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Paradojas electorales: Macri debilitó su blindaje kirchnerista y al PJ conciliador

Las elecciones de medio término cambian poco del poder institucional. Así que, primera paradoja, Cambiemos ganó muy bien, pero su avance será más simbólico que efectivo si no logra aprovechar la ola para impulsar pronto cambios en las relaciones de fuerza en varias arenas concretas, negociación fiscal y tributaria, reforma política, etc. Está en eso, puede que lo logre si divide las mesas de negociación y no comete errores, pero tan evidente es que no ha habido un gran cambio de poder institucional que le conviene hacer todo eso antes de que se produzca el recambio legislativo, no esperarlo.

Claro que si se volviera a repetir el resultado del domingo 22 en 2019 entonces sí tendríamos un terremoto en la distribución de poder. El peronismo perdería varias gobernaciones, decenas de intendencias, como nunca antes los llamados “no peronistas” tendrían control del territorio, un gobierno con mayorías legislativas, una coalición fuerte y enfrente un arco de facciones peronistas muy debilitadas. Pero para eso falta.

Mientras tanto, el gobierno de Macri debe estar dándole vueltas a otras dos paradojas, y lamentándose de que el resultado que consiguieron el domingo pasado tal vez demuestre que “no hay bien que por mal no venga”.

Obvio que salieron fortalecidos y la oposición quedó golpeada, más golpeada de lo esperado. Pero también se generó el oficialismo un par de problemas nuevos, al debilitar a posibles o ya efectivas contrapartes en el peronismo moderado (a Schiaretti se sumaron en la desgracia sorpresivamente Urtubey, Peppo y Casas), dejar vivitos y coleando a los más duros para negociar (Verna y Rodríquez Sáa, además de los ya consabidos Insfran y Manzur) y debilitar seriamente encima a quien más ayudó al oficialismo hasta aquí, Cristina. Esos problemas a partir de ahora ¿se potenciarán o se pueden neutralizar entre sí? Depende.

Los más críticos del macrismo han venido insistiendo con que uno de sus recursos de poder ocultos, y menos legítimos, es la protección que le brinda la “corporación mediática”, periodistas y empresas de medios que como simpatizan con él o son beneficiados por él ocultan o minimizan sus defectos. Se ha hablado con insistencia en estos términos de “blindaje mediático”, dando a entender que el gobierno eran mucho peor de lo que parecía, culpa de esa manipulación.

Pero lo cierto es que han sido esos mismos críticos furibundos, sobre todo su rama kirchnerista más fanática, quienes cumplieron ese rol de blindar al gobierno. Y de un modo muy distinto al que ellos denunciaban: han sido tan ridículos en sus críticas, tan manipuladores y abiertamente sesgados o directamente fabuladores en sus denuncias, que provocaron el efecto contrario al que buscaban. Para la gran mayoría que los escuchaba era lógico concluir que el gobierno no debía hacer las cosas tan mal ni tener tan malas intenciones si quienes lo acusaban eran tan poco merecedores de confianza.

Eso fue lo que sucedió con el caso Maldonado. Claro que el Ejecutivo cometió errores en la investigación del caso. Pero quedaron velados detrás de una catarata de acusaciones delirantes respecto a un supuesto plan que habría llevado a una supuesta desaparición forzada, todo sostenido con alfileres en argumentos desopilantes como el de que un secretario de Seguridad estuvo esos días en Esquel preparando el secuestro, en testigos mapuches que cambiaron hasta tres veces su versión de lo sucedido, y organismos de derechos humanos convocando agotadoras marchas cargadas de ciego fanatismo, a veces con derivaciones violentas.

Fue también lo que sucedió con la discusión de la economía. Es cierto que el gradualismo tardó en dar paso a una recuperación de los niveles de actividad y de consumo, contra lo que el gobierno había esperado; pero cuando esa recuperación se produjo chocó no sólo con el cansancio en la espera de muchos ciudadanos, sino sobre todo con el discurso extremo de los opositores kirchneristas, y no sólo de ellos, según el cual medio país se estaría yendo al caño culpa de un tan salvaje como inhallable neoliberalismo de un gobierno de ricos y para ricos por completo insensible, que encima habría estado preparando una especie de bomba neutrónica de eliminación de pobres para el día después de los comicios. Un total despropósito, no sólo poco convincente sino piantavotos. Si hubieran matizado desde el comienzo su tono respecto al plan económico, que dejó sin duda bastante que desear en estos dos años, hubieran sido más creíbles ahora en matizar también un optimismo de “final del túnel” que igual no tiene forma de desmentir que el tiempo por venir va a ser muy complicado y probablemente costoso para los sectores de menores ingresos.

Así funcionó, en suma, la competencia discursiva en los primeros dos años de gobierno macrista: el oficialismo no hizo tanto por convencer a la sociedad de las bondades de sus decisiones e intenciones como lo que hizo la oposición más dura, que lo ayudó involuntariamente embelleciéndolo, mientras pretendía destruirlo. Y le proveyó una legitimidad extra, invalorable en este tipo de transiciones, al convencer a la gente que aunque no supiera muy bien dónde iba a terminar el proceso de cambio en curso eso no importaba demasiado porque de lo que no cabía duda era de que no le convenía volver atrás ni cambiar de caballo en mitad del río.

Muchos dicen que Macri tendría que haber evitado una confrontación directa con Cristina por este motivo, para preservarla como “enemiga ideal”. E incluso algunos se lamentan que el resultado en provincia no fue más parejo, para que ella sobreviviera en las mejores condiciones posibles, sin quedar muy aislada ni desacreditada ante el resto del peronismo. Como para que siga dividiéndolo y contaminando con su “blindaje” todas las críticas que él le planteé al oficialismo.

Pero tal vez esos objetivos podría el gobierno lograrlos por el otro saldo relevante de estas elecciones: el debilitamiento de los moderados del PJ con proyección nacional. Dado que Urtubey quedó golpeado, los problemas de Cristina para seguir siendo una voz gravitante en esa fuerza tal vez no sean tan graves.

Es difícil saber, pero lo más probable es que las cosas se compliquen de todos modos para un kirchnerismo cada vez más residual, y también en alguna medida para el gobierno. Sin un moderado con proyección presidencial como Urtubey al frente, la mesa de gobernadores igual va a mantener distancia de Cristina, pero con posturas de negociación más duras frente al gobierno. Pichetto y Bossio deberán escuchar más a Manzur, Insfrán y Verna. Y dado que la competencia interna por el liderazgo futuro será más incierta, puede que ese endurecimiento sea acompañado también por muchos moderados y sindicatos: la lección que han sacado de la votación es que estar cerca del macrismo no les conviene.

Por otro lado, lo que quiera hacer Cristina en el futuro puede que sea en términos prácticos bastante irrelevante. Así como su confrontación con Macri era inevitable, y lo mejor para que Macri pudiera inaugurar su ciclo político era que se resolviera lo antes posible, ahora el declive de la ex presidenta también lo es, por más que haya cosechado todavía varios millones de votos bonaerenses. Su capacidad de influencia en los procesos partidarios y legislativos pesará más que esos votos y tenderá a cero. En cuestión de días sus últimos dos recursos en la estructura del PJ, Espinoza y Gioja, serán desplazados, los intendentes bonaerenses migrarán en masa hacia la renovación partidaria. Podrán decir que se llevan consigo buena parte de esos tres millones de voluntades. Y en la bancada de diputados nacionales la votación por el desafuero de De Vido anticipó lo que se viene: el quiebre entre La Cámpora, que se quedará con sólo una parte de esas bancas, y el resto del arco peronista, que no tendrá destino claro si no logra converger en un espacio común.

El peronismo tiene tres desafíos por delante: aislar del todo a Cristina, recomponer la unidad del partido después de quince años de fragmentación, y construir líderes nuevos. Lo primero es lo más sencillo porque Cristina se hunde sola. Lo segundo creo que es ya parte de un acuerdo entre gobernadores, legisladores y sindicalistas. Lo tercero es lo realmente difícil porque también durante estos quince años el grueso del peronismo aceptó que sólo hicieran política nacional los Kirchner. Así les fue.

