró que una vez más parte de la bancada “federal” se rebelara contra Pichetto, y votara su versión condicionada de los allanamientos.

¿Seguirá siendo así, podrá sostener su impostura si las cosas no salen como ella cree y quiere? Aún si se la halla culpable, cosa que igual necesitará mucho más tiempo del que falta para las presidenciales del 2019, puede que una buena parte de sus seguidores le sigan siendo fieles. Sobre todo si la situación económica no mejora sustancialmente, ni surge alguien con verdadero arrastre de otro sector del peronismo. Y con eso le alcanzaría para continuar siendo por bastante tiempo una protagonista de primer orden de la política nacional.

Lo que no puede ignorar, y por eso de la causa en sí prácticamente no habló, es que la evidencia reunida en su contra a partir de los benditos cuadernos es mucho más sólida que la que logró reunirse en esas otras investigaciones que desmereció. Eso todos lo saben. Y saben que torna el escenario de aquí a octubre del año próximo aún más impredecible de lo que ya era desde que el dólar se rebeló contra el gradualismo oficial.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 22/8/2018

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Macri ahora necesita rescatar al círculo rojo

El presidente se la pasó dos años despotricando contra el personal estable de la política y los negocios en el país. Pero ahora que las miserias de ese círculo de privilegiados están a la luz él necesita practicar un rescate selectivo de sus tribus, para evitar que la economía se detenga en seco y el sistema institucional vuele por los aires.

Claro que Macri no es el único que está obligado a cambiar su diagnóstico y su menú, en medio del torbellino de la crisis. Los opositores tienen tanta o más necesidad que él, y cuanto más atados están al antiguo régimen, más dificultades enfrentan para encarar la cuestión.

En particular esto es bien visible en el kirchnerismo, que entiende cada vez menos lo que sucede a su alrededor y dispara a tontas y a locas. Como siempre han dicho que este es un gobierno “de los ricos”, no comprende por qué está tolerando y hasta prohijando que la Justicia detenga, procese, indague y en general humille a los más ricos de entre los ricos.

Algunos descubren un arte oscuro, beyond Maquiavelo, en la sutil conspiración macrista: ya estaría todo arreglado, los empresarios confiesan, son disculpados, entierran a Cristina y al final del día se reúne el concilio de los malos, donde gobernantes y dueños del capital celebran juntos. Chin chin.

Otros van incluso más allá y postulan que la conspiración tiene alcance internacional: su alianza con Estados Unidos y el FMI impulsa a Macri a destruir la patria contratista para reemplazarla por firmas norteamericanas. El objetivo sería sí la transparencia, pero de la total sumisión al imperio. Un argumento que ya usó el PT en Brasil para descalificar el Lava Jato. En una ofrenda nacionalista en defensa de la corruptela, Guillermo Moreno acaba de convocar al movimiento para destituir a Macri y reemplazarlo por un gobierno de transición, transición hacia atrás, se entiende, bajo el lema “teníamos Patria”.

Y hasta Horacio González hizo su aporte al respecto hace unos días, dando rienda suelta al delirio. Según él hay un plan de tierra arrasada y regeneración moral nacido del colapso de la política económica oficial: las cosas van tan sin remedio al desastre que no alcanzaría con distraer a la gilada esmerilando o hasta metiendo presa a Cristina; así que, para salvarse, Macri estaría ahora dispuesto a masacrar a sus propios representados. No lo dice pero se intuye la conclusión: el campo “nacional, popular y democrático”, también conocido como la mafia de los bolsos y sus seguidores, debería convocar a “los ricos”, los que cobraban un plus de 40% y dejaban 20 en esos bolsos, para detener al “loco que los inmola”. Así todo vuelve a la sana normalidad nac &pop y el que celebra, chin chin, es “el pueblo”.

Como suele suceder, mientras se derrochan litros de tinta en hacer circular estas y otras teorías por el estilo, el gobierno de Macri demora en marcar un camino. ¿Qué querrá hacer ante el imprevisto descalabro desatado en la elite empresarial a raíz de la causa de los cuadernos, buscará salvar a parte de ella, así como a la porción amigable y menos comprometida del peronismo? Ojalá hubiera algo en las cabecita de la Rosada de todo lo que fantasean los devotos de las teorías conspirativas, sino un plan al menos un esbozo de, alguna iniciativa, algo.

Pero no. Por ahora no se practica mas que el habitual “esperar y ver”, la frases de circunstancia del estilo “celebramos que la Justicia trabaje con independencia, no tenemos nada que ver ni con ella ni con los acusados”. Y mientras tanto el tiempo se consume, el ritmo de las novedades en la causa se acelera, y los efectos económicos no queridos de la lucha contra la corrupción también. La parte del delirio de González que conecta con la realidad es precisamente que esos efectos son muy perjudiciales para el propio gobierno: la obra pública corre el riesgo de congelarse, cae la inversión aún más de lo que ya venía cayendo, por lo que es de esperar que crezca el desempleo. Nadie espera ya que los PPP logren despegar a tiempo para compensar el ajuste en el gato público.

