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Radrizzani pidió perdón por la misa con Moyano. A medias.

Debe haber medido la repercusión en la sociedad. Y recibido más de una reprimenda de sus pares menos politizados. Porque no es común que la Iglesia se disculpe del modo en que acaba de hacerlo el obispo de Mercedes, Agustín Radrizzani.

En una carta pública bastante extensa el obispo que ofició la misa en Luján la semana pasada explica lo que entendió que estaba haciendo al aceptar la propuesta que le hiciera Julián Domínguez en representación de gremios y organizaciones sociales, y que terminó con la foto de los Moyano en primera fila y saludándolo amablemente, como culo y calzón para cerrar el evento. Una misa no se le niega a nadie. Y una foto amistosa tampoco.

Al principio el tono de la carta es ambiguo, y hasta podría llevar a pensar, si no se la lee con la mejor disposición, que pretende achacar el vendaval de críticas que recibió a la hipersensibilidad de algunos corazones no muy inclinados al diálogo ni a la comunión cristiana, y a la maldita grieta que nos crispa el ánimo un poco a todos.

Dice por ejemplo: “sé que algunos han sufrido por la misa del 20 octubre, les pido perdón, así como otros se han alegrado. Los invito a todos a caminar juntos para superar la dolorosa brecha que vivimos en nuestra sociedad”. Los que “se sienten desorientados o angustiados” por la misa, en suma, deberían pensarlo mejor y no hacerse tanto problema, en vez de estar buscando el pelo en la leche, podrían abandonar sus recelos y colaborar con la reconciliación de los argentinos.

Luego la misiva se pone más interesante porque entra en detalles y se despega de cualquier interpretación partidista, y en particular “moyanista”, del episodio. Niega haber estado “en contacto con ningún gremialista para preparar la misa” y aclara que nunca tuvo “el deseo de apoyar ni un partido, ni una ideología, ni una persona. Por tanto, no existió intencionalidad política alguna en la celebración… les aseguro que no he recibido ningún beneficio económico para nuestra querida Iglesia arquidiocesana ni tampoco para mi persona.. mi intención…. fue la de propiciar un clima de diálogo para superar las dificultades que sufren muchos argentinos… escuchar al otro y manifestarle mis puntos de vista… Esto construye puentes que forjan entre nosotros una convivencia fraterna que es el encuentro entre hermanos, tan recomendado por el papa Francisco y tan necesario en este momento histórico que nos toca vivir”. Para cerrar con la afirmación tal vez más importante de toda la declaración: “como Iglesia, nos oponemos a toda forma de corrupción”.

Si Radrizzani entendió necesario aclarar que la Iglesia y la corrupción no se llevan es porque efectivamente hubo muchas interpretaciones sobre las “intenciones políticas de la celebración” y la mayoría apuntaban en esa dirección. Tanto las que hicieron los Moyano, como las que plantearon sus críticos.

Obviamente el obispo la sabe, lo saben sus pares y de ahí la necesidad de la carta y de esa frase en particular: era hora de aclarar que con ese flagelo que ahonda la grieta, nos empobrece y dificulta enormemente la sana convivencia, la jerarquía católica no quiere tener nada que ver. Ya tiene suficientes problemas institucionales, de credibilidad, y desafíos de reforma y saneamiento por delante como para que sume uno más y para nada.

¿Se calmarán las aguas en la relación entre la jerarquía y el oficialismo? Es posible. También Macri hizo un gesto, al llevar donaciones a una parroquia de Morón donde funciona un comedor de Cáritas apenas horas después de la celebración del escándalo. Lo hizo porque entiende mejor que la curia que, la verdad, ninguna de las partes tiene mucho por ganar en esta pelea. Que así como quedó planteada tras la misa, parecía contrabandeada por algún trasnochado que atravesó en el túnel del tiempo los últimos cincuenta años de historia y política nacional y meaba fuera del tarro sin disimulo.

Más todavía cuando las chances de que el peronismo en alguna de sus versiones vuelva pronto al poder son escasas. Mezclar la corrupción de líderes sindicales y peronistas con las críticas por la situación social, el ajuste fiscal y hasta el FMI, y más todavía con la disputa sobre el aborto, la educación sexual, la anticoncepción, las cuestiones de género y demás no es para nada una buena idea. Ni para la Iglesia ni para el macrismo. Que van a tener que convivir y seguir tironeando por algunos de estos asuntos por bastante tiempo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/11/2018

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¿Crecerá en Argentina la derecha dura?

Lo sucedido en Brasil con Bolsonaro, algunas manifestaciones públicas promovidas por la Iglesia, como la del pasado fin de semana en contra de la Educación Sexual Integral, y los altos índices de frustración que muestran las encuestas de opinión con el sistema político y con los líderes hasta aquí vigentes, por su incapacidad para satisfacer las expectativas depositadas en ellos, las económicas en primer lugar pero no sólo ellas, ha llevado a muchos a preguntarse si no estará incubándose también aquí una respuesta virulenta en la sociedad, que liquide la moderación política. Si no puede surgir una derecha dura, que con la bandera de “orden y progreso” intente en serio lo que sin mucho fundamento la izquierda achaca a Macri estar intentando.

Es cierto que demandas de mano dura en materia de seguridad existen desde hace mucho. Pero nada parecido a las que se han vuelto mayoritarias en Brasil. Allá una policía que fusiló por la espalda a un carterista en la puerta de una escuela de Río de Janeiro se convirtió en diputada con un apabullante respaldo electoral; acá Chocobar, que hizo bastante menos que eso, está por ir a juicio y a nadie se le ocurrió, todavía, convocar a una marcha en su apoyo.

El senador Pichetto y algunos otros opositores han buscado capitalizar el descontento que existe por la inseguridad y la violencia adelantándose al gobierno en reclamar la expulsión de extranjeros que delinquen, proponer más controles a la inmigración como vía para combatir las mafias de la droga y, más recientemente, reconstruir nuestras fuerzas armadas. Pero nada de esto por ahora ha generado mayor adhesión en los votantes. El principal desafío electoral que enfrenta el peronismo en que se inscribe Pichetto es seducir a seguidores de Cristina Kirchner. Que no están en principio muy a tono con esos planteos de mano dura. En este asunto pareciera que un populismo radicalizado de izquierda, aunque en decadencia, todavía tiene suficiente combustible como para dificultar que florezca uno de derecha.