Ahora Macri tiene la posibilidad de conducir el país no tanto por la negativa, en espejo con todas las macanas que hizo el gobierno anterior y siguió haciendo Cristina en la oposición, sino por la positiva, con sus ideas y planes. Si lo hace bien no va a necesitar tanto del embellecimiento que le provea un enemigo ideal. Al contrario, estará en condiciones de competir con adversarios más desafiantes. Lo que alude al verdadero problema que necesitamos resolver como país, que mejore nuestra oferta política.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/10/17

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Crónica de la invención de un desaparecido

¿Qué fue lo que llevó a los mapuches del RAM a mentir sobre la suerte de Santiago Maldonado y lo que había sucedido en el rio Chubut el 1ro. de agosto de este año? Ante todo seguramente su afán por victimizarse, presentar a la Gendarmería como una salvaje fuerza de ocupación que despreciaba todos sus derechos, reales o imaginarios. Algo que venía como anillo al dedo ahora que se los señalaba desde el estado y en la escena pública como un grupo violento, inclinado cada vez más sistemáticamente al terrorismo. Y también una buena dosis de indiferencia hacia ese joven huinca y su familia: finalmente no era tan “cumpa” como le habían hecho creer, se lo podía usar y desechar. El sufrimiento extra que la mentira pudiera acarrear no pareció disuadirlos.

¿Qué fue lo que llevó a los dirigentes de derechos humanos que tomaron el caso en sus manos a abrazar con fervor la tesis de la desaparición forzada y descartar de plano cualquier otra posibilidad? Ante todo, sus propias necesidades políticas. Se acercaban las elecciones y su proyecto partidario, el que creían y siguen creyendo imprescindible para seguir existiendo como actores relevantes de la vida nacional, estaba por enfrentar un desafío mortal en la figura de Cristina Kirchner candidata. Había que probar que lo que ella y sus seguidores venían diciendo, que Macri es la continuación de la dictadura por (apenas) otros medios era cierto. Y Maldonado cayó también como anillo para esos dedos.

Se sumó probablemente también para algunos de esos albaceas de la memoria y pedagogos de la repetición en nuestra historia el afán de emular a sus ancestros. Más de uno pensó que le llegaba su oportunidad de escribir su ¿Quién mató a Rosendo? Y no iba a dejarla pasar.

Una vez lanzada la denuncia por los “testigos” del RAM, con sus distintas versiones sobre camionetas, unimogs, golpes y secuestro, Horacio Verbitsky trazó las líneas troncales del relato en un artículo de Página 12 que sería decisivo: “Macri ya tiene su desaparecido”, 7 de agosto. Allí ya está todo. Los funcionarios de Patricia Bullrich supuestamente montando la conspiración, lo que se da por probado simplemente porque un secretario estaba en Esquel y había sido abogado en un estudio que defendió a represores. Demostrado. El uso de las camionetas de Gendarmería y el movimiento de los efectivos durante el desalojo de la ruta, en medio de una desordenada persecución y escaramuzas de piedrazos propios de una pelea entre hinchadas de fútbol, de lo que se extraen datos sueltos sobre efectivos que se acercan al río, vehículos que van para un lado y otro, filmaciones que se interrumpen y testimonios contradictorios para abonar la tesis de la detención y el ocultamiento. Convirtiendo los vicios de una fuerza de seguridad por demás desprolija y chapucera en señas finamente develadas de una trama siniestra perfectamente planificada. Demostrado. El operativo de desaparición forzada se había consumado.

A continuación entraron en escena los abogados de organismos como el CELS y la APDH que prepararon a los testigos. Lo que debió ser en particular complicado en el caso del llamado “testigo E”, el único que realmente había estado con Maldonado durante las corridas, se separó de él en el agua y debió imaginar lo que había sucedido. Matías Santana en cambio seguro no revistió mayor dificultad porque su disposición a abonar la fábula a como diera lugar estuvo desde el comienzo fuera de duda. Pero “E” debió ser un caso distinto. Lo más probable es que contara demasiados detalles sobre cómo se había separado de Maldonado cuando a éste se le agotaron sus fuerzas, lo que le habían dicho sus colegas del RAM desde la otra orilla, que lo dejara ahí, lo que había pasado y había visto a continuación. ¿De cuánto de todo eso se enteraron sin querer los abogados de derechos humanos y ocultaron ex profeso en la transcripción del testimonio, o se abstuvieron de comentar siquiera con la fiscal y los jueces de la causa? ¿Fueron ellos los que incentivaron a “E” a mantenerse en segundo plano, para dejarlo hablar a Santana que era más funcional al relato ya establecido de lo que había pasado? ¿Fue por eso que el testimonio de “E” fue presentado en la denuncia ante la CIDH para que ella lo reconociera como un caso indubitable de desaparición y reclamara en esos términos al gobierno pero no se hizo lo mismo ante el juzgado?

La recolección de testimonios había sido hasta entonces un oficio cuidadosamente cultivado y muy honrosamente preservado como activo de los organismos. Desde los años setenta. Fue el instrumento decisivo con el cual en 1979 esa misma CIDH, con ayuda de algunos de estos organismos locales, lograron contraponer los hechos de los secuestros y las desapariciones a la batería de fabulaciones con que los militares del Proceso querían ocultar sus crímenes: supuestas fugas del país, autosecuestros, ejecuciones disciplinarias dentro de la propia guerrilla, etc.

Pero hasta la mejor tradición puede echarse a perder. Ahora, como tantas otras cosas, se trastocó en su opuesto: la fabricación de una fábula, la de que Maldonado había sido detenido, golpeado y subido a un vehículo de Gendarmería. Para lo cual hubo que poner especial cuidado en ocultar los flecos de la mentira que podían escapársele a los “testigos”: cómo habían logrado ver todo eso, cuántos gendarmes, en qué vehículo, etc.

Inventar algo así y que parezca verosímil no es soplar y hacer botellas. Los militares procesistas podrían haber dado prueba de ello, si es que estos abogados hubieran querido recoger sus testimonios y aprender de su experiencia. Requiere de una atención obsesiva a los detalles, y pese al esmero que pusieron estos organismos cultores de la memoria, las versiones pronto se revelaron contradictorias. Así que hubo que agregar más fabulación: binoculares, caballos al galope trepando por la montaña y demás. Pero no importó, porque el programa estaba trazado desde el comienzo y era indubitable, lo había provisto el presidente del CELS y no tenía sentido dudar de él. Mientras tanto la maquinaria de la movilización y la polarización política ofrecieron la cobertura que hacía falta: cualquier duda o explicación alternativa era parte de la “campaña de encubrimiento y negación”.

¿Hasta cuándo? Según parece un directivo del CELS llamó días antes de que todo se derrumbara a un ministro para hacerle una confesión: “los mapuches metieron la pata”. ¿Desde cuánto tiempo antes lo sabía o lo sospechaba? ¿Esperó hasta el final en la esperanza de que nunca se supiera la verdad, sólo quedaran versiones y sobrevivieran entonces las peores sospechas? ¿También en la expectativa de que la familia de Maldonado seguiría ayudando, poniendo el cuerpo y el dolor que hiciera falta para mantener a flote el relato de la desaparición? La figura de la víctima, como se sabe, ha servido para muchas cosas entre nosotros, pero tal vez nunca como en este caso se había usado tan alevosamente a costa de las víctimas de carne y hueso.

¿Pero qué clase de víctimas había ya a esta altura en el caso Maldonado? ¿Y quiénes eran sus victimarios? El Estado le falló, no sólo al propio Santiago al responderle piedrazo por piedrazo, sino a la familia al tardar tanto en despejar la paja del trigo de las versiones y encontrar el cuerpo. Pero también les fallaron a todos ellos los organismos de derechos humanos al colaborar en la fabricación de una fábula que sumó infinito dolor a la tragedia y ha contaminado la memoria de un hombre y sus seres queridos. Y le fallaron por sobre todos los que él creyó amigos del RAM, que lo dejaron tirado en el río, se desentendieron de su suerte y después de muerto siguieron usándolo para sus exclusivos fines. Todo un digno colofón para un proyecto y una época que se llenó la boca con la palabra “derechos” y no hizo más que destruir las condiciones básicas para que rigieran las mínimas garantías al respecto.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 25/10/17

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Macri puso fin a una larga hegemonía peronista

Las elecciones de este domingo pusieron definitivamente fin al ciclo kirchnerista. Lo que había sido una incógnita todavía en 2015 y algunos nostálgicos se resistían a creer ahora se terminó de resolver: no hay nada parecido a un “empate”, Cambiemos es una sólida primera minoría en el país, con creciente implante territorial, capaz de competir en todos los distritos y de ganar allí donde ofrece buenos candidatos, y el peronismo está en serios problemas porque ya no le quedan casi bastiones inexpugnables. Así que no sólo Macri es un terrible dolor de cabeza para Cristina, quien sale con esto del centro de la escena y si avanzan sus problemas judiciales puede que salga del todo de ella, es también una seria amenaza para el que hasta hace poco actuaba como partido predominante en Argentina.