Pareciera que la mejor noticia imaginable para los promotores del cambio institucional llegó en el peor momento de sus vidas para los impulsores de la reforma económica.

El señor Centeno, ¿no podría haber entregado sus cuadernos un año antes? Pregunta que desnuda lo ridículo de las teorías conspirativas en circulación: si alguien del gobierno hubiera podido manipular este escándalo, obviamente que el momento indicado para soltar la bomba no era este, sino antes de las legislativas del año pasado, tal vez a continuación de ellas, jamás cuando la economía entraba en recesión.

Pero volviendo a los problemas de Macri para fijar una posición y un rumbo una vez que la bomba estalló y se rompió el pacto de silencio entre los empresarios y kirchnerismo (¿o el peronismo?): ¿qué puede hacer, cuáles son sus opciones?

En verdad, no tiene muchas. Seguir ignorando el asunto, o lo que es lo mismo, surfeando la ola con el discurso de que su gobierno celebra que la Justicia avance, porque a la larga le va a hacer muy bien al país, no alcanza. Tampoco alcanza con ofrecer recompensas por datos sobre los fondos sustraídos: se estará pensando en alguien que ayudó a construir bóvedas, cavar pozos a lo Breaking Bad, o cosas por el estilo, pero lo más probable es que el dinero esté invertido aquí o afuera y su detección dependa de un rastreo financiero, más que del dato que pueda brindar el conductor de una retroexcavadora.

El Ejecutivo estaría por respaldar a las constructoras menos comprometidas para que logren el financiamiento externo que necesitan para los PPP, y con ese objetivo habría enviado una misión encabezada por Quintana a EEUU y anunciaría la creación de un fideicomiso. Pero si no se logra convencer a los inversores de que compren bonos argentinos, pese a las altas tasas y el respaldo enfático del FMI, ¿puede esperarse un mejor resultado de esas gestiones?

Tal vez las mejores soluciones para el corto plazo sean las que atiendan también en alguna medida al largo. Para empezar, quebrando definitivamente la colusión y los pactos de silencio entre Estado y empresarios, que ya antes de los Kirchner nos empobrecían, y estos llevaron a su más perversa y destructiva versión.

Echar luz en las relaciones entre funcionarios y mundo de los negocios con reglas exigentes y efectivas sobre licitaciones, contabilidad y gobierno corporativo, fortalecer a las entidades empresarias y obligarlas a que ellas mismas apliquen códigos de ética y reglas de buenas prácticas pueden ser vías para avanzar en este camino. Los gobiernos hasta aquí más bien han actuado en dirección contraria, debilitando las organizaciones empresarias para dividir y reinar. La única excepción fue, en tiempos de los Kirchner, el club de la obra pública en que se convirtió la Cámara de la Construcción, y así terminó.

Si los empresarios se siguen hundiendo en la estima social ¿quién va a creer que hay una salida capitalista para los dramas nacionales? Y el mismo problema se enfrenta en el terreno político: si toda la política se desprestigia con la revelación del saqueo montado por los Kirchner, ¿qué posibilidades tiene el gobierno de recuperar algo de la confianza perdida en la opinión pública? Si el peronismo en su conjunto teme quedar salpicado por el destape de la corrupción, ¿qué incentivos tendrá para colaborar con el oficialismo, sea en este terreno, vía la ley de extinción de dominio o los allanamientos a Cristina, o en el económico, con la aprobación del presupuesto y la distribución de la carga del ajuste fiscal?

Es imposible ofrecerles a esos sectores peronistas un fideicomiso equivalente al que se está diseñando para las empresas. Pero puede que un manual de buenas prácticas sea útil y viable también en este campo. Algún tipo de acuerdo sobre reglas de juego de aquí hacía adelante. Aunque finalmente va a depender de los propios peronistas decidir si quieren colaborar al saneamiento, o seguir abonando la desconfianza de la sociedad y apostar al eventual estallido salvador.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/8/2018

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Cristina, coqueta y despectiva hasta el final

La ex presidente se vio forzada a responder, finalmente, las acusaciones en su contra. Abierta la tercera y decisiva etapa de la causa de los cuadernos, consistente en el arrepentimiento y la confesión de ex funcionarios, las balas ya no le pegan cerca sino que le dan de lleno, y la identifican como cabeza de la asociación ilícita que el kirchnerismo creó para saquear el Estado. Así que algo tenía que decir.