Es cierto también que existe un sector de opinión económica que viene sosteniendo que Macri con su moderación y gradualismo nos ha hecho perder tiempo inútilmente, que en parte lo sigue haciendo y reclama reformas y disciplina económica mucho más duras incluso que las ya duras que en los últimos meses, aunque solo en el frente fiscal y monetario, el gobierno se ha visto en la necesidad de aplicar. Pero no parece que haya ninguna vía por la que esa opinión pueda convertirse en una opción política siquiera mínimamente atractiva y viable.

Quienes podrían intentarla (¿José Luis Espert?, ¿acaso Ricardo López Murphy?) y los que desde la sociedad civil, en particular desde el empresariado, podrían apoyarlos tal vez estarían tentados de pasar a la acción si Macri tardaba en concretar su giro, o si en el ínterin perdía algún pedazo de su coalición, pero nada de eso ha sucedido. Lo que revela que la ortodoxia doctrinaria sigue siendo una opción casi testimonial en estos días, incluso en sectores que otrora la abrazaron con fervor, y pierde la batalla frente al pragmatismo político de los moderados.

Por último, la tercer fuente de la que podría alimentarse una derecha dura es la confesional. Y ciertamente ella es, por lejos, la más activa en los últimos tiempos.
Las movilizaciones en ocasión de la votación sobre el aborto la incentivaron y para no perder el impulso ahora ella se ha enfocado en los temas de educación sexual, diversidad de género y anticoncepción, con la pretensión de restablecer el “orden natural” y las sanas tradiciones de la nación católica, la autoridad paternal en las relaciones familiares, en la vida sexual de los jóvenes y reducir lo más posible los márgenes de tolerancia con lo que consideran “conductas desviadas”, enfermas o pecaminosas.

Incluso algunos de estos grupos movilizados apuestan ya abiertamente a participar de la competencia electoral: organizan sus partidos (el “celeste” o “pro vida” entre ellos) y adelantan que no volverán a apoyar al macrismo dado que él traicionó su confianza cuando habilitó el debate sobre la legalización del aborto, y sigue haciéndolo ahora cuando pretende hacer cumplir la ley de 2006 sobre la ESI, o algunos sectores incluso quieren ir más allá y buscan reformarla para limitar la autonomía en la materia de las escuelas confesionales.

En principio, poco tiene que ver este sector movilizado con el mayoritario en la jerarquía, que se abraza al sindicalismo de Moyano y las organizaciones de desocupados. Como sucede en relación a la inseguridad a este respecto también opera un quiebre entre derechas e izquierdas que les quita fuerza a ambas. Por la de momento insuperable distancia entre quienes marchan detrás de consignas como Cristo Rey y Religión o Muerte, y quienes lo hacen ungiendo las mucho más concurridas manifestaciones del pueblo sumergido, en que se reclama más gasto social y salario, menos intervención del FMI y, un poco en sordina, menos celo investigativo de jueces y fiscales por temas de corrupción.

¿Puede de todos modos la Iglesia sostener este doble juego para asediar al oficialismo a la vez por ambos extremos del arco ideológico, para robarle votos ortodoxos y antiabortistas por un lado y heterodoxos y socialmente sensibles por otro? El arte milenario de componer los opuestos es parte esencial de su legado, claro. Pero aún con la inspiración de Francisco puede resultar poco convincente un Complexio Oppositorum cuyos referentes sean de un lado Pablo Moyano y del otro Torquemada.
Por algo en Argentina nunca hubo voto confesional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/10/2018

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¿Cómo gobernará Bolsonaro?, ¿y cómo afectará a Argentina?

Cuando las instituciones dejan de funcionar, las inclinaciones y actitudes de ciertas personas se vuelven decisivas. Un individuo puede entonces hacer la diferencia entre el cielo y el infierno. Es probable que algo de esto esté por suceder en Brasil, y no sea precisamente para bien.

¿Se moderará Jair Bolsonaro una vez que se acomode en el palacio del Planalto? Difícil. Tal vez no llegue al extremo de descabezar el Supremo Tribunal Federal, como adelantó que haría uno de sus hijos metiendo presos a sus integrantes. Pero es muy probable que intente algunos golpes de efecto iniciales para atender la demanda de sus votantes más entusiastas, de su entorno más ultra en las fuerzas armadas y la ultraderecha civil, y también su propio sueño de consagrarse como salvador de la patria. Y que apueste además a terminar de desarmar del todo el sistema de partidos preexistente, para formar una mayoría propia en las cámaras, sin tener que negociar sus iniciativas con ninguna de esas fuerzas.

Pero, ¿tendrá éxito? Va a depender, fundamentalmente, de cómo evolucione la situación económica. Si ella mejora más o menos rápido, el apoyo social al nuevo gobierno se va a consolidar. Y muchos legisladores hoy dubitativos entre sus viejas lealtades en crisis y el sueño de ser parte ellos también de la “regeneración” en marcha estarán tentados de sumarse a la coalición oficial. Más o menos como sucedió con Trump y los legisladores republicanos en los últimos dos años en Estados Unidos. Y antes de eso, entre 2003 y 2005, logró Néstor Kirchner en nuestro país con las bancadas y los gobernadores peronistas y radicales.

Los populismos radicalizados, sean de derecha o de izquierda, necesitan ese tipo de combustible económico de corto plazo para dar credibilidad a las diferencias que dicen plantear con la “política tradicional”, consagrar las virtudes heroicas de sus líderes y debilitar los frenos y contrapesos de los sistemas republicanos en que actúan.

Y es probable que Bolsonaro consiga algo de esto, porque contará a su favor con que Temer hizo ya buena parte del trabajo sucio de ajuste y reformas impopulares (más o menos como hiciera Duhalde en beneficio de Kirchner en nuestros pagos), tiene en principio la confianza del grueso de los empresarios y Brasil ha venido recibiendo ya muchas inversiones externas y cuenta con una considerable capacidad ociosa.