Desde 2001 el peronismo dominó ampliamente la política nacional. Por un lado porque fue la única fuerza capaz de formar mayorías, controlar el territorio y las instituciones de gobierno. Y por otro y fundamental porque fue la única que tuvo nombre. Al menos un nombre estable y por todos comprensible.

El resto estuvo compuesto de partes dispersas que llevaron divisas poco convocantes, equívocas y muchas veces efímeras, y encima sólo tuvieron en común la poco elegante y totalmente imprecisa referencia de ser “el no peronismo”, un término en sí horrible. Como para que quedara claro que su rol era casi exclusivamente el de patalear y acompañar al polo activo y productivo de la política nacional.

De esta elección resultaron dos grandes novedades que alteran esa situación. Primero y fundamental se consolidó Cambiemos como identidad y coalición política. Segundo, se terminó con el famoso empate que muchos interpretaron había arrojado la elección de 2015, cuando es cierto que tanto para presidente como para legisladores los resultados fueron muy parejos. Y eso porque ahora el peronismo perdió muchos votos y se dispersó aun más que dos años atrás. Es él quien enfrenta en estos momentos una crisis de identidad y de conducción, incluso de nombre. Además de haber perdido una porción no desdeñable de su poder institucional: diputados, senadores, legisladores y concejales en todo el país, incluso en regiones que consideraba baluartes inexpugnables, mucho del férreo control territorial que ejerció en el pasado se le escurrió entre los dedos. Los datos más elocuentes al respecto son que perdió en provincias donde era imbatible, La Rioja, o donde no perdía desde hace añares, Salta y Chaco, y puede perder la primera minoría del Senado por primera vez desde 1983.

Esa hegemonía peronista, agreguemos, se ejerció casi constantemente a través no de una sola expresión partidaria, sino de varias, compitiendo entre sí, lo que configuró una suerte de pluralismo peronista que en gran medida reemplazó el pluralismo de partidos, que quedó entonces debilitado.

Durante los últimos quince años para una porción importante del electorado nacional que no se identificaba con el peronismo fue tentador participar de la lucha entre facciones de esa corriente política, votando al peronista menos malo o más afín en cada momento, con lo cual la interna peronista desbordaba en la competencia general, y los demás partidos veían como parte de su base electoral les era arrebatada por esa fuerza gravitatoria del arco de ofertas peronistas.

Ese pluralismo peronista reunió, en su momento de gloria, entre 2007 y 2013, alrededor de 58% de los votos totales en elecciones a diputados nacionales. Con lo cual superó ampliamente los dos tercios de los diputados y una porción muy similar de los senadores. En suma, números que marginaban al resto de las fuerzas políticas casi a las fronteras de la irrelevancia.

Ahora la dispersión de la familia que se referencia en Perón sigue existiendo, pero ya no es un instrumento útil para resolver sus problemas y crecer, para actuar como un flexible arco de opciones distintas pero conectadas y solidarias, si no que resulta un obstáculo para generar confianza y atraer votantes.

En 2015 ya ese porcentaje de votos del arco peronista cayó a poco más del 50%, y ahora se derrumbó por debajo de esa frontera, a porcentajes similares a lo que era común en los años ochenta y noventa y a los del resto del espectro político, que si está menos dividido tiene chances de ganar.

Del “todos ganamos dividiéndonos y después rejuntándonos” gracias a la vigencia del pluralismo peronista y la fragmentación ajena se ha pasado al “todos perdemos si no nos dejamos de jorobar y nos juntamos”. De modo que ha dejado de ser tan atractivo para sus líderes generar cismas preelectorales y luego realinearse según las conveniencias poselectorales en combinaciones y coaliciones también inestables y manifiestamente oportunistas, como hicieron en 2003 menemistas, saaistas y duhaldistas, en 2005 duhaldistas y kirchneristas, en 2007 kirchneristas y lavagnistas, en 2009 kirchneristas, solaistas y denarvaistas, en 2011 kirchneristas, de nuevo duhaldistas y saaistas, en 2013 kirchneristas y massistas y en 2015 kirchneristas, sciolistas y massistas. Tanto abusaron del método que parece agotaron la paciencia de muchos electores. Ahora deberán esmerarse en organizar y respetar un partido que los cobije y conduzca.

Si eso sucede no será una suerte solamente para ellos sino para todos. El peronismo dejará de ser un factor distorsivo de la representación, de contaminar la transparencia y la confianza entre los votantes y las posiciones y alianzas que deciden quienes reciben sus votos. Lo que sin duda sería una gran contribución para nuestro sistema de partidos.

En más de un sentido están obligados a intentarlo porque de otro modo es probable que Cambiemos profundice y complete en 2019 el proceso de demolición del poder electoral e institucional peronista que empezó dos años atrás, abriendo perspectivas aun más complicadas para el futuro de esa fuerza. Si la elección de este domingo se repitiera en las de cargos ejecutivos dentro de dos años el terremoto en términos de cambio de poder sería inédito: gobernaciones e intendencias que durante décadas el PJ ha ejercido casi sin competencia pasarían a otras manos; por primera vez desde los años treinta tendríamos un gobierno no peronista con mayoría en ambas cámaras; y el apotegma según el cual el peronismo es eterno y parte de nuestra condición nacional empezaría en serio a discutirse. En Cambiemos lo saben y no parece que vayan a dejar pasar la oportunidad así de fácil.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 22/10/17

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Caso Maldonado, se abre el camino a la verdad

En el caso Maldonado se abre el camino a la verdad, y por tanto los que llevan las de perder son los que más abusaron de la mentira tratando de sacar provecho de la tragedia.

Para el gobierno es claro que el peor escenario era la continuidad de la incertidumbre, que Maldonado siguiera desaparecido, porque eso abonaba las sospechas, si no de su complicidad, al menos sí de su ineficacia y su torpeza.

Ahora la peor alternativa es que, como dicen los voceros de la comunidad mapuche, uno o varios gendarmes involucrados en la muerte del joven hayan hecho aparecer su cuerpo para simular que se ahogó. Aun en ese caso ya no se trataría de una desaparición forzada y habría quedado demostrado que el poder judicial y las fuerzas de seguridad, aunque tarde y bastante mal, trabajaron para esclarecer el hecho y están en condiciones de castigar a los culpables. El Estado de Derecho en Argentino no saldría tan mal parado y el gobierno tampoco.

Claro que en el medio se metió Carrió y empeoró la posición del oficialismo con sus penosas declaraciones sobre la posibilidad de que Maldonado estuviera en Chile, una especulación irresponsable que tal vez se le escapó, pero ahora requiere de más que una disculpa.

Como sea, los problemas se acrecientan del lado del kirchnerismo. Que inversamente al gobierno, de estirarse la incertidumbre no tenía más que insistir con sus planteos sobre desaparición forzada y amenaza a las libertades. Y bien lo venía haciendo sobre todo en el plano externo, con la solidaridad de organismos internacionales, intelectuales y hasta académicos que creyeron ver en el caso, sin mucha evidencia que lo justificara, ni mucha contrastación de fuentes que compensara esa falta, que Argentina corría el riesgo de volver a lo peor de su pasado (en la opinión pública local, como muestran las encuestas, no prendió demasiado esta idea, salvo entre los que ya por otros motivos detestan al oficialismo).

Y ahora, ¿qué le queda por hacer a esa oposición extrema? Ante todo, recogió la tesis de los mapuches de Pu Lof, “seguimos sosteniendo que a Santiago se lo llevó la Gendarmería”, y quiso doblar la apuesta. Con esa consigna sus organismos de derechos humanos más adictos se apresuraron a convocar a una movilización a Plaza de Mayo, que luego tuvieron que desconvocar, denunciando que el gobierno supuestamente estaría usando la aparición del cuerpo para desacreditar a los denunciantes del “secuestro”. No lo dijeron expresamente pero todo apuntó a insistir con la versión de una conspiración urdida desde el vértice oficial: el cuerpo habría sido plantado, no ya por decisión de los “perpetradores materiales”, sino como broche de oro de “la campaña de encubrimiento y negación”.