Pero pretendió hacerlo “con altura”, porque no va a renunciar al papel estelar que hasta aquí más la fortuna que el mérito le otorgó en la política nacional. Todo lo contrario: hará hasta lo imposible por estirar el guión de esa obra que coloca a todo el resto del mundo muy por debajo suyo.

Es que sabe que ya no va a poder convencer a muchos argentinos, ni siquiera a muchos de sus potenciales votantes, con el argumento de que la corrupción de las administraciones que llevaron su nombre es un invento de “los intereses concentrados y la prensa hegemónica” (¡¡qué ridículo suena ya ese lenguaje, visto el contubernio que el kirchnerismo promovió con los intereses más “concentrados” del país!!). Ni siquiera le va a alcanzar la más módica e infiel excusa de que no estaba enterada de lo que pasaba, porque el que se ocupaba de esos asuntos y estaba obsesionado con “la platita” era Néstor. Por eso mismo necesita más que nunca actuar como si todo este asunto le resbalara, como si la conexión con “su pueblo” dependiera de un lazo afectivo y espiritual trascendente al pedestre trasiego de billetes.

Como Blanche, la protagonista de Un tranvía llamado deseo, tiene mucho que ocultar así que se desespera por seducir. Para que no la veamos como la pintan quienes toman distancia, o definitivamente no la quieren nada, sino como ella supo lucir en sus tiempos de gloria. ¿Quién puede considerar a “su altura” a un remisero seguramente conmocionado por verla en pijama? ¿quién al funcionario de cuarta que se atrevió a meterse a husmear en su dormitorio?

El resto de su respuesta consistió en una serie de vaguedades y formalidades sobre el trámite de renegociación de la concesión de la hidrovía. Que ignoró alevosamente los puntos oscuros del asunto, ya señalados hace años por la Auditoría General de la Nación, y ahora confirmados por el empresario beneficiado con millonarios subsidios y nulos controles. Todo para confundir, enredar, y terminar bregando por lo que a esta altura es ya la última esperanza de esta gente, que la economía se vaya al demonio así se sepulta la investigación de sus crímenes:

“El evidente manejo extorsivo de la figura del “arrepentido” llevado a cabo por Bonadío y Stornelli, es sencillamente escandaloso, pero cuenta con el beneplácito de las más altas esferas del Poder Judicial, de los medios hegemónicos de comunicación y de este gobierno que ha provocado que nuestro país se esté cayendo a pedazos en medio de una verdadera catástrofe económica y social. Lo saben todos y todas”.

“Agoreros” era el calificativo que ella y su marido dedicaban a todos los que durante el periplo kirchnerista en el poder advertían sobre problemas que se escondían bajo la alfombra o pateaban para adelante. Ahora se queda corto para caracterizar el catastrofismo con que los k describen la situación y el futuro que nos espera y tratan de sacar provecho de las dificultades reinantes. En cuya gestación tienen una gran cuota de responsabilidad, encima.

Pero mas allá de los argumentos que pueda dar, de las excusas que encuentre en errores reales o aparentes de Macri, e incluso de la maestría con que busque sostener el efecto seductor que supo ejercer sobre la audiencia, lo cierto es que Cristina está en problemas, ellos se agravan cada día que pasa, y no hay protección política que vaya a salvarla.

Las novedades que arroja la causa no dejan de multiplicarse, de acelerarse y enfocarse en ella y su marido. En el espacio de unos pocos días se ha avanzado más que en los tres años previos en revelar los detalles y las responsabilidades en el sistema de coimas. Falta la prueba definitiva, dar aunque sea con una poción de los fondos sustraídos. Y puede que el financista de Néstor, Ernesto Clarens, abra esa puerta. Pero aún si no lo hiciera, no tardarán en encontrarse otras vías.

De allí la desesperación de buena parte del peronismo por obstruir los allanamientos, o al menos demorarlos. Salvo los muy fanáticos, ellos ya no creen ni se dejan seducir por la Blanche argentina. Están, en ese sentido, a un mundo de distancia de la relación que los dirigentes del PT mantiene con Lula. Sólo tienen miedo de lo que les espera si la dejan caer. Por sus perspectivas políticas y electorales, que empeorarían para la gran mayoría en lo inmediato. Y por el riesgo de que ya nada detenga las complicidades hacía abajo y en el territorio con el sistema de sobornos. Una cosa era que se investigara Hotesur, y otra muy distinta que todo el aparato partidario vuele por los aires si se prueba que sólo unos pocos de sus integrantes se abstuvieron de participar del festival de afano, extremadamente centralizado pero también extendido y distributivo, creado por el matrimonio Kirchner.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/8/2018

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Néstor Kirchner va perdiendo el bronce