Pero es difícil que vaya a tener el camino tan despejado como Trump o Kirchner. Enfrentará una deuda que viene creciendo a ritmo galopante (se duplicó en los últimos 5 años) y se origina en uno de los problemas que Temer quiso encarar pero quedó pendiente, el enorme déficit del sistema previsional. Encima su par norteamericano ya adelantó que tiene a Brasil en la mira, por su renuencia a ceder en materia de proteccionismo comercial. Por lo que es probable que más que cooperación haya conflicto entre los dos matones del continente.

Si a eso sumamos los desacuerdos que existen en las bases de apoyo del ex capitán y ahora presidente, entre los militares nacionalistas y los economistas liberales para empezar, y la vaguedad de los planes trazados por el candidato, lo más probable es que el nuevo gobierno tarde bastante en encontrar un rumbo, y mientras tanto deberá sobrevivir buscando apoyos en la miríada de partidos que pueblan las dos cámaras del Parlamento. Esos oportunistas de siempre que venden caro su apoyo a cualquier tipo de políticas y gobiernos, como probaron ya bajo Fernando Henrique Cardoso y los gobiernos del PT, encarecen toda reforma que encaren los presidentes de turno y los enredan en la “vieja política” por más innovadores que ellos quieran ser.

Encima en la segunda vuelta Bolsonaro estuvo lejos de dar el batacazo que esperaba. Si hubiera seguido la campaña un par de semanas más y él y sus hijos seguían hablando sin filtro hasta puede que el resultado hubiera sido otro. Y los viejos partidos además se han quedado con buena parte de las gobernaciones del país. Así que no es tan cierto que haya una sólida mayoría a favor del cambio con que sueña la ultraderecha.

¿Y qué es lo que le conviene a la Argentina? ¿Y al actual gobierno argentino? Macri podrá lucir ahora más que nunca sus dotes de moderación y prudencia, en contraste con nuestro principal socio y vecino. Pero ¿y si el ejemplo brasileño inspirara a la derecha local que considera al líder de PRO demasiado tibio, demasiado laico, apenas un “populista con buenos modales”? Ni aún en caso de mayores dificultades económicas esa hipótesis tiene muchas chances de prosperar. Hay que tener en cuenta que el extremismo es lo nuevo en la política brasileña, pero es social y culturalmente lo más normal del mundo allá. Tan normal como las 68.000 muertes violentas por año, que proporcionalmente quintuplican las que nosotros consideramos un drama insoportable. Mientras que en Argentina sucede exactamente lo contrario en la relación entre las elites y la sociedad: aquellas estuvieron jugueteando con la radicalización populista por mucho tiempo y hasta hace muy poco, hasta cansar a una sociedad que en buena parte recela de cualquier receta e idea demasiado extrema.

Por eso a Macri, y también al país, les conviene que a Brasil le vaya todo lo bien que se pueda en lo económico, pero no que prosperen sus inclinaciones radicalizadas en lo político e institucional. Y esa posibilidad hará ahora las veces de fantasma aleccionador, como Venezuela pero al revés: ¡¡menos mal que esto acá no pasa!!, ¡¡cuidémonos de que siga siendo así!!. Ayudar a domesticar a Bolsonaro en estos aspectos mientras busca la forma de cooperar con él en materia de comercio, inversiones, acuerdos extraregionales y demás va a ser un gran desafío. Pero nuestro gobierno tiene en eso más para ganar que para perder.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/10/2018

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Buscando el mártir que legitime la resistencia

Maldonado, por más que quieran disimular, no funcionó. Así que el kirchnerismo y el trotskismo insisten con un método cada vez más peligroso: exponer a desesperados voluntarios o a sueldo para que alguno se convierta en bandera de la resistencia.

Voceros de Unidad Ciudadana y la izquierda revolucionaria han salido a propalar la versión de que el gobierno de la ciudad repartió volquetes con escombros en las inmediaciones del Congreso días antes de la sesión en que se votaría el Presupuesto 2019, invitando a quienes iban a movilizarse ese día a hacerlo a piedrazo limpio.

Su razonamiento es que el gobierno de Macri quería deslegitimar la protesta, desalentar a las organizaciones sociales que resisten el ajuste, y espantar a todos los demás que también ven con disgusto los recortes de gastos. Y de paso volver a polarizar la escena en la clave “orden vs caos”.

Abrazan esta explicación incluso sectores más moderados de la oposición, como algunos miembros del Frente Renovador, que ven con disgusto el protagonismo que siguen teniendo sus pares más virulentos, dejándolos a ellos en una posición incómoda, deslucida. Y sospechan connivencia del gobierno, la mano negra de los servicios de inteligencia y cosas por el estilo.

A estas sospechas también contribuyeron representantes del cristinismo que practican desde hace tiempo un doble juego al estilo de Doctor Jekyll y Mister Hyde. Dr. Filmus hizo declaraciones muy preocupado por los recortes en cultura, investigación y educación, se alarmó en particular por el destino de la orquesta filarmónica y la de ciegos. Y a continuación Mr. Filmus acusó al gobierno de infiltrar la protesta para deslegitimarla y espantar a los millones de argentinos que querían manifestarse, negándoles sus legítimos derechos. Si fuera cierto, el de Macri no sería tan solo un gobierno represivo, sino también antidemocrático. ¿Ofreció alguna evidencia Mr. Filmus? ¿Algún Milani en las inmediaciones del Congreso operando con sus agentes secretos? Nada. Aunque podría haber mencionado la fábula de los volquetes.

Pero más allá de las evidencias, pensemos por un segundo: ¿Tendría alguna lógica que el gobierno nacional estimulara la trifulca, durante una sesión en la que tenía ya garantizados los votos para darle media sanción a la ley de presupuesto? Aunque sea cierto que la polarización lo beneficia en alguna medida, ¿no lo beneficiaba mucho más acaso que la sesión se desarrollara en calma?, ¿no hubiera dado así una señal de gobernabilidad mucho más útil para su plan económico, y por tanto también para su futuro político? Es absurdo suponer que alguien del oficialismo podría estar interesado en repetir la escena de diciembre del año pasado cuando se debatió el cambio en la actualización de jubilaciones. Destacar que las instituciones siguen funcionando y él logra hacer aprobar sus proyectos, mostrar a una parte de la oposición colaborando aunque sea solo a medias con el ajuste, y resaltar la tolerancia que existe al respecto en buena parte de la opinión pública, todo eso era lo que le convenía al oficialismo. No la batahola.