El problema es que el apresuramiento con que actuaron puso de manifiesto las frágiles bases fácticas sobre las que esa postura se asienta. Si un poder tan nefasto hubiera podido matar, ocultar el cuerpo y luego hacerlo aparecer, ¿para qué habría esperado 78 días?, ¿qué sentido tendría depositarlo río arriba, cuando lo lógico y lo que todos habían esperado era que apareciera en la otra dirección?, ¿si el gobierno no hubiera estado realmente en la oscuridad sobre lo sucedido qué razones habría tenido para explorar toda una gama de alternativas que terminaron mostrándolo en el mejor de los casos desorientado y en el peor involucrado?

Con la hipótesis de la conspiración nada de eso tiene sentido. Seguramente en el seno del kirchnerismo y los grupos mapuches radicalizados lo saben y por eso se apresuran a tapar el abismo que enfrentan, la develación indetenible de sus mentiras y fabulaciones, con gritos, movilizaciones y piedrazos. No va a alcanzarles. Menos todavía si los resultados de la autopsia abonan la para ellos peor hipótesis, un accidente. Si los forenses trabajan bien y llegan a una conclusión incontrovertible en ese sentido, ¿desde esas trincheras se dirá que son parte de la “campaña de encubrimiento”? El divorcio respecto a la realidad de los hechos para estas facciones radicalizadas es parte de su identidad, es un hábito ya acendrado, pero aun dentro de esos parámetros extremos negar que en este caso se equivocaron va a ser muy difícil.

El punto es importante no tanto para saber cuánto peso han sumado el kirchnerismo y sus aliados sobre sus ya cargadas espaldas, eso es lo de menos, como para determinar el sentido con que el “caso Maldonado” quedará inscripto en la larga y escabrosa saga de los derechos humanos en Argentina.

Lo de “los 30001” que estrenaron los organismos de derechos humanos en la última marcha fue ocurrente pero quedó con estas novedades del todo desacreditado. La pretensión de hilvanar la “represión macrista” con la dictadura era descabellada ya desde el comienzo, pero con semejante colofón no tiene ni sentido discutirla. ¿Advertirán los organismos menos fanatizados que es el momento de desescalar, de inscribirse de nuevo con sus planteos y sus credenciales en un espacio de convivencia más o menos plural? Que algunos hayan desconvocado la marcha de ayer, aunque fuera con argumentos forzados, no fue mala señal. Si lo fue en cambio la declaración de la abogada del CELS y de la familia Maldonado, la doctora Verónica Heredia, dando por supuestas una vez más la desaparición forzada y la conspiración, como si no hubiera hecho alguno en el universo que pudiera sacarla de su encierro y prefiriera consumirse en su coherencia que vivir con sensatez.

La incógnita más interesante es de todos modos la que se abre para el oficialismo: ¿cómo va a aprovechar esta oportunidad? Así como tendrá tras las elecciones la posibilidad de instalar más claramente su agenda en temas económicos, fiscales e institucionales, va asimismo a poder decidir qué hacer con los derechos humanos, al menos hasta cierto punto.

Si insiste en mostrarse poco interesado en el asunto habrá decidido también: otros lo harán por él, por caso banalizando el tema para hacerlo desaparecer de la agenda, ignorando por completo a los organismos y sus pataleos, cultivando voluntariamente tal vez la asociación entre “el curro de los derechos humanos” y “las sectas de izquierda”. Entusiastas de esta visión de las cosas no faltan lamentablemente.

Pero si priman visiones de más largo plazo esa postura no va a ser la que se imponga. Y el oficialismo puede que supere su incomodidad en esta materia, reflejo más que de convicciones como las arriba listadas, de temores que se revelaron injustificados. No se trata finalmente de desplegar grandes iniciativas, ni de librar grandes batallas culturales, sino de poner un poco de sentido común en un ambiente por demás enrarecido y bastante agotado y esperar que la lógica y el tiempo hagan su trabajo.

El gobierno y el país lo necesitan para que el ambiente de moderación y cooperación ganen en solidez y legitimidad frente a los extremos, para que el liberalismo político no tenga que estar pidiendo permiso para hablar de libertades y derechos individuales, y para que los corruptos y matones como Sala, De Vido y tantos otros no sigan usando la ideología de la víctima atropellada para disfrazar y justificar sus violaciones al derecho.

Por todo eso nos conviene aprovechar la oportunidad, y hacer con los derechos humanos lo contrario que con Walt Disney, descongelarlos ya mismo y ponerlos abiertamente en discusión.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 18/10/17

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Venezuela resiste a duras penas

El régimen hizo en los últimos meses todo lo imaginable, y hasta varias cosas difíciles de imaginar, para que no se pudieran volver a contar los votos de la amplia mayoría social que lo rechaza. La última vez que el pueblo venezolano se expresó libremente en las urnas, en 2015, le impuso una derrota aplastante a los herederos de Chávez y eligió un parlamento con amplia mayoría opositora. Así que aquellos decidieron vengarse y asegurarse de que no lo volviera a hacer. Postergó por casi un año las elecciones de gobernadores, y ahora que finalmente acepta realizarlas, lo hace en condiciones por completo antidemocráticas y anticonstitucionales.

Echó a la empresa que administraba el software para el escrutinio luego de que ella denunciara el fraude masivo en la elección de la llamada Asamblea Constituyente en julio, para no reconocer que la pretendida legitimidad soberana de esa Asamblea no existe, es pura impostura, y prevenir cualquier denuncia parecida esta vez.

Destituyó a la procuradora general que también denunció el fraude, así como otros muchos delitos de los funcionarios chavistas, y dejó totalmente sin funciones y sin siquiera lugar para sesionar al parlamento, tras lo cual tuvo las manos libres para proscribir a buena parte de los candidatos opositores más conocidos y valorados por los votantes, impidiéndoles presentarse con excusas traídas de los pelos, rechazó la inscripción de decenas de partidos y de la misma MUD en varios estados. Y a la enorme mayoría de los intendentes en ejercicio de las fuerzas opositores además de destituirlos los detuvo, para que directamente no pudieran hacer nada de nada en la campaña electoral. Con lo que el control del estado venezolano, salvo por tres gobernadores ligados a la Mesa de Unidad Democrática que apenas sobreviven, quedó monopólicamente en manos del partido de Maduro, el PSUV.

Luego de dilatar injustificadamente las elecciones de gobernadores, ya de por sí fue una violación abierta de la constitución, cambió a último momento la fecha de la convocatoria, prevista primero para diciembre y luego de sopetón trasladada a este domingo, en un alevoso intento de evitar que la oposición pudiera hacer campaña y lograra movilizar a tiempo a sus simpatizantes para organizar siquiera un mínimo control de los comicios.

Como tal vez eso tampoco alcanzaba movió a último momento cientos de centros de votación de áreas con fuerte apoyo opositor a lugares distantes y en algunos casos directamente desconocidos, para que el terror que significa moverse en Venezuela, y más todavía en un día álgido como el de una votación, desalentara a los ciudadanos de emitir su sufragio, o simplemente no supieran dónde ir. A lo que sumó en las primeras horas del acto electoral una serie de ataques de colectivos armados como para hacer saber que la cosa iba en serio; y la sistemática demora en la apertura de las urnas.

Y encima los votantes, si lograron vencer tantos obstáculos, riesgos y temores, se habrán encontrado en el cuarto oscuro cantidad de boletas de candidatos opositores que han renunciado a sus postulaciones o perdieron las primarias frente a aliados con más chance, pero que el régimen decidió dejar para generar más confusión y poder anular los votos que reciban.

Previendo que de todos modos corría el riesgo de perder unas cuantas gobernaciones, porque nada de eso bastaría para burlar la voluntad de los votantes, Maduro adelantó que todos los que aceptaban ser candidatos en los términos impuestos por el régimen estaban reconociendo la soberanía de la Asamblea Nacional y deberían subordinársele, con lo cual preparó el terreno para hacer con los eventualmente electos por la oposición lo mismo que ha hecho con los legisladores y los intendentes, destituirlos en cuanto lo considere conveniente, o más simple no dejarlos asumir. Como no se realiza simultáneamente elección de legisladores de los estados, cosa absurda, seguirán en funciones los que tienen mandato vencido desde el año pasado y en muchos casos son oficialistas, con miras a desautorizar a los gobernadores opositores y avalar su expulsión de esos cargos.