Una ola de repudio a la figura y de rediscusión de la memoria del fundador del kirchnerismo se extiende por el país y fuera de él. Los kirchneistas la sufren, la rechazan. Pero si fueran de verdad fieles a la tradición revisionista deberían no solo entenderla sino darle la bienvenida: finalmente, revisar y repensar los hechos históricos es el corazón de esa tradición que dicen abrazar, y que se ha pervertido cada vez que dejó de revisar y se dedicó a consagrar nuevas ortodoxias.
La ola comenzó, curiosamente, fuera del país, en Ecuador: su parlamento, apenas estalló el escándalo de los cuadernos de las coimas, decidió por amplia mayoría sacar la estatua del ex presidente argentino de la entrada del edificio de la UNASUR que se levanta en su capital. Fue para ellos la gota que derramó el vaso y también una buena excusa para resolver una querella doméstica: hace tiempo que vienen tratando de alejarse del populismo radicalizado, neutralizando la influencia remanente de esa corriente política en su país, y hacerlo a través de la demolición de la memoria de Kirchner resultó seguramente muy tentador y económico. Finalmente, la única figura histórica argentina casi universalmente presente en las capitales latinoamericanas es San Martín. ¿A quién se le ocurrió la locura de poner a Kirchner a ese nivel?
En las últimas semanas la ola se extendió en varias provincias, y también en Buenos Aires. Los concejales de San Rafael, en Mendoza, votaron sacarle el nombre de Kirchner a su terminal de ómnibus. ¿Una disputa de pueblo chico, sin trascendencia? Lo más interesante del caso fueron los argumentos que usaron, de corte historiográfico y apuntados al corazón del problema de la memoria y su relación con la lucha política: criticaron el apuro con que se había honrado a un político cuyo desempeño en el poder aún era poco evaluado, en muchos aspectos incluso desconocido. Ese apuro fue lo que condenó al kirchnerismo. Porque reveló el carácter efímero que los propios kirchneristas reconocían tenía hasta entonces su paso por el poder. Sólo que en vez de acomodarse a él se desesperaban por burlarlo. Mala idea.
Algo similar está planteándose ahora en la rediscusión del caso del Centro Cultural Kirchner, también apresuradamente planteado por algunos antikirchneristas fanáticos a fines de 2015, pero que ahora es posible resolver con más calma y mejores criterios. Porque de lo que se trata no es de hacer lo mismo que el kirchnerismo pero al revés, sino de hacer mejor las cosas.
No se trata de combatir una, muchas o pocas memorias, sino de encontrar la forma de compartir alguna. Y eso requiere de instrumentos distintos a los que estamos habituados a usar, como ser la exaltación y la defenestración.
Claro que, en cualquier caso, háganse las cosas bien o mal, los kirchneristas van a sentirse defenestrados. Pero eso por su propio error, porque se expusieron a una caída desde muy alto. Y como se sabe, el dolor de ya no ser es más profundo que el de no haber sido nunca.
Se entiende entonces que la devaluación de la memoria histórica de Kirchner, que ingresó en una fase aguda con el escándalo de los cuadernos, esté afectando en su amor propio y su sentido de la realidad a sus herederos y los sacerdotes del culto. Y que luchen denodadamente contra esa realidad, pese a que los instrumentos con que cuentan para moldear una paralela y desconectada de la enorme masa de evidencias sobre el saqueo, sean cada vez más precarios.
Esperan de todos modos que la falta de pruebas físicas más contundentes, que no aparezcan nunca las bóvedas repletas ni los depósitos u otros bienes millonarios en el exterior, los pueda salvar de la ignominia e indignidad más completas. O los salve de una condena social lapidaria un mayor deterioro económico en el país, por el que bregan con más desesperación que nunca. O que la fe inquebrantable de ese núcleo duro de gente que pase lo que pase va a seguir creyendo que lo mejor que les pasó en la vida fue Néstor y Cristina siga aguantando en la tormenta.
Y puede que al menos alguna de esas esperanzas no se frustre. Pero igual ya no les va a alcanzar para sostener las altísimas expectativas de perduración y legitimidad que ellos mismos se habían impuesto. La posibilidad de entrar a la historia por la puerta grande, de ocupar un lugar descollante en la memoria colectiva superando a Alfonsín, y al propio Perón, se frustró defintiivamente.
Pero bueno, lo hubieran pensado mejor antes de meterse atropellada y aceleradamente a convertir a su líder y fundador en prócer de la patria.
Una operación que se montó el mismo día de su muerte y no descansó ni se detuvo ante nada desde entonces. En la que se invirtieron enorme cantidad de recursos del Estado. Participaron miles de representantes políticos y funcionarios. Y muchos miles más de militantes que usaron todos los instrumentos a su alcance, un aula, un medio de comunicación, cualquier política pública, para cultivar el culto al héroe. ¿Y todo para qué? ¿Para volverlo “indiscutible”?
Si hubieran sido más modestos, y aceptado que como cualquier otro presidente hizo cosas buenas y cosas malas, tal vez la caída no hubiera sido tan dolorosa y no hubiera tenido los efectos alienantes que está teniendo en su propio ánimo. Pero pedirle al kirchenrismo que evitara los riesgos de la desmesura es, ya se sabe, como pedirle peras al olmo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/8/18