Como siempre sucede, son los que llevan las de perder en el juego institucional y en las votaciones los que están tentados de pudrirlas. Y eso vienen haciendo kirchneristas y trotskistas desde hace un tiempo. Esta vez no lograron que se levantara la sesión, como en el primer intento oficial con la cuestión previsional. Tampoco involucrar a las organizaciones sociales en los piedrazos, ni dejarlas atrapadas en medio de la represión, como en la segunda sesión de diciembre. Porque estas mismas organizaciones se alejaron del despelote en cuanto se desató, y en muchos casos sacaron de sus filas a quienes llevaban piedras, bazucas y demás. Quedó bien a la vista que eran unos cuantos cientos los que quisieron cruzar las vallas, con ayuda de algunos legisladores de la Cámpora. Y rompieron e incendiaron todo lo que pudieron a su paso. Pero ni así consiguieron lo que buscaban, que la sesión se levantara, y más todavía, un mártir. La mala noticia es que no van a desistir.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/10/2018

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Los obispos, complicados para hablar ahora de unidad nacional

Para escapar del papelón en que terminó la misa de Agustín Radrizzani con Hugo Moyano, monseñor Oscar Ojea, presidente de la CEA, adelantó una convocatoria a la unidad nacional, que incluiría a oficialistas y opositores, sindicatos y empresarios. ¿Va a funcionar? La comparación con el 2001 ahonda más la tensión.

Para empezar, Ojea estuvo lejos de aceptar que la curia haya metido la pata al permitir, y tal vez también promover, no sólo la misa del sábado pasado en Luján sino toda la serie de desplantes al oficialismo y adhesión abierta y enfática al peronismo más virulento y manchado por causas de corrupción a que hemos asistido en los últimos tiempos: recordemos el mal momento que Jorge Lugones, presidente de la Pastoral Social, le hizo pasar en junio a María Eugenia Vidal, apoyando el paro de la CGT y cuestionando su sensibilida social; gesto que repitió el 17 de octubre, de la mano del líder camionero, justo en el momento en que su hijo Pablo estaba por ser detenido.

El presidente de la Conferencia Episcopal incluso dio su “apoyo pleno a la tarea pastoral de Radrizzani”, y se mostró decidido a fugar hacia delante del entuerto: como bálsamo contra la impresión que los obispos peronistas más politizados han dejado en la opinión pública, que de su mano la Iglesia católica se está comportando como una facción, pretende ahora recuperar el rol desempeñado durante la crisis de 2001-2, para lo cual convocó a un “diálogo por la unidad nacional”. ¿Es oportuno?

Seguro no va a caer muy simpático en el oficialismo que se homologue la situación actual con la catástrofe vivida dieciséis años atrás. Para empezar, porque a diferencia de entonces hay ahora un gobierno que refrendó sus credenciales en las urnas dos veces, la última hace apenas un año, y que con sus errores y aciertos está esforzándose por sostener el gasto social, para que la crisis en curso no caiga en las espaldas de los más desfavorecidos. Pero también y por sobre todo porque este gobierno no tiene necesidad de la intermediación de la curia para dialogar y negociar con todos los grupos de interés y sectores políticos, incluida la enorme mayoría de los sindicatos, que no están muy interesados que digamos en respaldar a Moyano en su pelea para frenar las investigaciones de la Justicia usando la protesta social para disimular. La pregunta que debería empezar por responder la jerarquía eclesiástica es precisamente por qué ella sí está interesada en hacerlo.

Como no está en condiciones de dar una respuesta satisfactoria, cabe prever que la convocatoria de Ojea no va a tener mayor eco, más allá de quienes ya se subieron al camión de este operativo salvataje, algunos porque no les queda otra, como es el caso de los kirchneristas, y otros porque no lo pensaron demasiado.

Y con esos socios, lo que se aseguraron en la CEA fue desalentar la participación de casi todos los demás. Algo que Ojea parece no entender: que por el camino que va seguirá limitando sus chances de influir y haciéndole fácil al gobierno la salida más económica, ignorar todos esos reclamos y críticas, incluidas las que vienen avaladas por la supuesta superioridad moral de la Iglesia, en la confianza de que muy pocos que no hayan estado desde antes convencidos de que Macri es el mismo demonio van a prestarle atención.

Ojea insiste en que los obispos hablan con todos, y aludió a reuniones en curso con la UIA, representantes de las PyMEs y demás. Todo eso está muy bien. Pero el problema es de orden político e institucional, y si no se atiende va a seguir dañando la misma legitimidad de la jerarquía católica como voz y guía de la sociedad, ya no digamos de toda ella, incluso de la porción de esa confesión.

La dificultad que enfrenta la curia nace del hecho de que, en vez de reconocerse como cabeza de una institución en problemas, que debe empezar por revisar sus déficits y pecados, entre ellos, ciertas tendencias a la facciosidad y la politiquería, el ideologismo pobrerista y el antiliberalismo, pretende disimularlos detrás de los problemas ajenos. La paja en ojo ajena para que no se vean las vigas que hay en los suyos. Mala idea.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/10/2018

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Paz, Pan, Trabajo, e Impunidad

Hugo Moyano logró movilizar más gente y dirigentes a Luján de lo que habían logrado juntar el 17 de octubre el kirchnerismo y el grueso de los gobernadores en sendos actos.

Fueron a Luján con el camionero algunos encausados como él: estaba Daniel Scioli que viene practicando su ya clásica ubicuidad con su presencia en una seguidilla de encuentros de facciones enfrentadas de la familia peronista. Y estaba también Guillermo Moreno. Aunque no los Kirchner: una cosa es haberse reconciliado con el ex capitoste de la CGT, y otra muy distinta irle detrás. Pero también asistieron muchos intendentes bonaerenses; y unos cuantos camporistas, más otros cuántos “de nuevo kirchneristas” como Sóla y Arroyo; y claro, un buen número de sindicalistas, aunque ninguno con filiación cegetista.