Y de todos modos el régimen chavista todavía necesita algo que parezca una compulsa electoral. No puede aun prescindir totalmente de aunque sea la apariencia de pluralismo competitivo, como sí hacen el Partido Comunista cubano, o el chino. Y este era el punto decisivo de esta elección, sólo saldría bien para los chavistas si podían decir que habían derrotado a sus adversarios y estos habían podido presentarse y competir pese a todo. Porque según el régimen son traidores, imperialistas y fascistas, pero no han podido ser expulsados por completo del sistema político, ni del país. Aunque el gobierno viene trabajando sostenidamente en esa dirección, y pronto es probable que ya no quede nadie más que los fieles, el partido del régimen sea el único jugador, y todo haya acabado.

Mientras tanto Venezuela aun vive en la ambigüedad de un populismo autoritario y atropellador, que recurre a todo tipo de patoteadas gangsteriles para fomentar el éxodo y el silencio, perol la oposición los resiste. Sin mayores perspectivas pero resiste. Lo que ya de por sí es muy meritorio.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/10/17

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La cultura k sigue cavando fosas que llama trincheras

Es el único terreno en que la llamada grieta crece en vez de achicarse, ¿por qué? Hay que entenderlo antes de juzgarlo. El problema, claro, se agrava con la derrota electoral a la que se encaminan sin remedio, y que ya de por sí tiene componentes para agitar los mayores temores: será la más directa e inapelable de las que vivieron desde 2009, dado que esta vez se corporizará en Cristina, no se compensará en casi ningún lugar del país y los dejará casi sin recursos institucionales relevantes en las manos. Con lo cual todo el imperio de poder levantado por Néstor desde 2003 terminará de colapsar sobre las cabezas de sus albaceas, quienes no mostraron saber mucho de administración de herencias, y de sus más entusiastas seguidores, cuanto más fanáticos más tardíos, por lo que tenían ya difícil entender que llegaron tarde a la fiesta, cuando hasta hace poco pensaban que ella estaba recién comenzando.

Pero más allá de esta circunstancia electoral la razón esencial del desconcierto y la desesperación es espiritual e histórica: sucede que por tercera vez creyeron tocar el cielo con las manos, y por tercera vez el cielo de pronto se abrió al abismo.

La primera fue al concluir la década fundacional del peronismo, la segunda a continuación de la “primavera de los pueblos” del 68-73. Los entonces jóvenes y ya maduros cultores de la tradición nacional populista y sus continuadores ven ahora, con similar impotencia que al final de esos ciclos, que todo lo que construyeron y por lo que pelearon se descompone a su alrededor. El mundo que creyeron marchaba al son de sus ideas de pronto se evapora y no saben qué va a ser de sus vidas. No es fácil procesar semejante duelo.

Y convengamos que, más en general, es difícil soportar un país que alimenta tan excesivas ilusiones. ¿Cómo nos asombramos después de tener que convivir con tan altas dosis de frustración y resentimiento? Sería bueno que otros grupos culturales lo tengan presente porque el nacional populismo está lejos de ser la única tradición que ha vivido tantos y tan abruptos altibajos.

Encima es no sólo la tercera vez que les pasa sino la peor, y por ello puede temerse sea en serio “la vencida”. No es para nada violenta, incomparable en ese terreno a las dos anteriores. Y es incuestionable en su legitimidad. De hecho, para casi todo el resto del mundo es más comparable a 1983 que a esos otros momentos de nuestra historia con que la asocia el kirchnerismo: igual que entonces ahora se fortalece la fe en el liberalismo político, el equilibrio de poderes se restablece y la moderación y el pluralismo se imponen como pauta dominante.

Pero se entiende también que eso en vez de ayudar a los referentes de la cultura k les complique aun más atravesar el mal momento: cuesta más mantener la convicción de que trabajaron por algo con sentido, viendo que con tan poco esfuerzo y con ningún atropello, más que los imaginariamente confabulados despidos de algunos periodistas militantes, o el más que lógico reemplazo de unos cuantos militantes funcionarios, su mundo se viene abajo por su propio peso como un castillo de naipes.

Al menos en 1955 y en 1976 pudieron decir que era la violencia de los reaccionarios, los ricos y los imperialistas, carentes de buenos argumentos y más aun de derechos, lo que los dejaba a la intemperie. Ello les permitía, por un lado, colocarse cómodamente en el rol de víctimas, sí titulares tanto de derechos como de argumentos aunque de momento sin poder para hacerlos valer. Lo que además los habilitaba a esperar que en algún momento ese desequilibrio se corrigiera, volviera a “darse vuelta la tortilla” como se solía decir. Y por otro lado esa situación les permitía contraponer la política de masas a la institucional, “el pueblo contra el régimen” en la misma clave populista que tanto rédito le había dado en el pasado a radicales, peronistas y políticos antisistema en general. Con lo cual hacían de su debilidad una fuente de fortaleza.

Nada semejante puede funcionar en las actuales circunstancias, a esta altura debería estar recontra claro. Por eso la estrategia de la resistencia es tan absurda, tiene efectos aislacionistas y autodestructivos sobre quienes la intentan. Pero a la vez parece ser para ellos irremplazable: no hay alternativa a la mano porque la historia les pesa demasiado, romper con ella y con la lógica asociada implicaría a sus ojos romper con la propia identidad.

Arturo Bonín lo sintetizó días atrás con bellas palabras: “si yo no puedo contarle a mi nieto quién soy y de dónde vengo, él no va a saber quién es y de dónde viene. La cultura consiste en eso: en poder transmitirles a las próximas generaciones quiénes somos. Yo siento que hoy eso está en riesgo”. Muchos nietos dudarán de que sea completamente cierto que necesiten saber quién es su abuelo para saber quiénes son ellos. Fórmula con la que Bonin da por hecho que la función esencial de la cultura es transmitir identidad, una visión particularmente reaccionaria, pre moderna casi de los procesos culturales, abiertos cada vez más a la innovación gracias precisamente a que relativizan las identidades. Como sea para Bonín hay un hilo identitario que corre peligro, y toda una cultura está amenazada de muerte. Luis Longhi completa esta idea con una metáfora sobre la amenaza que sienten tener delante que me parece es también reveladora: “es como un gigante contra el que no podemos luchar porque somos como Sísifo, levantando la enorme roca en esa colina y se vuelve a caer, una y otra vez”. ¿Será tan así? ¿Es tan macizo y omnipotente el poder de los dioses que amenazan el relato y la identidad k, o ella es más débil de lo que parecía?

Hay mucho de exageración en esa metáfora. En cuanto el kirchnerismo deje de funcionar como una tan involuntaria como potente máquina de embellecimiento de sus adversarios seguro quedará a la vista que el liberalismo modernizador y meritocrático tiene bases bastante débiles entre nosotros, como hace casi un siglo que sucede. Y que el mundo nac & pop, que en el campo de la cultura siempre dispuso de recursos y espacios para influir, lo seguirá haciendo. Aunque Cristina caiga derrotada, Boudou y De Vido terminen presos y C5N se desprenda de alguno más de sus más insoportables operadores disfrazados de periodistas. 

Pero claro, las cosas seguro no van a volver a ser como fueron. Lo cierto es que esta vez puede que el populismo radicalizado quede de capa caída por un buen tiempo, cuestionado en sus pretensiones de legitimidad de cara a buena parte de la sociedad. Abusaron demasiado del poder. Se creyeron en serio que ejercerían por largo tiempo un pleno dominio. Y sobre todo se empobrecieron en su visión del mundo y de los problemas de su entorno social, político y también cultural. En ese aspecto no hay duda de que el peor enemigo que enfrentaron y siguen enfrentando son ellos mismos.

Por otra parte personalmente no creo que el populismo sea de por sí un obstáculo para el progreso, la libertad individual ni tampoco para la salud de la república como para celebrar tanta desesperación y ayudarlos a cavar.

Siempre que escucho argumentar sobre los supuestos males que nos habría traído ser un “país populista” recuerdo la anécdota del mal momento vivido por Peña Nieto frente a Obama hace unos años. En un encuentro del NAFTA el presidente mexicano, buscando agradar a sus pares del norte, se puso a despotricar contra los populismos latinoamericanos, hasta que el norteamericano lo interrumpió: “yo me considero populista, no tengo ningún problema con que me identifiquen como tal”. El populismo, como tantas otras cosas, en cierta dosis suele ser benéfico, una fuerza innovadora, es en dosis excesivas que puede volverse destructivo.