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Uberti, como Abal Medina, apela a la obediencia debida

Primero fueron los cuadernos. A ellos les siguieron las confesiones de empresarios arrepentidos, el primer quiebre del pacto de silencio. Quiebre y confesiones a medias, en verdad, porque apelaron al argumento de la presión extorsiva y el financiamiento de campañas. Pero alcanzó para que se rompiera un silencio fundamental, el de Carlos Wagner: cuando el ex jefe de la Cámara de la Construcción habló el carácter sistémico de corrupción montado alrededor de la obra pública quedó a la luz, y con ella se fue al caño la mitad de la excusa empresaria y la posibilidad de los ex funcionarios de guardar silencio.
De allí que haya comenzado en los últimos días una tercera y fundamental etapa de la causa, en que se empieza a romper un dique hasta ahora incólume, el de la estructura política que creó el kirchnerismo para saquear al Estado.
Las primeras grietas las abrieron Juan Abal Medina y Claudio Uberti, dos ex kirchneristas que, por serlo, no tienen la lealtad de un De Vido o de un Baratta. Pero fueron engranajes necesarios del sistema en algún momento: Abal Medina entre 2011 y 2013, Uberti hasta 2007.
Aunque las suyas también son confesiones a medias: para no autoincriminarse han dicho que ellos obedecían órdenes y no preguntaban más que lo imprescindible. Así que no pueden decir mucho sobre el dinero que pasaba por sus manos, ni de dónde venía ni dónde iba a parar. Estaban, como dijo Arendt que decía Eichmann en Jerusalem, al ser juzgado por sus crímenes: haciendo el trabajo que se les encomendó, como empleados obedientes que eran.
Abal Medina llegó al extremo de aclarar que no era su obligación preguntar si se trataba de dinero negro. Según él era sí una obligación suya, como Jefe de gabinete, mover bolsos con fajos de billetes en la Casa Rosada. Ese vendría a ser, según él, parte del rol constitucional asignado al cargo, junto a hacer informes en el Congreso, coordinar ministerios y alguna otra cosa más. Pero no andar metiendo las narices en detalles. ¿Porque hacerlo hubiera sido de chismoso, de alcahuete o de imprudente, porque temía involucrarse más de lo que lo obligaban? Imaginemos un posible diálogo: X: “Che Abal, llegan unos bolsos, ocúpate” A: “¿A quién se los llevo?” X: “a Y”. Si en esa estructura de mando tan peculiar X e Y sabían más que Abal Medina, entonces eran sus jefes, los jefes de la banda, se entiende. Y ellos sí serían culpables de algo serio. El asunto es de todos modos complicado para el obediente empleado, porque no pudo negar que sabía que lo que movía eran fajos de billetes, tampoco desconoció que se entregaban con regularidad, y para demostrar que su creencia de que se trataba de aportes voluntarios para las campañas es verosímil va a tener que mencionar a X e Y, esperar que ellos confirmen su versión, y además que el juez y los fiscales les crean o no encuentren pruebas que los desmientan. Demasiados imponderables.
Tal vez por eso es que cuando a Uberti le tocó hablar, forzado por más testimonios de choferes que lo identificaron como el portabagagli del tráfico de billetes desde Venezuela, fue bastante más allá y confesó que además de los negocios con Venezuela, en su condición de administrador de las concesiones de corredores viales se ocupaba de recaudar coimas para De Vido, de las que estaban bien al tanto Néstor y Cristina. También dice haber sido un empleado, pero la verdad que uno bastante más atento o curioso que Abal Medina.
El problema de Uberti es que le va a resultar bastante difícil negar que el pago por sus servicios era bastante más que su sueldo oficial: tiene propiedades que no es fácil justificar. Puede que por eso esté tan colaborativo. O puede que sea porque resiente el haber sido marginado de la banda cuando estalló el caso Antonini Wilson, y el haberse perdido muchos beneficios en los mejores años.
En cualquier caso, igual que a los empresarios con su fábula de la extorsión, los aprietes y los supuestos aportes de campaña, a los ex funcionarios les va a pasar que una vez que empiezan a descorrer el velo, las excusas y disculpas les resultarán más y más insuficientes. Puede que la Justicia, para avanzar, necesite concederles algún grado de disculpa, pero no será porque se crea su apelación a la obediencia debida.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/8/2018

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Falta que se arrepienta Cristina

Aún el híper centralizado modelo que usaron los Kirchner en su paso por el poder, tanto para gobernar como para llenarse los bolsillos, necesitó la silenciosa colaboración de muchos, la decisión de su parte de avalar dicho sistema y perseverar en la disciplina que él requería, aún en los momentos de crisis.