¿Cómo logró Moyano semejante convocatoria? Gracias al cada vez más entusiasta apoyo de obispos que son una suerte de embajadores de Francisco en Argentina. Unos días atrás le había dado una mano Jorge Lugones, Presidente de la Pastoral Social, y esta vez le tocó el turno a Agustín Radrizzani, Arzobispo de Mercedes, que en su rol de único orador-pastor del “acto-misa” fue mucho más allá que Lugones.

Dio una serie de consejos para reconciliar al Estado y el pueblo, según él divorciados desde que llegó Macri al poder. Y su receta es escuchar al pueblo, que causalmente inspira al buen Radrizzani para que hable en su nombre. Y lo que le dice al oído es que “no quiere tutelajes, ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quiere que su cultura, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean siempre respetadas”.

La lectura más obvia es que está hablando mal del FMI. La encarnación de una múltiple y mortal amenaza contra todo lo bueno que el obispo nos propone defender, la “cultura”, es decir la identidad del pueblo, los “procesos sociales”, que es difícil entender qué cuernos quiere decir, y la “religión”, que debe poder imponerse como “tradición” y ser guía de todo lo demás (por más que la distinción entre ella y la “cultura” simule que se le da algún mínimo espacio a nociones como el pluralismo, el laicismo y cosas de esas). “Patria sí, Colonia no” coreó el obispo junto a las masas.

Y si el pueblo es depositario de todos esos grandes valores religiosos, se entiende lo que pontificó Radrizzani a continuación: el pueblo y el estado han perdido su interacción, y para recuperarla deben volver a la idea de que “interacción no es nunca sinónimo de imposición. El futuro de la Nación no está únicamente en manos de los dirigentes: está fundamentalmente en manos de nuestro pueblo, en su capacidad de organizarse para lograr este proceso de auténtico cambio”.

Dicho más simplemente, el gobierno no debe gobernar. ¿Qué es eso de que el Estado ande queriendo imponer la ley? Suena de lo más desagradable. En cambio Radrizzani quiere que interactuemos amablemente, no nos obliguemos a nada, porque así vamos a redescubrir algo olvidado, que creemos en la misma religión y con eso basta para que funcionemos de maravilla como país.

¿Qué pretende Moyano con este raid de religiosidad militante? Ofrecerle un canal de intervención a los obispos más interesados en politizar su rol eclesiástico, y a la vez un cariz de legitimidad trascendente a lo que muchos peronistas, él incluido, quieren transmitir a las masas, pero estas de su parte no se lo toman muy en serio: que el gobierno usa la Justicia para deslegitimar a sus enemigos, en especial a quienes luchan por impedirle aplicar sus planes de hambre.

No es mala la idea de utilizar a los obispos para disfrazar como si fuera una lucha contra el abuso y la discrecionalidad lo que en realidad no es más que un esfuerzo por frenar a la Justicia y evitar salgan a la luz en los tribunales chanchullos mafiosos por obra de evidencias acumuladas durante años que ahora revientan.

Porque con esa idea se puede apuntar a lo que realmente más interesa a Moyano y sus aliados: los criterios liberales y constitucionales que al menos parte del gobierno y parte de la Justicia están empecinados en que sean algo más que palabras, que valgan alguna vez contra los poderosos.

Por eso también la idea con que cerró su homilía Redrazzani: los poderosos “son ellos”, los que se reunieron alrededor suyo son todos “pueblo”, aunque sean millonarios y jefes de estructuras enormemente poderosas, como es el caso de Moyano.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/10/2018

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Lealtad y espíritu de patota en el peronismo

El 17 de octubre fue ocasión para que los herederos de Perón, aún divididos, ejercitaran sus músculos. Y envalentonados, también su peculiar sentido de la lealtad, que los vuelve a mostrar peligrosamente afines al espíritu de patota.

Amedrentar a la Justicia parece haber sido el objetivo principal de muchos referentes del peronismo en esta fecha.

Gustavo Menéndez, intendente de Merlo y presidente del PJ bonaerense, fue el más explícito: “Ojo con tocar a uno solo de los compañeros peronistas. Todos sabemos que Cristina y Máximo tienen espalda, ojo con Florencia Kirchner… estamos mirando lo que están haciendo. No vaya a ser cosa que crean que el pueblo va a permanecer con los brazos cruzados”. ¿Este entusiasta vocero del pueblo peronista descruzaría sus brazos para colaborar con la Justicia? Para nada, está abiertamente amedrentándola para que no avance con la investigación de la causa de Los Sauces, donde los hijos de la ex presidenta están directamente implicados. Y podrían ser incluso detenidos.

El camporista Andrés Larroque aprovechó la jornada, por su parte, para expresar su solidaridad con los detenidos por causas de corrupción: “Tenemos que estar con los presos políticos…. Yo estoy yendo a ver a Julio De Vido y otros compañeros visitarán a otros presos políticos porque en Argentina, lamentablemente, son muchísimos”.

La postura de estos dirigentes se condice con lo planteado en un documento conocido días atrás, y firmado por todo el arco kirchnerista, en dirección a “retomar la senda de la democratización de la Justicia… detener la intromisión de la política macrista (en ella),… la utilización extorsiva de la figura del arrepentido y toda otra violación a las garantías de debido proceso”. En suma, asegurarse de que nadie más confiese nada, los jueces y fiscales sean impotentes, y vuelva a regir el añorado pacto de silencio.

Preocupación que parece compartir monseñor Jorge Lugones, presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social y hoy en día el más entusiasta promotor de la fusión entre la Iglesia católica y el Movimiento. Quien no casualmente aprovechó el 17 de octubre para reunirse con distintos referentes peronistas, incluido Hugo Moyano, apenas él acababa de proponer “erradicar a este gobierno que solo ha traído miseria” y diputados de Unidad Ciudadana, y junto a ellos declararse muy preocupado por “la situación social y de la Justicia en la Provincia”.

Seguro que ni Lugones ni Moyano estaban pensando en el juez Melazo ni en ningún otro de los integrantes de mafias judiciales que están saliendo a la luz, después de años de prosperar a costa del resto de la sociedad y de la violación de todos los derechos ciudadanos habidos y por haber. Tampoco aludían, claro, a Carzoglio, el sepulturero devenido por arte de magia juez provincial que está destruyendo la investigación trabajosamente realizada en los últimos años sobre los vínculos turbios entre Independiente y Camioneros. Todo eso para ellos debe ser garantía de la felicidad del pueblo así que hay que preservarlo.