A los kirchneristas con ideas tal vez les alcance con aprender del módico populismo que practican tantos intelectuales y políticos norteamericanos y revisar la dosis que han estado tomando de su medicina favorita para empezar a transitar con más salud y mejor fortuna la etapa que se abre.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 12/10/17

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¿Y si Cristina pierde por paliza? Massa y Randazzo ya lucen aliviados

El oficialismo minimiza la ventaja que sus listas llevan en provincia. No quieren desinflar la polarización ni aflojar la presión sobre sus activistas. Es lógico, pero tal vez sea también irrelevante. Porque el proceso de deterioro y aislamiento de la ex presidenta avanza de todos modos.

Vistos los resultados que cosechó, le hubiera convenido seguir sin hablar con nadie más que con sus fieles. Los diálogos con periodistas tuvieron hasta aquí el mismo efecto en su popularidad que los rayos del sol en la piel de Drácula: con el primero perdió tres o cuatro puntos de popularidad y con los de Crónica y El País sobre las llagas ya abiertas la luz ultravioleta caló hasta los huesos. Lo más notable fue cuando incursionó sobre temas delicados como Once y corrupción. No sólo por sus insólitas respuestas: ya para empezar y por más sonrisas y mohines que hiciera permitió que se enfocara la disputa de nuevo en su desempeño pasado, haciéndole un invalorable favor a sus adversarios.

Encima al gobierno le sale todo bien, hasta lo que hace mal. El drama de las tomas de escuelas no supo cómo manejarlo y mucho menos logró frenarlo, pero los centros de estudiantes se pincharon solos, saliendo de escena encima con la mácula del ocultamiento de un abuso sexual que va a traer cola. Los familiares de Maldonado adoptaron un discurso cada vez más virulento, haciendo de sustitutos de Bonafini, a quien oportunamente el comando de campaña cristinista ha mandado a callarse, pero se ve que su espíritu está demasiado presente en el ambiente de los derechos humanos como para lograr silenciarlo del todo. Y los gremios y el resto del peronismo han girado ya decididamente hacia el “centro nacional” y la moderación, como gusta a Miguel Pichetto, alentados no sólo por los datos de encuestas sino por la detención del Pata Medina, absolutamente demoledora para el peronismo bonaerense y alarmante para muchos otros gremios, y por gestos de moderación llegados oportunamente desde Casa Rosada, como la baja del proyecto de reforma laboral, que se ve Triaca convenció a Macri de no tratar de convertir en ley, ya que nuestra situación nada tiene que ver con la de Temer en Brasil: allá un gobierno sin votos puede formar bastante fácil mayorías legislativas pro mercado, acá uno que va a recibir carradas de votos corre el riesgo de incinerarlos inútilmente un par de semanas después si pretende usarlos para la aprobación legislativa de reformas de esa orientación, cuando el peronismo no tendría ningún inconveniente en bloquearlas. Más bien hallaría en ello una valiosa oportunidad de reunificarse y demostrar que su derrota electoral fue acotada y tal vez efímera.

Así las cosas, con el oficialismo cometiendo menos errores o diluyendo las secuelas de los cometidos y un kirchnerismo que no deja de ayudarlo cada vez que lo ataca (blindaje kirchnerista que funciona mucho mejor que el supuesto blindaje mediático por ellos denunciado), el cuadro electoral ha cambiado drásticamente en cuestión de semanas: mientras el gobierno minimiza o directamente oculta sus números, la pregunta que se extiende no es ya si Cristina va a perder sino por cuánto.

¿Cuánto crecerá la distancia que la separa del señor del yeso en el brazo, Bullrich el mudo? Las encuestas más serias muestran que éste ya ronda los 40 puntos. Es más difícil ubicar a Cristina: algunas la dan aguantando alrededor de 35, pero es probable que no lo logre. En la desesperación extrema la agitación contra el “ajuste que viene”, insistiendo en la necesidad de “ponerle un freno a Macri”. Palos en la rueda, que le dicen. Algo que seguramente algunos compartirán, pero otros entre sus posibles votantes, viendo que las cosas de a poco mejoran, verán poco conveniente.

La caída de Cristina puede profundizarse por otros motivos a más de su desesperación y fallida comunicación. Por un lado, unos cuantos de quienes la votaron en agosto, así como algunos más que se sumaron en los días inmediatos posteriores, lo hicieron pensando que era la única oposición con chances. Ahora que se ve que chances no tiene puede que muchos de ellos, sobre todo los de raíces peronistas, se pregunten ¿para qué malgastar el voto en alguien con tanto pasado y tan pocas perspectivas? ¿No sería más razonable apoyar a gente con algo más de futuro?

Otro motivo que preocupa y mucho al cristinismo es la deslealtad de los intendentes. Ellos necesitan los votos de Cristina para dar cobertura a sus listas locales, pero con ella perdiendo eso no alcanza, así que volvieron a hablar con Randazzo y Massa, se preparan para repartir boletas cortadas, para que las suyas de concejales funcionen como colectoras, y algunos hasta fueron a ver a Pichetto para mostrar que les importa un rábano que los acusen de traición. Más pasto para el pronóstico de que el peronismo no perderá el tiempo y aislará a la líder de Unidad Ciudadana.

Todo eso junto explica por qué Massa y Randazzo dejaron de caer en las últimas encuestas: perdieron ya en manos del oficialismo todo lo que podían perder, y lo que migraba hacia Cristina, además de poco, ya dejó de fluir. Ahora hasta puede que algunos votantes recorran el camino inverso si ellos hacen bien su trabajo de challengers a dos puntas y cooperan con los intendentes. De allí que ambos luzcan bastante optimistas y estén ensayando discursos mucho más agresivos con el gobierno y la propia ex presidenta que los defensivos de semanas atrás.

A diferencia de Lousteau, que se derrumba sin freno ni límite, la suerte de aquellos dos referentes del peronismo no está echada, aun sus campañas pueden hacer alguna diferencia. Claro que no van a brillar, pero el asunto no es ese, es sobrevivir. Y estar en mínimas condiciones para la gran batalla que se viene, la recomposición del peronismo bonaerense. Como siempre, la más difícil y la decisiva de todas las operaciones de digestión y reinvención de esta fuerza política en los cambios de época.

Allí Cristina seguirá tallando, por más que perfore su piso electoral el 22 de octubre y pierda por paliza, digamos 10 puntos, cosa nada improbable. Igual 3 millones de votos no los junta cualquiera. Pero los números puede que importen bastante menos que las alianzas y la capacidad de influir en el proceso partidario y legislativo. Algo que parece nadie más que sus fieles seguidores está interesado en facilitarle.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/10/17

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Cambiemos y el peronismo, camino a fortalecerse compitiendo