Sucede ahora, cuando por primera vez algunos de esos muchos engranajes del sistema empiezan a romper el pacto de silencio que los mantuvo alineados, que resulta relativamente fácil llegar al corazón del mecanismo: no mienten del todo cuando apelan a la “obediencia debida”, explican al juez y los fiscales que ellos no tomaban decisiones, ni conocían toda la trama, ni el destino final del dinero negro, porque estaban encargados solo de un paso del extenso y aceitado sistema de tráfico y uso del mismo.

Lo que era una gran ventaja para el matrimonio Kirchner en ese entonces, ahora se está volviendo en su contra: les permitía reducir al mínimo el peligro de que los intermediarios hicieran sus propios negocios, o “desviaran” fondos (que le roben a los ladrones puede que sea perdonable, pero a estos les suele resultar muy molesto, ¿no será que Centeno escribía todo en sus cuadernos porque eso debían hacer los choferes, dentro del sistema de control diseñado por Kirchner?), también reducía el riesgo de filtraciones y tornaba muy predecible y poco conflictivo el sistema mismo para todos los involucrados; pero desde que el poder les es esquivo que corren con desventaja, ha habido infinidad de pruebas de que el fruto del saqueo fluía hacía el vértice, faltaba sólo un empujón final para que los engranajes subalternos finalmente se resignaran a confesar lo que todo el mundo ya sabía, que en este chiquero no se tocaba un peso sin la intervención y autorización de los patrones.

La comparación con Menem es aleccionadora a este respecto. Es cierto que el riojano lidió con muchos más problemas durante sus 10 años en la presidencia por filtraciones a la prensa nacidas de disputas entre facciones de su gestión, o de choques de intereses y negocios en pugna entre sus funcionarios. Pero ese estilo más a la Alí Babá le permitió después dormir más tranquilo: una vez lejos del poder la lógica se invirtió, fue mucho más difícil lograr que se encadenaran investigaciones de corrupción hacia el vértice, y también que los socios y beneficiarios de esa suerte de cooperativa del afano que fue el menemismo tuvieran fácil apelar a la obediencia debida. Y eso que él llegó al extremo de volar por el aire todo un pueblo para ocultar los rastros dejados por uno de sus más espectaculares curros, matando unas cuantas personas, y también suicidó a dos o tres más cuando las filtraciones se volvieron incontrolables.

La diferencia, claro, no reside sólo en el método, sino que también involucra el sistema social y económico que cada uno promovió. Menem creía que para su plan de reconversión de los peronistas al capitalismo que cada líder del partido actuara como un empresario, en todo sentido, resultaba un paso necesario, una pieza de su esfuerzo por reconciliar e integrar a las elites nacionales durante décadas enemistadas.

En cambio en el caso de los Kirchner la lógica subyacente fue la del sultanato, un sistema extractivo en el que, en última instancia, hay un solo dueño, los demás son empleados o en el mejor de los casos concesionarios.

Por eso los análisis que hacen cuentas y comparan odiosamente el monto de recursos “desviado” por la corrupción en los años del kirchnerismo con lo que se robó en tiempos de Menem, o lo que los empresarios evadieron al fisco, o los costos de haber implementado malas políticas, se olvidan de lo esencial. El saqueo no fue un complemento, fue parte esencial del modelo social, económico y político instrumentado en ambos períodos. Pero el modelo no fue para nada el mismo, y por eso el sentido práctico y programático de la corrupción tampoco lo fue.

Entonces, la pregunta, ¿se puede arrepentir de algo Cristina Kirchner? Tal vez se esté arrepintiendo de confiar en Abal Medina. De haber dejado muchos cabos sueltos en el “club de la construcción”. O de haber participado personalmente de las reuniones en que se recibían y pesaban bolsos. Pero si lo hiciera sería un poco ingrata con quien montó el espectáculo. Que, la verdad, funcionó extraordinariamente bien durante un tiempo extraordinariamente largo. Y ya muy tarde, casi tres años después de haber dejado el poder, está haciendo finalmente agua. Para los estándares a los que nos tienen acostumbrados, un récord de estabilidad institucional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/8/2018

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¿Ganaron los malos, “la muerte”?, ¿o “no importaba el resultado”?

Me hubiera gustado otro final. Y no comparto por tanto para nada la idea del presidente de que “no importaba el resultado” porque en cualquier caso “ganará la democracia”.

Esa frase me sonó a una sobreactuación de su proclamada neutralidad, al punto de convertirla en indiferencia y desconexión con los ciudadanos, sus representados: equivalió a decirle a los millones que se manifestaron a favor o en contra del proyecto de legalización del aborto que habían estado peleando por algo sin importancia.