Lo más curioso de la jornada fue, de todos modos, que nada de esto mereció siquiera una mención en Tucumán, donde se reunió buena parte del peronismo blanco, atascando el aeropuerto de la ciudad con sus avionetas.

En ese sector del movimiento casi todo está en discusión. El único punto de acuerdo es que hay que sacarse de encima a Cristina y reabsorber lo que sea aprovechable del kirchnerismo, sobre todo en la provincia de Buenos Aires donde todavía es fuerte. Para lo cual lo mejor es que todos estos escándalos de corrupción que andan dando vuelta desprestigien a la ex presidenta y su entorno inmediato, pero sin que su efecto corrosivo se extienda más allá. Por eso es que se esmeraron en que viajara también Daniel Scioli y lo plantaron en primera fila, bien en el medio del estrado. Por eso es que, contra lo que opinan Urtubey y Schiaretti, dos que no estuvieron en el encuentro tucumano, siguen sosteniendo los fueros de la ex presidenta. Y por eso es que también se negaron a avalar la ley de extinción de dominio. ¿Si toman tan pocos riesgos en innovar podrán ser creíbles como renovación?

Es que tampoco la Renovación histórica de los años ochenta fue muy distinta. José Luis Manzano, tal vez su referente más preclaro, la definió alguna vez como “la careta intelectual de la patota”. Massa o Manzur son menos intelectuales que Manzano, pero tal vez no se definirían de modo muy distinto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/10/2018

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Carrió apunta a Garavano pero para que caigan Angelici y Calcaterra

El pedido de juicio político no va a prosperar. Ni la oposición lo avala. ¿Y entonces qué pretende conseguir Carrió? Tal vez que Macri ponga distancia con Angelici y se amolde a que su primo dueño de IECSA reciba un trato más duro.

¿Es el ministro de Justicia el motivo real de la furia con que la diputada de la CC está planteando sus diferencias con Macri en relación con las causas de corrupción? No resulta convincente que unas penosas declaraciones radiales y la designación de una asesora, ex colaboradora de Scioli, hayan bastado para desatar la tormenta.

Sobre todo cuando hubo otras señales más preocupantes, en particular para una mente a veces muy conspirativa como es la de Lilita. Daniel Angelici participó hace pocos días abiertamente de los festejos con que se cerró la elección de consejeros de la Magistratura por los abogados, en la que ganó la lista del PRO y la UCR, avalada por Macri y Nosiglia. El presidente de Boca insiste en que en los tribunales no se mete, pero a esta altura es una tomadura de pelo. El gesto de participar en la mencionada celebración ¿habrá sido consultado con el presidente y fue dirigido a Carrió?

Días antes se había conocido el desplazamiento de varios técnicos de la AFIP ocupados de rastrear movimientos de cuentas de empresas señaladas en los cuadernos. La sola sospecha de que el Ejecutivo estaba tratando de salvar al primo presidencial generó tal alboroto que uno de los desplazados fue reincorporado, aunque no en el cargo que hasta entonces tenía. El Ejecutivo adelantó luego una serie de criterios a aplicarles a las empresas investigadas según los cuales se buscaría salvar a las firmas, las fuentes de trabajo, su capacidad operativa y demás recursos, pero no a los empresarios. ¿Se aplicarán en todos los casos y con igual celo?

Con tensiones como las que hoy agitan a la coalición oficial queda a la vista como nunca antes la distancia entre el presidente que Macri está obligado a ser, si es que quiere sobrevivir y tener chances de ser reelecto, y el heredero de una fortuna cimentada en contratos públicos que alguna vez definió su identidad, y hoy todavía signa en parte su vida familiar, o la persona que fue como presidente de un club de fútbol rodeado, igual que muchos otros, por una densa y oscura red de negocios e intercambios con la política. Carrió parece decidida a recordárselo, aunque por como viene actuando es difícil saber si su terapia dará buenos o malos resultados. ¿Y si convence en cambio a Macri de que la opción es entre ética y gobernabilidad?

Hay que entender la lógica del desenfado y la impunidad con que siempre se han movido esos representantes de la vida prepresidencial de Macri. Y sobre todo el hecho de que de no haber tomado algunas decisiones para inventarse una nueva vida, podría ser el propio Macri el que hoy estuviera en los zapatos de su primo Angelo. Y de no haber saltado a tiempo de Boca a la Ciudad, estaría cumpliendo tal vez un rol parecido al de Angelici y sería tan cercano al clan Moyano como lo es este.

¿No hay acaso tantos motivos para sospechar connivencia con la barra y sus prácticas delictivas en el club de la ribera que en otros que están siendo investigados? ¿Cómo explicar el muy escaso interés que ha mostrado este gobierno por sanear el fútbol profesional, al menos combatir el desmadre en que se convirtió la AFA?

Muchos han recordado en estos días que cuando a fines de agosto de 2010 Cristina Kirchner, en el pico de su guerra contra Clarín, conminó a los empresarios a asistir a la Casa Rosada para que avalaran sus acusaciones por la supuesta “apropiación de Papel Prensa en la mesa de torturas de la Dictadura” por parte de Clarín y La Nación, el presidente de IECSA estuvo en primera fila aplaudiendo.

Ese día muy pocos empresarios aceptaron el convite a escuchar el desopilante reporte preparado por Guillermo Moreno: ni siquiera estuvo la gente de la Cámara de la Construcción; Carlos Wagner, que como ahora sabemos era un engranaje central de la maquinaria de desviación de dinero público, inventó cualquier excusa para no ir; y en la UIA incluso, salvo el inefable Lascurain, también ahora reo de la Justicia, unánimemente firmaron un documento que rechazaba de plano el convite.

Pero Calcaterra sí fue. No se preocupó por el significado político del acto, ni mucho menos por las implicancias que tenía que un pariente del entonces principal referente opositor estuviera avalando las más agresivas iniciativas oficiales contra la autonomía empresaria, justo cuando el mundo de los negocios intentaba marcar un tibio límite al respecto. Todo eso debió sonarle tan irrelevante como hacer bien las cosas en sus contratos. ¿O estaba tan conmovido por los hallazgos de Moreno y el unánime coro de los organismos de derechos humanos que no se detuvo en detalles?

