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	<title>El agente de CIPOL &#187; Bicentenario</title>
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	<description>Blog del Centro de Investigaciones Políticas (www.cipol.org)</description>
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		<title>Elogio de la hipocresía</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 18:09:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Camou</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A la vista de los grandes y graves problemas nacionales, y ante el pequeño circo criollo armado en torno a los festejos del Bicentenario (¿Alguien se acordó que a la Cena de Gala en la Rosada, además de Cobos, Menem o De la Rúa, tampoco se invitó a la Viuda de Perón?), no pocos observadores han lamentado en los políticos argentinos una proverbial “falta de grandeza”. Sin embargo, me temo que una dificultad quizá más acuciante, y novedosa, es el pronunciado declive de la hipocresía.</p>
<p>Según nos participa el diccionario, la hipocresía es “un fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”, y su valioso aporte civilizador para lubricar las fricciones de la vida social, o las luchas por el poder, no puede ser menospreciado. Como ya lo observara el perspicaz Bernard de Mandeville, allá por 1714, “es imposible que seamos criaturas sociables sin hipocresía. La prueba de esto es sencilla; toda vez que no podemos impedir que las ideas emerjan continuamente dentro de nosotros, toda relación civilizada se perdería si, por medio del arte y el prudente disimulo, no hubiésemos aprendido a ocultarlas y sofocarlas; y si todo lo que pensamos hubiera de disponerse abiertamente a los demás como a nosotros mismos, sería imposible que, estando dotados de la palabra, pudiéramos soportarnos los unos a los otros”.</p>
<p><img src="http://corrientes.derf.com.ar/imgnoticias/_341653_2652010_7.jpg" alt="" /></p>
<p>El problema actual es que el kirchnerismo desde la política, con el Sr. Aníbal Fernández a la cabeza, y el tinellismo desde la televisión, han hecho un significativo y aciago esfuerzo para que argentinos y argentinas perdamos las mejores joyas de la hipocresía a manos de una vulgar sobreactuación del enfrentamiento. (Por suerte la pantalla chica todavía conserva algunos espacios donde las sinuosidades cortesanas siguen siendo la norma, como en los deliciosos almuerzos con Mirtha Legrand, que tanto han hecho por una mejor sociabilidad política y farandulesca a lo largo de varias décadas. A veces pienso que de haber existido esos almuerzos desde la Revolución de Mayo quizá nos hubiésemos ahorrado algún que otro fusilamiento, dos o tres inútiles y sangrientas batallas, y hasta algún golpe de Estado. Pero bueno, ésa es otra historia).<span id="more-555"></span></p>
<p>Yendo a lo que más nos interesa, podríamos decir que la hipocresía política opera básicamente en tres direcciones: en la relación entre los dirigentes políticos y la ciudadanía, entre los partidarios de una misma formación política, y finalmente entre dirigentes de distintos partidos.</p>
<p>En el primer caso, me apresuro a suscribir cualquier petitorio de buenas intenciones que bregue por tener políticos más transparentes, más honestos y que le hablen un poco más claramente a la población; pero no perdería de vista que el disimulo y la simulación, como sutiles ramilletes de la ubicua maleza de la mentira, son consubstanciales a la vida política, y no pueden ser erradicados sin hacernos retroceder por la senda evolutiva. Por eso, porque se trata de males necesarios que han de ingerirse en justa medida, la secular sabiduría política encontró sus remedios y sus delicados balances: la democracia como régimen político competitivo y los resguardos institucionales de una sociedad plural (libertad de prensa, de reunión, acceso público a la información, etc.). Así, cuando un gobernante dice estar muy preocupado por la pobreza, pero a la vez alimenta día a día la bomba explosiva de la inflación, está incurriendo en ese “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen”, y allí se espera que surja la voz de un político opositor, de un dirigente social o de un académico con cifras fiables, no precisamente las del degrado INDEC, para mostrar las patas cortas de tamaña impostura.</p>