Buscando no ofender a nadie, Macri terminó ofendiendo un poco a todos. Mala idea. Alguien parece estar metiendo la pata en forma en el sofisticado dispositivo comunicacional del oficialismo.

Encima, hubiera sido bastante simple evitarlo. Porque la intención detrás de la pifia presidencial, si bien no es lo que cuenta, está clara y es muy razonable: evitar que su gobierno quede atrapado por la nueva grieta que se ha abierto y amenaza dividir a la sociedad en dos. Podía decir que “más allá del resultado, etc, etc”. O algo del estilo “salga como salga la votación debe servir para que aprendamos a comprendernos y convivir en mejores términos…”.

Se sumó además que unos cuantos de su propia administración le complicaron las cosas, porque incumplieron su obligación de moderarse y poner por delante su rol institucional como representantes, en vez de la promoción de sus gustos y opiniones. Quien descolló en ese papel fue sin duda Gabriela Michetti, que tuvo una noche entre brutal y desopilante. Además de insultar al senador Luis Naidenoff, coordinador del interbloque oficialista, una figura muy respetada y medida, y festejó con un “vamos todavía” como si estuviera en la cancha. Todo lo contrario de lo que su gobierno necesitaba de ella.

Porque los ánimos estaban ya suficientemente caldeados. En parte porque las intervenciones de los senadores fueron, en general, además de bastante más pobres que las de Diputados, más centradas en ganar protagonismo, exponer las propias creencias y sacar ventaja política. Otra que se lució fue García Larraburu, que expuso sin matices lo que el kirchnerismo espera extraer como beneficio colateral del fracaso del proyecto: que quede en evidencia la incapacidad de Macri de impulsar cambios modernizadores en el país. Su intervención fue todo un homenaje a la mezquindad.

Y a eso sumemos las interpretaciones entre decepcionadas y enojadas que comenzaron a instalarse ya antes de la votación en el campo de los verdes. En vez de aprender de lo sucedido, revisar estrategias escogidas y posibles errores, para mejorar las chances de avanzar en la próxima oportunidad, que se va a presentar y bastante pronto, muchos se dedicaron a despotricar contra los “antiderechos”, los “promotores de la muerte de más mujeres”, etc. Con la lógica de la retagliación: me dicen que son “la vida”, les contesto que son “la muerte”. Fin de la discusión.

En los mejores momentos del debate público que atravesamos desde que se habilitó el tratamiento del tema en el Congreso se logró evitar ese karma tan nuestro de la descalificación. La frustración de los promotores del cambio será doble si en vez de mejorar sus argumentos de aquí en más, los cristalizan recurriendo a la estética de los justos: tan convencidos están algunos de que tienen razón, que representan el progreso y los derechos y que todos seríamos felices si pensáramos como ellos, que se olvidan que el mundo está lleno de gente que piensa cosas completamente distintas pero coincide en creer que tiene de su lado la verdad.

Convencer a los demás y ponerse más o menos de acuerdo es complicado. Argentina es un país especialmente complicado para lograrlo. Y se sabía desde un comienzo que el Senado iba a ser el trámite más complicado de esta discusión. Finalmente, tan mal no resultó.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/8/2018

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Boudou preso y Calcaterra arrepentido importan más que sus excusas

Es razonable ser prudente en los pronósticos sobre cómo va a seguir la causa de los cuadernos de Centeno. Ya nos desilusionamos varias veces con investigaciones que parecían prometedoras, dieron incluso lugar en algún momento a detenciones e imputaciones espectaculares, pero con el tiempo se desinflaron y quedaron en nada.

Argentina no tiene una fuerza de investigaciones de la calidad de la policía de Brasil, ni un juez Moro que desde fuera de la red de connivencia entre juzgados, gobiernos y empresas vaya a destapar las ollas de podredumbre sin titubear, ni tampoco una ley del arrepentido suficientemente eficaz. Así que a moderar el optimismo.

Pero otra cosa es volverse ultra escéptico. La condena de Boudou es una bocanada de aire fresco, doblemente importante en el ambiente enrarecido por la desconfianza en que nos movemos, que merece celebrarse.

Es cierto que al ex vicepresidente hace tiempo que le habían soltado la mano desde el peronismo, e incluso desde el kirchnerismo. ¿Hace cuántos años que Cristina ni lo saluda, ni se acuerda de él? Los K hicieron con Amado lo que los menemistas con María Julia: lo entregaron a los leones, a ver si calmaban así su apetito y ellos dejaban de molestar a la gente realmente importante.

Pero el clima de hoy es muy distinto al del ocaso de Menem: ni gobiernan los mismos que habían estado metiendo la mano en la lata en la década anterior, ni rige ya una disciplina estricta en Comodoro Py acorde al sistema de protecciones mutuas.