Los empresarios que por codicia estuvieron dispuestos a colaborar en el hundimiento de las condiciones mínimas de existencia de una economía capitalista en nuestro país encarnan la versión más degradada de las muchas formas degradadas en que se fue inconsecuente o hipócrita bajo el kirchnerismo. Nada que envidiarle a periodistas avalando la censura o sindicalistas la mentira con la inflación.

¿Tendría algún sentido entonces que el actual presidente invierta el prestigio que no le sobra para intentar salvar a este personaje? Y sin embargo, la sospecha de que puede estar intentándolo flota en el aire. Sería bueno que extremara los esfuerzos para disiparla. Finalmente, tampoco es que tiene que hacer mucho. En cuanto avance la investigación de Odebrecht, la evidencia reunida en Brasil y la impunidad con que se movieron en IECSA, compartiendo abogados y apoderados, van a hacer solas casi todo el trabajo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/10/2018

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Cristina, Moyano y hasta Massa contribuyen a disimular los errores con el gas

Está de moda que los políticos y sindicalistas se disculpen de las acusaciones en su contra señalando que son todos inventos, pergeñados por el gobierno para distraer la atención de la gente de las complicaciones económicas en aumento.

En los últimos días hizo punta una vez más Cristina Kirchner, desestimando el planteo del fiscal Moldes en apoyo del pedido de detención de Claudio Bonadío, que se sumó a la elevación a juicio oral en contra suya y de sus hijos por la causa de Los Sauces. La expresidenta aludió a la simultaneidad entre esas novedades judiciales y las idas y vueltas del gobierno con el recargo retroactivo en el suministro de gas, que primero se quiso imponer a los consumidores, y después se cargó en los contribuyentes en general, a través de un compromiso de pago de la administración. “Pura cortina de humo para distraer a la gente” concluyó.

La siguió Hugo Moyano, disculpando a su hijo Pablo porque según él lo único que le habrían hallado es “una cuenta en el exterior”, cuando en verdad se lo acusa de varios delitos bastante graves, y señalando una vez más que el Ejecutivo persigue a su familia para desalentar las protestas y ahora también para disimular el recargo del gas. Pese a que ya días antes de esa decisión judicial el conflicto por el recargo se había desactivado.

Para completarla, Sergio Massa hizo algo parecido. De visita en Bahía Blanca se mandó con todo contra los que exportan bienes primarios. Según él, “hay que terminar con ellos”, así de corta, porque “nos saquean” y perjudican el “trabajo argentino”.

Saqueo, lo que se dice saqueo, en rigor es lo que hacen los gobiernos corruptos, los políticos, empresarios y sindicalistas prebendarios. Pero Massa se ve que tiene una idea algo laxa y selectiva de lo que significa, y de lo que le hace daño al país. Según su perspectiva, si alguien vende un producto con poco valor agregado es culpable de alta traición a la patria. No es que actúa racionalmente dentro de un sistema económico que por algunas razones de peso no está muy bien preparado para producir y vender otros bienes más complejos. La carga de la responsabilidad se invierte: el problema no estaría en los sectores poco productivos y poco competitivos (para empezar, el propio sector público), sino en los que pese a todas las dificultades del entorno logran serlo y que nos compren al menos algunos pocos bienes. De racionalidad económica, en el argumento de Massa, nada de nada, pura descalificación.

Después quiso disimular un poco la barrabasada y frenar la catarata de expresiones de repudio de los sectores agropecuarios, aclarando que sólo se refería a la minería. Insistir con una ridiculez pero más acotada no parece ser la mejor forma de disimular una metida de pata total y absoluta.

Y como no iba a alcanzar agregó que la culpa de todo la tenían los trolls del gobierno que habrían generado la “confusión” para disimular lo mal que sus jefes están haciendo las cosas en el terreno económico. Graciela Camaño aludió más directamente a “la desinformación y la construcción de noticias falsas” como “estrategia del oficialismo”. De nuevo, el argumento de la distracción.

Claro que el oficialismo festeja cada vez que sus opositores más virulentos quedan en off side por pecados actuales o acumulados en el pasado. Pero ¿tiene algún sentido reprochárselo? Menos todavía lo tiene cuando apenas le alcanza con sus recursos para atajar todos los problemas que tiene encima y errores propios siguen complicando innecesariamente esa situación.

Pero además y por sobre todo que los opositores insistan en aludir a los errores del gobierno para disculparse de sus pecados no hace más que facilitarle las cosas a Macri y los suyos: parecen ignorar que una cosa es la discusión de políticas, terreno en el que casi todo es opinable, las consecuencias son siempre en alguna medida inciertas y por eso precisamente es que los conflictos entre intereses y opiniones en pugna se resuelven a través del voto, y otra muy distinta lo que sucede con los asuntos en que es posible e incluso obligatorio distinguir lo verdadero de lo falso, lo legal de lo ilegal, y hay poco o ningún espacio para la opinión.

Si Cristina y Pablo Moyano son culpables de lo que se les acusa no tiene sentido relacionarlo al hecho de que Macri tal vez para estimular la inversión de las petroleras esté siendo demasiado exigente en los esfuerzos que impone a los consumidores. Si Massa descalificó ofensivamente a los productores de bienes primarios no tiene sentido vincularlo con que el oficialismo resultó una vez más ambiguo entre el principio de que cada quien debe pagar lo suyo y el de que el Estado debe cubrir con lo que recauda por impuestos los costos que para los consumidores sean difíciles de afrontar, independientemente de sus niveles de ingreso.

Como los opositores no distinguen una cosa de la otra pierden la oportunidad de discutir en serio si el gobierno usa buenos o malos criterios, o si pasa de unos a otros con liviandad, sin explicaciones y a veces sin criterio alguno. En suma, queriendo deslegitimarlo y disculparse obtienen el resultado opuesto: ¿cómo tomarse en serio la acusación de que se gobierna mal si los que insisten en señalarlo pretenden que esos fallos sirvan para que se deje pasar los abusos y las falsedades de todo tipo que pesan sobre sus espaldas? Más les convendría separar las cosas si quieren estar en mejores condiciones de discutir las malas decisiones oficiales. Mientras no lo hagan estas seguirán pasando de largo, sin imponerle mayores costos al oficialismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/10/2018

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Ahora el gobierno encima hace kirchnerismo cultural

Como la Jefatura de Gabinete en los últimos tiempos tiene mucho menos que hacer parece decidida a meterse en camisa de once varas, haciendo cosas que no debería ni intentar.