Pero no mezclándose. Hay en circulación algunas ideas un poco locas sobre lo que se viene, o lo que debería venir después de octubre, que conviene atajar. Están los que reclaman por enésima vez unidad nacional, porque creen que sólo nos vamos a salvar si acordamos un modelo de país, algo tan quimérico que probablemente nos condenaría a consumir nuestras pocas fuerzas de intentarlo. Y están quienes, apenas más moderados, creen que habría que barajar y dar de nuevo en el sistema de partidos pues para profundizar el cambio hace falta un gobierno de gran coalición; para empezar, que Cambiemos sume una pata peronista, ahora que se dice que el peronismo está en la peor crisis de su historia (¡¿en serio?!), por ejemplo con un candidato a vice de esa procedencia que acompañe a Macri en 2009; algo que aterra a los actuales aliados del presidente y podría descomponer su todavía frágil cooperación.
En ambos casos se trata de ilusiones poderosas, con larga historia: el sueño de barajar y dar de nuevo en las identidades políticas porque ellas estarían “mal definidas”, de dar vuelta el país como una media en un último show voluntarista para terminar con el karma de la inestabilidad y el voluntarismo, ese tipo de fantasías que suelen embargar a los gobiernos argentinos en sus buenas épocas. Y conspiran contra fines más acotados y realistas, por tanto al final del camino más efectivamente transformadores.
Para empezar, de perseguir esas ilusiones se tiraría por la borda lo que podría resultar de bueno para la política argentina si los dos grandes campos políticos que van a quedar más o menos delimitados tras esta elección apuntan a fortalecerse, cooperando en algunas cuestiones, limando diferencias y evitando la polarización, pero sobre todo compitiendo leal y abiertamente.
Para empezar por Cambiemos, una de las cosas más notables que ya viene sucediendo es que se fortaleció sin que nadie invirtiera mucho esfuerzo en ello, como si no fuera en sí algo importante. En un país donde las identidades políticas están en decadencia desde hace décadas, en poco tiempo se consolidó como una marca identificatoria para millones de votantes. Además, aunque no ha logrado darse reglas de juego internas bien definidas, funciona ya como una casa común donde sus miembros pueden ocupar espacios de distinta gravitación, pero todos sacar provecho del común crecimiento y respetando mínimamente los roles y las identidades de los demás, lo que suele llamarse “unidad en la diversidad”. Algo que sólo los peronistas supieron conseguir y efímeramente en las últimas décadas, y los radicales convengamos casi nunca lograron, y que puede dar a futuro resultados aún más espectaculares para lo que horriblemente se llama hoy el “no peronismo”.
Del otro lado del alambrado también están esbozándose cambios positivos. La deskirchnerización avanza a pasos acelerados con cada papelón de Cristina, y el peronismo moderado está ya ensayando vías para reducir la fragmentación y acomodar su discurso y propuestas a los desafíos que les plantea Macri, es decir, una competencia hacia el centro moderado dando más atención a problemas reales de la economía y las instituciones y mucho menor al verso nac & pop.
Pichetto, que aspira a ser desde el Senado la contrafigura de la ex presidenta, encabeza este giro. Reconoció el grave error de haber subestimado a Macri. Pero su mensaje implícito es mucho más interesante: “¿y si ahora es Macri quien comete el error de subestimarnos a nosotros?”. Pone para eso su granito de arena cada vez que dice que los peronistas tardarán añares en volver a ponerse de acuerdo. Cuando ya están trabajando en relanzar sus bancadas legislativas y su mesa de gobernadores, desde donde sin perder el tiempo buscarán acotar lo más posible el daño electoral que el oficialismo les inflija en octubre, responsabilizando a Cristina por él y tal vez recurriendo a alguna pronta demostración de su poder institucional, imponiéndole cambios a proyectos oficiales o volteando algunos de ellos.
Cristina percibe ese juego que la marginaliza, pero no puede escapar de él. Por eso, como el tero, grita “¡ajuste!”, pero porque la aterra lo que está en la otra punta del campo, la moderación. La del gobierno y sobre todo la de este peronismo que se prepara para competirle a Macri en su terreno. Por ejemplo reclamando más orden y progreso, más dureza con los mapuches, con los piqueteros, con los narcos, más garantías a los inversores, un discurso que ya ensaya Pichetto y puede funcionar muy bien al tándem con Urtubey, Massa y Bossio.
Con esos actores, ¿esta vez sí podría madurar un sistema de partidos más o menos estable y competitivo? Se ha anunciado tantas veces que estábamos a las puertas de un cambio de este tipo que conviene ser prudentes. Lo seguro es, con todo, que si los referentes de ambos espacios entienden las limitaciones pero también las oportunidades que enfrentan, no se pelean por tonterías y evitan ir detrás de ilusiones, o desesperarse por los inconvenientes del momento, podrán hacer mucho por mejorar nuestro sistema de representación y nuestra democracia.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín el 5/10/17

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¿El Centro del Nacional Buenos Aires ahora además apaña violadores?

Llenarse la boca de bellas palabras y actuar respetando y haciendo respetar los derechos ajenos son dos cosas bien distintas.

En las tomas de colegios de la ciudad eso ya hace tiempo que estaba a la vista. Los centros de estudiantes que las protagonizan se la pasan hablando de la defensa de la educación pública, pero la destrozan cotidianamente con tomas y otras medidas de fuerza con las que expulsan cada vez más gente hacia la educación privada. Encima son unos completos reaccionarios: vienen horadando por todos los medios a su alcance la poca voluntad de reforma de la que son capaces las autoridades, y la autoridad in toto en las instituciones que actúan, con el ridículo argumento de que ellos son los únicos que saben qué hacer para mejorar la educación y todo se resolvería si les hiciéramos caso, con lo que logran que emprender al menos algunos de los muchos cambios necesarios se vuelva más y más difícil y todo el sistema siga lentamente deteriorándose.

Es claro que su tierna edad no justifica su pretensión de erigirse en voces autorizadas sobre la educación que hace falta. Pero ¿los disculpa de tanta necedad y prepotencia? Para nada. La tolerancia de los mayores a sus actitudes, más todavía la complicidad y hasta el aliento que les brindan muchos padres, docentes y grupos políticos son evidencia de una irresponsabilidad imperdonable, mucho más grave que cualquier cosa que se les pueda ocurrir hacer a los centros de estudiantes. Pero ni esto ni ningún otro factor “ambiental” disculpa a dichas organizaciones ni a sus dirigentes: ellos entienden perfectamente el terreno en que actúan, juegan a conciencia con la extorsión y poniendo en riesgo bienes y espacios públicos. Tal vez algunos, con el tiempo, logren razonar y aprender de sus errores, pero también es probable que pequeños necios y matones se vuelvan, de grandes, reverendos psicopatones.

Encima ahora dieron un paso más: el Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires parece que ocultó una agresión sexual cometida durante los primeros días de la última toma, con la excusa de que la víctima no quería que se hiciera público lo sucedido y la implícita y más efectiva preocupación porque se pudiera desprestigiar su organización y sus acciones. En suma, su razonamiento habría sido más o menos este: ocultemos este abuso sexual, porque es más importante la lucha estudiantil, es decir, nuestro prestigio organizacional, que un “episodio desafortunado” y si hablamos del asunto le vamos a dar excusas a nuestros enemigos, “la derecha”. Más o menos como actúan algunos jerarcas de la Iglesia con casos de curas pedófilos. O vino haciendo por años el gremialismo con el Pata Medina y el Caballo Suárez, o el kirchnerismo y la izquierda con los De Vido y los José López de este mundo. Hay que reconocer que tuvieron mucho de donde aprender los chicos del CENBA.

Y la cosa no quedó ahí. Cuando el rector del Buenos Aires finalmente se enteró del asunto y actuó como debía hacerlo, protegiendo el derecho de la menor agredida, sin afectar su intimidad ni difundir su identidad, pero comprometiendo a la institución en su defensa, para apoyarla y en la medida de lo posible reparar el daño sufrido, el Centro de Estudiantes dio aun otro paso en su decidido rumbo al infierno: se escandalizó de la “operación de desprestigio” supuestamente montada por las autoridades y los medios. De nuevo el manual del Pata Medina y De Vido.

Dice el Centro que “apenas se supo de la situación, se resguardó la integridad de la estudiante, hablando con el abusador para pedirle que no viniera más a la toma para no generar una situación incómoda para ella” (SIC). Y se entierra más todavía queriendo dar explicaciones del ocultamiento: “Llevar el tema a las instituciones del colegio fue algo que siempre quisimos hacer (PERO NO HICIERON POR VEINTE DÍAS, QUÉ RARO). Es prioridad número uno para nosotros que el Consejo de Convivencia pueda tratar este tema. Nos apena que el Rector del Colegio y varios medios de comunicación estén intentando usar este reclamo con fines políticos de deslegitimar la lucha de los estudiantes de Capital”. No aclares que oscureces. Que es definitivamente lo que sucede con el cierre de la declaración: “Los abusos sexuales son producto de un sistema, un estado y, en este caso, un colegio, que avalan a un sistema machista y no se dan por falta de control, sino por la falta de concientización” En suma, la culpa la tienen el rector, Macri, los demás, ellos se lavan las manos. “El trato desconsiderado, como este, de las situaciones de abuso llevan a una menor denuncia de las víctimas de abuso por miedo a la exposición y las consecuencias que ésta trae”. Claro, ocultar lo sucedido es en cambio una excelente forma de promover la denuncia de la violencia sexual, falta que se feliciten a sí mismos por lo bien que lo hicieron.

El cinismo es una moneda que circula fluidamente en muchas áreas de la vida pública argentina, porque se la usó hasta el hartazgo desde el poder durante años, para lavarse las manos de todos los problemas y sacar el máximo provecho posible de las condiciones de privilegio conquistadas, a costa de los demás. Así fue que gestamos y promovimos a una generación de abusadores seriales, que lamentablemente siguen dando vueltas entre nosotros y seguirán haciéndolo hasta que logremos refrenarlos y reeducarlos. Esta gente del CENBA evidentemente es parte de esa generación, una pena siendo tan jovencitos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/9/17

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En Venezuela queda poca esperanza y una gran lección liberal

No conviene hacerse muchas ilusiones. Porque las ilusiones alientan la espera, consumen tiempo, y el tiempo por lo pronto al único que beneficia es al régimen chavista.