La otra extraordinaria novedad que no conviene minimizar es lo que se ha conseguido, en poco tiempo, en materia de confesiones empresarias en el caso de los Cuadernos: ninguno de ellos se hubiera acogido a la figura del imputado colaborador de no ser porque se tomaron en serio las acusaciones en su contra. Así, por primera vez, empresarios poderosos, ligados al Estado por vínculos espurios durante años, están hablando de pagos ilegales ante la Justicia.

Ha sido flor de golpe, para empezar, para ese sector privilegiado de la sociedad. Y esperemos que también un ejemplo, y una oportunidad para que en él avance la disposición a cambiar de conductas.

Ser empresario, para que la economía argentina tenga algún futuro, debe dejar de asociarse, como sucede hoy para buena parte de la sociedad, y para la propia opinión empresaria, antes con el curro que con el esfuerzo, la competencia y la innovación. Las cosas están tan mal en este sentido que hoy el sector, según la encuestadora Taquión, es considerado corrupto por el 79,8 % de la opinión, un poco peor que la situación de jueces y sindicalistas.

Muy oportunamente el Foro de la Convergencia hizo su esfuerzo para apuntar en esa dirección. Igual que Macri, el Foro se puso del lado de los que quieren que las cosas cambien, que el capitalismo argentino sea más competitivo y tenga una relación más sana con la democracia. Aunque avanzar por ese camino signifique que algunos colegas la pasen mal. Dado que la primera empresa privada del país, Techint, tiene un ex directivo detenido, estamos hablando de algo más que daños colaterales: lo del Foro sonó a una invitación a asumir las responsabilidades que a cada uno le toquen.

Angelo Calcaterra pareció decidirse a ir por ese camino cuando disculpó a los directivos de su empresa y confesó: “yo ordené entregar el dinero”. Nada de empleados descarriados, con los que intentaron disculparse los jefes kirchneristas, y sus seguidores detrás, cuando se descubrieron los bolsos de López.

Aunque también es cierto que lo de Calcaterra vino condimentado de varias excusas, explicaciones de lo sucedido con las que espera que su caso sea tipificado como una falta menor. Y ese intento, de prosperar, también podría disculpar en alguna medida a los funcionarios involucrados.

Si fuera cierto que el dueño de IECSA pagó por presiones, lo extorsionaron y sus únicas faltas habrían sido “corrupción pasiva” y que no habló antes de lo sucedido.

Por otro lado, si fuera cierto que el dinero que entregó se destinó a campañas políticas, su delito sería sólo financiamiento ilegal, como mucho dádivas. Nada demasiado grave: prescriben rápido y no suponen penas de cumplimiento efectivo, tal vez con una multa zafa.

Y tampoco nada demasiado grave para los Baratta, Lazarte y De Vido: ellos recaudaban para pagar carteles y colectivos, como mucho habrían cometido desprolijidades al recaudar entre las empresas contratistas, pero podrían alegar que no fueron mucho más graves que las que se atribuyen a Vidal en la última elección.

El problema para todos ellos es que, una vez que confiesan las entregas de dinero, por las características que ellas tuvieron y están documentadas en los cuadernos que quedan así validados, todas esas excusas se desmoronan.

Los pagos se hicieron tanto dentro como fuera de períodos electorales, en forma regular. Si el juzgado logra probar que coincidían con adelantos de obra realizados desde el Tesoro, y encuentra además conexión entre esos pagos y sobreprecios en los presupuestos convenidos, entonces la fábula del empresario extorsionado se desarma en un santiamén.

¿Hay alguna chance de que Bonadío, Stornelli y Rívolo, el segundo fiscal de la causa, no sigan ese camino? Sería muy difícil entender que hayan llegado hasta aquí para virar en redondo y desarmar su propio argumento: recordemos que lo que investigan es, ni más ni menos, una asociación ilícita. Pero además sería seguramente inefectivo que lo intentaran: serviría solo para que se incineraran, porque en la Cámara, que va a revisar y controlar sus pasos, no hay mayoría posible para una vía de escape como esa.

Hay quienes dicen que haber soltado a Calcaterra tan rápido fue un error, o peor, fue un anticipo de que se va a abrir esa vía de escape, al menos para los que pagaron las coimas. Pero es más razonable pensar que se trata de un modo de estimular al resto de esos implicados a seguir el ejemplo de los arrepentidos. Si después de hablar estos hubieran seguido presos, ¿por qué los que todavía no han confesado iban a sentirse estimulados a imitarlos? La gran ventaja de tener a esta gente a tiro de una preventiva es que saben que el costo personal y también para sus empresas puede elevarse de un momento a otro si incumplen sus compromisos. Que así como entraron salgan de prisión en este caso no es señal de que el proceso no avanza, si no de que les toca el papel de ratones en un juego que por ahora controlan los gatos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/8/18

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