La última es pretender organizar una escuadra cultural propia, a imagen y semejanza de las que poblaron el escenario artístico e intelectual en época de los Kirchner, y que todavía activan aquí y allá, despotricando contra su sucesor. Mala idea. Por algo hay pocos militantes macristas en esas esferas: ese no es un déficit sino una ventaja, que deberían aprovechar mejor desde el oficialismo, en vez de tratar de convertir el agua en vino.

Hasta hace poco los funcionarios macristas repetían el mantra de que “el cambio viene desde abajo”. Acompañado de explicaciones del estilo: “es la sociedad la que impulsa este proceso y nosotros somos apenas su ocasional y parcial instrumento”. Había algo de exageración o impostación en ese societalismo del cambio, pero algún sentido tenía: nuestro aparato estatal puede hacer pocas cosas, y hacer bien, aún menos; así que no tiene gollete pretender que sea el factótum, el motor exclusivo de todo lo que se desea que cambie en el país para que su economía y sus instituciones funcionen un poco mejor; confiemos en que la gente elabore las cosas a su ritmo y a su manera, sin pretender monopolizar la escena, los discursos ni las iniciativas. Como hacía, justamente, en todo momento y en todos los asuntos, el gobierno anterior.

Esto tenía un reflejo bien claro y directo en el modo en que se encaraba la llamada “batalla cultural”. En la cual, para empezar, se relativizaba la importancia de lo que piensa y dice la llamada “gente de la cultura”, los artistas e intelectuales, frente al modo en que por su cuenta la gente del llano decodifica lo que se piensa y dice de lo que sucede. Contra la exagerada visión que esa “gente de la cultura” tiende a adoptar de su propio rol, hay muchísima evidencia, procedente de distintos lugares del mundo, sobre lo poco que ella suele influir en el público de carne y hueso. Porque a este puede gustarle ver actuar a los actores y leer a los autores, pero no le interesa tanto saber si a ellos les gusta o no les gusta el presidente, o el FMI o la mar en coche de la política del momento.

Con esa premisa en mente fue que el macrismo minimizó o más directamente descartó la tarea de hacerse de una militancia cultural. Más todavía la tentación de organizarla desde el Estado y ponerle un micrófono en la mano para que hablara a su favor.

Y bien que hizo. Porque el otro rasgo de un proyecto político mínimamente liberal es que no estimula en la gente de la cultura, como tampoco en el resto del universo social, el comportamiento militante ni mucho menos el espíritu de escuadra o cruzada. Aunque quisieran, desde Cambiemos no iban a poder formar algo parecido a Carta Abierta, o las orgas de artistas o científicos religiosamente devotos de CFK. Y eso hablaba bien de ellos, no de una falencia. Les convenía confiar en el trabajo sutil, ambiguo pero a la larga mucho más productivo de miles de personas dispersas en esas esferas, celosas de su autonomía y de cultivar infinidad de matices a la hora de expresar su eventual simpatía, acuerdo, desacuerdo, indefinición o simple interrogación frente a las políticas oficiales.

Sin embargo, algo de eso parece haber cambiado, y para mal, en el último tiempo. Y la evidencia final (la primera había sido la intentona de apropiarse del ocurrente “queremos flan” de Alfredo Casero, una muestra ya preocupante de lo desesperado que está el equipo de comunicación oficial por comunicar algo desde que se le quemaron los papeles con la crisis cambiaria) la brindó un insólito acto de “movilización político-cultural” realizado en un teatro de Buenos Aires esta semana, en el que la Secretaría de Cultura, con el pleno de la Jefatura de Gabinete y su gente detrás, presentaron sus “ideas para el cambio cultural”. En el acto no se sabe muy bien qué pasó porque la prensa fue excluida, ya de por sí un gesto algo equivoco para dar la batalla que se pretende, pero sí se sabe que hablaron funcionarios y políticos, más que intelectuales ni artistas. Salvo Jaime Durán Barba.

¿En serio el experto en campañas será desde ahora el capitán oficializado de esta patriada? Porque la oposición va a festejarlo, entusiasmada como está cada vez que él mete la pata como intelectual público, algo que muy bien no se le da. La última fue hace pocos días, por un artículo de Perfil en que el asesor se dedicaba a despotricar contra los votantes de Cristina por la supuesta renuencia a respetar las leyes que los caracterizaría. En suma, kirchnerismo cultural puro y duro. En el gobierno tuvieron que aclarar por enésima vez que esa no es su forma de pensar. Pero el daño ya estaba hecho.

¿En serio la Secretaría de Cultura dedicará horas de trabajo y recursos públicos a organizar reuniones militantes como la del otro día? ¿En qué se diferencia de la Coordinación del Pensamiento Nacional que pretendía hacer Foster y su grupete de amigos? Se suponía que respetar la función pública y separar el gobierno del Estado era una de las batallas culturales a librar. ¿Ya la abandonaron? No está mal trazar una frontera, fidelizar a quienes adhieren al proyecto, pero el camino escogido no parece ser el correcto, y puede tener incluso efectos contraproducentes en esa misma gente.

Lo peor es que nada de todo esto hace falta, porque está lejos de ser cierto, como en el Ejecutivo tienden a creer, que sus ideas estén perdiendo encarnadura en la sociedad. Más bien al contrario, la amplia tolerancia al ajuste en curso revela que la mayoría acomodó sus expectativas con los criterios de que las cosas no son gratis, las reglas de la economía hay que respetarlas y no hay opciones mágicas. ¿Entonces por qué estas iniciativas desencaminadas, porque a algunos funcionarios les cuesta acomodar sus propias expectativas a un contexto más exigente y que les ofrece menos protagonismo? Por suerte en la reunión mencionada estuvo Facundo Suárez Lastra y recordó que una cosa es hacer campaña y otra gobernar. Ojalá de una buena vez esa diferencia sea reconocida en el Ejecutivo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/10/2018

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