<p>En lo que respecta a la declinante hipocresía entre partidarios de una misma fuerza el asunto es tal vez un poco más complejo, pero también hay sofisticados dispositivos institucionales que pueden ayudarnos. Por ejemplo, la reforma política impulsada por el actual gobierno (con la cual, en líneas generales, estoy de acuerdo), promueve el desarrollo de altas dosis de hipocresía a fin de mantener en marcha grandes maquinarias político-partidaria. Como la reforma eleva los costos de salida de una estructura política existente, ya que es preciso contar con una organización importante para competir en las elecciones, esto obliga a que se sienten a la misma mesa gente que se detesta profundamente, pero que al mismo tiempo se necesitan. En un esquema donde el precio de pegar un sonoro portazo y hacer rancho aparte es alto, los dirigentes están forzados a tolerarse más de lo que desearían, por lo que la reforma es un buen principio de recuperación del fingimiento y la falsía aunque todavía queda mucho por corregir y mejorar.</p>
<p>Pero el caso más peliagudo, a mi modo de ver, es la decadente presencia de la hipocresía entre dirigentes de distintos partidos políticos. Entre otras cosas, porque más allá de eventuales mecanismos institucionales, aquí se requieren ciertos “hábitos del corazón” que tejan lazos de comunidad política, y que han de ser fomentados y resguardados en un paciente trabajo –cultural, societal, cotidiano- de reconocimiento del otro. Tal vez Raúl Alfonsín tenía razón cuando en uno de sus últimos mensajes decía que los argentinos y argentinas tenemos que “querernos más”, pero alcanzar esa virtud quizá está más allá de nuestras escuálidas fuerzas morales, y por ahora haya que contentarse con no seguir perdiendo algunos terrenales vicios de gran utilidad pública. No sé cuántas reservas nos quedan en el acervo pero son tan o más valiosas que las que se esfuman del Banco Central.</p>
<p>Al fin y al cabo, como solía decir Borges, “un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias.”</p>
<p>La Plata, 22 de mayo de 2010</p>
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		<title>El bicentenario de una Argentina facciosa*</title>
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		<pubDate>Fri, 21 May 2010 21:40:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Novaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
		<category><![CDATA[Politica Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Bicentenario]]></category>
		<category><![CDATA[Faccionalismo]]></category>
		<category><![CDATA[Inestabilidad politica]]></category>
		<category><![CDATA[Populismo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Al menos hasta aquí, no ha habido mucho debate que digamos sobre el Bicentenario. No porque no haya diferencias y cuestiones a discutir. Tal vez el hecho de que estas hayan quedado un poco en sordina en los últimos tiempos se deba a que la gran mayoría está un poco harta de la discordia política y asocia, un poco exageradamente, el debate de ideas con esa mala costumbre argentina que ya preocupaba hace cien años a Joaquín V. González. Pero tal vez la poca discusión se explique en mayor medida por el hecho de que los grupos de opinión y facciones en pugna están en términos generales conformes con su versión de las cosas y han ido desapareciendo los espacios (universitarios, mediáticos, institucionales) en que podrían cruzarse con los adversarios. Cierto es que esta Argentina facciosa en que vivimos no debe ser con la que soñaron los hombres de Mayo, ni los del Centenario.<span id="more-551"></span></p>
<p>Curiosamente, una de las pocas cuestiones que sí se han puesto en discusión no refiere realmente al bicentenario sino a lo que podemos llamar el “segundo centenario”. Muchos de quienes proclaman en estos días inspirarse en el modelo económico vigente en 1910 y celebran los indudables logros que entonces el país podía mostrar a sus habitantes y al mundo, se han referido a la centuria transcurrida desde entonces como “los cien años perdidos”. Desde el revisionismo (que en verdad, en los años treinta fue el que inventó esa visión decadentista hoy ya nacionalizada, y a la que en estos días recurre con más frecuencia el liberalismo conservador) y el oficialismo se ha tendido a responder que el centenario no fue la maravilla que se cuenta, que dominaba entonces una pequeña oligarquía que había creado un país para pocos. Se recrea así una discusión que viene de largo: para los conservadores y liberales, Argentina perdió el rumbo cuando irrumpió el populismo, y abandonó las políticas de apertura al mundo, economía de mercado y control de la movilización política de las masas que hasta entonces tan buenos resultados habían dado; para los populistas en cambio, el problema fue la reacción conservadora y oligárquica ante el incontenible avance de los sectores populares en su aspiración de compartir los frutos del desarrollo ampliando sus derechos políticos y sociales.</p>