El curso seguido por los acontecimientos a lo largo del último año así lo demuestra. Es cierto que hay por fin un cronograma electoral establecido. Pero luego de que una a una el régimen eliminó todas las barreras que podían impedirle el fraude y la proscripción masivos para controlar los resultados. La progresión de éxitos lograda por Maduro en los últimos meses a este respecto es incontrastable. Ellos le permitieron sobrellevar una dura crisis económica e innumerables protestas. Contra los pronósticos que auguraban su inminente caída y se cebaban en su aparente torpeza, así que conviene no insistir en ellos.

Primero desactivó el plebiscito para removerlo de la presidencia; luego sacó de la galera la Asamblea Constituyente, inventando un proceso electoral traído de los pelos pero que mantuvo la pantomima en acción; y a continuación se sacó de encima a la Procuradora Luisa Ortega Díaz y desactivó el Parlamento. Todo tapizado por más de cien muertos, sin detenerse ni dudar en ningún momento.

Es hora de reconocer que saben lo que quieren, y que muchos de sus adversarios se confundieron creyendo que no era así, que había más tensiones dentro del régimen de las que realmente existían, que llegado el momento no darían pasos definitivos hacia el castrismo, o que eran demasiado torpes para tener éxito si lo intentaban, después de todos los fracasos acumulados en otros objetivos que se propusieron.

La lógica del movimiento revolucionario era, sin embargo, ineluctable. Y es que para la enorme mayoría de los beneficiarios del sistema montado por Chávez, civiles y sobre todo militares, estaba claro que detenerse o retroceder suponía correr el riesgo de perderlo todo, las fortunas mal habidas, los negocios del narco, el mercado negro y la corrupción, la propia libertad. ¿Y para qué lo iban a hacer, para reconciliarse con una clase media y alta que los desprecia y un pueblo que ya no los quiere, en todo caso les teme pero está ansioso de que la canilla del estado lo vuelva a alimentar? ¿O para “volver al mundo”? Si ellos son (o eran, ahora que Trump les impidió la entrada), los que más viajaban a Miami a consumir a manos llenas los productos del imperio.

Mientras tanto la radicalización se fue alimentando de sí misma. Lo vivimos ya, por suerte a escala menor, en la Argentina de los Kirchner: cada abuso condujo a otro mayor al volverlo imprescindible para controlar la situación, en una cadena sin límite ni freno. Además en este tipo de procesos de revolución por goteo es muy difícil que quienes no dieron el salto fuera del régimen tempranamente lo puedan dar cuando ya la grieta entre él y sus adversarios es muy grande. El riesgo de terminar solo, escapando del país o cayendo en la cárcel, como le ha pasado a la procuradora y a varios militares respectivamente, es muy alto.

¿Y desde afuera, se podía hacer más? Muchos progresistas todavía insisten en que lo peor era que “el imperialismo yanqui interviniera”. Cuando sólo una decisión a tiempo de EEUU de interrumpir su comercio con Venezuela podría haber compensado la masiva intervención militar, de inteligencia y también económica practicada allí por Cuba, Rusia y China. El ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, a quien no cabe considerar muy amigo de Washington, lo dijo meses atrás: la suspensión total de la exportación de petróleo era lo único que podía afectar el curso de los acontecimientos. Pero Trump se limitó a sanciones personales y una alocadas declaraciones. Mejor hubiera sido que no hiciera nada. Peor les ha ido, claro, a quienes más se esmeraron en promover mediaciones, con el ya indefendible José Zapatero a la cabeza, opacando al Papa, por suerte para él.

Lo dijimos al comienzo, el tiempo juega a favor del régimen. Y ¿para qué necesita tiempo? Primero, para terminar de hacer el ajuste social, la lenta operación de extinguir a las clases medias. Esa tarea en Cuba, cuarenta años atrás, fue más sencilla. Venezuela era un país mucho más complejo, más grande y más rico. Pero mientras todo siga como va no hay otro resultado posible: se terminarán de ir los que no acepten un destino de empobrecimiento y sometimiento, y los demás deberán acomodarse para sobrevivir. Segundo, el régimen necesita tiempo para que reboten los precios del petróleo. Para cuando suceda, el monopolio total en la distribución de alimentos desde las reparticiones militares les permitirá ser las garantes de la vida y la muerte de todos sus súbditos. Peor que la China de Mao.

Un experimento tan cruel de involución social y despotismo nos repugna, es natural. Pero ¿podemos hacer algo ante él, sin duda la peor tragedia de las últimas décadas en nuestra región? Ante todo, cabe aprender.

Los latinoamericanos tenemos una valiosísima oportunidad: a contraluz de la fatídica deriva del chavismo reforzar la fe en las instituciones del liberalismo político, someter a crítica las ideas y prácticas del populismo radicalizado, promover el pluralismo, la moderación y la cooperación. En parte ya está sucediendo: una ola liberal y de maduración política se alimenta de este drama en cámara lenta, porque él echa oportuna luz sobre las esperables consecuencias de seguir algunas supuestas buenas intenciones, desnuda taras ideológicas muy acendradas ligadas al más primitivo anticapitalismo y los defectos inherentes de modelos políticos e intelectuales que nos agobiaron durante décadas.

No es para menos. Pocos son los gobiernos en el mundo que se dan el lujo de asesinar opositores en las calles en estos días. Y no hay ninguno con un record comparable en la destrucción de su economía, dilapidando y robando una fortuna inmensa fruto de la década más extraordinaria de las commodities de que se tenga memoria, y que encima le eche la culpa de todo al imperialismo yanqui para insistir en su camino, pese a que Estados Unidos sigue siendo, indiferente a todo, su principal comprador.

A veces grandes males ofrecen buenas lecciones. Fue lo que sucedió en la década de los ochentas con la democratización, tras años de fatídicas dictaduras militares. La diferencia con la situación actual es que además de una renovada fe en el respeto de los derechos individuales, el valor del pluralismo y las conductas asociadas, ahora hay además motivos para que prospere una visión también razonablemente liberal de la economía y una menos victimista y pueril de nuestro lugar en el mundo.

En los ochenta muchos todavía responsabilizaban a la política exterior norteamericana de todo lo malo sucedido en América Latina (lo que en algunos casos, como el de Chile de 1973, tenía encima bastante fundamento) y asociaban autoritarismo y mercado por razones semejantes. Aunque eso tendió a cambiar en la década siguiente a raíz de las hiperinflaciones, los a veces magros y a veces malos resultados de las reformas de los noventa revirtieron parcialmente esa evolución y bandearon las políticas económicas hacia el otro extremo. Hoy, en cambio, países como Brasil y Argentina que vivieron con particular crudeza los costos de esa ciclotimia están procesando complejas salidas de sus ciclos populistas, inspiradas por la consigna “no terminar como Venezuela”. Y no parece ser muy diferente la situación en Ecuador y países de Centroamérica, que están tomando distancia del eje bolivariano.

El cambio en curso es también generacional. Los protagonistas de la democratización de los años ochenta habían estudiado y entrado a la vida política en los sesenta, bajo el influjo de la revolución cubana y el auge consecuente del marxismo latinoamericano. Aunque muchos de ellos revisaron luego esas ideas, en particular las más afines al ethos revolucionario, no pudieron desprenderse del todo de esa herencia. Para ellos todavía era infinitamente más simpático Fidel Castro que Ronald Reagan. Pese a todo lo que hiciera Reagan por ayudar a la democratización de Argentina, Brasil o Chile.

Todo eso ha quedado atrás. Ya no gravita como antes esa herencia marxista, más allá de algunos núcleos militantes en universidades muy politizadas. E incluso allí los jóvenes suelen reaccionar con bastante sentido común a lo que les toca vivir, más alarmados con lo que ven sucede en Caracas que seducidos por lo que leen en sus textos de cátedra. Hacen bien. El mundo que enfrentan probablemente no estará hecho de grandes oportunidades pero sí tendrá que lidiar con grandes peligros. La ensoñación romántica detrás de fantasías estrafalarias como el “socialismo del siglo XXI” se ha revelado como uno de ellos. La radicalización de los conflictos hasta destruir las condiciones mínimas de la convivencia es otro. Y la amenaza y la exacción como vías para contener el lucro capitalista y promover la distribución social otro tan o más dañino. Ojalá también los venezolanos puedan aprovechar no dentro de mucho estas valiosas lecciones que nos brindan a su costo.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación, el 28/9/17

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