<p>No se pretende aquí analizar los aciertos o errores de una y otra postura, sino más bien aquello que ambas dan por obvio, que al país no le fue todo lo bien que hubiera podido irle, y la posibilidad de que hayan intervenido en ello algunos factores que no se tienen en cuenta pero que podrían ser parte de las dos perspectivas en pugna. Entre estos factores hay uno que naturalmente se destaca: la inestabilidad.</p>
<p>Que Argentina es un país que se ha caracterizado, durante el último siglo y hasta el presente, por el alto grado de inestabilidad es algo bien sabido. No por ello deja de ser pertinente reflexionar sobre las dificultades que ello ha acarreado a lo largo de la historia, y sobre el modo en que condiciona nuestra actual vida política: ¿de qué tipo de inestabilidad se trata?, ¿cuáles son las causas de este fenómeno?, y tal vez lo más importante, ¿la inestabilidad debe ser considerada una fuente de oportunidades o de problemas? ¿es un síntoma de la apertura al cambio, de una realidad en transformación, o es más bien indicio de la frustración recurrente de proyectos de cambio, de la dificultad para estabilizar un orden compartido dentro del cual sea posible procesar cambios duraderos?</p>
<p>En los últimos tiempos ha ganado crédito la idea de que la inestabilidad no sería un problema a resolver, sino el indicio de una “batalla en curso”, desde hace décadas indefinida, entre fuerzas del cambio y el statu quo. Si esto es así, todavía sería necesario atravesar fases de inestabilidad aguda, para poder llegar más adelante a una situación, además de estable, deseable en términos de calidad democrática, igualdad social, respeto de derechos, o lo que sea. Dar prioridad a la estabilidad, según esta perspectiva, sería una forma de detener y frustrar cambios posibles y necesarios. Estos argumentos, por tanto, legitiman lo que podemos llamar una “cultura de la inestabilidad”.</p>
<p>Es hora de someter a crítica esta cultura. Volver la mirada al centenario es a este respecto provechoso: la convivencia establecida hasta 1910 con gran éxito, y todavía con algunos buenos resultados sociales hasta mediados del siglo XX, entre inestabilidad y movilidad social y democratización, desde entonces fue sustituida por otra, entre inestabilidad y desigualación y deterioro institucional, que justifica asociar los esfuerzos por recuperar grados de igualdad perdidos a iniciativas estabilizadoras. Con esta idea en mente, es posible hoy sostener que la inestabilidad económica, política e institucional experimentada en forma aguda entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado no tuvo por causa la democracia de masas, la igualdad de condiciones heredada, ni el “empate social” de ella resultante, sino fundamentalmente otros rasgos, sólo circunstancialmente asociados a ellos, y que los sobrevivieron en el tiempo: la debilidad del estado, el espíritu refundacional presente en casi todos los proyectos políticos y el comportamiento mayormente faccioso de los actores sectoriales. En segundo lugar, y en relación a lo anterior, que la desigualdad creciente a partir de los años setenta no ha estado tan asociada a la aplicación de “políticas estabilizadoras” como a su frustración, y al imperio de relaciones de fuerza crecientemente desiguales en un contexto persistentemente inestable. Y por último, que la capacidad transformadora de la política no ha probado ser mayor, ni en nuestro caso ni en ningún otro, en un ambiente inestable que en uno estable. La inestabilidad que aún padecemos, y la cultura que la celebra, deben considerarse, en este sentido, como remanentes estériles de fenómenos en su origen asociados efectivamente a la juventud, la movilidad y la apertura al cambio que caracterizaron a la sociedad y la política argentinas hasta mediados del siglo pasado, y más en particular a la vía populista a través de la cual se canalizó entonces la democratización y la igualación social. Pero, en la imposibilidad de reeditarse esa asociación, la inestabilidad, y con ella el populismo, se han vuelto obstáculos más que alicientes o recursos para recuperar el dinamismo y la integración social perdidos.</p>
<p>*pubilcado en <a href="http://www.eleconomista.com.ar/">El Economista</a></p>
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